EL HEREJE DE SANGRE SOMBRAS Y LLAMAS
Antes de comenzar, entremos en detalle. Cada uno tiene una historia, un linaje, una estrella brillante que nos relaciona con los elementos y los espíritus. Cada constelación nos es representada, desde antes del tiempo mismo hasta hoy en día. Algunos incluso han llegado a pensar que estas son capaces de predecir nuestro camino, escribiendo nuestro libro de la vida, un destino que no elegimos, sino que se nos confía. Con esto, cada uno representa las llaves, las puertas, la fuerza bruta e incluso la sabiduría, cada quien mirara como usarlo.
Esta es mi pequeña historia, o más bien, cómo conocí esta gran brecha espiritual que, después de muchos años, sin querer, fracturé, formando uno de los fenómenos más inexplicables de mi época. Solo aquellos que guardaban el secreto del verbo y la historia heredada de los ancestros lo notaron, junto con algún que otro loco del centro. (Hay hombres que poseen habilidades increíbles y no lo notan, aquellos que son sensibles a esta clase de sensaciones). Yo era uno de esos.
Un día, decidí visitar a mi abuelo. Lo encontré sentado en su sillón favorito, como de costumbre, pero esta vez había algo distinto en su mirada. Con voz calmada, me contó que estaba a punto de vender la casa. Mi abuela había fallecido hacía un tiempo, y ya no encontraba razones para quedarse en un lugar que solo le traía recuerdos de su amada. Sus palabras resonaron en mí, cargadas de nostalgia y un mar de tristeza.
Le ofrecí ayudarle a empacar. No tenía mucho más que hacer ese día; era eso o ir a mi trabajo, algo que no me molestaba, pero en ese momento solo buscaba un cambio de ambiente, algo que me sacara de la rutina. Mi abuelo asintió con una sonrisa agradecida y me dio permiso para entrar a la casa.
Al cruzar la puerta, sentí ese olor familiar a madera vieja y libros polvorientos. La casa era un laberinto de recuerdos, cada rincón guardaba una historia. Me dirigí a la biblioteca, donde mi abuelo me indicó que faltaba empacar algunos libros.
—David, hijo —me dijo con voz serena—, puedes empezar por ahí, pero no te acerques a la sección del fondo hasta que yo suba.
Asentí con la cabeza, intrigado por su advertencia, pero decidí no preguntar. Al entrar a la pequeña biblioteca, noté que casi todo estaba empacado, excepto un libro que descansaba sobre una mesa. Era un volumen antiguo, de cubierta negra y sin título, al acercarme me di cuenta de unas palabras escritas con tinta descolorida: “primer sello”. Debajo, en letras más pequeñas, se leía: “el sello del conquistador”.
Ese escrito solo avivó mi curiosidad. Sin pensarlo dos veces, abrí el libro. Para mi sorpresa, todas las páginas estaban en blanco, excepto una. En la primera hoja, unas palabras escritas en tinta roja parecidas a sangre decían: “Quien abra estas páginas despertará la sed del dominio eterno. La ambición sin alma cabalgará sobre las naciones, y lo que conquiste será polvo.”.
No pude terminar de leer. De repente, algo me jaló con fuerza, como si quisiera arrancarme el alma del cuerpo. Sentí que flotaba, desprendido de la realidad, mientras una sombra y una luz blanca competían por mi atención. Quería ir hacia la luz, pero la sombra me tenía agarrado.
Fue entonces cuando mi abuelo apareció, agarrándome del brazo con firmeza. No entendía lo que pasaba: mi cuerpo estaba en un lugar y mi alma en otro. Todo parecía un sueño, pero la sensación era demasiado real.
—¿Qué fue eso? ¿Qué pasó? —pregunté, aún aturdido.
Mi abuelo, con una expresión severa, me miró fijamente.
—No debiste abrir ese libro —dijo, mientras sostenía su bastón con el dragón tallado, cuyos ojos brillaban como llamas—. Ahora, prepárate. Esto apenas comienza, dándome un golpe con el bastón devolviéndome a mi cuerpo.
Inocentemente, le expliqué que todo lo veía en orden, excepto por un libro que era el que abrí. Al mirar a mi alrededor, me hizo ver como un gran mentiroso: todos los libros estaban en su lugar; ninguno estaba en caja. Mi abuelo, siendo consciente de lo engañoso que puede ser el espíritu del libro, me tranquilizó:
—Niño, no te preocupes. Fue mi error. Debí advertirte, o terminado de empacar, pensando que el espíritu aún estaba en su sueño. Me confié.
