La Aprendiz de Archivista
En Baelstra, un continente suspendido en el cielo y fragmentado por la ruina de un pasado que aún dolía a suficientes generaciones como para no ser nombrado, la magia se convirtió en un simple susurro condenado al olvido. La Guerra de las 8 Décadas sepultó no sólo reinos, sino también la confianza en el Verbo Arcaico, aquel lenguaje antiguo que una vez fue capaz de moldear la realidad y conjurar cosas que en la actualidad eran inimaginables. Tras todo lo sucedido, en Virelia y gran parte del continente la magia fue vetada y su uso estrictamente prohibido por decreto de la Nueva Orden que fue creada tras aquella terrible guerra.
Aeryn Knox era una joven archivista de 17 años en formación, una de tantas estudiantes que dedicaban sus tardes a transcribir antiguos pergaminos, limpiando todo trazo de los tan restringidos y peligrosos Verbos Arcaicos como parte de sus prácticas. Destacaba por sus brillantes ojos avellana que contrastaba con su cabello azabache el cual caía en ondas desordenadas sobre sus hombros. Y también porque tenía una curiosidad silenciosa, una mezcla de resignación y una extraña inquietud que la hacía preguntarse si ese pasado podría regresar algún día.
La capital era bien conocida por albergar una de las instituciones educativas para archivistas más completas y prestigiosas del país, compuesta por más de quince salas de archivo, un centenar de aulas y cerca de diez torres donde residían tanto estudiantes internos como algunos archivistas junto con sus familias. Ahí entraba Aeryn, puesto que su tía Lys era una de las archivistas más experimentadas que había conocido, y probablemente ella esperaba que su sobrina también lo fuera algún día.
La sala del Archivo XIII no tenía ventanas, tan solo unas lámparas flotantes que iluminaban la inmensa y fría sala de mármol blanco con una luz brillante, que ayudaba a Aeryn a leer mejor los pergaminos que debía transcribir antes de la hora de la cena. Las lámparas se mantenían suspendidas gracias a unas pequeñas piedras azuladas, las mismas que permitían que Virelia -que, a diferencia de otras ciudades, se encontraba en una isla flotante artificial- permaneciera al mismo nivel que el resto de las islas del Imperio. La única diferencia era que Virelia debía sujetarse con enormes cadenas al suelo; de no ser así, saldría volando hacia quien sabe dónde.
Aeryn recordaba con cierta dificultad la primera vez que las vio. Tenía tal vez unos seis años y su tía la había llevado al borde de la ciudad, donde se podía ver a la lejanía el círculo externo, formado básicamente por distritos industriales y barrios obreros. Ellas estaban en el distrito Este de la ciudad, justo donde los puentes terminaban y comenzaban los anclajes. Las cadenas se veían colosales y descendían hasta perderse entre nubes tan densas que parecía que pudieran tragarse en cualquier momento la ciudad. Lo que sí recuerda perfectamente es cómo empezó a sentir un nudo en el estómago por la mezcla de asombro y vértigo, ya que en ese momento se dio cuenta de que su ciudad no estaba realmente en el suelo, sino colgando del cielo por voluntad de unas rocas mágicas y un puñado de acero viejo y parcialmente oxidado.
Desde entonces, cada vez que veía una de aquellas piedras flotantes -como las que ahora mantenían las lámparas suspendidas sobre su cabeza- le recorría un leve escalofrío, casi imperceptible, como si algo dentro de ella supiera que todo podía caer en cualquier momento. Ese mismo escalofrío recorrió su columna mientras pasaba suavemente la pluma mágica -una pluma especialmente diseñada para escribir sin tinta- sobre el quinto, tal vez sexto pergamino del día. Estaba obligada a repetir frases cuyo significado se había perdido hacía generaciones y que tan sólo los archivistas más cualificados -o tal vez los más interesados- podían entender. Ella no pertenecía a ninguno de esos dos grupos, así que se limitaba simplemente a hacer su trabajo, copiar un texto que ni siquiera tenía la certeza de ser leído alguna vez.
