Capítulo 1: El galeón español llegó
Eran apenas las ocho y algo de la mañana cuando desperté de imprevisto en un Airbnb de Providencia, era sábado y en ese entonces trabajaba, entraba a las siete y media. Despeinada y con todo mi rímel corrido, mientras me agachaba para buscar el brasier, solo podía pensar en que me sentía como la protagonista de una romcom gringa. Y a un costado estaba el, entre medio dormido y con el ceño fruncido sin saber mucho que estaba pasando. Al verme algo preocupada porque iba tarde me ofreció un Uber, pero lo único que pude pensar y hacer en ese momento fue darle un piquito de despedida y agradecerle por lo que habíamos sido y me marché.
Mientras corría al metro solo me decía a mi misma que había sido bien hueona por no haberle aceptado el Uber, después solo reí. Había pasado tiempo desde que no conectaba tan bien con alguien, o simplemente ¿era la emoción del momento? Esa fue la última vez que vi a Henry, un muchacho español que andaba visitando Sudamérica con dos amigos, pero que ese mismo día tenía un vuelo de regreso a casa, Hungría. Habíamos salido dos días, el primero creía que seria el único, pero hablar con él era como si lo conociera de hace tiempo, si, sé que suena cliché, pero son ese tipo de personas con las que después terminas teniendo algo, ¿o me equivoco? en fin, el me hacía sentir que era una adolescente de nuevo, apenas podía mirarlo de lo ruborizada que me ponía. Cuando llegó el mesero, la decisión cayó sobre mi y como siempre, me fui a la vieja confiable, el único trago que realmente disfruto, la michelada. El copión, ordenó lo mismo, pero fue demasiado amarga para su gusto. – Ya poh amáchate. Alcancé a decirle antes de que se le saliera algo de la bebida por la nariz, había tanteado el terreno para saber que tanto de mí podía ser realmente y salió bien, podía decir mis chistes pedorros y mis comentarios “funados”, no parábamos de reír. Me gustaba que me hablara de sus viajes, sentía que eso me transportaba a aquellos lugares, como recuerdos difusos de mi consciencia.
Como dice el dicho, no soy tímida ni a palo, pero el sacaba ese lado ingenuo de mí, esa noche no pasó nada. Al despedirnos solo nos contemplamos y cada quien por su lado. Fue cuestión de minutos para que por teléfono me dijera que quería verme otra vez y así fue.
La noche siguiente quedamos de juntarnos, lo acompañaba uno de sus amigos, Rafael. El tercer mosquetero había tomado un vuelo a Perú para visitar a sus dos novias, si dos, o eso es lo que me contaban mientras los hacía probar las sopaipillas con pebre. Traté de convencer a una amiga que me apañara a esta cita “2 pa 2” pero ella ya tenía planes y menos mal, Rafael no era mal sujeto, pero si tenía cierto aire de superioridad europea, mezcla eso con la personalidad de Sheldon Cooper, ahí te la dejo.
Después no hay mucho que contar, fuimos a la disco, Rafael fue el “ThreeWeel”, se fue antes, pero los tres terminamos en aquel Airbnb y pasó lo que tenía que pasar.
Luego de que me fui, mantuvimos contacto por algunos días, pero era obvio que, para Henry, yo fui una más de quien sabe cuántas conquistas durante su travesía, como dicen los lolos en redes sociales, “el sigue morras 3.000”. Aunque hueles a kilómetros que es una persona que no le gusta el compromiso, pero que sí le gustan todas, su pasajera estadía es lo suficientemente cálida para que seas, como dicen los Jaivas, la conquistada.