Capítulo 1
Paseo la vista por todo el salón viendo un total de veinte cabezas metidas entre las páginas del libro.
A pesar de no ser la postura ideal para niños de esa edad, todavía no aprenden que para seguir con la lectura no tienen que encorvarse y meterse de lleno en el libro. De igual forma se mantienen atentos a lo que intenta leer su compañero, se traba en algunas palabras así que tomo nota en una hoja con su nombre.
El niño detiene su actividad para verme con el ceño fruncido al ver lo que hago.
Le doy una sonrisa cálida al tiempo que le guiño un ojo, una vez que entiende que no hay nada de lo que deba preocuparse continúa con la lectura.
Tengo suerte de que sean un curso silencioso, eso permite que cuando uno intenta leer, lo único que se oye en todo el salón son ruidos de ambiente. Alguna tos involuntaria, alguna respiración con catarro, alguno que intenta comer algún dulce sin ser descubierto.
Esos son los únicos ruidos que deberían escucharse en un salón.
Pero la lectura y la calma se interrumpe cuando el grito de una mujer nos alerta de algún peligro.
Observo hacia la pared como si pudiera ver a través de los ladrillos para averiguar qué sucede. Vuelvo la atención a mis niños viendo que la mayoría escuchó el grito y decidieron dejar atrás la postura de lectura.
—¿Seguimos? —pregunto al darme cuenta que no se repite el sonido.
Mis chicos siguen distraídos pero poco a poco se reincorporan a su tarea, al menos hasta que el grito de la mujer suena más fuerte y seguido por gritos de pequeños niños.
De manera instantánea me pongo de pie, la preocupación se apodera de mí y olvido por completo que estoy en un salón de clases con pequeños de nueve años que no pueden quedarse solos.
Eso pasa a segundo plano cuando salgo y prácticamente corro hacia el salón de al lado.
Abro la puerta encontrándome con un grupo de niños rodeando el escritorio de la maestra. Tengo que apartar a las criaturas enanas para llegar hacia la mujer que yace en el suelo.
—¡Ariadna! —me arrodillo junto a ella que no deja de gritar mientras se sujeta el estómago.
—Cassy —las lágrimas caen por sus ojos—, y...yo...me caí, la silla se me fue —señala el objeto caído a unos pasos de distancia.
—¿Está bien? ¿Qué le ocurre? —los niños me gritan las preguntas al oído mientras intento sacar el teléfono de mi bolsillo.
Marco el número de emergencias manteniendo una mano sobre el vientre de mi colega, ella no deja de llorar y quejarse del dolor.
Mi voz tiembla cuando le explico a la operadora la situación, tengo que repetirle las palabras varias veces ya que los niños no dejan de gritar y apenas puedo escuchar mi propio tono.
—Voy a llamar a la directora, ¿sí? Tú tranquila —es lo primero que le digo a Ariadna cuando finalizo la llamada. Ella me da un asentimiento y comienza a hiperventilar.
Aunque no quisiera dejarla sola, tengo que avisarle a la otra mujer.
Prácticamente corro en dirección a la oficina de la directora. Me percato de algunas miradas curiosas desde el resto de salones y ventanas pero no me detengo hasta que estoy en el lugar.
—Cassandra, ¿estás bien? —Mónica me observa con el ceño fruncido al verme entrar sin tocar—. Oí un grito.
—Llamé a emergencias, Ariadna se cayó —apenas termino de pronunciar las palabras cuando la mujer ya está de pie.
Ambas corremos hacia el salón, no sé cuánta es la distancia exacta que hay pero definitivamente es suficiente como para cancelar todo el ejercicio que tengo para el mes.
En cuanto llegamos a la puerta ya hay varios niños afuera llorando de manera desmedida. Entiendo que el estrés de ver a su maestra tirada en el suelo y llorando hace que se alteren.
—¡Ale! —suspiro con alivio al ver a otra de las maestras acercándose—, los míos están solos —señalo hacia mi salón de clases y la mujer me responde con un asentimiento.
Cuando vuelvo al salón veo a mi amiga con el rostro completamente blanco, sus manos tiemblan sobre su estómago mientras niega con la cabeza. Me arrodillo a su lado tratando de fijarme si hay alguna herida en su cuerpo de la que no me percaté antes.
