Cosmos
POLVO COSMICO
Un osezno llamando a su madre,
la cual le vigila a lo lejos,
mientras un bípedo café se acerca,
artefacto brillante lleva entre sus garras.
Sonido estruendoso sacude el bosque,
dejando tras de sí olor a muerte,
una caída sonora sobre los herbajos,
haciendo cobrar vida a garras afiladas.
Un ataque sorpresa, obra del instinto,
gruñidos como escape de esencia,
sangre invadiendo tejidos delgados,
órbitas a punto de abandonar sus cuencas.
Intercambios guturales y salvajes,
transformados en sonidos terroríficos,
logran ahuyentar y atraer miradas;
duran segundos, pero se piensan eternos.
El viento hace un barrido,
encuentra muerte, lamento;
es lo único que puede llevar
a sinuosos destinos lejanos.
Aún sin vida son cosmos:
humano, osezno, no pierden lugar,
solo se diseminan siendo diferentes,
aun siendo únicos, forman un todo.
La Promesa de la Osa
Desde esa noche,
la osa pidió al cosmos, mediante sus lágrimas
y esos rugidos que solo una madre puede dar,
que la aceptara como sacrificio.
Que aquel que se hallara perdido,
que aquel que buscara consuelo ante una pérdida,
que quien no supiera regresar a casa,
pudiera encontrar su camino sano y salvo,
o al menos encontrara paz.
El cosmos, al verla, escuchó su ruego.
Se detuvo a contemplarla…
y la elevó.
le dio un nuevo propósito.
La transformó en guía y en refugio eterno.
Desde entonces,
ella se convirtió en esas migajas de plata
que cada noche vigilan al perdido,
y alivian el corazón del que llora.
Fue coronada con el nombre de Osa Mayor
desde entonces, cada noche guía a los aventureros,
a los extraviados, a los rotos…
para que regresen a casa,
o encuentren consuelo al mirar el cielo.
Su brillo no responde a quien la busca,
solo a quien realmente la necesita.