Como siempre, el olor a tinta seca de los viejos pergaminos se diluía en el aire, dejándole un regusto extraño en la boca. Su muñeca se movía por inercia, casi sin hacer ningún esfuerzo, mientras se preguntaba cuál era la diferencia entre la magia que estaba vetada y la que le permitía iluminar la habitación, o tal vez la que controlaba a las extrañas esferas flotantes que se paseaban cada cinco minutos por los pasillos, como si trataran de olfatear el aire en busca de una anomalía mágica. Los vigilantes.
Aeryn se tomó un momento para estirar sus muñecas después del octavo pergamino, ojeando sin mucho interés la tabla de sinónimos a su izquierda, creada por el Círculo para reemplazar expresiones mágicas. Su tarea, aunque algo aburrida y repetitiva, era muy importante según el señor Vorn -su maestro y mentor de prácticas-, ya que según sus palabras ‘Sin los archivistas, los textos hablarían por sí solos, y mientras hablen sólo lo que deben, la paz continuará.’
No pudo evitar esbozar una media sonrisa al pensar en cómo el profesor romantizaba ser un filtro humano, aunque la sonrisa desapareció en cuanto vio como caían a la mesa dos rollos más desde el tubo metálico que se encargaba de transportar los pergaminos que le asignaban durante el transcurso de la tarde.
Tras terminar con el último, comenzó la rutinaria limpieza del espacio de trabajo, que consistía básicamente en guardar la pluma y la tabla de sinónimos en el pequeño cajón de su escritorio, tapar el tubo de transporte y clasificar los pergaminos ya transcritos en sus correspondientes estanterías. Paseaba por los pasillos meticulosamente ordenados mientras trataba de encontrar la última sección que le faltaba por visitar, por fin el último pergamino que debía dejar en su lugar y volver a la torre del Ala Norte, donde su tía probablemente la estaba esperando con la cena lista.
Al dejarlo en la estantería, Aeryn se sintió envuelta por una inquietud inexplicable, que automáticamente la llevó a posar su mirada al final del pasillo, haciéndola caminar hasta uno de los estantes como si algo la estuviera... Llamando. Esa estantería concretamente estaba repleta de toda clase de libros polvorientos y desgastados. En su sector tenía que clasificar normalmente pergaminos, así que los pocos libros que traía el señor Vorn para su transcripción, acababan en esa misma estantería, medio revueltos y sin un orden claro.
Se fijó en un libro que se veía ligeramente menos desgastado, resaltaba por su tono rojizo que hacía que se viera como si el acabado de su cubierta fuera aterciopelada y en su lomo podía ver cómo trataba de formarse lentamente una especie de símbolo. Acercó una de sus manos con cierta cautela, como si el objeto fuera a saltar de su lugar en cualquier momento. Aunque antes de que pudiera siquiera rozarlo, escuchó la puerta de la entrada abrirse con un suave pero notorio chirrido que anunciaba la llegada de su mentor, el cual probablemente había venido a apagar las luces y cerrar con llave la sala.
-¿Sigues aquí, Knox? -los pasos firmes del señor Vorn resonaban por el pasillo, acercándose donde la adolescente.
-Acabo de terminar, señor. Estaba a punto de irme.
Devolvió la mirada a la estantería, sin conseguir volver a visualizar el libro por más que lo buscara, como si este hubiese desaparecido.
-De casualidad... ¿Ha traído usted un libro rojo hace poco? ¿Tal vez uno que ya estuviera transcrito, o que lo haya transcrito usted durante el fin de semana? -fijó su mirada en la figura delgada del hombre, que la observaba fijamente, tratando de analizar sus palabras.
-El único libro que se trajo hace poco fue el de hace dos semanas, no era rojo. -Vorn posó su vista a la estantería, restándole importancia al segundo- Vamos Knox, ya debería haber cerrado el Archivo XIII hace un rato.