Cualquiera diría que caer desde una silla no puede suponer un daño muy grave, pero teniendo en cuenta los siete meses de embarazo y el abultado vientre que tiene, caer desde esa distancia podría ser muy riesgoso.
—No se mueve, Cassy, mi bebé no se mueve —mis manos tiemblan casi tanto como las suyas, pero hago un esfuerzo por mostrarme tranquila.
Trato de decirle que todo está bien, que la ambulancia ya está llegando y que seguro no es nada grave, pero ella no me escucha, solo niega con la cabeza y respira entrecortado.
Ahora que los niños no están a nuestro lado, puedo prestar atención y tratar de sentir algún movimiento. No soy experta pero desde que el bebé en su cuerpo decidió aprender a dar patadas nos turnamos para tocarle el estómago y sentirlo.
Esta vez no siento nada.
—Llegaron los paramédicos —la directora me insta a apartarme cuando la ayuda llega.
Si bien les hago lugar, no puedo alejarme mucho ya que no suelta mi mano. Les explica a los especialistas que quiso sentarse y cayó de costado sobre el estómago, repitiendo más veces de las necesarias que su bebé no se mueve. Una mujer le toma los signos mientras que su compañero le da palabras tranquilizadoras.
—Soy Dereck, ¿cómo te llamas? —el chico le toma la presión mientras mi amiga intenta hablar.
—Ari... Ariadna —las palabras van acompañadas por un grito cuando la paramédico presiona un estetoscopio sobre su estómago, se disculpa en un susurro antes de fruncir el ceño y mirar a su compañero, él parece entender la señal ya que asiente y vuelve la atención a la chica en el suelo.
—Muy bien, Ariadna, vamos a llevarte al hospital para poder examinarte mejor, ¿sí? —no le dan tiempo a réplica cuando entre ambos la levantan y la dejan sobre una camilla, aunque tiene forma de silla más bien.
Intento alejarme para que puedan irse pero Ari aprieta tan fuerte mi mano que puedo sentir como si quebrara mis dedos. Nunca fue una mujer grande, incluso luego de subir los kilos que dijo que subiría durante el embarazo, puedo rodear su muñera con mis manos y tocar la punta de mis dedos con comodidad, cualquiera diría que es una chica que apenas tiene fuerza para sostener el estómago que carga. Pero definitivamente tiene la fuerza suficiente como para hacerme ver las estrellas por el dolor en mi mano derecha.
Su esposo va a tener que practicar si quiere estar a su lado en el parto.
Mónica intenta tomar mi lugar cuando salimos del salón, pero Ari se niega llorando aún más cuando quiero soltarla.
—Por favor, Cassy, por favor no me dejes sola.
Me acerco para poder decirle que alguien más va a acompañarla, que no va a estar sola. Pero veo sus ojos y me encuentro con la desesperación en su mirada, está asustada. Percibo el miedo como si pudiera olerlo en el perfume de chocolate que siempre tiene. Le tiemblan las manos y está sudando como si hiciera cuarenta grados centígrados.
Por lo general es una chica tranquila, siempre está deteniéndose a pensar bien las cosas, buscando el lado positivo y la alternativa buena a los problemas. En los cinco años que llevo conociéndola, puedo jurar que ni en el día de su boda cuando el pastel se atrasó a la ceremonia estaba alterada.
Ver el estado en el que se encuentra ahora me hace saber que definitivamente no está bien.
—Iré contigo, no te dejaré sola —aunque no son las palabras que quería decir, ni las que logran quitar todo el peso de sus hombros, por lo menos la ayudan a intentar respirar mejor cuando la paramédico se lo pide.
Todo pasa mucho más rápido de lo que puedo percibir, salimos del establecimiento y escucho a la directora decir que llamará al padre del bebé. Nos suben a la ambulancia y puedo tachar de mi lista de deseos el conocer una por dentro.
El tal Dereck le conecta una máscara de oxígeno incluso antes de que el vehículo se ponga en marcha. Comienza a hacerle muchas preguntas, tanto que llego a pensar que podría agobiarla, pero la mayoría son en realidad para distraerla, ve el anillo en su dedo y le pregunta si está casada hace mucho, luego le hace una pregunta puntual sobre el embarazo, sobre si toma alguna vitamina y así, alterna entre preguntas personales que definitivamente no le interesan para que no se permita pensar en algo malo.
