Ruina viva

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Summary

Shun, un joven científico atrapado en medio de un repentino brote, intenta sobrevivir en una ciudad que se derrumba hora a hora. Sin fuerzas para pelear y con el miedo como única compañía, su destino parecía sellado... hasta que encontró a otros como él. En un mundo que ya no perdona, incluso el más frágil puede hallar su lugar entre los fuertes.

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27
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n/a
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16+

El principio del fin Parte 1

La mañana comenzaba como cualquier otra.

El cielo sobre Osaka estaba despejado, y una leve brisa empujaba el aire tibio de verano por las calles del distrito Higashinari. Entre la multitud apurada, caminaba un joven de lentes, delgado, con una chaqueta demasiado grande para su cuerpo menudo. Llevaba un termo con café en una mano, y en la otra, un periódico algo arrugado que hojeaba sin apuro.

Se llamaba Shun Takeda, tenía veintisiete años, y trabajaba como investigador en un laboratorio farmacéutico a unas pocas cuadras de allí. A pesar de su edad, su talento en el área bioquímica lo había llevado rápido a ocupar una posición clave en su equipo. Pero fuera de su mente brillante, Shun no era gran cosa. Caminaba encorvado, su voz era suave, casi temerosa, y evitaba todo conflicto físico como si fuera una enfermedad.

Mientras cruzaba una intersección, leyó el titular en primera plana:

“Militar de alto rango asesina a compañero durante entrenamiento. El agresor se encuentra prófugo y es considerado extremadamente peligroso.”

Shun frunció el ceño.

—¿Cómo puede alguien así seguir libre…? —murmuró para sí, negando con la cabeza—. Debería estar bajo observación médica… esto no es normal.

Siguió caminando, absorto, pero algo en el aire cambió.

Primero fue un parpadeo rojo en una de las pantallas publicitarias. Luego, todas a la vez. Los postes vibraron. Los altavoces del alumbrado público emitieron un zumbido grave. Una voz robótica, seca y repetitiva, inundó las calles con un anuncio que a nadie le pareció real:

“ATENCIÓN. ZONA EN CIERRE TOTAL. PROCEDIMIENTO DE CUARENTENA EN CURSO. SE ESTÁ EVACUANDO AL PERSONAL MILITAR Y DE SALUD DE LA ZONA. TODOS LOS CIVILES DEBEN REGRESAR A SUS HOGARES INMEDIATAMENTE. EN MENOS DE 10 MINUTOS, LAS FRONTERAS DEL DISTRITO SERÁN SELLADAS. NADIE PODRÁ ENTRAR NI SALIR. PROHIBIDO ASOMARSE POR VENTANAS O BALCONES. NO INTERFIERA EN LOS OPERATIVOS DE AISLAMIENTO. EL VIRUS NO HA SIDO CONTROLADO. ESTE MENSAJE SE REPETIRÁ. ESTE MENSAJE SE REPETIRÁ.”

Shun se detuvo.

El volumen aumentó, y las pantallas comenzaron a parpadear con más fuerza. Las vibraciones de los postes eléctricos se sentían bajo los pies. Era como si la ciudad estuviera entrando en colapso… y tal vez lo estaba.

Miró alrededor: la gente se frenaba, miraba sus teléfonos. Otros seguían caminando como si no quisieran creerlo. Un zumbido distante llenó el aire… hasta que fue cortado por un grito seco:

—¡Se están comiendo a una señora!

Shun giró bruscamente.

Un hombre tambaleante, con el rostro cubierto de sangre, se arrastraba por la calle. Su ropa estaba destrozada. Su piel estaba desgarrada en carne viva, y sus ojos —completamente blancos— no mostraban ni pensamiento ni humanidad.

La criatura se lanzó contra una anciana. La mordió con furia. La mujer gritó, y alguien más gritó con ella. El pánico se encendió como fuego en paja seca. Personas corrieron en todas direcciones. Algunos se quedaron paralizados.

Shun dio un paso atrás, horrorizado.

Y entonces, vio algo que parecía sacado de una película.

Desde el otro extremo de la calle apareció un hombre con una katana. Su paso era firme, sus ojos decididos. En un movimiento rápido y preciso, cortó al infectado. De un tajo. Sin vacilar.

Shun no podía creer lo que veía.

—¿Quién…? —susurró, asombrado.

