CAPTULO 1 “ENTRE FLECHAS Y RITUALES ” - parte 1
El amanecer en Solarok no llegaba de golpe, sino como un susurro que se extendía desde las montañas del este hasta los valles más profundos del reino. Los primeros rayos de sol atravesaban la niebla matinal con dedos dorados, acariciando las copas de los robles centenarios que custodiaban el bosque sagrado. El rocío temblaba sobre las hojas aún dormidas, y pequeñas gotas resbalaban hasta caer con un sonido tenue sobre el musgo, como si la naturaleza misma respirara con lentitud, despertando del sueño de la noche.
Desde lo alto de la Torre Vigía del Amanecer, el bosque parecía un mar interminable pintado con pinceladas de oro y esmeralda. El viento soplaba entre los troncos con voz tranquila, haciendo que los árboles murmurasen entre ellos en un idioma tan antiguo como las raíces que los sostenían. Más allá del murmullo de la vida vegetal, comenzaban a despertarse los sonidos del reino: el eco de martillos sobre yunques en la herrería de Thar’den, la risa de niños aún soñolientos corriendo entre las casas de madera y piedra, el canto de los gallos anunciando el nuevo día, y los primeros pasos de los campesinos sobre la tierra húmeda en los campos de cultivo que rodeaban la capital.
El aire olía a tierra mojada, a resina de pino, a pan recién horneado en los hornos comunales, y a ese aroma indefinible que solo el bosque de Solarok podía regalar: una mezcla de vida, magia ancestral y paz.
Pero en un claro más alejado, en un bosque cercano al castillo de Thar’den, el silencio era distinto. Más profundo. Más cargado de expectativa. Allí, bajo la sombra protectora de los robles más antiguos, solo se escuchaban tres cosas: el latido apresurado de un corazón joven, el zumbido sutil de una cuerda de arco tensada... y una respiración entrecortada que luchaba por encontrar su ritmo.
Faren, de dieciséis años recién cumplidos, permanecía de pie en medio del claro, con los pies firmemente plantados en el barro aún húmedo por la lluvia de la noche anterior. Era robusto y compacto, con una complexión que ya comenzaba a mostrar la fuerza de su linaje Ursoli. Su cabello corto, de un café oscuro como la corteza del roble, se pegaba ligeramente a su frente por el sudor del esfuerzo. Sus ojos, grandes y de un castaño claro, reflejaban tanto la duda como la determinación de quien está a punto de cruzar un umbral importante.
A pesar de su juventud, sus brazos comenzaban a mostrar músculos definidos, fruto de años ayudando en los establos, cargando lea, y entrenando con sus hermanos. Tenía las orejas de oso en la cabeza —negras, cortas y firmes como su voluntad— que se movían ligeramente captando cada sonido del bosque. Sus manos, anchas y de dedos fuertes, aún conservaban esa torpeza característica de quien no ha terminado de crecer del todo, pero sostenían el arco con una determinación que hacía temblar la cuerda.
Sus dedos temblaban levemente. No por el frío de la mañana, sino por los nervios.
Frente a él, con los brazos cruzados y una expresión entre cálida y exigente, estaba su hermana mayor: Kaenna.
A sus veinticuatro años, Kaenna era la imagen viviente de lo que significaba ser una hija de Solarok. Alta, de casi un metro setenta y ocho, tenía una silueta fuerte pero elegante, con la gracia de quien ha pasado años perfeccionando el equilibrio entre la fuerza y la precisión. Sus ojos ámbar brillaban con la luz del sol naciente, como dos brasas doradas que reflejaban tanto amor como disciplina. Su cabello ondulado, de un castaño claro que se movía con el viento como llamas suaves, caía hasta sus hombros, atado parcialmente con una cinta de cuero decorada con el emblema del oso solar.
Su rostro fino contrastaba con sus brazos marcados por el entrenamiento, donde se podían ver las líneas sutiles de músculos trabajados con paciencia. Sus orejas de oso —erguidas, grandes y orgullosas— coronaban su cabeza como símbolo de herencia y poder. Llevaba una capa corta de cuero curtido y tela teñida en tonos cálidos, entre el naranja y el cobre, que relucía con cada paso al sol. En su cinturón colgaban un cuchillo de caza y una pequeña bolsa de cuero con hierbas medicinales.
