Re: Capitana navegante Carmesí Errante

Summary

En un vasto océano de islas olvidadas y reinos flotantes, Priscilla no es una noble, sino una capitana navegante errante, temida y reverenciada como la "Sol Rojo". Porta un sable carmesí de origen desconocido y comanda el navío "Orgullo Carmesí".

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo 1: Mi despertar

El agua lo envolvía todo.

Era como si el mundo hubiera perdido forma, como si su cuerpo no fuese más que un peso sin voluntad, cayendo en espiral a través de un océano sin fin. Había gritos, quizás suyos. Quizás de otros. No lo recordaba. No recordaba nada.

Su vestido estaba hecho jirones, sus joyas perdidas en la oscuridad marina. Solo quedaba una sensación: ardor en el pecho y una voz que no era suya susurrando: “La sangre siempre vuelve al mar…”

El océano no tuvo piedad.

Las olas la empujaron, la zarandearon, la arrastraron como si quisiera quebrarla del todo antes de dejarla partir. Pero entonces… la costa.

Arena. Calor. Luz. Dolor.

Despertó con un hilo de aire, vomitando agua salada. Tosió. Gritó. Se levantó temblando sobre sus manos, medio enterrada en algas, con la piel quemada por el sol y apenas cubierta por retazos de lo que una vez fue un vestido de noble.

No sabía quién era.

No sabía dónde estaba.

Pero al incorporarse, incluso tambaleante, con la mirada furiosa y el mar aún rugiendo detrás de ella, supo una cosa con certeza:

“Este mundo… me pertenece.”

El sol abrasaba, pero el viento salado no le daba consuelo. Cada paso sobre la arena caliente era una protesta de su cuerpo golpeado, entumecido y casi vencido. A cada movimiento, sentía los músculos desgarrarse lentamente, como si la propia marea hubiera intentado arrancarle la voluntad.

Caminó.

No porque supiera adónde iba, sino porque detenerse era morir.

Las algas secas se enredaban en sus tobillos, y la espuma del mar lamía su espalda como un amante arrepentido. Su cabello, empapado y enredado con restos de conchas y sal, caía sobre su rostro como un velo marchito. El vestido, ahora poco más que una túnica rasgada, dejaba ver heridas recientes: cortes, moretones, huellas de una tormenta que no recordaba haber enfrentado.

Entonces, intentó recordar.

“¿Quién… soy?”

Un fogonazo.

Un trono de mármol… rojo, brillante, ardiente. Risas. Gente arrodillada. Una voz que gritaba: “¡Que se inclinen todos!”

Y luego…

¡Crack!

El dolor le atravesó la cabeza como una daga. Se desplomó de rodillas, gritando sin sonido. El mundo giró, las imágenes se deshicieron. Intentó aferrarse a un rostro, un nombre, una emoción… pero todo era un remolino de fuego y sangre, que no se dejaba atrapar.

Hambre. Cansancio. Dolor.

La voz volvió, en un susurro:

“Levántate. A ti nadie te arrastra.”

No sabía si era una memoria, un instinto, o simplemente el eco de su orgullo innato.

Pero se puso de pie.

Y siguió caminando por la costa, decidida a encontrar algo, lo que fuera, que le diera sentido a ese cuerpo, a ese vacío… a esa ira que ardía dentro de ella sin razón alguna.

//

El cuerpo de Priscilla cayó sin fuerza alguna, como una muñeca de porcelana maltratada por el mar. La última brisa cálida le rozó el rostro antes de que la inconsciencia la arrastrara por completo. El murmullo de las olas quedó lejano, como una nana cruel.

El mundo se volvió negro.

No supo cuánto tiempo pasó. El sol había comenzado a descender, tiñendo el cielo de cobre y púrpura, cuando unos pasos ligeros se acercaron entre la arena y las raíces nudosas de la palmera. Un muchacho de piel morena, trenzas al viento y mirada vivaz se detuvo al verla. Se arrodilló de inmediato, sacudido por el pánico.

La observó, inseguro. Su pecho no se movía.

Con respiración agitada y gestos torpes, colocó su oído sobre su pecho, buscando un latido. Nada. Maldiciendo en voz baja, entre palabras en su lengua natal, la tomó por los hombros y comenzó a aplicar respiración de emergencia.

