Lo Que Nunca Tubo Nombre

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Summary

Dos escuelas. Dos mundos. Un pasado enterrado… Cuando la oscuridad llega disfrazada de uniforme nuevo, lo sobrenatural ya no es una historia más. Es personal.

Genre
Fantasy
Author
Esya_lolu
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1: Algo nuevo en el aire

—¡Lucía, vas a llegar tarde a la escuela! —gritó su madre desde la cocina.

—Ay... ¡sí, ya voy! —respondió ella, aún con media cara pegada a la almohada.

Saltó de la cama como si le hubieran lanzado un balde de agua invisible. Ya tenía todo cronometrado: ducha exprés, uniforme arrugado rescatado del respaldo de la silla, desayuno medio masticado mientras se ponía las zapatillas.

Es una chica con estatura promedio para alguien de 12 años cabello castaño algo ondulado a la altura de los hombros y siempre en caos no le importaba mucho arreglarlo solo lo cepillaba para que no quedara del todo mal

Sus ojos tan penetrantes color miel con su mirada que decía “si, ¿porque no?”

Lucía era impulsiva, rápida con las palabras, y aún más rápida para arrepentirse de lo que decía. Alegre por naturaleza, pero no tonta. Intuitiva. Inquieta. Una mezcla entre chispa y torpeza encantadora.

Siempre tenía alguna parte del uniforme desacomodada: la corbata torcida, la blusa mal metida, un zapato mal abrochado. Pero nada de eso importaba, porque Lucía no era de las que trataban de encajar. Ella era de las que hacían que otros se preguntaran si estaban viviendo lo suficiente.

Lucía era un torbellino funcional.

Su madre entes de que saliera le dijo:

—puede que ahora también llegue más tarde—

—De nuevo, no puede ser alguien más?— dijo Lucia un poco triste

—sabes que no cariño— dijo su madre con tono convincente

—De acuerdo preparare el desayuno para cuando llegues—

Cinco minutos después, salía en su bicicleta como una profesional del caos.

El aire estaba fresco, el cielo nublado, y ella se sentía... casi despierta.

Vivía en un pueblo donde nada cambiaba mucho, y eso le gustaba. Menos drama, más predecible. Pero ese día algo rompió la rutina.

Un auto negro.

No uno cualquiera. Un auto grande, elegante, de esos que uno ve en películas donde la gente usa trajes y guarda secretos.

Estaba estacionado justo frente a la escuela, reluciente como si lo acabaran de sacar del concesionario.

Lucía frenó en seco.

De la puerta trasera bajó un chico que claramente no era de ahí.

Alto, con el porte de quien jamás ha sido interrumpido. Cabello oscuro, liso, peinado hacia atrás con precisión matemática. Su uniforme no tenía una sola arruga, con un corte al milímetro casi sin costuras ni siquiera parecía de la misma escuela. Su mochila, sin calcomanías, sin personalidad aparente... sin errores. Todo en él estaba calibrado. Calculado.

Caminaba como si el suelo lo reconociera. Como si no estuviera llegando a un lugar nuevo, sino regresando a uno que ya le pertenecía.

—¿Y ese? —murmuró Lucía, pero enseguida se encogió de hombros y siguió pedaleando. No tenía tiempo para inventarse novelas con chicos nuevos.

En cuanto colgó la mochila, sus amigas la emboscaron.

—¡¿Ya lo viste?! —dijeron Ana y Sofía al mismo tiempo, con la emoción de dos periodistas de farándula.

—Sí, sí... bajó de una nave espacial y todo —respondió Lucía, rodando los ojos.

—Dicen que sus papás son ricos —susurró Ana, como si fuera información confidencial.

—Pues claro, ¿no viste el auto que lo trajo? —remató Sofía.

—¿Y eso qué tiene que ver? — Lucía se encogió de hombros. —Capaz es insoportable—.

—¡Pero es guapísimo! —dijeron las dos, como si eso lo resolviera todo.

Lucía sonrió para sí.

Tenía cero ganas de convertir a un chico en el centro del universo… pero algo en él sí le había parecido raro.

No raro como “misterioso”. Raro como “fuera de lugar”. Como si no encajara. No solo en el pueblo. En el planeta.

El resto del día pasó como cualquier otro, o al menos eso parecía.

Matemáticas. Historia. Educación física.

Lucía no lo vio en ningún recreo. Nadie supo si se había quedado en el aula o si tenía un horario distinto. Algunos decían que estaba en segundo, pero ni siquiera en ese grado lo habían visto en clases.

Cosa rara, pensó. Pero no lo suficiente para perder el tiempo.

Al salir, Ana y Sofía seguían hablando de él, como si fuera una estrella de cine perdida entre granjas y caminos de tierra.

—¿Y si es extranjero?

—¿Y si repitió curso?

—¿Y si lo mandaron aquí porque hizo algo malo?

Lucía solo pedaleó de regreso a casa, escuchándolas murmurar detrás.

Mientras subía la cuesta, pensó en lo poco que había pasado… y lo incómodo que se sentía todo.

No era nervios. No era celos. Era como una presión leve, en el pecho.

Como si algo se estuviera moviendo debajo de la superficie del día.

Ni siquiera apareció en el receso, pensó.

Ana había dicho que parecía de segundo. Bueno, ya qué.

Pasó frente al viejo campo de futbol y sintió algo en el aire. Una ráfaga extraña. Fría. Muy fría.

Se detuvo. Miró alrededor. Nada.

Volvió a pedalear.

Debí ponerme otra camiseta, pensó.