Kaenna observaba a Faren con esa mezcla de paciencia infinita y expectativa silenciosa que solo los hermanos mayores saben dar.
—Respira con el bosque, Faren —dijo ella con una voz que sonaba como el viento entre las ramas—. No dispares con ira, ni con miedo. Siente cómo se mueve la tierra bajo tus pies. Escucha los pájaros. Observa la dirección del viento. El arco no es solo un arma. Es una extensión de ti mismo.
Faren soltó el aire con frustración y bajó el arco, clavando la mirada en el suelo cubierto de hojas húmedas.
—No sé si puedo, Kaenna —murmuró, con la voz cargada de inseguridad—. Tú lo haces ver demasiado fácil. Como si el arco te obedeciera sin pensar.
Kaenna sonrió con ternura, dando unos pasos hacia él. Se arrodilló frente a su hermano menor, poniendo una mano sobre su hombro.
—Porque llevo años practicando, pequeño oso —respondió ella, con una sonrisa torcida—. Créeme, yo también lloré de rabia cuando no podía acertar ni un tiro. Recuerdo la primera vez que intenté cazar un conejo. Le fallé tres veces seguidas, y papá tuvo que consolarme porque pensé que nunca sería lo suficientemente buena.
Faren levantó la vista, sorprendido.
—Tú? ¿Lloraste por eso?
—Claro que sí —rio Kaenna, revolviendo el cabello de su hermano—. Pero aprendí algo ese día. No se trata solo de fuerza. Ni siquiera de puntería. Se trata de entender para qué usamos nuestras armas. Nosotros no cazamos por gloria, Faren. No cazamos para demostrar poder. Cazamos para proteger. Para sostener nuestra casa. Para alimentar a nuestra gente. Y cuando caces con ese corazón, el bosque te responderá.
Una voz surgió desde detrás de un árbol cercano, interrumpiendo el momento con un tono burlón pero carioso.
—Y porque a veces necesitamos carne para el almuerzo —bromeó Tordek, el hermano del medio, apareciendo con un bastón de entrenamiento sobre el hombro y un arco de caza a la espalda—. Pero sí, todo eso que dijo Kaenna también es verdad.
Tordek, de veintiún años, era apenas un poco más bajo que Kaenna, pero su complexión gruesa y musculosa lo hacía parecer más grande. Su cabello corto, entre castaño y rubio, brillaba con reflejos dorados bajo la luz del sol. Tenía pecas marcadas sobre sus mejillas redondeadas, y su rostro reflejaba una tranquilidad natural mezclada con un sentido del humor que siempre lograba aliviar la tensión. Sus ojos cálidos —del mismo tono ámbar que los de Kaenna— tenían esa mirada de hermano que ha aprendido a cuidar desde el silencio, sin necesidad de palabras.
Faren giró hacia él y esbozó una sonrisa tímida.
—Ustedes lo dicen como si todo fuera fácil...
—No lo es —respondió Kaenna, poniéndose de pie—. Pero por eso lo hacemos juntos. Porque en Solarok, la fuerza no está en uno solo. Está en la manada. En la familia. En las raíces que nos conectan.
Tordek se acercó y puso una mano grande y cálida en el hombro de su hermano menor, apretándolo con afecto.
—Si no creyeras que puedes, no estarías aquí, Faren. Y si fallas hoy, fallas rodeado de quienes te aman. Eso también es fuerza. Eso también es valentía.
Los tres se miraron un instante. El vínculo que los unía no era solo de sangre. Era más profundo. Forjado por las raíces de su tierra, por las enseñanzas de sus padres, por las noches compartidas junto al fuego, por las historias de los ancestros. Una tierra que les enseñaba cada día a no rendirse, a levantarse, a proteger lo que amaban.
Kaenna rompió el momento con una palmada en el muslo, irguiéndose con energía renovada.
—Vamos. Papá necesita piel y carne para la ceremonia de esta noche. Iremos a cazar.
Faren palideció.