Uno. Dos.

En la tercera exhalación, ella reaccionó.

Un estallido violento la sacudió desde dentro, como si un fuego hubiera prendido de golpe en sus pulmones. Tosiendo con fuerza, escupió agua salada y se incorporó apenas, con la mirada nublada. El aire entraba a borbotones. Sentía los labios ajenos aún sobre los suyos, cálidos, sorprendidos.

Entonces lo notó: una mano temblorosa, posada torpemente sobre su pecho.

No hubo grito.

Ni siquiera un gesto de sorpresa.

Solo sus ojos, dorados como brasas mojadas, se alzaron para encontrarse con los de él.

El joven, paralizado por la culpa, retrocedió de inmediato, levantando ambas manos como si hubiera tocado una antorcha.

—¡Perdón! ¡Yo... pensé que estabas muerta! ¡Lo juro por el mar, solo quería ayudarte!

Su voz temblaba tanto como sus rodillas.

Priscilla lo observó unos segundos más, sin decir nada. Cada músculo de su cuerpo dolía, cada rincón de su mente estaba en sombras. Pero dentro de ella aún ardía un orgullo inexplicable, una presencia que no se dejaba humillar.

Aceptó la mano que él le ofrecía, con un gesto lento, casi imperceptible. Se dejó levantar, temblando por el cansancio. A su alrededor, el mar parecía más silencioso ahora. Como si esperara.

El joven bajó la mirada, avergonzado. No volvió a tocarla.

Y ella no volvió a hablar. No aún.

Pero algo en su mirada, al contemplar el horizonte, sugería que, aunque no recordara su nombre, no era una mujer que el mundo pudiera ignorar por mucho tiempo.

///

Caminaron en silencio al principio.

El joven se mantenía unos pasos por delante, guiando por entre la vegetación húmeda que crecía retorcida más allá de las dunas. Cada tanto, miraba hacia atrás, asegurándose de que ella aún lo seguía, que no se desvanecía de nuevo como un espectro arrastrado por las olas.

La selva comenzaba donde terminaba la costa, con raíces enormes como serpientes y hojas tan grandes que ocultaban el cielo. El olor a sal dio paso al perfume denso de la tierra mojada.

—Me llamo Kael —dijo finalmente, sin atreverse a mirarla de frente—. Soy... bueno, aún no soy nadie. Apenas me inicié como aventurero este mes. Estoy buscando ruinas antiguas, tesoros... cosas de ese tipo.

Ella lo miró de soslayo. No respondió. La tos todavía la sacudía a ratos. Tenía los pies descalzos y la piel marcada, pero se mantenía erguida como una reina derrotada que aún no ha aceptado su caída.

—El poblado está cerca. Media hora más, quizás —continuó él, intentando sonar valiente—. No es gran cosa, pero tienen agua dulce, comida... un médico tal vez.

Fue entonces que el viento cambió.

El aire dejó de moverse.

Un silencio espeso se instaló entre los árboles, y los pájaros —que un momento antes cantaban despreocupados— callaron como si alguien les hubiese arrebatado la voz.

Kael alzó un brazo de inmediato, deteniéndose.

—¿Escuchaste eso?

Priscilla se detuvo a su lado. Ella no escuchó nada. Precisamente eso era lo que la alarmó.

Un sonido húmedo, como si alguien apretara fruta podrida con las manos, emergió de la maleza.

Y luego los vio.

Tres figuras viscosas, semitranslúcidas, de un verde enfermizo, avanzaban tambaleándose entre las ramas. Su forma no era fija: parecían gelatinas vivas, burbujeantes, arrastrándose con determinación.

—Slimes —murmuró Kael, empuñando un machete corto con manos algo temblorosas—. No suelen acercarse tanto a la costa… Algo los está moviendo.

Uno de ellos se lanzó hacia ellos con un sonido de succión y un estallido de baba ácida contra una roca cercana.

Kael se interpuso con rapidez, empujando a Priscilla detrás de sí.

Ella no gritó.

De hecho, su expresión no cambió. Solo sus ojos ardieron un instante, como si algo antiguo y olvidado despertara al ver peligro. No tenía armas, ni recuerdos, ni fuerzas… pero su porte decía otra cosa.

