Bésame, ¡Si te Atreves!

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Summary

Cuando Isamar llega al exclusivo colegio St. James, todo el mundo espera que se mantenga al margen. Es la hija del nuevo entrenador de rugby, y no tiene tiempo para dramas de ricos ni para seguir reglas absurdas. Con su melena dorada, su actitud desafiante y una lengua filosa, Isamar no vino a encajar. Vino a hacer ruido. Lo que no esperaba era chocar de frente -literalmente- con Donovan Kane, capitán del equipo, perfecto hasta para respirar, obsesionado con su futuro deportivo... y completamente alérgico al caos. Ella es puro instinto. Él es puro control. Y el roce entre sus mundos va a prender fuego las normas del juego. Entre entrenamientos, desafíos y miradas que queman, Isamar le enseñará que la vida no se planea... se vive. Y Donovan descubrirá que hay cosas más peligrosas que un placaje en la cancha: sentir. ¿El problema? Él no puede arriesgar su futuro. Y ella no sabe vivir a medias. ¿Podrán sobrevivir al juego más arriesgado? El del corazón.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

01| Nuevos comienzos, nuevos resultados.


Isamar.

Son las ocho de la maldita mañana y hace un calor que te cagas.

Bufando como una locomotora, me bajo del coche con las piernas entumecidas y el humor por los suelos.

¿Quién, en su puñetero sano juicio, entrena a las ocho de la mañana?

Niego con la cabeza, lanzando una mirada matadora a mi padre, que camina con esa forma suya: un maldito armario empotrado con patas y el ceño permanentemente fruncido.

Lo heredé yo, para desgracia del mundo.

Bufido número dos. Esta vez girando la cabeza hacia Valerie, mi hermana adoptiva, mi mejor amiga, la chica a la que quiero como si compartiéramos sangre.

Va fresca como una lechuga, huele de puta madre, va bien vestida, camina como una señorita y con esa timidez que a veces me pone de los nervios.

—¿Cómo lo haces, joder?

Me mira apretando la mochila contra el pecho. Ansiedad social, la arrastra desde pequeñas. No se da cuenta de que todo el mundo la adora en cuanto la ve. Es dulce. Es buena…

—¿El qué?

Ruedo los ojos.

—Pareces sacada de un anuncio de belleza. ¿Tú sudas, Val?

Se ríe bajito. No le da tiempo a contestar porque ya hemos cruzado las instalaciones.

Tenemos la mirada de medio insti clavada en la espalda. Los murmullos empiezan, y yo solo ruedo los ojos. Estoy demasiado acostumbrada para molestarme.

En menos de lo que canta un gallo, llegamos a una espectacular cancha de rugby. No puedo evitar quedarme boquiabierta, deseando estar allí, corriendo con una maldita pelota entre mis manos…

Más allá, hay una panda de chavales tonteando. Todos gigantes, todos musculados, todos sudando testosterona por los cuatro costados. Y me apuesto la vida a que son una panda de idiotas que piensan solo con la polla.

Papá se planta en medio del campo y les corta el rollo con un grito. Hasta los pájaros se callan.

No puedo evitar sonreír.

Pobres chavales…

Pienso, justo antes de que la panda de gorilas se amontone frente a nosotros, mirando a mi padre como si fuera el sol y ellos las polillas. Hay admiración en sus ojos, y lo entiendo.

Mi viejo fue el mejor centro que tuvo la maldita selección hace diez años. Una estrella. Una leyenda. El tío que cualquier aspirante debería tener colgado en la pared de su habitación, en un poster.

Y se van a llevar una buena sorpresa.

Porque mi padre es la hostia de exigente, la hostia de mala leche, y la hostia de genial.

—Soy vuestro nuevo míster, y antes de que empecemos con gilipolleces, os voy a dejar algo claro. —Silencio sepulcral.— Soy la hostia de exigente, no tolero faltas de respeto y os voy a exprimir hasta que lloriqueéis en el césped como unos bebés. Espero más que el máximo de vosotros y os voy a llevar al maldito límite. ¿Está claro?

Todas las cabezas asienten al unísono.

Yo no fijo la vista en ninguno, pero no puedo evitar reírme.

—Y una cosa más…

Allá vamos.

Papá se gira hacia nosotras. Lleva esa sonrisa de cabrón.

—Estas preciosas son mis niñas. —Nos hace colocarnos a su lado. Bajando tanto la voz que parece demoníaca, dice:— Y al primero que les eche ojitos puede ir despidiéndose de su carrera deportiva, porque le voy a romper la maldita columna.