—Cazar? ¿Ahora? Pero yo... no sé cómo hacerlo. Papá dijo que había un conjuro, un ritual que debía decirse antes... ¿Qué pasa si lo hago mal?
—Ya te enseñaremos —dijo Kaenna, sonriendo con calidez—. Solo espero que papá le haya dicho algo a mamá. Si no, mamá nos va a arrancar la cabeza cuando volvamos.
Tordek alzó la vista hacia las ramas, señalando con un gesto hacia el norte.
—Vi huellas esta mañana. Pesadas, frescas. Cerca del río que cruza el bosque por el norte. Seguro hay un oso común por allí. El rastro era claro.
Kaenna tomó la mano de Faren, entrelazando sus dedos con los de su hermano menor en un gesto de confianza absoluta.
—Vamos, pequeño oso. Hoy es tu día.
Y los tres emprendieron camino entre los senderos del bosque.
El silencio volvió a envolverlos, pero no era un silencio vacío. Era el silencio vivo del bosque de Solarok, roto solo por el crujido de las hojas bajo sus pies, el canto lejano de un cuervo, y el murmullo suave del río que se escuchaba más adelante. El aroma del bosque se volvió más intenso: tierra húmeda, madera mojada, el perfume dulce de las flores silvestres que crecían entre las raíces de los robles.
Caminaron durante un buen rato, agachándose entre arbustos, observando cada señal que el bosque les regalaba: una rama rota, una huella fresca en el barro, marcas de garras en la corteza de un árbol. Tordek iba adelante, leyendo el rastro con la precisión de quien ha cazado desde niño. Kaenna caminaba en silencio, con los sentidos alerta, mientras Faren trataba de imitar cada movimiento de sus hermanos.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, Tordek levantó una mano, señalando hacia adelante.
—Ahí —susurró.
Los tres se agacharon detrás de un tronco caído, cubierto de musgo verde brillante. Y entonces lo vieron.
Un oso de pelaje grisáceo, enorme pero no tanto como el Gran Oso Dorado que adornaba los tapices del castillo. Este era un oso común, parte del ciclo natural del bosque. Estaba bebiendo tranquilamente del río, con el agua escurriendo por su hocico mientras levantaba la cabeza de vez en cuando, alerta, pero en paz.
Faren sintió que el corazón se le aceleraba.
—Ese es... uno de los nuestros? —preguntó en un susurro tenso, casi sin aliento.
—No —respondió Kaenna en voz baja, señalando con cuidado—. El nuestro es más grande. Su pelaje es café oscuro, como la corteza más antigua del bosque. Y sus ojos brillan con luz dorada. Este es un oso común. Parte del ciclo natural. Pero, aun así, merece respeto.
—Y podemos... matarlo? —la voz de Faren temblaba ligeramente.
—No se trata de matar, Faren —dijo Kaenna, girándose para mirarlo directamente a los ojos—. Se trata de cazar con respeto. De honrar la vida que tomas. Si no lo haces con el corazón correcto, si no le das las gracias al bosque y al Gran Oso por este regalo... su alma no descansará. Y tú pagarás el precio.
Kaenna se volvió hacia el oso, observándolo con una mezcla de reverencia y determinación.
—Mira con atención, Faren. Esto es lo que significa ser de Solarok.
Tordek ya tenía el arco en la mano. Se movió con sigilo, agachándose junto al tronco caído, apuntando con precisión al pecho del animal. Su respiración era controlada, su pulso firme. No había prisa. No había duda. Solo respeto.
—Ahora —susurró Kaenna.
La flecha voló con un silbido bajo, cortando el aire como un suspiro.
Impactó directamente en el corazón del oso, que soltó un gruido ahogado, dio dos pasos tambaleantes, y se desplomó pesadamente sobre la tierra mojada. El sonido resonó en el bosque, y por un momento, todo quedó en silencio absoluto.
Los tres hermanos se acercaron lentamente. Kaenna se arrodilló junto al cuerpo del oso, poniendo una mano sobre su pecho aún tibio. Cerró los ojos, respirando profundamente.
