Zarandipia

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Summary

¿Y si el origen de la vida estuviera oculto en nuestro ADN? El biólogo Daniel Clarke descubre lo imposible: un mensaje codificado en la genética de una rana flecha, firmado por una inteligencia superior. ¿Quién lo puso ahí? Zarandipia: Un thriller de ciencia ficción emocional sobre la conciencia, la existencia y el duelo. En esta vida, nada es casualidad. ¿Estás dispuesto a pagar el precio de la verdad?

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
13+

1. Casualidad

Daniel ajustó el foco del microscopio, y volvió a mirar otra vez, conteniendo la respiración. Bajo el cristal, ni una vibración, ni un desplazamiento: la muerte absoluta. Sin embargo, solo unos instantes antes, había jurado que las células vibraban en el límite de su visión.

«Imposible. Esta rana lleva casi tres días biológicamente muerta».

No podía haber movimiento celular en la muestra que estaba revisando. Apartó la mirada del microscopio y parpadeó, dejando que la tenue luz de los halógenos bañara sus ojos. Volvió a mirar las células inertes, que al mismo tiempo, parecían extrañamente vivas.

«Habrá sido mi imaginación... Quizás debería dormir más».

Una corriente fría recorrió la sala, erizando el vello de su nuca. Escuchó el apresurado sonido de unos pasos, y orientó la mirada hacia la puerta, por donde entraba Martha.

—¿Has visto el correo, no?

A pesar de su gesto contrariado y sus labios apretados, sonrió cuando Daniel dirigió la mirada hacia ella, iluminando levemente la estancia. Era de esas personas que irradiaban energía solo con entrar en un lugar.

Daniel se apartó del microscopio, dejando la inquietud a un lado y devolviéndole la sonrisa.

—Otro año con recorte de presupuestos, ¡hurra! —Daniel alzó el puño, en una sarcástica celebración.

—Somos, no sé, ¿uno de los tres mejores institutos de biología del mundo? —preguntó Martha, indignada.

—Deja la modestia a un lado. Somos los mejores.

—Con más razón. No puedes estar de acuerdo con esto, Daniel.

—¿Por qué crees que me hice biólogo, Martha?

—¿La apasionante experiencia de ver células eucariotas en acción?—El tono de la mujer era una mezcla de sarcasmo y diversión.

—Pues podría ser, desde luego no fue por el sueldo. De cualquier manera, Mendel revolucionó la genética plantando guisantes. Creo que con un ordenador que vale más que mi casa—Daniel se estiró y dejó sonar un resoplido—, debería bastarme para acabar mi estudio sobre las ranas flecha.

—Qué optimista. Nunca lo había visto de esa manera...—comentó Martha.

—Aun así, sí, es una canallada.

—Lo es. Cuando coja a Johnson por banda...

—¿Le azuzarás un geco? — Daniel le lanzó una sonrisa irónica.

—No, quizás le meta una rana flecha en el despacho. Si no se extinguen antes, claro—Martha le lanzó una ya familiar y pícara sonrisa.

Touché.

Daniel era el director de la sección de Herpetología, donde investigaban anfibios y reptiles. Lamentablemente, su último estudio sobre el repentino ascenso de la mortalidad en la población de ranas flecha, se dirigía a pasos agigantados hacia un callejón sin salida.

«Quizás el recorte de presupuesto esté justificado» pensó.

—¿Aún no tienes ninguna hipótesis?—Martha se sentó a su lado, cruzada de piernas.

Daniel negó con la cabeza, frotando su corta barba, pensativo. Martha observó como su ancha espalda se expandía, mientras inspiraba, resignado.

—Este asunto me trae de cabeza.

—Bueno, si consigues resolverlo, lo mismo el año que viene nos dan para una máquina de café en condiciones—comentó Martha, con una sonrisa juguetona.

Daniel rio alegremente.

—¿Tú en qué andas ahora?

—Nada interesante.

—Si lo cuentas tú, seguro que consigues que lo parezca—aseguró Daniel, sonriendo.

Martha le devolvió la sonrisa, apartándose el pelo azabache de la cara. Había llegado al departamento de Daniel hacía casi cuatro años y hablar con ella siempre fue fácil.

Desde la muerte de Sarah, solo había sentido esa complicidad con Martha. Pero nunca había estado preparado para dar un paso más allá. No hacía falta decir nada, ambos sabían el porqué.

—Estoy trabajando con pogonas. Compruebo los cambios en la pigmentación de su piel según su dieta—explicó Martha, sacándole de sus pensamientos...

—Prueba a darles algo de la máquina de vending del pasillo, verás resultados rápidos.

—Para mi estudio necesito que los especímenes sigan vivos—contestó Martha, riendo.

—Bueno, ¿has sacado alguna conclusión?

—Sí, que lo único que se salva son los donuts de chocolate.

—¿Y sobre las pogonas?—preguntó el hombre, sonriendo.

—Ah, eso. No, todavía no.

Daniel levantó la cabeza y observó el familiar reloj blanco que presidía la puerta del laboratorio.

