VLASIC

All Rights Reserved ©

Summary

En un mundo donde los recuerdos son datos y el alma es una mercancía, En un futuro donde la tecnología reemplazó la memoria... El es la única persona que no puede olvidar, la anomalía que no puede ser borrada. VLASIC es una novela ligera de estética cyberpunk y narrativa visual, donde el pasado no es un recuerdo, sino un crimen... y la verdad está fragmentada en código, sangre y silencios. Cuando todo lo humano es sustituible, ¿qué queda de ti que aún te pertenezca? ¿Y si tu alma fuera propiedad del sistema? El mundo ya no tiene héroes, solo errores de fábrica.

Genre
Scifi
Author
Serberus
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

Una frase seca, sellada en la rutina de los hombres que deciden sobre otras vidas. En el estrado administrativo, donde las pantallas se alineaban como jueces sin rostro, el director de la prisión leyó con voz grave:


— Protocolo de apagado. Autorizado.


Antes del acero y del frío, Paige soñaba.


La lluvia en su sueño no era agua, era oro líquido cayendo desde un cielo imposible. Corría entre charcos que devolvían reflejos de un mundo más vasto que la vigilia. La voz de su padre la llamaba desde una ventana encendida, clara, como si perteneciera a un lugar que aún tenía calor humano.


Entonces, el trueno: un desgarrón en la tela del cielo. Las gotas se alargaron hasta ser trazos, fórmulas quebradas, símbolos que se doblaban sobre sí mismos hasta volverse ilegibles. Y en medio del colapso, un hombre alto caminó hacia ella. No avanzaba: era el mundo el que se partía para darle paso.


Paige despertó con un latido seco en la garganta. Oscuridad. El eco de ozono, el recuerdo de un metal sin brillo. La sensación de que aquel sueño le había entregado algo, aunque aún no supiera nombrarlo.


El tren blindado cruzaba los túneles con el pulso metálico de una máquina que conoce su trayecto. Cada vibración atravesaba las losas y se instalaba en los huesos: mandíbula, plantas de los pies, columna vertebral. No era un viaje; era un descenso.


Paige observó su reflejo en el vidrio ahumado. La mitad era la mujer que había aprendido a respirar entre informes y protocolos; la otra mitad, sombra de ese sueño que aún le rozaba la piel. Se pasó la palma por la frente y sintió frío.


El rótulo en la consola parpadeó:


PRISIÓN CENTRAL — UNIDAD DE EJECUCIÓN SIL. LLEGADA EN 08 MINUTOS.


El sobre oficial en su bolsillo parecía más pesado que ella misma. En la tapa: Testigo autorizado — Sujeto VL (Elio Vlasic).


Rozó el borde del papel con el pulgar y el índice. Tic mínimo, íntimo, aprendido en noches de espera: frotar el borde como si pudiera aferrarse a un control que en realidad no tenía.


Cuando abrió el expediente, el olor a tinta mezclada con antiséptico la golpeó. Las páginas mostraban esquemas cerebrales, registros clínicos, protocolos abortados, sellos rotos. Diagramas del fracaso. Informes fríos que, sin embargo, narraban siempre la misma imposibilidad: Vlasic no se borraba. Cada intento de vaciarlo dejaba cicatrices en la red SIL, como si el sistema respirara con pulmones ajenos.


Había notas marginales escritas en rojo: «El sujeto no se borra. Devuelve piezas. SIL queda con marcas».


Paige cerró el expediente con un estremecimiento que no confesó ni a sí misma.


El tren se detuvo con un golpe seco. Los guardias la escoltaron por un corredor de acero iluminado a franjas, como si caminara por el interior de una máquina viva. Ninguno la miró. Sus rostros eran oficio: manos crispadas en el arma, mirada al frente.


La sala de observación se alzó como un anfiteatro sin público. Vidrio blindado, acero pulido. Una temperatura quirúrgica, diseñada para incomodar. El olor dominante era antiséptico y ozono: promesa de descargas. Allí no cabía la humanidad, solo protocolo.