—Faren, escucha bien —dijo con solemnidad, sin abrir los ojos—. Siempre que caces un oso en Solarok, debes decir estas palabras. No importa si es un oso común o uno de los nuestros. Todos merecen regresar al Gran Oso con honor.
Posó ambas manos sobre el pecho inmóvil del animal y recitó con voz templada y profunda, en el idioma antiguo de Solarok:
—“En este bosque donde naciste, que la naturaleza florezca y tu legado perdure. Que el Oso Primigenio te guíe al más allá, te mantenga a salvo entre raíces y ceniza. Tu muerte no es solo una muerte. Tu color y tu ser serán recordados. Serás carne de nuestra carne, hogar de nuestro fuego, y familia por siempre.”
Luego añadió, casi en un susurro, con un tono antiguo y solemne que pareció hacer vibrar el aire:
—Ha’ran talvorr dosh’ka.
En ese momento, algo extraordinario sucedió.
Los ojos del oso, que hasta entonces habían estado opacos y sin vida, se tornaron completamente blancos, brillando con una luz suave y etérea. Una esfera de luz ámbar comenzó a emerger lentamente de su pecho, flotando con delicadeza hacia el cielo. La luz pulsaba suavemente, como un corazón que aún latía, y ascendía entre las copas de los árboles, atravesando las hojas doradas hasta alcanzar la altura de las ramas más altas.
Cuando llegó a la cima del bosque, la esfera estalló en un resplandor suave y cálido, que se desvaneció como un suspiro llevado por el viento. Faren se quedó paralizado, con los ojos abiertos de par en par y la boca entreabierta. Su respiración se había detenido sin que se diera cuenta.
—Eso fue... su alma? —susurró, con la voz llena de asombro y temor reverente.
—Sí —respondió Kaenna con calma, abriendo los ojos lentamente—. Cuando el ritual se hace bien, el Primigenio acepta su regreso. El alma del oso vuelve al Gran Oso Dorado, y su espíritu descansa en paz.
—Y si no se hace? —preguntó Faren, con un nudo en la garganta.
Tordek bajó la mirada, con una expresión más seria de lo habitual.
—Se paga un precio —dijo con voz grave—. Puedes perder algo. La vista. La fuerza. Incluso los sueños. Hay historias... de cazadores que no vieron nunca más el sol tras una caza impura. De guerreros que perdieron su conexión con el Gran Oso y ya no pudieron sentir el bosque.
Faren tragó saliva, sintiendo el peso de esas palabras.
—Y si me equivoco? ¿Si no recuerdo las palabras?
—Puedes redimirte —añadió Kaenna, poniéndose de pie y limpiando sus manos en su capa—. Hay una capilla en el claro del norte. Allí puedes ofrecer algo personal, algo que duela entregar. Un recuerdo. Un objeto valioso. Si el Primigenio acepta tu penitencia, lo sabrás. Oirás su rugido... pero solo tú.
Faren cerró los ojos y apretó una mano contra su pecho. Nunca olvidaría lo que había visto. Nunca olvidaría lo que había sentido. El respeto. La conexión. La magia.
El camino de regreso al pueblo fue lento y tranquilo, pero no silencioso. Esta vez, hablaron.
El aire parecía más liviano, como si el bosque, testigo silencioso del ritual, hubiera exhalado un suspiro de aceptación. Las ramas crujían bajo los pasos de los tres hermanos, y una leve brisa les acariciaba el rostro, llevando consigo el perfume húmedo del musgo y la corteza.
Kaenna, con el cuerpo del oso atado con cuerdas y colgado de sus hombros, caminaba en silencio, su figura erguida y serena como una columna de piedra. Tordek iba a su lado, con su arco a la espalda, cubierto aún de tierra. Faren, más callado que de costumbre, llevaba en sus manos el carcaj de su hermana, pero sus pensamientos no paraban. En su mente, una y otra vez, se repetía la imagen de la esfera de luz elevándose entre los árboles.
—Siempre es así? —preguntó Faren finalmente, rompiendo el silencio—. ¿Siempre... se ve el alma?
—Siempre que el ritual se haga bien —respondió Kaenna—. Pero hay veces en que el alma no sube. Se queda atrapada. Eso significa que algo salió mal. Que el corazón del cazador no estaba en el lugar correcto.
