Prólogo
Mi vida en Denver era sencilla, tranquila. Demasiado tranquila, quizás, para una chica de veintidós años que soñaba con mundos de fantasía entre las páginas de sus libros. Mis padres, dos almas cálidas y llenas de vida, eran mi ancla en ese mundo. Recuerdo sus risas resonando por toda la casa, el aroma a ragú de mi madre llenando la cocina, y las historias de viajes de mi padre que me hacían soñar con horizontes lejanos. Eran mi todo.
Un día, mientras hojeaba un viejo álbum de fotos, di con una imagen de mi padre junto a un hombre sonriente y robusto que nunca antes había visto. "Ah, ese es Kang," dijo mi padre, con una sonrisa nostálgica. "Mi viejo amigo de la universidad. Perdimos el contacto hace años, pero fue como un hermano para mí." Me contó historias de sus travesuras en los pasillos de Harvard, de cómo Kang siempre lo sacaba de apuros y de su sueño de abrir un día un negocio juntos. Era la primera vez que escuchaba con tanto detalle sobre su pasado antes de conocernos.
Esa foto y esas historias se quedaron conmigo. Pensé en Kang de vez en cuando, en el amigo perdido de mi padre, pero nunca imaginé que su nombre volvería a cruzar mi vida de la manera más dolorosa posible.
El accidente. Fue un día soleado, uno de esos días que te engañan haciéndote creer que todo está bien. Mis padres salieron a hacer unas compras, prometiendo volver para cenar. Pero nunca lo hicieron. Un conductor ebrio, un instante de distracción, y mi mundo se derrumbó.
Después de la confusión, el shock y el dolor lacerante, llegó la realidad de mi soledad. No tenía más familia cercana. Mis abuelos habían fallecido años atrás, y los tíos lejanos que tenía vivían en otros continentes. Fue entonces cuando apareció Kang Jung. Él había estado buscando a mi padre por años, y se enteró de la tragedia por las noticias locales. A pesar del tiempo y la distancia, la lealtad que lo unía a mi padre permanecía intacta.
Recuerdo su mirada amable, pero llena de tristeza, cuando me encontró en el hospital. Me dijo que era amigo de mi padre, que habían compartido mucho. Me contó cómo mi padre le había hablado de mí, de cómo era su "pequeña leona". Me ofreció su hogar, su familia, un lugar donde sanar. No había otra opción. Estaba sola.
Dejar Denver fue arrancar una parte de mí. Cada rincón, cada calle, cada aroma me recordaba a ellos. Pero sabía que no podía quedarme. Kang vivía en Boston, una ciudad a miles de kilómetros de todo lo que conocía.
Empaqué mi vida en unas pocas maletas, llevándome conmigo no solo la ropa y los libros, sino también el peso de la pérdida y la incertidumbre. El viaje fue un borrón de lágrimas silenciosas y el zumbido constante del motor del avión. Cuando aterricé en Logan, sentí que no solo había cambiado de estado, sino que había aterrizado en otra dimensión. Una dimensión donde mis padres ya no estaban y donde una nueva vida, completamente desconocida, me esperaba. Lo que no sabía entonces era que esa nueva vida, en la casa de los Jung, venía con un paquete de cabello oscuro, ojos intensos y una sonrisa exasperantemente encantadora que estaba destinada a ser mi perdición: Darian.