En el centro, la camilla. Elio Vlasic estaba asegurado con correas negras. La luz lo bañaba con precisión quirúrgica. Los brazos mecánicos aguardaban en suspensión, como cuchillos a punto de caer.


Pero no era el acero lo que llenaba la sala. Era él.


Sus ojos, gris mate, permanecían abiertos. No había súplica ni furia: solo la calma opaca de alguien que había aprendido a esperar más allá del dolor. Su quietud era una presencia, un peso que obligaba a los demás a contener la respiración.


El director, todavía con el paño en la mano, fingía revisar papeles que ya sabía de memoria. Era su manera de disimular que la sala lo devoraba por dentro. La jefa, en cambio, se mantenía erguida con un gesto que no concedía nada: su disciplina era tan exacta que se volvía amenaza.


Paige ocupó su lugar en la primera fila, con el expediente cerrado sobre las rodillas. Esta vez no se acercó al vidrio. El instinto natural la hizo mantenerse unos pasos atrás, como si el cristal no fuera una barrera sino un riesgo.


La jefa de policía, de pie en el estrado, apenas inclinó el mentón y habló sin levantar la voz:


— Protocolo de apagado. Inicie.


El director, sentado a su lado, se quitó las gafas para limpiarlas con un paño que no necesitaban. Era su manera de aplazar lo inevitable, de darle tiempo al pulso. Sus manos lo traicionaban; la tela temblaba apenas.


El silencio que siguió fue denso como un quirófano antes de abrir un cuerpo.


Un relé respondió con un clac seco. Los diodos se encendieron en verde, luego en ámbar. La sala dejó de ser sala: se volvió dispositivo. El latido metálico de los muros se tensó, como un corazón de hierro preparándose para detener otro.


Los brazos mecánicos descendieron con el susurro aceitoso de articulaciones que habían repetido el gesto demasiadas veces. Los conectores buscaron las sienes, la nuca, la piel fría.


En las pantallas, el mapa neural de Vlasic se desplegó como una ciudad iluminada. Sector por sector, las luces comenzaron a apagarse: hipocampo, córtex, tronco. Una coreografía de sombras, elegante en su brutalidad.


Paige no pudo apartar la vista. El tic de frotar índice y pulgar se aceleró, marcando un compás hipnótico.


El primer pitido confirmó la fase uno. El director parpadeó lento, como quien firma sin tinta. La jefa no parpadeó en absoluto. Los técnicos, con respiración contenida, seguían curvas descendentes que representaban lo mismo que un verdugo llama “éxito”.


Entonces ocurrió lo improbable.


En medio del apagado, un nodo que debía ser sombra se encendió como brasa. Un pulso recorrió el mapa. Luz donde debía haber apagón. Latido donde debía haber silencio.


Los técnicos intercambiaron miradas incrédulas. Uno de ellos murmuró sin poder disimular la fractura de su voz:


— Interferencia… origen interno.


El mapa neural, lejos de extinguirse, empezó a reorganizarse. Los nodos encendidos trazaban un orden extraño, como si un pensamiento ajeno intentara escribirse con la anatomía del sistema.


Las lámparas de la sala parpadearon. El aire se cargó de ozono. Los monitores dejaron de ser simples pantallas: se volvieron espejos de un crecimiento que nadie podía contener.


Donde SIL intentaba borrar, Vlasic respondía regenerando. Donde debía haber vacío, surgía densidad. Como un tejido que cicatriza más rápido que el bisturí que lo abre.


El director, pálido, apretó las gafas contra el puente de la nariz. La jefa, rígida, alzó la voz:


— Infusión inmediata.


Los técnicos obedecieron. La bomba de infusión marcó su tic-tac clínico. El líquido descendió por la línea hasta encontrar la vena. Bajo la piel del dorso de la mano, las venas se tornaron tinta oscura, como si la sustancia escribiera sobre él una cartografía subcutánea.