—Y qué pasa entonces?
—El alma se convierte en una sombra —dijo Tordek con voz baja—.
Un espíritu perdido que vaga por el bosque. Algunos dicen que esas sombras atacan a los cazadores impuros. Otros dicen que solo lloran en las noches de luna llena. F
aren sintió un escalofrío.
—No quiero que eso pase nunca.
—No pasará —dijo Kaenna con firmeza, deteniéndose para mirarlo—. Porque tienes un buen corazón, Faren. Y eso es lo más importante.
Cuando cruzaron los primeros senderos del reino, la vida diaria volvió a envolverlos como un abrazo cálido. Campesinos levantaban herramientas al verlos pasar, sonriendo con respeto y orgullo. Mujeres con canastos de frutas les sonreían, saludando con la mano. Algunos niños corrieron hacia ellos, emocionados por el tamaño del oso que cargaban.
—Trajeron uno grande esta vez! —gritó uno de ellos, con los ojos brillando de emoción.
—Eso es una buena caza, ¡princesa Kaenna! —añadió una anciana desde la entrada de su casa, con una sonrisa llena de arrugas.
—¡Que el Gran Oso los bendiga!
—¡Gracias, seora Tirla! ¡Que el sol le sonría hoy! —respondió Kaenna, alzando la mano con amabilidad.
Un joven herrero, limpiando sus manos en un delantal de cuero manchado de hollín, se acercó con una sonrisa pícara. —Oye, Kaenna, si buscas a tu padre, está en la casa de los Farin. Ayudando con la reparación del techo.
Kaenna se detuvo un instante, asintiendo... pero Tordek no perdió la oportunidad.
—Uhh... La casa de los Farin, ¿eh? —preguntó con un tono burlón, mirándola de reojo—. ¿No está allí tu “enamorado”?
Faren soltó una pequeña carcajada, aunque trató de disimularla tapándose la boca. Kaenna giró lentamente la cabeza hacia su hermano y, sin decir palabra, le dio un suave golpe en la nuca con el dorso de la mano.
—Cállate, ¡estúpido! —murmuró, con las mejillas encendidas como brasas—. Y tú, Faren, deja de reírte o te toca también.
La risa entre ellos se mezclaba con el bullicio de las calles, creando esa armonía imperfecta pero cálida que solo las familias verdaderas comparten. Caminaron hasta una zona donde las casas eran más robustas, hechas de madera gruesa de roble y piedra pulida por generaciones de artesanos. Los estandartes del reino —el oso dorado sobre fondo naranja— colgaban de los balcones, ondeando suavemente con la brisa. El aroma a madera recién cortada se mezclaba con el olor a especias y pan que salía de las cocinas cercanas. Allí, frente a una gran casa cubierta de musgo verde brillante y con un árbol de raíces expuestas creciendo justo al lado, se encontraba Urh’van, el rey de Solarok.
Pero no parecía un rey en ese momento. Vestía como un pueblerino más: ropas simples de lino grueso, botas gastadas llenas de barro hasta los tobillos, y una camisa arremangada hasta los codos que dejaba ver sus antebrazos marcados por cicatrices de batalla y trabajo. Sin embargo, su presencia era imponente. Medía más de un metro ochenta, con un cuerpo robusto como el tronco de un roble centenario, brazos gruesos marcados por años de trabajo en los campos y combate en las fronteras. Su barba espesa, de color ámbar oscuro con hebras plateadas que hablaban de sabiduría más que de edad, cubría su mandíbula fuerte. Su cabello ondulado del mismo tono caía ligeramente sobre sus hombros, atado con una cinta de cuero simple. Sus ojos verdes brillaban con calidez al ver a sus hijos, y sus orejas de oso —anchas y prominentes, cubiertas de un suave pelaje marrón— se alzaban sobre su cabeza con naturalidad, símbolo innegable de su linaje real. Estaba recogiendo lea con la ayuda de dos ancianos del lugar, riendo mientras contaba alguna historia que hacía sonreír a los viejos.