Dios mío, este hombre.

Trago saliva mientras las miradas se nos clavan encima. Algunas son amables. Otras, lascivas. Y luego están las que intentan adivinar si mi mala cara viene de fábrica o si todavía puede empeorar.

Spoiler: puede.

Valerie sonríe como si estuviésemos invitadas a una fiesta.

Yo, no. Yo levanto la barbilla y clavo los tacones en el césped como si echara raíces.

Si me van a juzgar, que lo hagan bien.

Entonces lo veo.

Entre todos esos clones con camiseta sudada y sonrisas sobradas, él.

Alto, de pelo negro, mandíbula marcada, cuerpo de “me reviento en el gimnasio para partirte en dos”…

Tan grande que parece un maldito roble.

Tiene unos ojos grises que me escanean como si yo fuese un sudoku.

Nos cruzamos la mirada.

Solo un segundo.

Un latido.

Pero me llega.

Le llega.

Nos sacude.

—Isamar, Valerie. Saludad —dice papá.

Mi hermana levanta la mano y dice “hola” cómo un pajarito.

Yo no digo nada. Solo lo miro. Al de los ojos grises.

Y sonrío.

Pero no como Valerie.

Yo sonrío como quien sabe que lleva dinamita en los bolsillos.

Va a ser un curso muy divertido.


Una hora después, estamos recogiendo nuestros horarios, pasando por las taquillas e intentando adaptarnos al nuevo sitio.

Val no se despega de mi lado, temblorosa como una hoja al viento.

Intento darle ánimo con una sonrisa, porque sé que no vamos a coincidir mucho en clase.

Val quiere estudiar Letras; yo quiero ser fisioterapeuta.

Nuestros cursos no coinciden y va a tener que armarse de valor e interactuar.

—Cualquier problema que tengáis, no dudéis en consultarme —la secretaria del rector nos sonríe con amabilidad—. Bienvenidas a St. James.

La observo alejarse por los pasillos vacíos, mientras dejo escapar un suspiro.

Me arden los pies, las piernas me duelen por el calor sofocante que parece derretir el suelo, y tengo la cabeza embotada.

—Necesito un piti ya… o me va a dar algo.

Me dejo caer contra las taquillas, masajeándome las sienes con los dedos.

Los nuevos comienzos son agotadores. Y hemos tenido tantos, que ya he perdido la maldita cuenta.

Val me acaricia el brazo; le tiemblan las manos.

—Tenemos medio periodo libre. Si quieres, te acompaño fuera.

—Joder, sí.

Caminamos en silencio por los pasillos largos y brillantes, donde el aire acondicionado apenas se nota y todo huele a material nuevo y sudor adolescente.

Cada una sumida en lo suyo.

Yo… no puedo sacarme de la cabeza esos ojazos grises, ese cuerpo de escándalo, esa mirada que me atravesó como un rayo.

El tipo es grande, duro, tiene presencia. De esos que llenan un campo solo con pisarlo.

Apuesto mis bragas a que es el capitán del equipo.

Y también las apuesto a que debe ser un gilipollas de manual.

Con esos no me gusta meterme. Nunca salen bien. Pero hay algo en él que… llama.

Cuando me miró fue como un chute de adrenalina. De peligro.

De prohibido.

Y maldita sea la vida, pero me encanta romper las reglas.

Aunque probablemente mi padre le rompa la espalda si se pasa un segundo más mirándome, ya me conozco el juego.

Me he criado entre adolescentes hormonados desde que tengo memoria: Estrellas en ascenso. Idiotas que se creen estrellas en ascenso.

Otros tantos que piensan que las amenazas de mi padre son cuentos.

Y los pocos que creen que, por jugar, por tener pasta, cualquier tía va a caer rendida a sus pies.

Con los jugadores no es bueno meterse.

Ni para la salud mental,

ni para el corazón,

ni para nada.

Voy perdida en mis pensamientos, ya he sacado el piti y lo tengo encajado en la comisura de los labios, cuando de repente... ¡BAM!

Me doy una hostia contra una pared de hierro.

Bueno, no una pared cualquiera: una pared tibia, una que huele que flipas.

Alzo la mirada, flipando en colores, y me encuentro con un par de ojazos de tormenta.

—Hay que joderse… —murmuro sin querer, tan bajito que apenas lo escucho yo.

Mis pensamientos anteriores vuelven como una bofetada. Y joder, me sacuden.

Me encojo de hombros por dentro, porque qué otra cosa puedo hacer.

Nunca se me dio bien esquivar el caos.