—Mierda, son casi menos veinte, debería llevar siete minutos con el culo en el coche, tengo que recoger a Rebecca.

—Padre del año, antes la biología que tu propia hija, veo que tus prioridades siguen claras. —Martha le guiñó un ojo, haciendo ver que estaba bromeando—. ¿Qué tal le va por cierto? A ver cuando vuelve por aquí, adoro a esa niña.

—Bastante bien. Ya sabes, intento que no se le fría el cerebro con el móvil, todo el día en TikTok, mirando cotilleos de famosos y cosas así.—Daniel iba metiendo sus últimas anotaciones del día en la cartera mientras hablaba—. Pero trae buenas notas y siempre tiene tiempo para ver alguna película conmigo. Este finde iremos al cine. ¿Y tú qué?

—¿Yo? Tenía pensado salir hoy con las chicas, tengo un nuevo abridor. —Martha apoyó la mano en la barbilla y centró sus ojos en Daniel, parodiando una seducción—. ¿Sabes cuántas mitosis puedo hacer en una sola noche?

Los dos estallaron a carcajadas.

—¿Encontrarás a algún hombre que se ría con ese chiste?—comentó Daniel.

—Por eso es el abridor perfecto. Nadie lo entiende ni lo encuentra gracioso. Me ahorra conversaciones innecesarias.

A Daniel siempre le había sorprendido que Martha, tan intensa y magnética, no encajara con nadie. Era una científica brillante, de ojos negros y redondos que contrastaban con su piel clara, y complexión atlética. Y sí, era guapa. Muy guapa.

“Quizás los hombres se sienten intimidados por alguien tan sobresaliente en todos los aspectos” pensó Daniel.

O quizás simplemente, en palabras de ella, su membrana celular protegía su núcleo debido a las malas experiencias del pasado.

—El día que uno se ría, no lo dejes escapar—le advirtió Daniel.

—Si algún día encuentro uno que supere mi filtro de selección natural, te aviso.

Martha no era de las que dejaban entrar a cualquiera a su vida. Apenas decía nada sobre su infancia, pero Daniel intuía por su carácter, que no había sido fácil.

—Bueno, tengo que irme, el lunes me cuentas, ¿eh?

Martha asintió con la cabeza, y le despidió con un ligero contacto sobre su espalda, seguido de una sonrisa. Daniel salió apresuradamente, correspondiendo con otra sonrisa y un gesto fugaz.

Hoy había sido un buen día, pese a la poco sorprendente noticia de que el Instituto recortaría fondos por tercer año consecutivo.

Se reconfortó con la expectativa del gran fin de semana que le aguardaba. Era viernes, y los viernes tocaba noche de pizza con su hija, Rebecca. Tenía entradas para el cine el sábado y la conversación con Martha había desvanecido su mal humor.

“Lo importante no es cómo empieza, sino cómo acaba”.

—Las tres menos cuarto, bueno—Daniel miró su móvil y escribió a Rebecca un breve mensaje, indicando que partía hacia allí—, si no hay tráfico, llegaré antes de las tres.

«Se puede saber mucho de alguien por cómo conduce», pensó Daniel mientras observaba a un conductor recriminar a otro, solo por tardar un segundo de más en reanudar la marcha.

Desde el aparcamiento de enfrente, ya veía a los adolescentes gritando y corriendo hacia su ansiada libertad, dispuestos a empezar el fin de semana por todo lo alto. Daniel se preguntó cuándo fue la última vez que él sintió esa pasión corriendo por su cuerpo.

Rebecca, con su buen humor habitual, surgió de pronto entre la marabunta que atravesaba la puerta. Sus rizos cobrizos rebotaban mientras bajaba los escalones de dos en dos, con una sonrisa radiante. Había heredado el pelirrojo de su madre.

—¡Ya tengo película decidida para esta noche!—exclamó la chica, mientras besaba a su padre en la mejilla—. ¡Ciencia ficción pura y dura! Te encantará.

—No lo dudo. No me digas el título, quiero que me sorprendas—dijo Daniel mientras sonreía y le cogía la mochila—. ¿Qué tal las clases?

—Muy interesantes. ¿Sabías que se está considerando el volver a categorizar a Plutón planeta de nuevo?—inquirió Rebecca—. La señorita Pritchel lo ha comentado hoy en clase.

—¿Qué? Vaya, fascinante—dijo Daniel, invadido por la nostalgia—. Cuándo yo estudié, allá por el Paleolítico, todavía era un planeta—comentó sonriendo.

—No eres taaaan viejo papá. ¿Cuántos caen este año, ciento doce?

—Cuarenta y cinco—musitó Daniel con una leve sonrisa—. Pero no seré tan mayor cuando estoy al tanto de lo más trend de hoy.

—¿Trend?—bufó Rebecca—. Dios mío, no vuelvas a decir eso, me dacringe, papá.

—¿Cri-qué?

—C-r-i-n-g-e. Cringe. Significa que algo te avergüenza—explicó Rebecca mientras hacía una mueca con la cara.