Aeryn siguió a su profesor, aún algo pensativa.
-¿Es posible que haya desaparecido?
El maestro Vorn se detuvo tras dar algunos pasos, sin girarse. El eco de su capa aún flotaba en el aire antes de desvanecerse completamente.
-¿Desaparecido? -repitió con una calma tan medida que a la chica le parecía más inquietante que cualquier reprimenda.
Aeryn dudó. La luz tenue de la lámpara flotante proyectaba su silueta en las estanterías como si la biblioteca la observara también, expectante.
-El libro rojo. Estaba allí, lo vi. Pero ahora... No está, por más que mire.
-¿Y lo tocaste?
-No, maestro. Lo vi justo antes de que usted entrara.
Vorn se giró finalmente, con el rostro en su gesto habitual: inexpresivo, pero Aeryn bien sabía que no era indiferente.
-Entonces fue una ilusión. O un error de tu memoria.
-Pero...
-Knox -interrumpió, avanzando un paso-, aquí no venimos a imaginar. Aquí venimos a custodiar. Si quieres ser una buena archivista como tu tía, recuerda bien: Lo que no está registrado, no existe. Lo que no existe, no debe nombrarse.
Ella apretó los labios, sintiendo el peso de cada palabra caer sobre sus hombros, y joder, pesaban una tonelada.
-Sí, maestro.
-Los libros no aparecen ni desaparecen. No por sí solos. Si alguno lo hiciera... -ladeó apenas la cabeza- los vigilantes ya habrían dado la alarma, ya que algo así debería dejar un rastro al fin y al cabo.
Aeryn no respondió. Solo asintió en silencio, siguiendo al maestro por los pasillos perfectamente iluminados, entre esas estanterías tan altas y firmes como las normas que las protegían.
Poco a poco las luces se fueron apagando tras ellos, y el chirrido de la puerta al cerrarse a su espalda junto con el pequeño sonido que provocó al ser cerrada con llave, le causó un escalofrío leve, como si algo se hubiese quedado dentro, esperándola en la oscuridad. Mientras ascendían por la escalera que conectaba los Archivos con el corredor principal que daba acceso a las torres cercanas, Aeryn no pudo evitar girar brevemente la cabeza, echando un último vistazo hacia la puerta cerrada.
Al llegar al corredor se despidió de su profesor con normalidad, aunque no lograba quitarse esa inquietud que rondaba su cabeza como una molesta e insistente mosca que no quería irse de su mente. La mayor parte de los pasillos se encontraban ya a oscuras, solamente custodiados por los vigilantes que se iban paseando por ahí y hacían el ambiente todavía más incómodo e inquietante. Era un claro indicativo de que se había quedado más tiempo de lo que esperaba y ya era de noche.
Aeryn aceleró el paso, sintiendo cómo el eco de sus propios pasos se multiplicaba entre las paredes altas y sombrías, interrumpidas cada ciertos metros por pilares altos de piedra decorados con una pequeña gárgola cada uno. Los vigilantes se movían sin prisa, iluminando con un brillo tenue los rincones más oscuros, pero no parecían prestarle la más mínima atención. Aun así, no podía evitar sentirse observada, como si esas malditas gárgolas estuvieran vigilando cada uno de sus pasos, como si no tuviera suficiente con esas bolitas flotantes.
Llegó al pie de la escalera que conducía a la torre norte, donde su tía seguramente la esperaba con la cena. El silencio era absoluto, solo interrumpido por el leve jadeo de Aeryn en un inútil intento de recuperar el aliento y el roce metálico de las cadenas que se escuchaban resonando en la distancia. Lo bueno de haber ido a trote hasta allí era que el aire frío de la noche no le calaba tanto los huesos como solía hacerlo normalmente.
Mientras ascendía los peldaños, su mente volvía al libro, al extraño símbolo que parecía cobrar vida y a la sensación de que algo no estaba bien. ¿Era posible que aquello de verdad fuera un simple error de memoria, como decía Vorn? No lo dudaría tanto si no fuese porque se pasaba el día clasificando pergaminos y recordando dónde va cada cosa, constantemente entrenaba su mente y era difícil que pudiese equivocarse en algo tan concreto.