Pero no hubo tiempo para preguntas. Dos, tres, cinco infectados más aparecieron por distintas calles. Se movían con torpeza, como si sus cuerpos no supieran obedecer, pero con una ferocidad imposible de ignorar. No tenían miedo. No sentían dolor.

Los gritos aumentaban. El caos ya no era una posibilidad: era una certeza.

Y ningún soldado llegaba.

Ninguna ayuda.

Solo el mensaje de las pantallas:

“TODAS LAS FRONTERAS HAN SIDO SELLADAS. NO INTENTE SALIR. NO INTENTE INGRESAR. CIERRE TODAS LAS PUERTAS Y VENTANAS. REPITO: NO SE ASOME AL EXTERIOR. PERMANEZCA EN SU HOGAR. PERMANEZCA EN SU HOGAR.”

Shun sintió que la sangre le abandonaba el rostro.

Dejó caer su café sin darse cuenta y salió corriendo, directo al laboratorio. Su respiración era agitada, su cuerpo poco acostumbrado a esa exigencia, pero no podía detenerse. No iba a morir ahí.

Cuando llegó al edificio, Shun se abalanzó sobre la puerta de seguridad, golpeando con fuerza mientras jadeaba.

—¡Soy Shun Takeda! ¡Déjenme entrar! ¡Trabajo aquí! ¡En el área de investigación vírica!

El lector de voz se activó tras un breve pitido. La voz del guardia, normalmente calmada, ahora sonaba tensa, casi temblorosa.

—Shun… lo siento. El protocolo de cuarentena ya está en efecto. Nadie entra. Nadie sale. Toda la zona ha sido sellada por orden directa del Ministerio de Salud y Defensa.

—¡¿Qué?! ¡Pero yo soy parte del equipo! ¡Puedo ayudar! ¡No estoy infectado!

Hubo un silencio breve. Luego, la voz del guardia volvió a sonar, más baja. Más sincera.

—Te creo. Pero no importa. No se trata de ti, ni de mí. No nos permiten tomar decisiones. Las compuertas están cerradas y los sistemas bloqueados desde adentro. La orden es clara: mantener todo aislado. Nadie puede entrar. Nadie podrá salir.

Shun apretó los puños, la garganta cerrada por la impotencia.

—¿Y qué… qué se supone que haga?

—Busca refugio, Shun. Escóndete en otro lugar. Aléjate de las calles abiertas. No te quedes en zonas visibles. Encuentra una puerta, un sótano… lo que sea.

Un clic eléctrico sonó, como una sentencia.

—Perdón.

Las luces interiores del edificio se apagaron una tras otra. Desde dentro, se escuchó el retumbar metálico de las compuertas descendiendo. El laboratorio desaparecía detrás de capas de acero, como una tumba sin entrada.

Shun dio un paso atrás. La ciudad lo envolvía de nuevo. Caótica. Rota. Sola.

Y en todas las pantallas, una voz repetía:

“PERMANEZCA EN SU HOGAR. NO SALGA. NO MIRE POR LA VENTANA. NO HABRÁ EVACUACIÓN.”

Un niño lloraba a la distancia. Una mujer gritaba. El espadachín volvía a moverse, derribando otro infectado. Nadie sabía qué hacer.

Y Shun, uno de los pocos que tal vez podría haber ayudado… estaba atrapado afuera.

Solo.

—Esto no es un brote… —susurró, sin aliento—. Es abandono.

Y recién comenzaba.

Las puertas del laboratorio ya estaban cerradas. El acero caía como un muro irrompible, dejando atrás todo lo que Shun conocía. Todo lo que lo protegía.

Se quedó unos segundos de pie, inmóvil, con los brazos colgando a los costados, sintiendo que el peso del mundo le caía encima. El sonido de la voz en las pantallas ya no le parecía fuerte. Solo lejana. Irreal.

“PERMANEZCA EN SU HOGAR. NO SALGA. NO MIRE POR LA VENTANA. NO HABRÁ EVACUACIÓN.”

No tenía hogar. No allí. Vivía en una pensión a las afueras del distrito, que ya debía estar sellado. No había forma de volver. Estaba atrapado.

Con una lentitud casi absurda, se giró y comenzó a caminar.

No corría. No buscaba refugio. Solo caminaba.

Como si ya supiera que nada iba a salvarlo.

A su alrededor, las calles comenzaban a vaciarse. Las personas que no habían sido atacadas se encerraban. Las persianas bajaban. Los ruidos de gritos eran cada vez más aislados. Los infectados estaban al acecho, pero por el momento, no se cruzaban en su camino. Shun avanzaba por una vereda solitaria, entre papeles arrastrados por el viento y autos abandonados con las puertas abiertas.