Tenía muchas preguntas que hacerle, pero de repente, una criatura salió de la nada para atacarme, junto con unos seres diminutos. Con gran agilidad, mi abuelo desenvainó la espada que tenía guardada en su palo.
—Mocoso, ya estoy muy viejo para esto, pero aún tengo mis trucos —dijo mientras encerraba al ser oscuro.
—Sé que tienes dudas, pero hay que ir tras esos pequeños. Más tarde te explicaré qué son y lo que somos.
Con unos movimientos totalmente exagerados, mi abuelo hizo mover cada rincón de la casa para evitar que salieran de ella y hacernos más fácil la búsqueda. Mientras los echábamos a un costal uno por uno, mi abuelo me contó que ellos eran duendes, los últimos que decidieron quedarse en este mundo y no irse con los suyos. Fueron sellados con otras criaturas, como ese grande que amarré. Quería robarnos el libro del primer sello.
La cosa es que, en plena Edad Media, muchos reyes y emperadores querían el poder mágico de este plano, poder que muy pocos lo soportaban o se adaptaban la mayoría eran consumidos o corruptos. Los apellidos, aquellas personas que hicieron juramento con las estrellas, lo dividieron en siete fragmentos, cada uno guardando una parte fundamental, del destino de la humanidad la con su información, para evitar que cayera en manos equivocadas. Por miles de años, nadie había abierto ninguno de estos, ya que se entendía que, si se abría cualquiera de los cinco, los demás se debilitarían, y solo sería cuestión de tiempo para que se encontraran nuevamente y formaran la puerta al caos, junto con la maldición que cada uno trae. Él fue el último que recibió esa información entre su apellido, ya que decidió morir con ella para evitar esa carga a sus hijos y nietos, así como antes lo hicieron los otros guardianes, la mayoría decidiendo ser enterrados con ellos. Solo una minoría los guardaba o atesoraba, pero, por la gracia del tiempo, el sello del planeta se debilitó lo suficiente como para despertar al demonio y esperar el momento indicado, tal vez por los últimos acontecimientos en los que el planeta se enfrenta.
El viejo, mi abuelo, estaba completamente exhausto. Usó habilidades que nunca dominó y solo aprendió por curiosidad. Al terminar de recolectar los pequeños duendes, esa sombra que había atrapado el abuelo solo la vimos bajar las escaleras con una risa de ultratumba.
—Viejo, no eres como los otros. Qué patético —dijo mientras se acercaba lentamente, con una peculiar forma de caminar, emanando un olor a putrefacción y un escalofrío profundo, con un arco en la espalda y una espada en la cintura.
Vimos que, de un momento a otro, como una sombra, se posó frente a nosotros. Nos agarró del cuello, me lamió la cara y me dijo al oído:
—Tú serás el último.
—¡Suelta al niño, Archerus! —gritó mi abuelo, dándole un puño en la cara.
Se dirigió hacia mi abuelo, se le quitó la sonrisa y, de una forma maquiavélica, le dijo:
—Eres hombre muerto, viejo.
Me tiró a un lado de la habitación y, de inmediato, intentó clavarle el brazo en el hombro, fallando solo por el dragón que tenía. Al volverlo a intentar, el dragón lo cubrió con sus llamas, haciendo que ese ser se quemara y retrocediera.
—Tus llamas son firmes, pero no fuertes. Nunca perfeccionaste la técnica, ¿verdad, anciano?
El abuelo, preocupado y lastimado, me dijo:
—debí enterrar ese libro ase tiempo, disculpa niño, hay que movernos antes de que obtenga más poder.
—¡Soy un gladiador! Fui entrenado para este momento.
Agarró su bastón y me teletransportó sin previo aviso. Me llevó donde mi hermano, quien estaba trabajando. Mis compañeros de trabajo me vieron aparecer de la nada, todos sorprendidos, mientras yo, asustado y confundido, les dije:
—¡Cállense! Andrés, ¿dónde estás?
Al verlo, le dije que me acompañara, que no preguntara q era urgente el abuelo necesita ayuda. Fuimos corriendo a la casa del abuelo. Al llegar, vimos un pasadizo secreto. La casa sabía que era vieja, pero tanto como para tener escondites y pasadizos, eso me inquietó. Teníamos que bajar.
Al buscar el celular para prender la linterna, encontré un anillo en forma de dragón. Simplemente por morbo, me lo puse. Al agarrarlo, sentí cada chispa del mundo ardiendo. Tal vez es exagerado, pero sentí mi cuerpo cálido y estraño.
