Bésame - Zosan

Summary

Hay amores que uno carga en silencio. Amores que no se gritan, que no se tocan. Que se cocinan a fuego lento entre miradas desviadas y sonrisas fingidas. Él, con sus espadas y su desprecio, fue el primero. El que nunca correspondió. El que me miró como si amar fuera un crimen. Y aun así, sigo cocinando para él. El otro... no me dejó elegir. Entró a mi vida con la torpeza de quien no sabe amar a escondidas. Me besa como si el mundo no importara. Me toca como si siempre hubiéramos sido algo. Me cuida con una rabia que da miedo y ternura. Y cuando pensé que ya no podía romperme más, el fuego volvió del pasado. Sonrisa ladeada, olor a cenizas y una promesa no dicha. Me mira como si pudiera ser suyo, como si todavía quedara algo en mí que no estuviera roto o reclamado. Ahora estoy aquí, atrapado entre lo que deseo, lo que me duele y lo que me pide el cuerpo cuando todos me miran al mismo tiempo. No sé a quién amar. No sé si puedo. Pero sé que no quiero seguir fingiendo que no me pasa nada.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Habían cruzado la Red Line.

Y con ella, también una línea invisible pero poderosa que los había lanzado a un mar de aventuras inconmensurables y sentimientos que jamás habrían imaginado sentir. Entre batallas absurdas, paisajes imposibles y enemigos cada vez más impredecibles… el corazón de Sanji se volvió también un campo de batalla. Uno silencioso. Uno que lo desgarraba sin que nadie lo notara.

Elegante, esbelto, con un cuerpo pobremente trabajado en comparación a los combatientes de la tripulación, pero igual de llamativo. Su presencia era intimidante para quienes no lo conocían, pero cálida y juguetona para sus nakamas, especialmente para las mujeres, siempre expectante, siempre apasionado. Pero bajo el coqueteo y la galantería, se escondía un caos creciente.

Refugiaba en su rutina —cocinar, fumar, reír, pelear— el sentimiento prohibido que salía poco a poco de las fauces de su corazón. Aquel monstruo sin nombre arruinaba su estabilidad mental, corroía su raciocinio, lo dejaba sin aliento, como si cada inhalación fuera una batalla perdida.

¿Por qué?

¿Por qué, entre todos?

Entre tantas personas maravillosas, entre hombres y mujeres de carácter y belleza, incluso entre las bromas torpes y sutiles caricias de su propio capitán… tuvo que elegir al idiota más terco, al estúpido más desinteresado.

El vicecapitán.

Zoro.

Ese hombre sin gracia alguna para el trato humano, pero que dormía tan tranquilo en la cima del nido de cuervo como si el mundo no pudiera tocarlo. Sanji lo cuidaba sin que lo notara. Le preparaba el desayuno con una pizca extra de proteína, le cocinaba lo que menos se quejaba en voz alta —aunque sabía bien qué platillos le agradaban de verdad— y vigilaba en silencio cada botella de sake para que no se le fuera la mano. Pero Zoro parecía siempre ajeno, como si nunca notara nada.

—Robin-swan~ ¡El postre para la dama! Un pudín napolitano con chocolate y fresas, tan dulce como usted~ —entonó Sanji, con esa teatralidad tan suya.

—Gracias, Sanji-kun. Se ve delicioso —respondió Robin, como siempre, con una sonrisa elegante.

—Bon appétit~ —canturreó, dejando el platillo sobre la mesa recién instalada por Franky en la cubierta del Sunny Go.

Zoro dormía en lo alto, Luffy jugaba con Chopper cerca de los escalones, Brook tocaba una melodía improvisada… Sanji estaba en paz, hasta que su nombre fue gritado con la intensidad característica de su capitán.

—¡Sanji! ¡¡Yo también quiero!! —Luffy se lanzó hacia él, empujándolo hasta la cocina con una sonrisa de niño que no conocía límites ni barreras personales.

—¡Luffy, quítate! —gruñó el rubio, con el ceño fruncido.

—No.

—¡Luffy!

—Sanji...

—¡Ooooh~ YEAH, qué escena tan SUUUPER intensa! —intervino Franky desde la esquina, presenciando la cercanía incómoda.

Sanji lo ignoró. Estaba más concentrado en apartar al capitán que en mantener la compostura. Se sentía... invadido. No por Luffy. Por lo que acababa de pasar por su cabeza.

Había imaginado que era Zoro.

Lo asqueaba. No Luffy. Ni siquiera el momento.

Se asqueaba a sí mismo.

Salió de la cocina sin decir palabra. Encendió un cigarro. El humo quemaba menos que su pecho.

¿Qué demonios le pasaba?

El capitán lo sabía. Era evidente. Y eso era lo peor: que Luffy, tan simple y transparente, había notado su incomodidad, su cambio de expresión, su inestabilidad... y aun así insistía. Como si no entendiera los límites. Como si no respetara el silencio.

Pero Zoro… Zoro parecía estar completamente al margen. Durante cada desayuno, cada almuerzo, cada cena. Cada noche en que la tripulación dormía y Sanji se quedaba limpiando utensilios con un trago de vino. Él lo observaba. Lo cuidaba. Lo mimaba en secreto.

No sabía si era admiración.

O amor.

O simplemente un rebote emocional causado por el odio inicial.

Pero lo sentía.

Lo sentía tan fuerte que dolía.

Y un día, sin más, cuando la sangre seca en sus ropas apenas había sido limpiada tras una batalla en una isla sin nombre, mientras observaban el sol ponerse sobre un horizonte escarlata, lo dijo.

—Te amo.

Zoro no respondió.

El silencio fue absoluto.

Sanji desvió la mirada. No quería, pero lo hizo.

El espadachín lo observaba… con asco.

Con un gesto de claro y rotundo desagrado. De rechazo.

Ese gesto fue suficiente para tragarse las lágrimas que amenazaban con salir. Sonrió, como si no pasara nada, y se despidió.

—Iré a preparar la cena.

Y lo hizo. La sirvió. Fue una cena sin sabor. Lo notaron, pero nadie dijo nada. Las siguientes también. Hasta que todo volvió a la normalidad.

O al menos eso fingieron.

Nada había pasado.

Nada.

Zoro nunca dijo nada. Nunca mencionó el momento. Nunca preguntó. Nunca le lanzó una broma hiriente. Nunca lo miró de nuevo con asco, pero tampoco con otra cosa.

Zoro.

¿Cómo se explicaba eso?

¿Cómo se explicaba eso cuando su cuerpo todavía ardía en las noches que compartía con su capitán?

Cuando Luffy lo tomaba sin sutilezas. Cuando se besaban en pasillos ocultos o en la parte trasera del Sunny. Cuando se tocaban entre risas.

¿Cómo se explicaba entonces este enredo que era su propio corazón?

“Tengo roces íntimos con mi capitán para nada sutiles… pero también me gusta el vicecapitán… que ni al caso.”

Patético.

Días después, se lo contó a Luffy. Le pidió que no dijera nada. No quería desestabilizar a la tripulación. Los sentimientos no deberían interferir. Cuando te hacías al mar, se suponía que dejabas atrás ese tipo de cosas.

Se suponía.

Y sin embargo, ahí estaba él.

Amando en silencio.

Viviendo entre fuegos cruzados.

Y cocinando como si nada.