En su mente, todo era un murmullo.

Ya no puedo entrar. Nadie va a venir. Estoy solo.

Cruzó la calle sin mirar. Un cadáver yacía en medio del pavimento. No sabía si era civil o infectado. No quiso saberlo.

Se sentó junto a un poste caído, con las manos en las rodillas, y miró el cielo sin expresión.

La ciudad seguía viva. Pero ya no era suya.

Y entonces lo escuchó.

Un sonido gutural. Como un gruñido mezclado con arcadas secas.

Demasiado cerca.

Shun giró la cabeza con lentitud.

Un infectado estaba a menos de cinco metros. No lo había notado antes. Tal vez estaba oculto entre los autos. Tal vez lo estaba siguiendo. No importaba.

La criatura lo vio.

Y corrió.

Shun no pensó. No razonó. Se puso de pie de golpe, tropezando con su propio pie, y echó a correr en la dirección contraria.

—¡No! ¡No, no, no! —gritó, con voz quebrada, corriendo sin mirar atrás.

Sus piernas protestaban. No tenía fuerza. El cuerpo le temblaba. No estaba hecho para esto. El infectado gruñía con fuerza, cada vez más cerca. El sonido de sus pasos era salvaje, errático, como si el cuerpo no supiera cómo moverse… pero se movía.

Shun dobló en una esquina. Otro callejón vacío.

Se tropezó.

Cayó contra el suelo de cemento. Se raspó la mano. Se levantó de nuevo, jadeando, desesperado. Se metió por una puerta lateral entreabierta, entró en un pasillo oscuro. Cerró la puerta con fuerza.

—¡Por favor…! —murmuró.

El infectado golpeó la puerta desde fuera. La empujó. Una, dos, tres veces. Shun retrocedió hasta un rincón, apretado contra una caja de cartón. No tenía cómo defenderse. Ni cuchillo. Ni fuerza. Nada.

Y entonces…

Silencio.

Un minuto eterno.

El infectado no entró.

Shun no sabía si se había ido… o si lo estaba esperando afuera.

Se quedó quieto. Tiritando. Con el corazón desbocado. Lágrimas en los ojos.

Había estado a segundos de morir.

Por primera vez, lo sintió de verdad.

Pudo haber muerto.

Iba a morir.

Y no había nadie. Nadie que viniera. Nadie que lo salvara.

Estaba solo.

Entendió que quedarse en ese lugar sería peligroso debido a que tenia muchas aberturas por las cuales podían llegar los infectados.

Cruzó la calle con cuidado. Había sangre, restos, incluso una bicicleta oxidada tirada sobre la acera.

Y al intentar pasar entre ella y un basurero, la golpeó sin querer.

¡CLANG!

El ruido metálico rebotó como un trueno entre edificios silenciosos.

Shun se congeló.

—No…

A lo lejos, se alzaron gruñidos. Decenas. Casi al instante. Un rugido colectivo como una manada hambrienta. Desde una esquina emergieron los infectados. Muchos. Más de los que Shun podía contar. Corriendo, torpes pero letales.

Echó a correr. El corazón se le salía del pecho.

—¡No, no, no…!

Desde un tejado cercano, dos figuras observaban en silencio.

—Lo va a matar esa horda —dijo Aiko, con los ojos clavados en la escena—. Tenemos que hacer algo.

Meiko no contestó. Sostenía un cóctel molotov encendido entre los dedos, pero su expresión era de hielo.

—Meiko… —insistió Aiko—. Está solo. No tiene cómo defenderse.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿qué esperas?

—Que muera.

Aiko la miró, atónita.

—¿Estás hablando en serio?

—No vinimos a salvar extraños —dijo Meiko, sin mirarla—. No sabemos quién es. Ni si está infectado. Si bajamos ahora, nos arriesgamos las dos. ¿Vale la pena?

Aiko guardó silencio unos segundos. Luego bajó la voz.

—Tal vez no. Pero míralo bien. No tiene armas. No grita como los demás. Solo corre. Es uno de los nuestros. O podría serlo.

Meiko apretó los dientes.

—Aiko…

—Solo uno, Mina. Uno. Después podemos seguir como antes. Pero ayúdame esta vez.

Un segundo de pausa. El fuego en la botella danzaba entre los dedos de Meiko.

—Maldición —murmuró.