El cuerpo se arqueó. No un temblor: un rechazo total. Las correas crujieron bajo la tensión de músculos que se negaban a ceder. La camilla vibró. Un guardia apretó la mandíbula hasta casi romperse los dientes.


Las gráficas cayeron en picado: respiración, presión, frecuencia. Hasta que la línea plana apareció, brutal, en la pantalla.


Ochenta y siete segundos de silencio. Un silencio de bóveda, denso, en el que nadie respiró de verdad.


Paige sintió un escalofrío reptar por la nuca. El expediente le pesaba como plomo sobre las rodillas.


Y entonces…


Un pulso.


Otro.


La respiración regresó. El mapa neural volvió a iluminarse. Pero no como antes. No como humano.


Era otra geometría, un patrón desconocido que convertía las pantallas en escritura indescifrable.


La línea plana nunca debía moverse. Era el lenguaje de los sistemas: rectitud absoluta, ausencia de matiz.


Pero se movió. Primero un punto apenas visible, luego un ascenso mínimo, un arco que devolvía respiración donde solo debía haber silencio. Las curvas comenzaron a imitar el pulso humano, y pronto lo superaron, trazando ritmos que parecían compuestos más para una partitura que para un cuerpo.


En la camilla, Vlasic abrió los ojos. No era un despertar; era una afirmación.


El líquido químico aún recorría sus venas, pero en vez de someterlo lo transformaba: la tinta oscura parecía replegarse como si hubiera encontrado un cauce más profundo en su interior. Los músculos, tensos, ya no peleaban contra las correas: simplemente habitaban su forma como si fuesen un contenedor insuficiente.


El director bajó la vista a los informes que tenía en la mano, incapaz de sostener el reflejo del vidrio. La jefa permaneció inmóvil, pero sus nudillos blancos delataban la fuerza con que apretaba la baranda.


Vlasic no habló de inmediato. Primero dejó que los aparatos registraran lo imposible: patrones que ascendían, expandiéndose, multiplicándose en el mapa neural. Su voz llegó con una claridad que desafiaba el cristal blindado:


— Poseyendo tus cadenas… decido que tu condena sea morir en libertad.


La sala se congeló.


Paige sintió que el sueño volvía a alcanzarla. La lluvia dorada. La voz de su padre. El hombre alto que abría el mundo con su paso.


Ahora entendía que era él.


La jefa no esperó órdenes. Con un gesto breve, cortó la duda de los técnicos:


— Bloqueo de red. Cierre de rutas. Ahora.


Los dedos se precipitaron sobre teclados y pantallas. Gráficos descendieron en cascada, protocolos de aislamiento se superpusieron como murallas digitales. SIL respiraba con dificultad, reseteando nodos, quemando enlaces intermedios.


Pero cada corte se convertía en semilla. Cada intento de apagar un sector devolvía un pulso en otro, como si Vlasic hubiese encontrado en la propia arquitectura del sistema la manera de multiplicarse.


Paige lo miraba con una mezcla de terror y fascinación. Su tic de frotar los dedos se volvió compulsivo, hasta que se dio cuenta de que el expediente temblaba sobre sus rodillas. Lo cerró de golpe, como si el papel pudiera detener el contagio.


Los monitores comenzaron a parpadear con una cadencia irregular. Era como si la sala misma, más allá de los técnicos, respirara en sincronía con el sujeto.


El director, sudor en la frente, susurró casi sin voz:


— Esto… no es humano.


El silencio se quebró en dos mitades: la del protocolo y la del instinto. La jefa eligió el instinto.


— Finalicen, Trasládenlo. Ahora.


Los guardias respondieron como resortes. El acero de los cerrojos liberó la camilla con un sonido que resonó como una sentencia. Los brazos mecánicos se replegaron en un movimiento abrupto, casi ansioso por alejarse de él.


Vlasic no se resistió, pero tampoco se dejó arrastrar. El simple hecho de levantarlo de la camilla fue un esfuerzo monumental: no por su peso físico, sino por el peso invisible que parecía emanar de su cuerpo. Dos guardias apretaban las correas de sujeción, otro sostenía la base metálica, y aun así la sensación era la de mover una losa que no quería abandonar su sitio.