“A mí nadie me arrastra.”

No esta vez.

///

El primero saltó.

Kael lo interceptó en el aire con un grito salvaje, hundiendo su machete en el núcleo palpitante de la criatura. El filo chispeó al contacto con la masa viscosa, que chilló con un sonido agudo y burbujeante. El joven retrocedió, con el brazo cubierto de sustancia corrosiva que comenzaba a humear.

—¡Uno menos! —gritó entre jadeos.

Pero los otros dos ya se movían.

Uno fue directo hacia Priscilla.

Ella no huyó. Retrocedió un paso, luego se giró hacia una raíz gruesa a sus pies y, sin pensarlo, la arrancó con fuerza. El trozo de madera, astillado y húmedo, era todo lo que tenía. Apretó los dientes. El slime se lanzó. Priscilla giró el cuerpo con una precisión nacida del instinto, del recuerdo corporal de algo que su mente aún no podía explicar.

El palo entró directo por la masa del ser viscoso y se hundió hasta el núcleo.

El estallido fue como el de una fruta podrida. Gotas ácidas salpicaron su brazo y mejilla, pero no se detuvo. Pateó los restos con furia, respirando como una fiera.

—¿Quién... me enseñó eso? —murmuró entre dientes, la mirada encendida.

No hubo tiempo para respuesta.

El tercer slime no atacó de frente.

Aprovechó el ángulo ciego. Se lanzó como una masa líquida, y antes de que pudiera girarse, ya lo tenía encima, escurriéndose por su pecho semidesnudo, aferrándose a su piel como un parásito resbaloso y frío.

El aliento se le cortó.

Una arcada involuntaria la sacudió al sentir la viscosidad avanzar por su escote rasgado, quemando la tela y adhiriéndose al calor de su piel. No gritó. Sus manos volaron al cuerpo del slime, intentando arrancarlo sin éxito: era como intentar despegar brea viva.

Kael gritó su nombre, corriendo hacia ella, pero estaba a metros.

Entonces Priscilla reaccionó.

Golpeó su propio torso contra la palma de la palmera, aplastando parte de la criatura con un ruido sordo. La baba se desparramó, pero no fue suficiente. Apretó los dientes y hundió los dedos dentro de la criatura, buscando el núcleo con desesperación, con furia, con una rabia que no entendía.

Y lo encontró.

Un pequeño orbe duro, latiendo como un corazón. Lo arrancó con un gruñido seco y lo aplastó contra el tronco con toda su fuerza. El slime se deshizo al instante, cayendo sobre la arena como un charco sin vida.

Priscilla cayó de rodillas, jadeando.

La tela que cubría su pecho estaba destruida, el ácido le había dejado marcas rojizas en la piel. Pero ella no temblaba.

—Estás loca... —susurró Kael, llegando hasta ella—. Te podrías haber… ¡Podrías haber muerto!

Ella lo miró. La mirada encendida. La respiración pesada. Las manos manchadas de verde y sangre.

—No soy tan fácil de matar —dijo con voz áspera.

Kael le tendió una manta rota de su mochila, para cubrirse.

Ella la aceptó sin agradecer. Se envolvió como una emperatriz despojada de su corona, pero no de su poder.

Y sin decir más, se puso de pie y continuó caminando.

/))

El cuerpo de Priscilla, forzado más allá de sus límites, comenzó a ceder.

El sudor empapaba su frente. La piel ardía donde el ácido del slime había tocado, y sus piernas, aún tambaleantes por la resaca del mar, finalmente fallaron.

Tropezó.

Kael giró justo a tiempo. Sus brazos la rodearon con firmeza por la cintura antes de que cayera de bruces al suelo. Ella quedó colgada de su pecho, apenas consciente, la cabeza contra su clavícula.

—Te tengo… —dijo él en voz baja, con una mezcla de preocupación y asombro.

Ella no respondió, pero tampoco se apartó.

Durante unos segundos, simplemente se apoyó en él. No como una súbdita ni una víctima… sino como una mujer que, por el momento, aceptaba el equilibrio que otro podía ofrecerle. Con los ojos cerrados, respiró hondo. El salitre, la sangre y el sudor ya no la hacían estremecer. Su piel estaba caliente, y su temple aún intacto.

—Llévame —dijo simplemente, sin abrir los ojos.

