Capitulo 1: Algo brilló en la oscuridad
Mi vida no es muy interesante. O al menos eso pensaba hasta la noche en que el cielo me devolvió la mirada.
Tenía catorce años, vivía en una casa con un jardín grande y mi perrita Luna era lo más emocionante de mis días. Todos decían que era tranquila, que era buena hija, que sacaba buenas notas. Y sí, todo eso era verdad… pero también estaba un poco cansada de ser invisible. Como si fuera una sombra que respira, hace tareas, responde “estoy bien” cuando no lo está, y que cada noche mira el techo y se pregunta si hay algo más allá.
Esa noche hacía calor. El cielo estaba lleno de estrellas, de esas que brillan sin permiso. Yo estaba en pijama, descalza, sentada en el pasto con Luna a mi lado. Me gustaba salir cuando todos dormían. Era mi momento secreto. A veces me acostaba en el césped a mirar hacia arriba y a imaginar cosas que no me atrevía a decir en voz alta. A veces lloraba, otras solo pensaba. Esa noche solo quería silencio.
Hasta que vi una luz extraña.
Primero pensé que era una estrella fugaz. Pero no. Era demasiado brillante. Demasiado cercana. Y venía bajando rápido, directo hacia mí. Luna empezó a ladrar fuerte, como si supiera que lo que venía no era normal. Me puse de pie, el corazón me golpeaba las costillas, y no podía dejar de mirar esa bola de luz que caía del cielo como una promesa.
La tierra tembló. No como un terremoto, sino como cuando algo muy grande cae cerca. La luz impactó en la parte trasera del jardín, justo donde están las hortensias de mamá. Me tapé la cara por el reflejo. Todo se volvió blanco. Después, negro. Y luego… silencio.
Corrí, con Luna atrás, mi linterna temblando en las manos. Había un círculo quemado en el pasto, como si algo hubiera aterrizado. Pero no había fuego. No olía a quemado. Solo había una especie de bruma plateada flotando en el aire.
Y en medio de esa bruma… había una chica.
Una chica que flotaba unos centímetros sobre el suelo. Su cabello era largo, ondulado, lleno de luces pequeñas como luciérnagas atrapadas entre hilos de plata. Tenía la piel clara pero no como la de una persona, era como si tuviera luz debajo de la piel. Su cuerpo brillaba despacio, como si respirara luz.
Estaba dormida… o eso parecía. Me acerqué, temblando. Luna no ladró. Se quedó quieta, como hipnotizada. Algo en mi interior me decía que no debía tener miedo.
La chica abrió los ojos.
Eran completamente plateados. Sin pupilas. Pero no daban miedo. Eran tranquilos, como si en vez de ojos, tuviera dos lagos donde vivía la luna.
—Hola —dije en voz baja.
Ella me miró… y su voz llegó a mi mente, no a mis oídos.
—No tengas miedo. He llegado a ti porque tú me viste.
—¿Quién eres?
—No tengo nombre. No soy de aquí. Me perdí. Pero tú me viste caer. Y eso significa algo. Aquí… eso lo cambia todo.
Yo no sabía si estaba soñando. O si me había vuelto loca. Pero no me importó. Lo único que pude pensar fue: si esto es un sueño, no quiero despertar nunca.
—Te llamaré Nova —le dije, sin pensar.
Ella sonrió. Su sonrisa iluminó todo el jardín. Hasta las luciérnagas se acercaron.
—Nova. Me gusta.
Me acerqué más. No sabía qué hacer. ¿La llevaba a casa? ¿Le ofrecía galletas? ¿Llamaba a la NASA?
—¿Tienes frío? —pregunté.
—No. Pero… me duele el alma. Me rompí al caer.
Y fue en ese momento que noté algo: su espalda tenía una grieta de luz. Como si una parte de su energía se hubiera quebrado. Como si algo muy dentro de ella se hubiera roto al tocar este mundo.
—¿Puedo ayudarte? —le dije sin saber en qué me metía.
Ella asintió despacio.
—Sí. Pero no será fácil. Y no tengo mucho tiempo. Si la luna vuelve a llenarse y no estoy de regreso… olvidaré que alguna vez fui una estrella.
Tragué saliva.
La luna estaba en cuarto creciente. Faltaban… ocho días.
Yo tenía ocho días para ayudarla a regresar al cielo. A un lugar que ni siquiera entendía.
Y por alguna razón, no me sentí asustada. Me sentí viva.
Porque por primera vez, alguien me necesitaba. Y yo estaba lista para brillar también.