Mientras lo sacaban, Paige dio un paso instintivo hacia atrás. Ese era el momento en que, contra su propia lógica, apoyó el expediente contra el vidrio. Necesitaba sentir la dureza en su piel, como si esa frialdad pudiera recordarle que aún había una frontera entre ella y lo imposible.


El traslado atravesó un corredor largo, de muros blancos con costillas metálicas. Las luces descendían desde arriba en intervalos regulares, y cada sombra que se formaba bajo los guardias parecía alargarse más de lo debido.


Vlasic avanzaba con los pasos obligados de alguien encadenado, pero no había torpeza en su andar. Era lento, denso, como si cada movimiento exigiera que el aire mismo se apartara para dejarlo pasar.


Uno de los guardias, más joven, evitó mirarlo a la cara. Se limitaba a apretar la mandíbula, repitiendo mentalmente órdenes que no quería olvidar. El mayor, en cambio, no apartaba la vista: en su gesto se adivinaba un respeto que solo se tiene ante lo que sobrevive a la muerte.


Paige los miraba a distancia, con el expediente apretado contra el pecho. Había escrito antes decenas de informes clínicos, había presenciado protocolos enteros, pero ninguno había trastocado tanto su respiración. En su mente aún resonaba la frase: morir en libertad.


Las puertas dobles del corredor se cerraron tras ellos con un eco de hierro. La esclusa retumbó como si la prisión misma quisiera expulsar al sujeto de su interior.


Pero lo imposible ya no estaba contenido en una sala.


En la consola auxiliar, un técnico observaba con incredulidad que los monitores de SIL mostraban pequeñas anomalías en sectores periféricos de la ciudad: semáforos que pasaban a intermitencia, bombas de infusión hospitalaria que requerían control manual durante segundos. Nada catastrófico. Nada permanente. Pero coincidía, con exactitud, con los picos de actividad en el mapa neural de Vlasic.


La jefa lo sabía. El director también. Ninguno lo dijo en voz alta.


El sujeto llegó a la sección de aislamiento. Un panel iluminado indicaba CELDA DE BLOQUEO ACTIVO. El cerrojo electromagnético necesitó tres pasos de confirmación, cada uno acompañado de un sonido metálico que se sentía más como cierre de ataúd que como protocolo de seguridad.


Antes de cruzar el umbral, Vlasic levantó la cabeza. Sus labios apenas se movieron, y aun así la frase se escuchó con claridad en el pasillo, como si no dependiera del aire para transmitirse:


— No apagan lo que aprende.


Un guardia trastabilló, a pesar de que el pasillo estaba nivelado. Otro apreto su mandibula sin darse cuenta.


Paige, rígida, sintió que la frase la atravesaba como una aguja. No era una amenaza ni un grito; era el dictado de una ley que no comprendía, pero que ya estaba en marcha.


El aislamiento definitivo no tenía ventanas, ni luces, ni espacio para algo más que la camilla y los muros metálicos. El aire allí estaba filtrado al mínimo, sin olor, sin sabor, sin temperatura.


Los guardias aseguraron el cerrojo electromagnético. La esclusa sonó con un rugido bajo que hacía vibrar el suelo.


Vlasic quedó solo, recostado, los brazos sujetos, los ojos abiertos en la oscuridad. El monitor local seguía marcando constantes estables, pero nadie volvió a mirarlo.


En el pasillo, la jefa dio la última orden:


— Ningún acceso sin autorización directa. El sujeto es registro, no persona.


El director guardó silencio, doblando el paño de sus gafas en cuatro. Paige cerró el cuaderno con un golpe seco.


— Aíslen. Cierren todo. Nadie habla de esto fuera de aquí.


Las puertas de acero se cerraron con un rugido final.