Kael la acomodó con cuidado, cargándola en brazos. Ligera, pero poderosa, incluso en su agotamiento. Su vestido, o lo que quedaba de él, dejaba al descubierto parte de su pierna, su vientre, el escote maltrecho aún manchado de ácido. Cubierta solo con la manta improvisada, parecía una aparición salida de las profundidades.

Y así, fue como llegaron al poblado costero de Llama Ciega.

Una docena de chozas se alzaban junto al acantilado, construidas con madera curva y techos de palma trenzada. Las redes secaban colgadas como estandartes sin gloria, y el sonido del martillo contra el casco de una barca era lo único que rompía la monotonía del lugar.

Hasta que vieron a Kael… y a ella.

La reacción fue inmediata.

Los primeros en notar la escena fueron los niños. Uno soltó una carcajada inocente, señalando la figura semidesnuda en brazos de su conocido, antes de ser callado por una madre boquiabierta. Luego vinieron los hombres: pescadores endurecidos, curtidos por el sol, que se enderezaron con las cejas alzadas, las miradas clavadas como anzuelos en la silueta de la desconocida.

La manta resbalaba un poco de su hombro, y la piel bronceada brillaba bajo el sol poniente. A pesar de su estado, la curva de su cuello, la firmeza de su cintura, la caída elegante de sus piernas —todo hablaba de una belleza imposible de ignorar.

Una mujer mayor hizo la señal de protección con los dedos, murmurando algo sobre “una sirena maldita”.

—¿Es… tuya? —preguntó uno de los hombres, con una media sonrisa sucia.

Kael frunció el ceño.

—Es una náufraga. Está herida. Necesita descanso, no tus estupideces, Nairon.

La tensión subió un instante.

Pero Priscilla alzó la cabeza. No con esfuerzo, sino como si algo en ella no permitiera que la mirada de nadie la sostuviera por encima.

Sus ojos —aún húmedos, aún cansados— buscaron al pescador que habló.

Y sin decir palabra, sin siquiera fruncir el ceño, lo hizo bajar la vista.

El silencio volvió al poblado.

Kael la llevó hasta la choza del curandero, que abrió la puerta sin preguntar. Una figura envuelta en humo de hierbas, con ojos que parecían ver más de lo que deberían.

—Esa mujer —murmuró el viejo mientras les hacía pasar—. No es de aquí. Pero lleva una tormenta dentro.

La acostaron en un camastro. El techo crujía por el viento. La noche llegaba, lenta pero implacable.

Kael se sentó a su lado, mirando cómo el curandero limpiaba sus heridas con telas empapadas en una infusión ardiente.

—¿Tienes nombre? —preguntó, por fin.

Priscilla entreabrió los labios.

Su mente buscó en la bruma, entre tronos rotos, fuego, y sangre…

—…No lo sé —susurró.

Pero su voz tenía el tono de alguien que, pronto, recordará quién fue.

Y más aún… quién va a volver a ser.

///

El aire dentro de la choza era denso, saturado con el aroma de raíces machacadas, hierbas ardientes y un humo que parecía pesar en los pulmones como si contuviera siglos de secretos. Las paredes de madera estaban cubiertas por máscaras extrañas, cráneos blanqueados por el sol y símbolos dibujados con ceniza. Allí, el tiempo parecía avanzar más lento, como si incluso la noche se atreviera a entrar con respeto.

Priscilla yacía sobre un camastro cubierto con telas ásperas. El curandero, un anciano encorvado con manos como ramas secas, trabajaba en silencio.

—Raíz de tarahuaco para la fiebre… savia de escama roja para la piel quemada… resina de garabillo para el sueño profundo… —murmuraba, sin mirarla del todo.

Con dedos sabios, ungió sus heridas con un ungüento verdoso que ardía al contacto, pero que dejaba tras de sí una frescura casi anestésica. Donde antes había enrojecimiento y ácido, la piel comenzaba a calmarse, las marcas a cerrarse. Le hizo beber una infusión oscura como brea, pero con el dulzor de la canela salvaje. Apenas unos sorbos bastaron para que su cuerpo se rindiera al sueño.

—Descansa, muchacha sin nombre —susurró el viejo, apagando una lámpara—. Que los recuerdos no te devoren.