Al llegar al corredor principal, la luz de la luna colaba su pálido reflejo por los ventanales altos, proyectando sombras en forma de líneas verticales. La pesada puerta de roble de su hogar la separaba de la cena, que ya dejaba notar su presencia con un intenso olor a hierbas, verduras asadas y deliciosa carne al horno.
Tocó suavemente y entró, encontrándose de lleno con la mirada preocupada de su tía, que ya estaba sentada en una de las sillas del comedor. Lys era una mujer de unos 40 años, de estatura media y complexión ligeramente robusta, que, al igual que Aeryn, tenía una melena oscura, pero larga y recogida en una trenza.
Su casa no era grande, pero le resultaba acogedora, aunque no sabría decir si era por su calidez o por la costumbre. Una de esas luces flotantes iluminaba cálidamente la habitación, que cumplía con todas las necesidades básicas de una familia: cocina, mesa de comedor, pequeña despensa y una estantería repleta de cachivaches, plantitas y algún que otro libro de cocina o típica novela que cualquier señora de cuarenta años disfrutaría leer. Por otro lado, contaba con dos habitaciones individuales y un baño. Era una casa sencilla y rústica, pero suficiente para las dos.
-Has llegado muy tarde... No me digas que Vorn te ha castigado, ¿otra vez te has metido donde no debías?
Aeryn se sentó en la silla restante, negando suavemente con la cabeza mientras su tía Lys se levantaba para servir la comida que las esperaba en la cocina.
-No, simplemente está vez se han pasado un poco con el trabajo, cada vez las prácticas son más duras.
-¿Estás segura de que es sólo eso? -preguntó la mujer, alzando una ceja mientras servía la cena en la mesa.
Se quedó un instante en silencio, dudando si contarle lo que había sentido, o si simplemente callar para no preocuparla.
-No es nada, de verdad, solamente estoy cansada.
-Bueno, es normal que Vorn te esté dando más caña este año, el curso que viene empezarás con las practicas avanzadas y tienes que acostumbrarte a la carga de trabajo. -comentó la mujer sonriendo cálidamente- Come, necesitas reponer fuerzas.
Terminaron la cena con tranquilidad. El aroma de las hierbas que condimentaban la comida junto con la charla ligera sobre lo que habían hecho durante el día, ayudaron a calmar sus nervios y a disipar -aunque fuese solo un poco- los pensamientos inquietantes que la habían perseguido durante su camino de regreso.
Después de ayudar a recoger la mesa y lavar los platos, Aeryn entró a su habitación, cerrando la puerta tras de sí con un leve suspiro. Se puso el pijama y se dejó caer sobre la cama, que aquella noche se sentía el doble de suave. La luz de la luna se filtraba entre las cortinas de seda, dibujando formas difusas en el techo. Antes de cerrar los ojos, pensó nuevamente en el libro rojo, en las firmes palabras de Vorn y en la persistente sensación de que algo la estaba llamando.
Se envolvió con fuerza entre las mantas, buscando el calor mientras trataba de descartar todos esos pensamientos extraños. No podía ser real. Tal vez el exceso de trabajo le estaba jugando una mala pasada. Después de todo, también se acercaban algunos exámenes y en ese momento su vista estaba bastante cansada... Probablemente se trataba de una mezcla de estrés y agotamiento.
Cerró los ojos más tranquila, y al poco tiempo no pudo evitar caer profundamente dormida, aún con esa pequeña espinita en forma de libro rojo que la acompañaba.
Mientras tanto, en cierta sala de Archivos, en una estantería ya cubierta de penumbra, un lomo con cierto símbolo dorado titiló apenas unos segundos, como si aquel libro respirara.
Finalmente, se disolvió entre el resto, justo cuando un vigilante cruzaba el pasillo.