—¿Y no puedes simplemente decir que te da vergüenza?—dijo Daniel, intentando pellizcarla.

—¿Y qué me salgan canas?—preguntó ella, esquivando su mano, y señalando su pelo castaño, el cual revelaba las primeras canas—. No, gracias.

Llegaron al coche, y Daniel arrojó la mochila a la parte trasera.

—¡Oye, que ahí va mi móvil!—exclamó Rebecca, indignada.

—Perdón cielo—se disculpó Daniel—. Sería una pena que no lo pudieras usar este fin de semana—añadió ácidamente.

—Oye que tampoco lo uso tanto. Solamente un par de horas al día.

—Última hora: en el planeta Becky los días duran seis horas—comentó Daniel, imitando al hombre de las noticias.

—Definitivamente, la comedia no es lo tuyo papá. Menos mal que diseccionando iguanas puedes pagar la hipoteca.

Los dos se rieron y Rebecca encendió la radio. Había nacido con el ritmo en la sangre. Mientras sonaba la música, se entretenía haciendo una burlesca y exagerada imitación de la cantante. Daniel sonreía, absorto, tanto que casi se salta la salida hacia la autopista. El sol les recibió con su calidez mientras se acercaban a su destino.

—Oye papá—dijo Rebecca de repente, clavando en él sus ojos verdes, heredados de su padre—. Enséñame tu brazo.

—¿Qué? ¿Mi brazo?—repitió él, confundido—. ¿Para qué?

—Déjame verlo primero y luego te lo explico—refunfuñó la chica.

—¿Cuál de ellos?

—¡El derecho!—contestó ella excitada—. Eh, no, perdón... era el izquierdo.

—Pues ahora no lo puedes ver—explicó él pacientemente—, porque estoy conduciendo. Tendrás que esperar a casa.

—Jo, es que quería verlo yo primero—se quejó Rebecca—. Bueno, es igual. ¿A qué tienes un lunar en la parte interna del antebrazo? Casi a medio camino entre la muñeca y el codo—concretó.

—¿De dónde sacas eso?—preguntó él, extrañado—. A ver...—observó que efectivamente, tenía un lunar en esa zona—. Pues es verdad. —Frunció el ceño—. ¿Cómo lo has sabido?

—Magiaaaa—contestó Rebecca mientras movía las manos—. He visto un vídeo hoy, y explicaban que todos los hombres tienen un lunar ahí.

Daniel giró en la última esquina antes de enfilar hacia el conocido buzón que anunciaba la entrada de su casa.

—¡Qué tontería! ¿En qué se basan para decir eso?

—Bla, bla, bla, ciencia, teoría, prueba—contestó Rebecca en tono burlón—. ¿Lo tienes o no?

—Sí, pero...

—¿Y cómo lo explicas entonces, sabelotodo?

—Pues... casualidad supongo.

—Tú no crees en la casualidad. —Rebecca puso los ojos en blanco—. Además, que no podamos explicar algo, no significa que no tenga explicación.

Daniel torció ligeramente el gesto, incapaz de encontrar un argumento para contestar.

Percibió una leve nota de orgullo que se ubicaba en su pecho, antes de sonreír y asentir con la cabeza, dándole la razón a su hija. La chica hizo un gesto con el puño, victoriosa.

Rebecca bajó del coche cuando aparcaron en la entrada, y corrió hacia la casa.

—¡El último en llegar paga las pizzas!

Daniel rio entre dientes y, al abrir la puerta del coche, se quedó observando el lunar de su brazo izquierdo. Se preguntaba desde cuándo lo tenía. Siempre había pasado inadvertido para él.

«Claro que creo en las casualidades».

Como si fuera una respuesta a su pensamiento, el vello de su brazo se erizó de golpe, y juraría que el lunar se oscurecía bajo la luz. Meneó el antebrazo, incómodo, y se obligó a no darle importancia.

«Dios mío Daniel, parece mentira que seas científico».

Cerró la puerta del coche con un golpe sordo. Y al hacerlo, sintió que otra se abrió en su mente. Una frase brotó de la nada, nítida y ajena, como un susurro lejano:

Nada es casualidad.

Un escalofrío le recorrió la columna, como si una corriente helada hubiese atravesado el aire templado del atardecer. En ese instante, sintió un cosquilleo eléctrico en la pierna. Sacó el móvil del bolsillo: un correo de Surinam, una reserva con la que trabajaba.

“Otra más” rezaba el asunto.

Daniel abrió la imagen adjunta. El cuerpo inerte de una rana flecha, tumbada de lado, le devolvía una mirada vidriosa, aterrorizada, como si en el último instante hubiera visto algo que ningún ser vivo debería contemplar.

Le pareció que la sombra tras los ojos del animal se extendía, líquida y oscura, más allá de la pantalla, deslizándose por su propia piel.

La sombra de la muerte.

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¿Tú crees en las casualidades o en el destino?

¿Alguna vez has sentido que algo “casual” tenía un significado oculto? Cuéntamelo en loscomentarios.