La lanzó.

¡FWOOSH!

El cóctel molotov voló por el aire y estalló en medio de la horda. Las criaturas chillaron. El fuego los envolvió. Shun se detuvo un segundo, sin entender lo que estaba pasando, solo viendo cuerpos ardiendo.

Otra explosión. Otra botella.

—¡Corre hacia esa entrada! —gritó Aiko, bajando ágilmente por un tubo de drenaje.

Meiko lanzó la tercera molotov, pero en ese instante, nuevos infectados aparecieron por la retaguardia.

—¡Mierda! ¡Son más de lo que esperaba!

—¡Meiko, baja ya! —gritó Aiko desde el suelo, ayudando a Shun a levantarse—. ¡Nos vamos!

—¡No puedo bajar ahora! ¡Están justo debajo! ¡Voy a desviarlos!

—¡No lo hagas sola!

—¡Tú llevatelo! ¡Yo los quemo!

Meiko retrocedía por el tejado, lanzando una última botella mientras más infectados surgían entre callejones. El fuego comenzaba a separarlas.

—¡Nos reencontramos en la farmacia vieja! ¡La de los carteles verdes! ¡Corre!

Y desapareció entre el humo y las llamas.

Aiko se giró hacia Shun.

—¿Puedes caminar?

Él asintió, todavía en shock.

—¿Quién… quién eres?

—Te lo cuento después. Ahora, solo sígueme.

Y corrieron.

El humo aún flotaba en el aire cuando Aiko y Shun echaron a correr. Los restos ardientes de la horda quedaban atrás, pero la amenaza no. Por cada infectado que ardía, había otros doblando las esquinas, buscando, olfateando, tropezando entre los restos de la ciudad rota.

Aiko corría al frente, ágil, casi sin hacer ruido. Shun la seguía como podía, con la respiración entrecortada, torpe en los giros y lento en las reacciones. Pero no se detenía.

Doblaron por un callejón entre dos edificios de oficinas, saltaron un banco roto y atravesaron una tienda con las vitrinas destrozadas. Aiko alzó la mano en un gesto claro: silencio total. Había algo cerca.

Desde detrás de una esquina, un infectado apareció tambaleándose, con la boca roja y la mandíbula dislocada. No los vio.

Ambos se detuvieron. El infectado giró el rostro hacia otro lado, siguiendo un ruido distante. Cuando se perdió entre sombras, volvieron a avanzar sin decir palabra.

A la siguiente cuadra, tres más cruzaban la avenida. No podían enfrentarlos. Aiko jaló a Shun del brazo y lo metió bajo una viga caída, justo debajo de una obra en construcción abandonada. Allí, esperaron. Él temblaba. Ella no parpadeaba.

Cuando los sonidos se alejaron, Aiko se puso de pie y volvió a moverse.

—Por aquí —murmuró, mientras rodeaban una bodega derrumbada y cruzaban por detrás de un camión volcado.

El lugar al que llegaron era un callejón ciego, con una puerta de servicio entreabierta. Aiko empujó con cuidado y entraron. Era una trastienda olvidada, quizá parte de una panadería o almacén. Bolsas vacías, estantes caídos y un fuerte olor a humedad.

Aiko cerró la puerta con cuidado y se apoyó contra ella. Por primera vez, respiró con algo más de calma.

—Aquí no nos verán —dijo, en voz baja—. Si no hacemos ruido.

Shun se dejó caer en una esquina. Seguía con el corazón desbocado.

Pasaron unos minutos en silencio. Afuera, aún se oían gritos lejanos.

—Me llamo Aiko —dijo ella, al fin.

Shun levantó la mirada.

—Shun… Takeda. Soy científico. O era. Trabajaba en un laboratorio aquí cerca. No estaba preparado para nada de esto.

Aiko asintió.

—Estudié medicina. Estoy en mi último año. Estaba haciendo práctica en una clínica del norte cuando pasó todo.

—Entonces también… trabajas en el área de salud.

—Sí. Pero nada de eso sirve mucho ahora, ¿verdad?

Shun forzó una sonrisa leve. Lo entendía perfectamente.

—Supongo que no es momento para hablar como profesionales —dijo él.

—No. No lo es.

El silencio volvió a caer sobre ellos.

Después de unos segundos, Aiko se enderezó.

—Debemos movernos pronto. No podemos quedarnos aquí por siempre.

—¿A dónde vamos?

Ella lo miró con decisión.

—A encontrarnos con Meiko.