Unos minutos después nos detenemos en el hospital, el chico desconecta unos cables y sin ayuda baja la camilla de la ambulancia. Cuando la otra paramédica llega y una doctora se acerca, ya no puedo tomarle la mano a Ariadna. Aunque me mantengo cerca para que pueda verme.
Pero en el momento en que dicen que no perciben los signos del bebé, ella vuelve a explotar en llanto.
Quiero acercarme, quiero consolarla y decirle que todo va a estar bien, que tal vez se confundieron y estaban poniendo el estúpido aparato sobre el trasero del bebé. Pero no puedo decir nada ya que un enfermero me detiene en la línea que señala hasta donde pueden pasar los acompañantes.
La escucho llorar hasta que cruzan una puerta y el único sonido que soy capaz de identificar es el de una sala de urgencias un miércoles por la mañana.
Observo a mi alrededor sin saber muy bien qué hacer. Es la primera vez que llego a una sala de urgencias en una ambulancia, entiendo que si eres el paciente solo tienes que dejar que te guíen de aquí para allá y solo moverte si alguien más te lo indica. Pero nadie le dice al acompañante para donde tiene que ir, a quien tiene que consultar o que debe esperar que ocurra antes de armar un alboroto.
Solo esperan que sepas que hacer sin que tengas idea de donde estás parada.
—Tu amiga va a estar bien —el paramédico pone una mano sobre mi hombro a la vez que me da una sonrisa cálida, creo que le devuelvo el gesto pero no estoy realmente segura.
Me abrazo a mí misma notando que el aire acondicionado del lugar está realmente alto para estar a mediados de octubre.
Sé que en mi bolso siempre tengo algún abrigo pero cuando intento buscarlo me doy cuenta de un pequeño detalle. No lo traje. Lo único que tengo de mis pertenencias es el teléfono que llevaba en el bolsillo del vestido.
Genial.
Observo a Dereck, tiene una apariencia amable, creo que podría pedirle una indicación y me respondería en un tono tranquilo, pero está tan concentrado rellenando un formulario que me da miedo acercarme y molestarlo.
Las enfermeras que hay también están tan concentradas en lo suyo que no quiero interrumpirlas, no es secreto para nadie que ellas están por encima de todos en la pirámide del sistema hospitalario. No me atrevo a acercarme a una y que crea que mi pregunta es una ofensa y termine en una mala situación.
Así que decido hacer lo único que no parece una mala idea, me acerco hasta una de las paredes y me apoyo junto a una planta, quedo perfectamente posicionada en una zona que no obstaculiza el paso.
¿El problema? El aire acondicionado apunta como si fuera un láser en mi dirección congelando hasta la última partícula de mi ser.
Pero no digo nada.
No le daré la razón a Mónica sobre usar vestidos.
Pasan unos segundos hasta que escucho que le dicen algo por la radio a los paramédicos, la mujer está por contestar pero su mirada cae sobre mí. Debe ser muy lamentable mi intento de camuflarme con la pared y la planta ya que suspira y se acerca.
—Por el pasillo a la izquierda, el médico saldrá y preguntará por la familia del paciente si necesita decirte algo —su rostro no es tan amable como el de Dereck, ni siquiera dijo su nombre como para poder identificarla con algo más que su profesión.
Pero estoy tan nerviosa que cualquier acción en este momento es suficiente como para que la tome como el mayor gesto de bondad del mundo.
—Gracias, de verdad, por todo —antes de que las lágrimas me aborden decido ir hacia donde me indicó, no me pasa por alto el rostro perturbado que le queda a la mujer.
Tal y como dijo hay una pequeña sala de estar en donde varios familiares esperan alguna noticia, localizo la puerta y tomo asiento tan cerca como puedo, sé de antemano que cada vez que alguien pase o salga de allí, voy a estar poniéndome de pie para saber si es por Ariadna.
—Pueden pasar a verla —la voz de la doctora me hace suspirar con alivio, el hombre a mi lado se pone de pie antes de que yo pueda hacerlo.
Le agradezco a la mujer antes de seguirle el paso hacia la habitación.
Félix llegó hace unos cuarenta y cinco minutos, una media hora después de que nosotras llegáramos. El hombre estuvo con los nervios comiéndolo vivo desde que se sentó a mi lado, por suerte para cuando él llegó ya me habían dicho que tanto la mujer como el bebé estaban bien.