Y Priscilla cayó.

Cayó en un sueño profundo. Y allí, las sombras la encontraron.

**

Primero fue el sonido de pasos sobre mármol.

Tacones. Ligeros. Elegantes.

Luego el murmullo de voces: profundas, temerosas. Como si hablaran de ella, sin atreverse a usar su nombre.

Un salón iluminado por fuego líquido. Pilares esculpidos con dragones. Un trono inmenso hecho de hierro negro y huesos antiguos. En él, un hombre de barba como llamas y ojos como brasas apagadas.

—Mi hija no se arrodillará ante nadie. Ni ante reyes, ni ante dioses. El fuego corre por tu sangre, Priscilla. Aplasta, pero no te inclines.

Ella —más joven, vestida con oro y tela escarlata— miraba a ese hombre con mezcla de miedo y orgullo. Un instante después, otra imagen:

Espadas. Traición. Gritos.

Una corona cayendo en la sangre.

**

Priscilla se agitó sobre el camastro, con el pecho subiendo y bajando como si corriera dentro del sueño. Sus dedos se cerraron sobre las telas, sus labios balbucearon un nombre:

—...Padre…

Y luego, como si el universo hubiera guardado ese momento solo para ella, susurró en voz clara:

—Priscilla…

Soy Priscilla.

Hija del Rey Barbón del Fuego.

**

Abrió los ojos.

Ya no era del todo la misma.

El fuego dentro de ella no estaba encendido aún… pero las brasas habían vuelto a brillar.

—Priscilla… —repitió, ahora más fuerte, como si al decirlo afirmara su existencia misma.

Desde el rincón de la choza, el curandero sonrió sin verla.

—Y así, las llamas vuelven a buscar aire —murmuró.

///

El humo de la infusión aún flotaba en la choza cuando el curandero encendió un cuenco con brazas para calentar la cena.

Sobre la mesa improvisada colocó un cuenco de arroz salvaje, trozos de pescado ahumado, pan plano hecho con raíces fermentadas y un jarro de agua con cortezas dulces. Priscilla, aunque aún mareada, no rechazó la comida. Comió en silencio, lenta al principio, pero con una necesidad urgente que traicionaba su orgullo.

El viejo la observaba desde su rincón, removiendo otro ungüento con la punta de un hueso pulido.

—Come. El hambre del cuerpo calma también el grito de los recuerdos —murmuró, como si hablara más con el fuego que con ella.

Priscilla asintió apenas.

Las manos aún le temblaban, pero sus ojos ya eran distintos. Había claridad. Precaución. Un hilo de la realeza rota que empezaba a tejerse de nuevo.

Terminó de comer y se acomodó la manta, sujetándola con un nudo improvisado. No era pudor lo que sentía, sino incomodidad. Vulnerabilidad. Esa piel expuesta que alguna vez fue cubierta por sedas rojas y armaduras doradas, ahora apenas envuelta en tela de viaje.

El curandero se levantó con dificultad.

—No puedes quedarte así, princesa sin corte —dijo, con una sonrisa torcida—. Te traeré algo… adecuado.

Salió sin más.

El aire de la noche entró con él, dejando la choza en calma.

**

Kael estaba sentado en la playa, mirando las brasas de una fogata, cuando el viejo se le acercó con paso lento.

—Necesita ropa —dijo sin rodeos.

Kael parpadeó.

—¿Ropa?

—De mujer. Algo que cubra sin asfixiar. Y que no la haga parecer una sirena rescatada a medio vestir.

El muchacho asintió y se levantó de inmediato. Fue a su cabaña, removió un baúl, y encontró un vestido que perteneció a su hermana: de lino claro, con bordes bordados en azul. Se notaba que no había sido usado en años, pero estaba limpio. Era sencillo, ceñido a la cintura, con mangas cortas y una falda hasta la rodilla.

**

Cuando volvió a la choza del curandero, la luna colgaba redonda sobre el océano, lanzando reflejos plateados como cuchillos.

Entró con cautela.

Priscilla lo miró sin moverse del banco. La manta aún cubría sus hombros, pero ya estaba más erguida, más presente. El calor de la comida, el descanso, y ese nombre en su pecho le habían devuelto algo que no se podía nombrar.