—Miren quiénes vienen! ¡Mis fieras del bosque! —exclamó al verlos, dejando caer los troncos al suelo con un golpe seco—. Kaenna, has cazado un oso entero! Les dije que trajeran “algo pequeño”, como un conejo o un faisán.
—No fue idea mía, papá —respondió Kaenna, bajando el cuerpo del oso con cuidado, ayudada por Tordek—. Tordek nos trajo hasta él. Él encontró el rastro.
Urh’van se giró hacia su hijo del medio con una ceja levantada, pero con una sonrisa divertida.
—¿Y tú no pensaste en traer solo un conejo, muchacho? Mira ese tamaño... —luego miró a Faren y su expresión se suavizó completamente—. Y tú, mi pequeño osito. ¿Viste el ritual? Faren asintió con seriedad, con los ojos aún brillantes por la emoción y el asombro que contenía.
—Sí, padre. Vi todo. Lo que dijeron, lo que sintieron. Nunca lo olvidaré. Vi el alma subir al cielo.
El rey dejó escapar una carcajada profunda y cálida, llena de orgullo. Lo tomó en brazos sin esfuerzo, levantándolo del suelo como si fuera un niño pequeño, y le hizo unas cosquillas en el costado que hicieron reír a Faren a pesar de sí mismo.
—Ese es mi hijo! ¡El futuro de Solarok! —dijo con orgullo resonante—. Hoy no solo cazaste con tus hermanos, Faren. Te uniste a ellos como un igual. Te has convertido en un verdadero hijo del bosque.
Faren sonrió, con las mejillas encendidas de emoción y vergüenza mezcladas. Urh’van lo bajó con cuidado y luego buscó algo en el bolsillo de su pantalón. Sacó un pequeño estuche de cuero gastado y se lo tendió a Kaenna con una sonrisa traviesa.
—Por cierto, tu enamorado te dejó esto esta mañana —dijo alzando el estuche—. Vino muy temprano, todo nervioso. Casi se cae al entrar.
Kaenna abrió el estuche con curiosidad, y dentro encontró unos pendientes de plata bellamente trabajados con la forma de un sol tallado. Brillaban sutilmente bajo la luz, y se podía ver el cuidado con el que habían sido hechos.
—Papá! —exclamó Kaenna, entre molesta y avergonzada, mientras tomaba los pendientes y los escondía rápidamente en su bolsa—. ¡No es mi enamorado! Solo es... es un amigo.
—Claro, claro —rio Urh’van, guiándole un ojo—. Un “amigo” que te trae regalos de plata. Muy normal.
Tordek se unió a la burla.
—Un “amigo” que se pone rojo como un tomate cada vez que te ve. —Cállense los dos! —Kaenna intentaba verse molesta, pero la sonrisa que luchaba por esconder la traicionaba.
Urh’van se sacudió el barro de las botas, mirando el cielo.
—Vamos, vamos... antes de que tu madre nos arranque la cabeza —dijo con tono divertido, pero también con un toque de genuina preocupación—. Que ya me imagino su reacción si ensuciamos el salón otra vez... La última vez casi me hace dormir con los caballos.
Los tres hermanos intercambiaron miradas cómplices y siguieron a su padre. El grupo cruzó los portones del castillo real de Thar’den. Era una estructura poderosa, hecha de piedra negra extraída de las montañas del norte y madera de roble labrada por generaciones de artesanos.
Las paredes estaban adornadas con murales que representaban antiguos rituales: la primera caza del Gran Oso, la fundación del reino, batallas contra invasores de tierras lejanas, y escenas de paz donde los Ursolios vivían en armonía con el bosque. Al entrar, fueron recibidos por el olor a incienso de pino, resina quemada, y ese aroma único a madera vieja que los castillos antiguos siempre tienen.
En lo alto de la escalera principal, con una túnica de lino oscuro y el cabello recogido en una trenza elaborada decorada con pequeñas flores silvestres, los esperaba Maela, la reina. Era una presencia que imponía respeto incluso sin levantar la voz. Alta, de porte erguido, pero no rígido, su rostro sereno observaba todo con la precisión de una madre que puede leer los pensamientos de sus hijos con una sola mirada, y de una reina que puede leer las necesidades de su pueblo del mismo modo. Sus ojos verdes —del mismo tono que los de Urh’van— observaban la escena con esa mezcla perfecta de amor, disciplina y exasperación controlada.