Cuando lo veo entrar al cuarto mi primer instinto es seguirlo, pero escucho el llanto proveniente del interior y decido esperar en el pasillo.
La última vez que la vi estaba temblando de miedo y era un mar de lágrimas, claramente quiero verla y poder dejar atrás esa imagen, pero ambos están bien y es necesario que tengan un momento de familia antes de ser interrumpidos por alguien más.
Me recargo en la pared viendo hacia ambos lados, no busco nada en particular, solo miro los familiares que acompañan o lloran a sus seres queridos. Todo está en un silencio cuidado, cada quien respeta que no es un lugar para hacer escándalos o hablar en un volúmen alto.
Al menos hasta que un grupo llega.
Son unas cuatro personas, es fácil notar que son bomberos. No es que sea experta pero las insignias y los trajes los delatan. No van vestidos iguales, cada quien tiene su propio estilo, uno va solo con una camiseta, otros dos llevan una campera y el que queda lleva la típica chaqueta de oficio que los hace lucir el triple de grandes.
Los murmullos los acompañan mientras se mueven de manera ordenada hacia uno de los cuartos del pasillo. Por alguna razón los observo sin poder apartar la mirada, creo que a la mayoría nos ocurre lo mismo con las figuras de autoridad, para mí es imposible ver pasar a un bombero, militar o doctor y no quedarme viendo como si fueran algún tipo de ser superior.
Y si soy sincera, el términoluchador contra fuegoes vibrante en muchos sentidos.
Todos entran a la habitación menos uno, el hombre se queda de pie junto a la puerta con el teléfono pegado al oído, imagino que debe ser una llamada importante ya que se mueve de manera inquieta. Está de espaldas así que no puedo verle el rostro como para confirmar si es una situación tensa.
La puerta junto a la que estoy parada se abre y Félix me observa, tiene todavía un rastro de lágrimas en los ojos pero es apenas visible.
—Quiere verte —le devuelvo la sonrisa y entro justo en el momento en que de reojo me percato que el bombero se da la vuelta.
El olor a alcohol de hospital me inunda las fosas nasales, si bien entiendo que todo tiene que estar limpio y en condiciones, me pregunto si es necesario bañar el lugar en el aroma como si fuera una colonia.
Claro que es necesario.
Ariadna está recostada en la camilla con algunas máquinas conectadas, además de la intravenosa que sale de su brazo. Tomo asiento en la silla que me señala junto a ella, Félix se excusa diciendo que irá a hablar con la enfermera y nos quedamos solas.
—Ese fue un susto grande —suelto un suspiro que más que de cansancio es una forma de expulsar la tensión que sentía sobre mis hombros.
El saber que estaban bien no es lo mismo que ver que están bien.
Lleva el cabello suelto, bastante despeinado, los ojos y labios hinchados ya que su rostro siempre hace lo mismo cuando llora por más de algunos minutos. Tiene una expresión calmada pero cansada, no me quiero ni imaginar lo agotador que debe haber sido para ella el creer que las cosas con su bebé no estaban bien.
Sé que su esposo le dijo que podía dejar el trabajo en cuanto supieron que estaba embarazada, también sé que la directora le dijo que la maestra suplente se haría cargo de los niños hasta que estuviera lista. Pero escuché de primera mano lo mucho que eso la hizo enojar ya que no quería aplastarse en el sofá de la casa hasta expulsar a la criatura.
Imagino también lo mucho que le debe haber dado en el ego el hecho de que en la discusión sobre el tema, le dijo a su esposo que era más probable que ocurriera un accidente en la casa que en el colegio.
—Estabas pálida cuando subimos a la ambulancia —su voz suena raspada cuando se burla de mí, son todas secuelas de haber llorado casi por dos horas seguidas y finalmente tener unos minutos de no hacerlo.
—Por lo menos no me puse a jugar al juego de la silla cargando una sandía —llevo mi mano a su estómago percibiendo el movimiento cuando se ríe.
Una vez más no siento nada y frunzo el ceño al temer lo peor.
Ariadna se vuelve a reír en mi cara al notar mi expresión, usa su mano para guiar la mía a la parte baja de su estómago.
—Hace unos días estuve con algo de dolor, resulta que el revoltoso se ubicó antes de lo previsto —aunque no luce alterada, hay algo en su voz que deja entrever que no está completamente tranquila.
