PROLOGO
No todos los demonios rugen con furia. Algunos susurran tu nombre en la penumbra, quemándote el alma lentamente hasta que ya no queda nada salvo cenizas y deseo.
En una época donde los demonios todavía caminaban entre los hombres, y los pactos se forjaban con promesas prohibidas, existían juramentos que no se sellaban con sangre. Se consumaban con miradas ardientes, con la entrega silenciosa de un alma pura, y con un “sí” que ni siquiera era pronunciado, pero que retumbaba más profundo que cualquier juramento en los abismos más oscuros.
Elaine poseía el cabello blanco como la escarcha de la noche eterna, y una mirada tan limpia y luminosa que dolía en un mundo envuelto en sombras. Su pecado no fue el amor, sino atreverse a negociar con lo peor que habitaba en el infierno.
Y su mayor condena… fue llamar la atención de Azael.
El primero de los caídos, el demonio de ojos rojo carmesí, cuya hambre había devorado reinos enteros, dinastías de reinas y profetas sin piedad. Azael no exigía almas al azar; no, él reclamaba corazones, el lugar donde yace la esencia más pura y vulnerable.
Y aquella noche, reclamó el suyo.
Todo comenzó en el círculo prohibido, bajo el manto oscuro de la luna, cuando Elaine bajó con una sola súplica temblorosa:
—Salva a mi hermano.
Azael sonrió, y esa sonrisa fue como una tormenta que se acercaba disfrazada de caricia venenosa.
—Entonces entrégame lo único que ni los dioses se atreven a tocar —susurró—: tu corazón.
Pero nadie le advirtió que ese pacto no solo rompería las leyes sagradas de su mundo. Que fracturaría su cuerpo, su alma y su fe.
Porque cuando sellas un pacto con el infierno, no solo cambias tu destino.
Cambia también al demonio.
Y ese cambio… siempre cobra un precio.
