ONE
Desde una ventana abierta se podía ver una habitación hermosa y lujosa. Cada objeto en su interior dejaba claro que era costoso, de esos que cuestan un ojo de la cara y deben manejarse con extremo cuidado. Las joyas brillantes incrustadas en el vestido de novia e intacto sobre un sillón de terciopelo y aún esperaban, en vano, a su dueño... aunque lo más llamativo era precisamente su ausencia.
Vestido como un ciudadano promedio, con ropa sencilla que delataba su juventud universitaria, el muchacho llevaba el cabello recogido y ocultaba sus ojos color miel tras unos lentes de descanso. Lo único que cargaba era un maletín, el complemento perfecto para su apariencia de un juvenil.
Estaba listo para marcharse.
Las puertas del gran salón se abrieron por fin para dar la bienvenida al novio. La música comenzó a sonar y todos los presentes se pusieron de pie. Todo habría salido como estaba planeado… de no ser por un pequeño detalle: la novia no aparecía.
—¿Y la novia?
—¿Dónde está Shūji?
—¿Qué está pasando?
—¿Se fugó?
Los invitados se miraban confundidos, algunos se levantaron, murmurando entre sí. Chuuya observó a su alrededor con desconcierto, buscando entre la multitud. Luego miró a sus amigos… y finalmente a su hermano mayor, un Alfa dominante, que acababa de aparecer con el rostro endurecido por la furia y la tristeza.
— Se fue…
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Dazai caminaba con calma hacia el aeropuerto, decidido a dejar atrás otro país... y los croissants, aunque sabía que ni siquiera eran franceses.
Ya se estaba acomodando en su asiento era de la clase alta, llamaba mucho la atención con su apariencia y belleza, pero nadie se le acercaba, porque tenía un hermoso anillo de compromiso que adornaba en su mano izquierda.— Disculpa, ¿esto es el 2F? — preguntó un chico de su edad, quizás un poco mayor.Dazai lo miró y lo analizó de arriba abajo, le parecía muy interesante, su aspecto era casi un enigma pero no le engañaba completamente.— Sí, este es — Respondió.
— Gracias — dijo el desconocido con una leve sonrisa, acomodando su equipaje antes de tomar asiento a su lado.
Dazai apenas le dedicó un segundo vistazo antes de desviar la mirada hacia la ventana. Fuera, las luces del aeropuerto parpadeaban a la distancia. Se quedó así por unos instantes, hasta que la voz tranquila y amable del otro rompió el silencio.
— Es un anillo hermoso — comentó con suavidad, aunque sus ojos afilados parecían analizar cada detalle. — ¿Vas a visitar a tu prometido?
Dazai parpadeó, apenas disimulando su sorpresa. Bajó la vista a su mano izquierda, donde el brillante anillo aún relucía en su dedo anular. Había olvidado quitárselo.
Sonrió de inmediato, recuperando su compostura. Con un movimiento despreocupado, giró un poco la sortija, como si solo entonces notara su existencia.
— Ah, esto… — dijo, dejando que su voz adquiriera un tono juguetón. — En realidad, no hay ningún prometido. Lo llevo solo para ahuyentar a los molestos.
El desconocido no respondió de inmediato. Lo observó con una mirada analítica, pero sin perder la actitud amigable.
— Interesante estrategia — murmuró finalmente. — Parece efectiva.
Dazai se rió entre dientes, apoyando el codo en el reposabrazos mientras descansaba la mejilla sobre la palma de su mano.
— Lo es. Especialmente contra aquellos que solo se acercan por mi belleza, sin molestarse en ver más allá.
— Entonces, significa que prefieres ser valorado por algo más profundo. — La afirmación del desconocido no era una pregunta, sino una conclusión. Una observación calculada, pero dicha con un tono ligero, casi amistoso.
— ¿No es lo que todos buscamos? — respondió Dazai con una sonrisa ambigua. —- Soy Dazai, Osamu Dazai.
—- Un placer, soy Naoyuki Uchida.
El otro no contestó de inmediato. Solo se acomodó en su asiento, sin apartar la mirada de él.
—¿Y tú? —preguntó, fingiendo desinterés—. No pareces del tipo que viaja por placer.
—Negocios —respondió con sencillez—. Aunque también me gusta observar a la gente.
—¿Observar? Suena a que estás buscando algo.
—Tal vez.
—Qué misterioso. ¿No temes que me interese demasiado en ti?
—No especialmente. A veces las personas interesantes aparecen en lugares inesperados.
Dazai soltó una risa.
—Dime, ¿sabes jugar ajedrez? — preguntó Dazai de repente, con una sonrisa juguetona.
El desconocido ladeó la cabeza, interesado por la pregunta.
— Sí — respondió. — Pero de una forma diferente.
Dazai sonrió. Sabía a qué se refería. Sin perder el tiempo, comenzó la partida.
—Peón E2 a E4, ¿Por qué vas a Japón? — preguntó con curiosidad.
El desconocido se sorprendió, pero mantuvo la calma.
—Peón C7 a C5, ¿Trabajo y tú? — contestó con sencillez.
Dazai sonrió — Caballo G1 a F3, Volviendo a mi país natal, ¿Trabajo en que? — avanzó otra pieza.
— Caballo B8 a C6, Algo clasificado. ¿Estudiante de intercambio? —
— Peón D2 a D4, algo así y ¿Qué hacías en Francia?
— Peón C5 toma a Peón D4, mmm… visitando.
— Caballo F3 toma a Peón D4, ¿Visitando? ¿A un ser querido?
El desconocido pareció meditarlo antes de responder.
— Peón G7 a G6, Si, un pariente.
