Prólogo
En el conurbano de Buenos Aires, los días eran… No había mucho que decir de ellos. Solo pasaban, uno tras otro, al menos para los pobres miserables como yo. Mi vieja, que se dejaba la vida sirviendo tragos en un bar de mala muerte donde el olor a cerveza rancia y a arrepentimiento era una constante, siempre decía que éramos afortunados de tener un techo. Un departamento viejo de dos ambientes donde el frío se colaba por las rendijas de las ventanas en invierno y el calor se pegaba a la piel en verano. Suerte la nuestra, supongo. El alquiler, ese milagro, estaba pagado por adelantado gracias al trabajo de mamá, un año entero de respiro. En una zona donde la vida valía menos que un par de zapatillas usadas, supongo que eso era casi como ganar la lotería.
La suerte, claro, tenía fecha de caducidad. Se esfumó cuando la tos de mi vieja se hizo un habitante permanente, cuando el cansancio se le pegó a los huesos y los dolores la despertaban en mitad de la noche. Al principio, eran “cosas de la edad”, decía ella. Pero se hicieron más fuertes, más constantes, hasta que su cuerpo empezó a encogerse como una uva pasa. El diagnóstico llegó tarde: cáncer de mama con metástasis hacia los pulmones. Una palabra que sonaba a sentencia de muerte. Qué original.
No teníamos obra social. Y en el hospital público, el tratamiento tardaba siglos en arrancar, si es que alguna vez llegaba a arrancar de verdad. Ahí lo único que ofrecían eran pastillas para el dolor, paliativos, parches. Los médicos nos miraban con esa lástima que solo los que tienen el sueldo asegurado pueden permitirse, mientras nos repetían que “había que esperar”. ¿Pagar un tratamiento? Eso sí que era una buena joda, de las que no te hacen reír. Las quimioterapias, las operaciones, todo eso era para la gente del otro lado de la General Paz, los que vivían en departamentos de lujo. Nosotros, con suerte, teníamos un techo. ¿Hipotecar una casa? ¡Ja! La única casa que conocíamos era ese departamento que, con cada día que pasaba, se convertía más en una sala de espera para el final seguro.
Cada día era un conteo regresivo. Verla retorcerse de dolor, sabiendo que yo no podía hacer una mierda para ayudarla, era peor que cualquier hambre o cualquier paliza.
Aviso: Me gustaría aclarar que el universo de los lobos que estoy usando en esta historia pertenece a la increíble Lia Gerald.