prologo
Prologo
Labios de cereza
Nadie nace siendo puta. Créelo.
No es una vocación. No es un llamado divino ni una fantasía adolescente. No es algo que una niña sueñe mientras juega con muñecas o se asoma al mundo por la rendija de una ventana. A ser puta se llega. A veces arrastrada, a veces por propia voluntad, pero siempre cruzando un umbral. Uno que duele cada que respiras.
Te siembran la semilla desde temprano. A veces disfrazada de consejos, de advertencias llenas de miedo y vergüenza. “Eso no se dice”, “Eso no se toca”, “Eso no se muestra”. Te la enroscan como una serpiente en las piernas cuando te dicen que ese vestido está muy corto, que ese movimiento es de provocadora, que esas risas son peligrosas. No sabes lo que significa, pero ya lo sentís en la piel. Como si tu cuerpo no fuera tuyo, sino un campo minado.
Otras veces, te la siembran los hombres. Cuando te miran como si fueras carne, aunque tengas apenas diez años. Cuando te chiflan los muy sinvergüenza en la calle y aún ni tienes senos. Vestida con tu uniforme de la primaria. Cuando te dicen “qué rica estás, chiquita” y ni entiendes qué quieren decir, pero intuís que no es halago. Que hay algo sucio en esas palabras. Algo que te sigue, que te acecha y te incomoda.
Y a veces, simplemente, no es que lo siembren. Es que lo paren dentro de ti. En medio del hambre. De la necesidad. De las tripas vacías y el corazón igual de hueco. Porque hay muchas formas de tener hambre: hambre de comida, sí, pero también de calor, de amor, de validación, de poder, de escape y aceptación. Hambre de que alguien te vea y diga: tú importas. Aunque sea solo por un rato.
Angélica no nació puta. Nadie lo hace.
Ella nació en un barrio olvidado por Dios. Una calle de tierra donde el polvo se mete en los pulmones y en los sueños. Donde el sol arde más fuerte y la pobreza no es una condición: es una maldición heredada. Su madre, era la que limpiaba casas ajenas por unos pocos pesos. Su padre, un fantasma. De esos que dejan su semen y desaparecen. Pero volvió a joderlos, y una abuela que hablaba con la Virgen como si fuera su amiga más intima
Creció entre el olor a cloro, a frijoles recalentados, y al llanto de los recién nacidos. Aprendió a cerrar las piernas, pero no porque alguien se lo dijera, sino porque la mirada de su padre le enseñó el lenguaje del peligro. Aprendió a correr, a esconderse, a no llorar muy fuerte. Aprendió que la calle era más segura que su casa.
Y en la calle, Angélica fue aprendiendo también a usar sus armas: sus ojos grandes, su cintura fina, su voz dulce que podía ser cuchillo si quería. Aprendió que los hombres le regalaban cosas si les sonreía. Que las mujeres la odiaban si caminaba con las caderas sueltas. Que el mundo la miraba como si ya estuviera rota, incluso cuando aún no lo estaba del todo.
La primera vez que cobró por sexo no fue planeado. Fue por necesidad, tenía apenas dieciocho, estaba sola en la calle, tenía mucha hambre y nada que hacer, una chica le dijo: “Yo te enseño, nomás abre las piernas, cobras y te vas”. Y sí, lo hizo. Con miedo. Con asco. Con una culpa que se le quedó pegada a la piel como el sudor de aquel hombre viejo.
Pero luego vinieron otros. Más fáciles. Más rápidos. Más generosos. Y lo que al principio fue un sacrificio, se volvió costumbre. No placer. Nunca fue placer. Pero sí alivio. Y a veces, eso era suficiente.
Angélica se hizo puta por hambre. Pero sobrevivió por furia.
Nunca se arrodilló si no era para rezarle su devoción a la virgen. O para cobrar. Nunca se enamoró. Solo fingió. Nunca se sintió menos. Solo más despierta. Más cínica. Más blindada.
Hasta él.