La sala de observación se vació con un orden clínico. Los técnicos archivaban logs, guardias retiraban equipos, cada movimiento obedecía a la necesidad de transformar lo imposible en rutina. Pero ninguno conseguía borrar el temblor mínimo que les había quedado en la respiración.


Paige se quedó sola un momento, sentada con el expediente abierto en su regazo. Escribió en su cuaderno con letra firme, sin adornos:


«El cuerpo acepta el veneno como código. La red replica el error como si fuese herencia. Lo que aprende, no muere.»


Cuando levantó la vista, creyó escuchar aún el eco de la frase de Vlasic, como si hubiera quedado suspendida en las paredes metálicas del corredor.


No apagan lo que aprende.


No lo apagan.


El encierro en la celda de aislamiento debía significar clausura. Pero en las pantallas de SIL el vacío no llegó de inmediato.


Durante segundos, nodos periféricos se encendieron con anomalías mínimas: semáforos que repetían su secuencia dos veces, ventiladores que pedían control manual, relojes biométricos que mostraban pulsos imposibles. No eran fallos: eran repeticiones, como si la ciudad recordara algo que nunca había ocurrido.


Los técnicos lo llamaron “ruido”. Paige lo escribió en su cuaderno con otra palabra: CONTAGIO.


La mesa de crisis se reunió pasada la medianoche. El director, con ojeras hundidas, limpiaba sus gafas de forma obsesiva, aunque no tenían polvo. Cada roce de la tela era un aplazamiento de lo inevitable. La jefa, en cambio, estaba firme, con los brazos cruzados, su figura proyectando la idea de que nada podía atravesarla.


— SIL se ha reiniciado con éxito —informó un ingeniero, sin levantar la vista de su consola—. Todas las anomalías fueron purgadas. El sistema está limpio.


El director exhaló como si aquello fuera absolución. Pero Paige, desde su lugar, se limitó a escribir una frase seca: lo perfecto aprende a ocultar sus cicatrices.


— Y el sujeto —preguntó la jefa, sin emoción.


— Estable. Constantes en rango.


El silencio que siguió se volvió cuchillo. La pregunta real no estaba dicha: ¿qué hacemos con él?


Un miembro de Asuntos Internos habló con voz opaca:


— Una dosis mayor. O métodos físicos. El fusilamiento es rápido, sin margen de error.


El director alzó la mirada, como si la palabra fusilamiento le pareciera demasiado primitiva para la sala en que estaban.


— ¿Y si falla otra vez? —preguntó Paige, pero no como desafío: más bien como registro.


La jefa cerró la discusión con una frase que no dejaba espacio a réplicas:


— No se ejecuta nada sin protocolo aprobado. El sujeto permanece en aislamiento hasta decisión superior.


En las pantallas, SIL mostraba su mapa normalizado: una constelación perfecta, limpia, sin huellas visibles de lo ocurrido. Todo había vuelto a la forma debida.


Y, sin embargo, la sala seguía respirando con la sensación de haber presenciado una grieta imposible.


Paige repasó los logs en silencio. Los técnicos archivaban copias cifradas. El director recogía sus gafas. La jefa firmaba formularios con un trazo tan firme que parecía cortar el papel.


Todo en orden. Todo como debía ser. Pero ninguno olvidaba que, por unos segundos, la perfección había mostrado un eco ajeno.


Nadie dentro del pasillo podía escucharlo, pero la celda metálica no estaba en silencio.


Los labios de Vlasic se movieron, casi imperceptibles. Palabras inaudibles, sin aire, pronunciadas como un rezo invertido.


Sus ojos, abiertos, no parpadearon. El metal devolvía un reflejo apagado de su rostro.


No apagan lo que aprende. No apagan lo que recuerda. No apagan lo que ya murió.


Las frases no tenían sonido, pero golpeaban la celda como vibraciones que ningún micrófono podía registrar.


En la oscuridad, recostado en la camilla, Elio Vlasic seguía despierto.


La ciudad, en la superficie, seguía latiendo con indiferencia. El subsuelo ya había cerrado sus archivos. No había nada más que decir.