PrĂłlogo
Ranitas.
De chica me gustaban mucho las ranas.
TenĂa una llamada Da. Era grande, de un verde musgo oscuro, con manchas negras en la espalda y una mirada que me gustaba imaginar tierna. Siempre que tenĂa hambre, se arrastraba hasta mĂ y me tocaba el tobillo con la lengua. Yo me reĂa. Le decĂa que esperara, que ahora le daba algo.
QuerĂa que Da tuviera compañĂa, asĂ que le busquĂ© una familia. ConseguĂ dos ranitas mĂĄs pequeñas: Kei y Kim. Eran tan parecidas que las confundĂa, pero eso me encantaba.
Al principio, Da parecĂa molesta. No hacĂa nada, solo las miraba desde lejos. Las otras se quedaban quietas, con la piel tensa, y si ella se acercaba, huĂan.
Pensé que era celos. Pensé que se iban a llevar bien con el tiempo. Pensé que estaban jugando.
Pero una mañana, Kei ya no estaba. Solo quedaba una manchita roja entre las piedras. Kim no se movĂa. Y Da...
Da tenĂa la panza hinchada.
No supe quĂ© hacer. LlorĂ©. Me odiĂ© por pensar que podĂa forzar a alguien a ser bueno solo porque yo querĂa que lo fuera.
A veces pienso que fue culpa mĂa. Que, si no le traĂa compañĂa, Kei todavĂa estarĂa viva.
A veces pienso que Da solo hizo lo que era.
No sĂ© si es tonto pensarlo. Pero desde ese dĂa entendĂ algo que todavĂa no sĂ© cĂłmo decir en voz alta.
Desde ese momento, ya no me acercaba a las ranas de mi patio, no se que paso con Kei, ni con Da. Ya no querĂa verlas mĂĄs, no porque no las quiera, si no que... Ya me daban algo de miedo, pensar que nunca puedo llegar a entender a esos animales...
Aunque les de comida, las acaricie, y les ponga un nombre, nunca voy a poder verlas de la misma forma.