Su cabello liso, ligeramente ondulado en las puntas, caía en cascada hasta la mitad de la espalda, de un castaño oscuro profundo, casi como la tierra húmeda del bosque después de la lluvia. Llevaba un vestido de tela gruesa pero elegante, inspirado en los antiguos trajes ceremoniales del reino: de tono esmeralda con detalles bordados en dorado y cobre que representaban hojas de roble y rayos de sol. Sobre sus hombros descansaba una capa de piel de oso (de un oso que había muerto naturalmente, como dictaba la tradición) adornada con broches de madera tallada.
Sus orejas de oso —negras y suaves— se alzaban sobre su cabeza con una dignidad natural, y sus manos, aunque finas, conservaban la fuerza de alguien que sabe sostener tanto a un hijo como a un reino entero. No hablaba con voz alta. No necesitaba joyas llamativas. Su presencia bastaba para que todos se detuvieran.
Y en ese momento, esa presencia estaba claramente molesta.
—Salieron a cazar sin mi permiso? —preguntó, con las manos entrelazadas frente a ella—. ¿Quién les dijo que podían?
Kaenna respiró hondo y dio un paso al frente, como siempre hacía cuando era necesario proteger a sus hermanos.
—Salimos con respeto, madre. Y con permiso de nuestro rey, el señor Urh’van.
La madre frunció los labios y giró lentamente el rostro hacia su esposo, quien, en ese preciso momento, se estaba quitando las botas aún cubiertas de barro... y dejando huellas en la alfombra recién limpiada.
—Amor mío... fue solo una pequeña cacería —dijo el rey, intentando desesperadamente no pisar más la alfombra mientras se tambaleaba sobre un pie—. Nada fuera de lo común... Solo un oso. Pequeño. Bueno, no tan pequeño, pero...
—Nada fuera de lo común? —respondió ella, señalando con un dedo acusador las huellas de barro que marcaban todo el suelo—. ¿Y por qué entonces el piso que los sirvientes acababan de limpiar está cubierto de barro?
—Ups... —susurró Urh’van, con una mueca de culpabilidad genuina.
—Todos fuera! —ordenó Maela con voz firme pero no cruel—. ¡Quítense esa ropa sucia, no manchen el salón! ¿Acaso creen que los sirvientes son invisibles? ¿Qué su trabajo no tiene valor?
Pero, aunque su tono fuera severo, había ternura en sus palabras. La reina no regañaba por ego ni por orgullo. Regía con amor. Y amaba con disciplina. Era el equilibrio perfecto entre madre y gobernante. Los sirvientes, que habían escuchado todo desde la entrada de la cocina, soltaron una risa discreta mientras limpiaban discretamente las huellas. Sabían que, en ese castillo, el poder se ejercía con respeto. Porque en Solarok, el trono se sostenía con raíces fuertes, y el amor era el fuego que mantenía encendida la casa. Urh’van se acercó a Maela con una sonrisa arrepentida y le dio un beso en la mejilla.
—Perdón, mi amor. Sabes que a veces olvido estas cosas.
—No olvidas —respondió ella, pero suavizando el tono—. Simplemente decides ignorarlas.
—Es verdad —admitió él con una carcajada—. Pero me amas de todos modos.
Maela intentó mantener la seriedad, pero una pequeña sonrisa se escapó de sus labios.
—Vayan. Límpiense. Y luego vengan a cenar. Tengo un estofado esperando, y si se enfría por su culpa, los haré comérselo frío. Los tres hermanos subieron corriendo las escaleras, riendo entre ellos, mientras Urh’van se quedaba atrás intentando limpiar las huellas con un trapo que un sirviente le había pasado.
Esa noche, mientras las luces se apagaban una a una en el castillo y las estrellas comenzaban a brillar en el cielo, Faren se quedó un momento en el umbral del salón, mirando hacia arriba.
La imagen de la esfera de luz ascendiendo aún ardía en su memoria como una llama que nunca se apagaría.