Capítulo 1 : El chico del girasol
Nunca he creído en los amores que te dejan sin aire.
Prefiero los que te enseñan a respirar más profundo.
Y eso fue Evans.
La primera vez que lo vi no fue nada espectacular. Nada de música de fondo ni mariposas en el estómago. Solo estaba ahí… de pie, con una camisa blanca arrugada, un libro bajo el brazo y un girasol en la mano. Sí, un girasol. No una rosa, no un regalo. Un girasol, como si fuera lo más natural del mundo.
Recuerdo haber pensado: ¿Quién camina por la calle con un girasol como si estuviera cargando una brújula?
Y luego me miró. No como quien observa… sino como quien encuentra.
Se acercó con una sonrisa pequeña, y sin presentaciones ni excusas, dijo:
—¿Te gustan los girasoles?
Levanté una ceja. Todavía me acuerdo de mi respuesta exacta:
—¿Y tú siempre haces preguntas tan directas?
Él solo se encogió de hombros.
—Depende. A veces las respuestas valen el riesgo.
Yo no era de hablar con extraños. Pero había algo en él que me hacía sentir… como si no fuera tan extraño después de todo.
Nos sentamos un rato en el borde de una fuente. Hablamos de cosas simples. Le conté que escribía finales de libros en una libreta y que tenía miedo a las cosas que duran mucho. Él no se rió. No me pidió explicación. Solo dijo:
—Quiero ser parte de algo que guardes.
Y antes de irse, me dio el girasol.
—Por si algún día esto se convierte en comienzo. O en final.
Me quedé ahí con esa flor absurda en la mano, con el corazón un poco torpe, y la sensación de que algo en mi vida acababa de abrirse, muy despacito.
Nunca supe cómo alguien podía ser tan misterioso y tan familiar al mismo tiempo.
Pero desde ese día, lo supe:
Evans no era un chico que se aparecía por casualidad.
Evans era un capítulo que estaba esperando ser escrito.