Kael le tendió el vestido con ambas manos, sin atreverse a mirarla directo a los ojos.

—Es de mi hermana. Ella... se fue. Pero creo que te quedará.

Priscilla lo tomó. Sus dedos rozaron los de él, solo un segundo. Luego bajó la vista hacia la prenda.

—Gracias —dijo, sin emoción, pero con claridad.

El curandero carraspeó desde el rincón.

—Fuera, muchacho. No es hora de que aprendas anatomía aún.

Kael enrojeció y salió, riendo bajo su aliento.

Priscilla, por primera vez en días —o siglos, según su cuerpo—, se vistió.

El lino se ajustó a sus curvas con dignidad. No era nobleza, no era poder... pero era forma. Cubría lo suficiente. Devolvía estructura al caos. Permitía caminar sin ser mirada como presa. Apretó un cinturón fino y se miró a sí misma, reflejada en un cuenco de agua.

No era una reina aún.

Pero ya no era una sombra.

Era Priscilla. Y el mundo volvería a saberlo.

///

La choza quedó en silencio cuando Priscilla cruzó el umbral.

El aire nocturno la recibió con una brisa fresca que agitó su cabello húmedo. Las brasas de la aldea dormían bajo la tierra, y solo algunas luces anaranjadas parpadeaban desde los hogares dispersos como estrellas encalladas en la costa.

Kael la esperaba.

Estaba junto a la fogata apagada, donde antes había estado sentado. Al verla salir, se incorporó de inmediato, como si no supiera si debía hablar o hacer una reverencia. El vestido que le había traído le quedaba justo, marcando la figura esbelta que ni la fatiga ni la sal habían logrado ocultar. El lino claro se ceñía con elegancia a su silueta, y la tela bordada capturaba la luz de la luna de una manera que hacía parecer que la llevaba dentro de sí.

Kael la miró. Solo un segundo más de lo necesario.

Y Priscilla lo notó.

No se ofendió. No se apartó. Solo levantó una ceja, con esa expresión orgullosa que parecía venir de otro tiempo.

—¿Te detiene algo? —preguntó con voz templada.

Kael bajó un poco la mirada, con una sonrisa que no pudo ocultar.

—No… solo que te ves… diferente. Bien. Digo, fuerte. Mejor.

Ella se acercó un par de pasos, manteniendo la espalda recta, como si cada paso fuera parte de un ritual no escrito.

—Tu silencio es halago disfrazado de torpeza, Kael. Lo acepto.

Él tragó saliva, no sabiendo si eso era una victoria o una advertencia.

—A cambio… —añadió Priscilla, deteniéndose junto a él— quiero algo de valor. No oro. No favores.

Kael parpadeó.

—¿Entonces?

—Información.

Se sentó sobre una roca cercana, con los brazos cruzados y la mirada fija en el mar, aunque sus sentidos estaban atentos a cada gesto del joven.

—¿Dónde estoy realmente? Este mundo… esta isla… ¿es el corazón o el borde de algo más grande?

Kael tomó aire, y con cierta solemnidad que no había usado antes, se sentó frente a ella.

—Estás en las Islas Bajas del Viento. Esta es la costa norte de Llama Ciega, una aldea olvidada por los mapas y los dioses. Al sur hay marismas, y más allá, la gran corriente que lleva a los archipiélagos del este. Piratas, mercaderes, ruinas… depende de cuánto quieras arriesgarte.

—¿Y tú?

—¿Yo?

—¿Eres un pescador que sabe blandir una espada, o algo más?

Kael dudó… luego sonrió.

—Soy un aventurero. De nivel tres, según los estándares del gremio. He salido solo dos veces al mar abierto. Pero sueño con llegar a los Bastiones de Coral, y más allá… al Cementerio de Reyes Ahogados.

Priscilla lo observó en silencio.

Había algo en ese chico. Inexperiencia, sí. Pero también… una fe tosca. Algo que podría tallarse.

Ella se levantó.

—Entonces empieza tu aventura real, Kael. Porque el destino te ha entregado un náufrago que no nació para ahogarse.

Y yo he comenzado a recordar.

La luna seguía arriba.

Y el mundo, más allá de la costa, comenzaba a oír el susurro de un nombre que alguna vez quemó reinos.

Priscilla.