El sonido de sus pasos resonaba contra el concreto sucio.

Unas calles más allá, alguien corría solo.

No huía de algo concreto. Huía del ruido, de los gritos, de la sensación de que la ciudad se estaba cayendo a pedazos detrás de él.

Respiraba mal. Miraba hacia atrás a cada rato.

Entonces ocurrió.

Un auto chocó contra una esquina con un estruendo seco, metálico. El sonido rebotó entre los edificios vacíos como una explosión.

Se detuvo en seco.

—Mierda…

Corrió hacia el lugar del impacto.

Un joven yacía en el suelo, herido, atrapado entre restos de metal y vidrio. No estaba muerto. Aún respiraba. Aún se movía.

—Oye… —dijo, agachándose—. ¿Puedes moverte?

El chico abrió los ojos con esfuerzo.

—Creo que… no mucho…

Desde la distancia, comenzaron a escucharse gruñidos.

No uno.

Varios.

Demasiados.

—Tenemos que irnos —dijo él, intentando levantarlo—. Ese ruido…

—No —respondió el herido, apretando los dientes—. No voy a poder.

Los gruñidos se acercaban. Pasos torpes. Golpes contra objetos.

—Te ayudo —insistió—. No te voy a dejar aquí.

El chico lo miró. Y negó lentamente con la cabeza.

—Escúchame… —dijo, con voz quebrada—. Ya está. No te quedes conmigo.

—Cállate.

—Me llamo Ren —continuó—. Y tú… no tienes por qué morir conmigo.

Sus manos temblaban.

—Vete —susurró—. Sálvate.

Se quedó paralizado.

El sonido de otro motor rompió el momento.

—¡CORRE! —gritó una voz desde la otra esquina—. ¡VIENE OTRO AUTO!

Giró la cabeza.

Un joven de lentes corría hacia él, desesperado.

—¡EL CONDUCTOR NO SE DETIENE!

El auto pasó rozando, estrellándose contra un vehículo abandonado a pocos metros. El impacto levantó polvo, escombros y un ruido ensordecedor.

Los gruñidos se volvieron un rugido colectivo.

Ren lo miró por última vez.

—Por favor…

No pudo discutir más.

Se levantó de golpe y dio un paso atrás.

—Lo siento…

Corrió.

Una chica apareció junto al de lentes.

—¡Por aquí! —gritó—. ¡YA!

Cuando los alcanzó, el joven de lentes lo miró.

—¿Estás bien?

Asintió, sin detenerse.

—Me llamo Kai —dijo, casi sin voz.

—Shun —respondió él—. Ella es Aiko.

No miraron atrás.

Y entonces corrieron.

Shun, Aiko y Kai corrían por calles desiertas, sabiendo que no podían detenerse, pero sin saber a dónde ir. El corazón de Kai seguía latiendo con furia. No podía quitarse la imagen de Ren del rostro. Ni el ruido del golpe. Ni el humo.

—Tenemos que seguir —dijo Aiko—. Si paramos, nos alcanzan.

—¿A dónde? —preguntó Kai, sin mirar a nadie—. ¿Qué sentido tiene si dejamos gente atrás?

Shun no dijo nada. No tenía respuestas.

No llegaron muy lejos.

Doblaban una esquina cuando, de la nada, tres hombres armados aparecieron frente a ellos. Uno llevaba una chaqueta táctica manchada de sangre. Otro un bate con clavos. El tercero apuntaba con una pistola oxidada.

—Alto ahí —dijo el de la chaqueta.

Kai levantó las manos. Aiko también. Shun dudó, pero hizo lo mismo.

—No queremos problemas —dijo Aiko, sin levantar la voz.

—Claro que no —respondió el del bate—. Nadie quiere problemas. Pero los problemas los encuentran a uno.

Uno de los hombres se acercó, revisándolos.

—¿Y estos tres? —preguntó el que tenía la pistola—. ¿Qué hacemos con ellos?

—Carnada. O material de cambio. No sé. Ya veremos —respondió el primero.

—¿Carnada…?

—¿Qué crees que hacemos para distraer a los caminantes cuando necesitamos movernos? ¿Latas vacías?

Los tres amigos fueron reducidos rápidamente. Les ataron las manos con alambres plásticos. Uno de los hombres los empujó a la fuerza.

—Muévanse. Les tocó mala suerte, eso es todo.

Shun se giró, buscando una oportunidad, un escape. No había nada. Estaban atrapados.