La sensación era radiante, envolviendo la sala en una luz ardiente. Bajamos al sótano con gran rapidez al escuchar al abuelo gritar. vimos que el demonio le exigía que le dijera la ubicación del resto de los libros.
—David… ¿qué está pasando? —susurró mi hermano.
—No lo sé exactamente —respondí con dificultad—, pero estamos en peligro y tenemos que ayudar al abuelo. Si nos quedamos aquí, lo matará.
De repente, el demonio dijo:
—Me dirás, o tus nietos pagarán las consecuencias —mirándonos tajantemente.
—Sabía que vendrían —dijo mi abuelo, su voz débil—. Ahora corran y lárguense. Busquen el libro, David, sabes dónde está…
Antes de que terminara de hablar, el demonio tiró a mi abuelo hacia nosotros como un trapo. Ayudamos a mi abuelo a sentarse, mientras el demonio, aburrido, sacó una lanza de la nada, diciendo:
—¡Ya no me sirves para nada! ¡Muere!
Intenté ser de escudo por reacción. El anillo brilló y creó una barrera, pero no fue lo suficientemente rápido. La lanza le atravesó un pulmón. Diciendo con dificultad:
—Nada mal, niño, para ser tu primera vez. Ahora, práctica —mirando a mi hermano y a mí—. Te dejo el bastón. Vayan donde la noche nunca cae y es un día eterno…
Pero antes de que pudiéramos asimilar toda la información, un nuevo estruendo sacudió la casa. La puerta del sótano se abrió de golpe, y varias criaturas salieron.
—Ya no los necesito. Ya vere como encontrar el resto de libros con este, Ustedes mueran como gusten.
Mi abuelo se puso de pie con dificultad, y alzando sus manos. Mi hermano y yo nos preparamos para luchar, sabiendo que nuestra única esperanza residía en un milagro.
Las criaturas invadieron el sótano, sus ojos llenos de malicia y hambre. Eran una mezcla de duendes, elfos oscuros y hadas corrompidas, sus figuras retorcidas por la maldad. Al darnos cuenta Mi abuelo, medio muerto invoco un dragón en él rugió con fuego vivo, iluminando la estancia.
—¡David, andres, ¡corran! —gritó mi abuelo mientras desataba un torrente de llamas sobre las criaturas.
La primera ola de duendes se abalanzó sobre nosotros con chillidos. Desvié las garras de uno con la espada y, con un rápido movimiento, corté su diminuto cuerpo en dos. Mi hermano, con igual ferocidad, golpeó a otro duende en la cabeza, aplastándolo contra la pared.
—¡No te detengas! —gritó mi abuelo, barriendo a un grupo de elfos oscuros con una barrera de fuego, viendo como poco a poco hasta él se carbonizaba.
Las hadas corrompidas volaban alrededor, lanzando pequeños dardos envenenados. Sentí uno rozar mi brazo, dejando un rastro ardiente. Grité de dolor, pero seguí luchando. Mi abuelo conjuró un escudo alrededor de nosotros, desviando los dardos mientras preparaba su fin, desintegrando a las criaturas. Su resistencia fue increíble, considerando que tenía un pulmón perforado de extremo a extremo.
Pero, antes de morir, dio su último ataque, desintegrándolo todo junto con él. En el proceso, solo quedamos nosotros, con unas cuantas quemaduras gracias a la barrera antes echa.
Con el anillo que tenía, intenté hacer una pequeña llama para iluminar la salida. Todo se veía quemado, cadáveres destrozados, vueltos cenizas, y en el centro, nuestro abuelo, igual que en la historia del volcán de Pompeya, su gente se congeló en cenizas. Así estaba. Decidimos que ese lugar fuera su tumba mientras descubríamos qué hacer. Buscamos pistas en los libros que no se habían destruido y encontramos una libreta con un símbolo nórdico: la serpiente Jörmundgander, o serpiente del mundo. El libro del que salieron las criaturas no estaba, era obvio; se lo tuvo que haber llevado el demonio.
Decidimos llevarnos la libreta. Era lo único que se veía interesante y en buen estado, o al menos esa fue la excusa que le di a mi hermano. La verdad es que ya no quería estar ahí. También tomamos una vieja espada, pero no buscamos más en las otras cajas. Cerramos todo y quitamos el cartel de “Se vende”. Sería incómodo vender una casa llena de monstruos y sitios congelados o hechos cenizas.