Y no es de extrañarse.
Está en el séptimo mes y el bebé todavía no debería estar con la cabeza hacia abajo. Por lo que sé, recién en las últimas semanas del embarazo tienden a posicionarse ya para nacer, lo que podría significar que hay riesgo de un parto prematuro.
Parece leer mis pensamientos ya que suspira con una expresión triste.
—Mañana veré a la obstetra para asegurarnos que todo está bien —le doy un asentimiento sin poder quitar la mano de su estómago—, pero, ya me dijeron que tendré que hacer reposo hasta llegar a término —la mueca en su rostro demuestra que no está contenta con la idea, pero me alegra que no se oponga.
Sinceramente prefiero verla disconforme a estar preocupados por lo que pueda sucederle.
Estoy segura que su esposo piensa lo mismo.
Me quedo con ella un rato más hablando sobre trivialidades hasta que Félix regresa y me aseguro que no se va a quedar sola. Si bien él se ofrece a llevarme a casa, sé que en verdad no quiere hacerlo así que miento asegurando que tengo otra parada que hacer.
Me despido diciéndole que traeré sus pertenencias del trabajo mañana ya que con las prisas dejamos todo allí, pero Mónica me dijo que dejó todo en su oficina para asegurarse de no perder nada.
Cuando salgo de la habitación mis ojos se mueven de manera automática hacia la puerta por la que entraron los bomberos, ya no puedo ver a nadie afuera y por la lejanía no soy capaz de saber si hay alguien adentro. De igual manera continúo con mi camino en la dirección contraria y salgo del hospital tan rápido como puedo.
Si bien corre una brisa fresca, no hace tanto frío como en el hospital, aunque para la próxima estoy segura que por lo menos me encargaré de traer mi abrigo.
Tomar un taxi sin dinero encima no es una opción, así que me toca caminar para poder llegar a mi destino, por suerte el incidente ocurrió en la mañana por lo que apenas es pasado el mediodía, así que hay suficientes personas en la calle como para no sentirme insegura.
Caminar por el centro me ayuda a despejar la mente, logro sacarme de la cabeza los gritos de Ariadna cuando paso por una vidriera y observo un vestido floreado. Le devuelvo el saludo a la dependienta a través de la ventana cuando me ve pasar, claramente el único lugar que vende vestidos en esta altura del año es digno de ser mi local favorito.
Si bien me hace señas para entrar, hacerlo solo sería una tortura ya que no puedo comprar nada ahora, así que de la manera más amable que puedo le digo que no y me alejo tan rápido como mis piernas me lo permiten.
Llego a la entrada de mi edificio justo a tiempo antes de que las clases de pilates no fueran suficientes. Tuve que caminar casi una hora, así que aunque las piernas no me fallan, mis pulmones si me piden un alto, hoy sí me permitiré usar el ascensor.
Por suerte me puse zapatillas.
Intento abrir la puerta del edificio pero esta no cede, vuelvo a intentar con más fuerza pero nada. Es recién al tercer intento que me doy cuenta de un pequeño detalle. El teléfono es lo único con lo que cargaba en el bolsillo cuando salí del colegio, mis llaves siguen en el bolso.
Me golpeo la frente con la puerta cuando dejo caer mi cabeza hacia adelante, si bien me duele un poco, no es nada comparado con el que me quiero dar por haber dejado todo sin conciencia alguna.
Dejo caer mi cuerpo en uno de los escalones rezando a que algún vecino piadoso llegue a mi rescate, podría llamar al timbre hasta que alguno conteste, pero quien sea que lo haga tendría que bajar para poder abrir y estoy segura que ninguno lo haría.
Sé que unos pisos más arriba vive una familia, la mujer suele volver del colegio de los niños justo a esta hora, solo tengo que esperar un poco.
Pasan solo unos minutos hasta que alguien se acerca, y es la última persona a la que me gustaría pedirle un favor.
—Señora Robins, que bueno verla —me pongo de pie con la sonrisa más falsa que mi rostro puede mostrar ante la señora.
La mujer canosa me mira de arriba abajo como si fuera un vagabundo que acaba de pedirle dinero para ir por drogas.
—No te conozco, y más te vale salir de mi entrada si no quieres que llame a la policía —su voz es igual de molesta que siempre, no puedo evitar poner los ojos en blanco.