— Alfil C1 a E3
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El avión aterrizó con suavidad. El aeropuerto estaba lleno de ruido, pasos y maletas rodando.
Dazai caminaba con calma, su maletín en una mano, la chaqueta sobre los hombros. A su lado, el desconocido lo seguía a la par, casi como si conociera el ritmo de sus pasos.
—¿Alguien va a recogerte? —preguntó él, sin mirar.
—¿Te preocupas por mí? Qué dulce… pero no. Siempre he sabido escapar solo.
—Me lo imagino.
El hombre tomó su mano con firmeza.
— Ya que estás libre… ¿te puedo invitar un café?
Dazai parpadeó.
—Si no interrumpe tus negocios. — respondió con una sonrisita traviesa, comenzando a caminar hacia la salida junto a Naoyuki.
Dazai se detuvo al ver un Ford GT blanco. Hacía seis años que no veía uno… del mismo color incluso.Recordaba que torpemente había chocado dos veces el auto de su…
— ¿A qué cafetería quieres ir? — preguntó Naoyuki después de encender el auto.
—¿Ese auto es tuyo? —preguntó incrédulo, ignorando lo anterior.
—Sí.
— ¿En qué trabajas?
— Negocios. — repitió con simpleza.
Subieron al auto y se dirigieron al MoCHA Lounge Ikebukuro, una cafetería cara… pero llena de gatos hermosos. Justo como a Dazai le gustaba. Los había extrañado. Hacía casi tres años que no los veía.
El MoCHA Lounge Ikebukuro olía a café recién hecho, vainilla y pelaje limpio. Gatos de todo tipo se deslizaban entre las patas de las sillas o dormían sobre cojines mullidos. Dazai los miraba con una mezcla de nostalgia y dulzura. Uno de ellos, blanco y naranja con manchas negras, se le subió al regazo como si lo reconociera.
—Oh, qué adorable... —murmuró, acariciándolo sin apartar la vista del animal.
Naoyuki lo observaba desde el otro lado de la mesa. Su café seguía humeando, intacto.
—¿Este lugar te gusta? —preguntó finalmente.
—Mucho. Hace mucho tiempo que no venía —respondió Dazai, sin levantar la vista— Las cosas lindas no duran mucho.
—Tú pareces durar bastante.
Dazai soltó una risita ahogada.
—Bueno, ¿qué puedo decir? —actuó dramáticamente, con una mano en el pecho y la otra acariciando al gato dormido—. Soy como una rosa… hermosa, persistente y con espinas para quien intenta cortarme sin cuidado.
Naoyuki alzó una ceja, divertido.
—¿Y peligrosa?
—Solo si no sabes cómo sostenerme —replicó Dazai.
Por un momento, el silencio entre ellos fue cómodo. El sonido del café sirviéndose, el ronroneo de los gatos y la música instrumental suave creaban un ambiente casi irreal. Dazai suspiró, recostándose con elegancia en su silla. Dejó que sus dedos jugaran con la cucharita de plata mientras observaba el reflejo de Naoyuki en la ventana detrás de él.
—¿Siempre invitas a desconocidos a tomar café? —preguntó de repente.
—No. — Naoyuki sonrió— Pero tú eres interesante.
Dazai entrecerró los ojos, curioso.
—¿Ah sí?
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***
El humo salía de un fuego crepitando, el frío invernal se filtraba por las ventanas congeladas de las casas en Rusia.
—Dime, ¿cómo es posible que un Omega, miserable y raro como yo, te gustara? —susurró, enroscado en un sofá de cuero cubierto con colchas gruesas. Se refugiaba en un abrazo que, aunque cálido, carecía del calor intenso que solo otro Alfa podía brindar.
—Puede ser porque me parecías interesante —respondió con simpleza.
Las llamas de la chimenea arrojaban sombras danzantes sobre el suelo. Se quedó mirando el fuego.
—Interesante… —repitió en voz baja—. Siempre me lo han dicho. Nunca supe si lo decían como un cumplido o como otra cosa. —En mi caso, fue lo primero. Pero contigo nunca se está del todo seguro. —Tú tampoco eres predecible. Si lo fueras… ya habría sabido de dónde sacas tantas cosas.
El silencio se alargó. —Sabes que no es necesario saberlo —dijeron al unísono, como si esa frase se hubiera repetido tantas veces que ya formara parte de una coreografía emocional ensayada.
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Después de ese día, nunca volvió a sentir ese poco de calor que le transmitía aquel ruso de ojos violetas, porque una noche antes de su boda... se había marchado a Yokohama, Japón.
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Desde que acabó aquella pequeña, agradable e inesperada cita, su mente no había dejado de recordar a cierto beta ruso, frío y distante. Tenían tantas cosas en común que a veces le daban escalofríos. Pero al final se habían “separado”, “por su bien”.
Todo estaba bien ahora. Tenía un nuevo contacto, un lujoso departamento con vistas hermosas a la ciudad y una vida nueva.
Dazai se acomodó en el sofá, mirando por la ventana mientras el sol comenzaba a caer, tiñendo el horizonte con tonos azules y negros. El ruido de la ciudad era constante. Mientras admiraba la vista, se sirvió un poco de vino. Necesitaba relajarse, pensar en lo que haría después, en quién sería su próximo interés amoroso.
Entonces, su teléfono vibró sobre la mesa, interrumpiendo sus pensamientos.Miró la pantalla, confundido al principio, hasta que vio el mensaje de Naoyuki:
“Espero que estés bien. Si alguna vez te apetece tomar otro café, me avisas.”
Dazai sonrió.
—Creo que ya no tengo que pensar mucho, después de todo.
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