En pleno camino al trabajo, mi hermano leyendo el libro (la mayoría de cosas en un lenguaje extraño) encontró lo mismo que dijo el anciano:
“Donde la noche nunca cae y es un día eterno, las llamas de Prometeo son más fuertes y sinceras, bajo auroras que danzan en un cielo de invierno, sobre fiordos dormidos en aguas austeras.”
Bueno, decir lo mismo queda corto. Al menos el inicio que dijo él nos llevó a ese escrito, por lo cual es mejor profundizarlo, al menos eso pensamos. Al llegar al trabajo, nos sorprendió que nos habían cubierto nuestros compañeros. Creo que vieron que en verdad estábamos en apuros. Obvio, no faltaron las preguntas; sobre todo por como aviamos llegado, por como aparecí de la nada. Bueno, tampoco los culpo, yo también lo haría.
Al llegar, teníamos que ocuparnos del siguiente encargo, aunque inquietos por el acertijo, decidimos no prestarle mucha atención. Después pensamos: ¿cuántos acontecimientos paranormales no pasan día a día? Digo, si lo piensas bien, Anabel es uno de esos. (Lo que no sabía es que este incluso traería el apocalipsis).
Unas cuantas horas después, entró una amiga nuestra, hija de nuestra jefa. Es periodista; a veces la ayudamos en ciertos casos, pero obvio, depende del área de complejidad. Quería nuestra opinión sobre unas fotos de unos cadáveres que habían encontrado: hombres desmembrados, y uno de ellos, según ella, era un enano. Hago la aclaración del enano porque no era uno; era un duende. Tenía pinta por la estatura y su forma física, pero nada más. El resto, mi hermano y yo sabíamos qué era; después de todo, ya nos habíamos enfrentado a criaturas como esas. De inmediato, la llevé a un rincón con el fin de explicarle todo y que se alejara de ese tipo de historias.
Pero no, la niña tenía que descubrirlo todo. Como me dijo ella: “La pasión por la verdad y el conocimiento de la razón me impulsan”. Espero no le pase como Jaime Garzón, o Silvia Dulzan Cuando dijo eso, supe que no la tenía que dejar sola, que no me haría caso. En fin.
Al llegar al punto, sentía escalofríos, y con razón. El lugar estaba lleno de escarcha, y ciertas partes estaban cristalizadas por el frío. De inmediato pensé: si un duende celta apareció muerto y desgarrado, es que algo tenía que haberlo matado. Digo, seguramente los humanos lo mataron; son bastante toscos y sanguíneos. Pero se me había hecho rara la muerte de él. De hecho, no lo había pensado hasta ese momento, pero todo me cayó como agua fría: las heridas que tenía, los charcos de agua, teniendo en cuenta que los cuerpos llevaban días allí.
—¡Abajo! —grito, pero reaccioné muy lento.
Ella vio esa flecha gigante que casi me vuela la cabeza. El anillo reaccionó de inmediato.
—Lo que me temía. Ok, no es momento de titubear.
Mi corazón se aceleró, como si estuviera corriendo una maratón, solo que no me cansaba; al contrario, me impulsaba más, me daba mucha más energía. De repente, se asomó uno de los dos gigantes de hielo.
—Es un gigante cubierto de hielo —dijo sorprendida, cosa que de inmediato exclamó—: ¡Ahhh, un Jotun!
—Sí, es uno. Ahora necesito que te cubras; después hablaremos.
Seamos honestos, era inexperto con la magia. Era mi primer combate solitario. El que habló en ese punto fue mi ego, queriendo cuidarla, pero en el fondo estaba más asustado que nunca.
Con una mirada seria, los vi. Sin darme cuenta, llegaron a mi espalda. Si no fuera por el anillo que me protegió, habría terminado peor que el enano. Llegó un punto en el que perdí totalmente el control. No había iniciado nada, pero con ese golpe quedé inconsciente. Mi espíritu… creo que no. Al despertar, todo estaba en llamas. Solo había un Jotun y un brazo del otro; al parecer, el otro escapó.
Ella me miraba con miedo. No lo sabía, pero todo mi cuerpo estaba cubierto de sangre, tanto mía como de ellos. No sabía cómo decirle o cómo explicarle lo que pasó. Solo me limpié la cara y le dije:
—Ayúdame con este cuerpo. Dejarlo aquí sería peligroso. Además, se lo tengo que mostrar a mi hermano. Si están ellos, significa que el infierno apenas ha iniciado.