Hasta ese cabrón con ojos de serpiente y sonrisa torcida. Ese que olía a pólvora, a marihuana, a cementerio recién abierto. Ese que hablaba con pocas palabras, pero miraba con todas. Ese que no pertenecía a este barrio, ni a este país, ni a esta lógica. Un forastero. Un monstruo elegante. Una amenaza vestida de promesa.
Angélica lo vio mientras estaba parada en la esquina, lo llevo a la puerta del burdel y lo que más le molesto fue que entro como si fuera dueño del lugar. Como si no necesitara permiso para invadir. Y no lo necesitaba. Las demás lo vieron también. Se les notó en el modo en que se peinaron mejor, en cómo se ajustaron el escote. Pero él la eligió a ella. Solo a ella. Como si ya supiera su nombre desde antes.
No le habló mucho. Solo preguntó cuánto cobraba. Le puso diez veces el precio. Y la siguió hasta el cuarto como si fueran a una misa negra.
Esa noche, mientras los santos colgaban torcidos en la pared y la vela de la Virgen de Guadalupe parpadeaba nerviosa —como si también tuviera miedo—, Angélica cruzó un umbral. Uno de esos que no tienen regreso.
Porque él no la tocó como los demás. No le dijo cosas sucias. No la trató como un objeto. La miró con algo peor: con devoción. Con hambre contenida. Con esa fe torcida que solo tienen los psicópatas y los creyentes.
Le acarició los labios con los dedos como si fueran reliquias. Le susurró al oído cosas que no eran palabras. Y cuando la tuvo debajo, cuando ella ya no era mujer sino altar profanado, le dijo:
—Quiero ver cómo se rompe tu fuerza —susurró él, junto a su oído—. Quiero ser testigo de la grieta. De cuando dejes de fingir que no sientes nada.
Y ella no supo si quería escapar o quedarse ahí para siempre.
Porque esa noche no le vendió el cuerpo. Se le fue el alma. O una parte de ella que ya no volvió. Como si él la hubiera marcado por dentro, con algo invisible y eterno.
Esa noche, no fue solo sexo.
Fue un pacto. Un rito.
Una condena.
La rompieron. O la despertaron. O ambas.
Desde entonces, Angélica ya no fue la misma. Seguía trabajando. Seguía cobrando. Pero ya no fingía. Ya no reía. Algo se le había ido. Algo se le había endurecido por dentro. Como una flor que se marchita, pero en lugar de caer, se convierte en cuchilla.
El nombre de él no lo decía. Lo guardaba. Como se guarda un secreto sucio. Como una cicatriz que ya no sangra, pero escuece cada vez que alguien la roza.
A veces lo soñaba. Desnudo. Armado. Lleno de sangre. A veces lo odiaba. A veces se tocaba pensando en él. A veces rezaba para no recordarlo más. Pero siempre, siempre, sabía que volvería. Que ese tipo no era como los demás. Que no era cliente. Era destino.
Porque hay hombres que te compran por una hora. Y hay hombres que te roban la eternidad.
Y Angélica, aunque nunca lo admitiera, quería más. Más de su veneno. Más de su peligro. Más de esa forma en que la miraba, como si pudiera destruirla y, al mismo tiempo, salvarla.
La puta que había sido por hambre, por rabia, por necesidad… ahora era puta por deseo. Por locura. Por adicción a un solo hombre que no era suyo, pero que la habitaba como un demonio.
La ciudad siguió igual: sucia, caliente, enferma de injusticia. El burdel siguió funcionando. Las chicas siguieron vendiéndose, riendo, sobreviviendo. Pero Angélica ya no era parte del paisaje. Era otra. Una que caminaba más erguida, pero más sola. Una que sonreía menos, pero veía más. Una que había probado el infierno y no quería salir.
Los hombres la tocaban, pero ya no la sentían. Las mujeres la envidiaban, pero no la entendían. Ella vivía en otra frecuencia. En otro plano. Con un dios nuevo. Uno que usaba pistola en vez de cruz.
Y cada noche, frente a su veladora de la Virgen, Angélica rezaba. No para redimirse. No para salvarse. Sino para que él volviera.
Aunque fuera a destruirla del todo.
Porque hay putas que se venden. Y hay putas que se entregan.
Ella fue ambas.
Y ya no había retorno.