Prologo
Una fría noche de otoño, en la ciudad de Tokio, el silencio reinaba en un departamento inmenso, pero tan vacío como el alma que lo habitaba.
El reloj marcaba las tres de la madrugada, y Takeshi seguía despierto, sentado en el suelo de su habitación. Como cada noche, la tenue luz de una lámpara iluminaba la fotografía que sostenía con manos temblorosas. En él, Sora sonreía con esa chispa inconfundible que iluminaba cualquier lugar. Esa sonrisa que ya no volvería a ver.
Habían pasado dos años, pero Takeshi aún no lograba superarlo. No podía dejar atrás aquella gélida noche de invierno, la noche en que recibió la noticia que destrozó su mundo.
Las palabras de ese último mensaje aún resonaban como un eco maldito en su mente: “Lo siento. No fui lo suficientemente fuerte.”
Desde entonces, su vida se convirtió en un acto de supervivencia. Aprendió a levantarse cada día sin Sora, aunque el vacío en su pecho nunca desapareciera.
Se refugió en los libros, y la biblioteca de la universidad en la que trabajaba se volvió su santuario: un lugar donde podía concentrarse en sus estudios e intentar construir un futuro, mientras el pasado lo perseguía en cada rincón.
Fue en uno de esos días comunes, entre clases y estantes polvorientos, cuando el destino decidió sorprenderlo.
Takeshi hojeaba distraídamente un libro en la biblioteca universitaria cuando una voz suave interrumpió su rutina:
—Disculpa, ¿estás usando este asiento?
Al levantar la mirada, el mundo pareció detenerse. Frente a él estaba un joven de cabello castaño claro y ojos brillantes, con una sonrisa que parecía arrancada de sus recuerdos. Por un instante, fue como ver a Sora... vivo, real, a solo unos pasos.
Pero no era Sora.
—Ah... no, adelante —murmuró Takeshi, apartando la silla con manos temblorosas.
El chico se sentó con una sonrisa amable y comenzó a sacar sus libros. Takeshi lo observaba de reojo: cada gesto, cada palabra, cada movimiento. Todo en él evocaba a Sora, y al mismo tiempo, era completamente distinto.
—Por cierto, soy Masaki —dijo el joven, extendiéndole una mano.
Takeshi dudó un instante antes de tomarla.
—Takeshi.
Y así, con ese simple apretón de manos, la vida de Takeshi cambió para siempre, sin siquiera buscarlo.