—Soy su vecina, vivó en el cuarto piso, olvidé mis llaves en el trabajo —a pesar de lo mal que me cae, intento no sonar irritada ya que si se trata de mal genio, la mujer que pone la llave sobre la puerta, me da una patada en el trasero y se corona como la reina.
Me mira nuevamente con su rostro completamente arrugado por la cantidad de horas que pasa con el ceño fruncido, casi puedo sentir como con la mirada, me roba el poco colágeno que mi cuerpo sigue produciendo a mis veintinueve años.
—Si vivieras aquí, tendrías llaves para entrar —sin darme tiempo para replicar, entra en el edificio cerrando justo detrás.
Estoy segura que puedo ver la expresión triunfante en su rostro a pesar de no verle la cara.
—Anciana desustanciada —pateo una roca invisible mientras suspiro tratando de pensar cuanto tiempo puedo estar fuera antes de volverme parte de la decoración.
Una risa interrumpe mis cálculos.
—Esa palabra es nueva —la mujer se ríe sin un ápice de culpa mientras pasa por mi lado para abrir la puerta.
Sus hijos pasan primero pero la mantiene abierta para dejarme el paso, la miro con una sonrisa totalmente agradecida por su aparición e incapacidad de dejarme parada en la puerta como cierta otra.
—Te juro que no es una mala palabra —digo cuando caminamos hacia el ascensor, le devuelvo el favor abriendo la puerta para los dos niños y para ella.
—Déjame adivinar... —luego de marcar su piso pone una mueca mientras piensa y el más pequeño de sus hijos intenta pedirle que lo alce en brazos—, ¿sin compasión? —niego con la cabeza justo cuando la puerta del ascensor se abre.
—Sin sabor o esencia —decirlo en voz alta me hace sentir un poco absurda, pero la risa de la mujer me hace saber que por lo menos no fue algo carente de carisma.
—Bueno, espero que el pollo no me quede desustanciado o van a comerme viva —Me guiña un ojo antes de salir del elevador.
Unos segundos después estoy frente a la puerta de mi departamento, observo en ambas direcciones antes de agacharme y recoger la llave bajo el tapete.Sé nuestro invitado y Lumiere protegen una copia de la llave de mi puerta.
Ahora que lo pienso es un poco absurdo ya que solo tengo esa copia aquí cuando, si pierdo mis llaves, como ocurrió ahora, no tengo forma de acceder al interior del edificio a menos que algún vecino esté entrando en ese mismo momento y tenga la amabilidad de dejarme pasar.
Bueno, podría ir hasta la casa de mi padre y buscar allí la copia que él guarda para evitar dejarme en la calle. Pero no era una opción caminar hasta allí.
Una vez dentro suspiro con alivio al finalmente poder relajarme en mi propia casa, pero mi alivio se evapora al ver el desastre que me acompaña en el interior.
En mi defensa, diré que al ser un espacio reducido, una sola prenda fuera de lugar hace parecer que un tornado arrasó con el lugar.
En defensa de mi departamento, diré que no hay solo una prenda fuera del lugar.
Soy maestra, si bien no trabajo con niños de cinco o seis años, todavía son pequeños y suelen comprender más si tienen algún material didáctico o con colores que los ayuden a distinguir las cosas. Y recortar me lleva más tiempo del que suelo estimar, así que hay papeles en el sofá, en la mesa y estoy segura que junto al horno hay más.
Tampoco tuve tiempo para guardar los intentos fallidos de vestuarios que me probé para el fin de semana, así que tengo minifaldas, tops y más vestidos desperdigados por todo lugar que cuente con una superficie.
Me gustaría decir que el desorden solo se mantiene en la sala, comedor y cocina, pero cuando entro a mi cuarto hay incluso el triple de cosas tiradas. Si bien no suelo variar mucho con lo que uso, eso no significa que no pase más de treinta minutos frente al espejo, lanzando de un lado a otro las opciones.
Esquivo la ropa del suelo y me lanzo a la cama, en el espacio que tengo, ya que obviamente, uso el lado que debería ocupar otra persona, para continuar con mi burbuja de desastre.
No sé si me duermo, cierro los ojos, o si un demonio posee mi cuerpo y lo usa a su voluntad, solo sé que me vuelvo incapaz de saber lo que ocurre a mi alrededor.