Pero por dentro sabía que no había sido el viento.

Más tarde ese mismo día, Mai se apresuraba.

El agua caliente seguía corriendo mientras ella ya pensaba en el uniforme, en la mochila, en el horario.

Odiaba llegar tarde. Lo odiaba más que las reuniones familiares.

Salió de la ducha, se vistió con rapidez y precisión: uniforme recién planchado, trenza bien apretada, botas limpias.

Revisó su mochila dos veces antes de salir.

Casi se iba caminando… pero no tenía tiempo.

Mai una chica meticulosa, ordenada, imposible de sacar de ritmo siempre segura de si misma, una persona sencilla cabello negro como tinta fresca dividido den en dos trenzas firmes que caían por sus hombros con simetrías quirúrgica, lentes sencillos con poca graduación casi innecesaria.

Sus ojos eran oscuros también, pero no apagados. Observaban, registraban, clasificaban.

Pero su orden no era frialdad. Mai no era fría. Era intensa… pero hacia adentro. Había fuego en ella, pero controlado, contenido.

—Al diablo. Voy a volar —murmuró. Era lunes por la tarde, el cielo estaba nublado, nadie la vería.

Abrió la ventana trasera, se montó en su escoba y despegó.

Voló alto. Por encima de las casas, del humo de los hornos, de las líneas eléctricas. Siempre con cuidado. Siempre con control.

Aterrizó detrás del cobertizo, en el sector oculto del colegio. Justo a tiempo.

Mai nunca llegaba tarde.

Sus amigas la esperaban cerca del invernadero, donde la magia práctica se enseñaba con plantas vivas y profesores que sabían demasiado.

—¡Mai! —la llamó Livia, agitada—. Todo el mundo está diciendo que llegó una familia del clan Primaris.

Mai se detuvo en seco.

El nombre le cayó como hielo en el estómago.

—¿Qué...? ¿Estás segura? —dijo, tensa.

—Lo oí directo del profesor Valtan. Llegaron ayer, y ya hablaron con el Consejo local.

—No puede ser... —Mai frunció el ceño—. Ese maldito clan... ¿Qué hacen aquí?

—Y no solo eso —intervino Irina, bajando la voz—. Dicen que el chico... está yendo a la escuela local. La humana.

Mai apretó los dientes.

Eso no tenía sentido. Los Primaris no se mezclaban. Jamás.

—No sé qué estén planeando —dijo con tono más bajo.

La escuela de Mai no era común.

Un edificio viejo, reformado con magia sellada en sus muros.

Estaba al borde de la ciudad, lejos de miradas humanas.

Sus clases mezclaban química con herbolaria, matemáticas con runas, historia con pactos antiguos.

Todos sabían quién era quién.

Brujas con brujas.

Licántropos con sus manadas.

Vampiros… en sus propios rincones.

Había tolerancia, sí. Pero no cercanía.

Era una paz frágil, sostenida por la regla no escrita de siempre:

No te metas con lo que no te pertenece.

Mai se quedó callada un momento.

Livia e Irina la miraban esperando una reacción más grande. Un grito, una maldición, una idea. Pero Mai estaba pensando.

No en el chico.

No en el clan.

Sino en algo que había sentido la noche anterior.

Una vibración en la tierra.

Un zumbido en las ramas del bosque, como si algo estuviera respirando bajo la superficie.

No era la primera vez que lo sentía. Pero ahora empezaba a tener sentido.

—Tengo que ir al archivo después de clases —dijo Mai.

—¿Por qué? —preguntó Irina.

—Porque si lo que escuché ayer es cierto… no solo está llegando gente nueva. Vienen por algo.

Al finalizar las clases, Mai fue directo al archivo. No era la primera vez que bajaba a ese lugar, pero sí la primera vez que lo hacía con el estómago tenso. No solo encontró lo que recordaba… encontró mucho más.

Los Primordium también conocidos como el clan Primaris en registros más antiguos no solo eran uno de los linajes más poderosos dentro del mundo vampírico. También fueron los más despiadados.

En los textos sellados, se narraba que fueron los primeros vampiros creados directamente del linaje de los Hermanos Drácula: la trinidad original, la realeza ancestral, y los representantes de su raza. Eran la sangre más pura. Y la más peligrosa.

En los siglos antiguos, los Primaris secuestraron y sometieron a un aquelarre completo de brujas de alto rango, obligándolas a trabajar su magia día y noche para superar la mayor debilidad vampírica: la luz del sol.

Y lo consiguieron.

Cuando lograron resistir parcialmente el sol, se alzaron por encima del resto de los clanes. Con soberbia y sin límites, aniquilaron al aquelarre que los había ayudado, y su ambición no se detuvo ahí.

Dominaban reinos humanos. Subyugaban licántropos. Quebraban pactos antiguos con otros aquelarres. Su ascenso era brutal.

Los Hermanos Drácula creadores de su linaje observaron en silencio durante siglos. Pero cuando el sufrimiento causado por los Primaris fue imposible de ignorar, intervinieron por primera y única vez.

Les arrebataron todos sus privilegios. Los desterraron de los territorios reales. Y los convirtieron en un clan más, sin título ni reconocimiento.

Lo único que no les quitaron fue su fortuna.

Y eso, en el mundo vampírico, es común que los vampiros sean ricos.

Los Primaris habían tenido siglos para construir imperios comerciales, redes financieras y fortunas inimaginables. Muchos de los comerciantes más hábiles de la antigüedad fueron vampiros. Hoy, varios empresarios de clase mundial lo siguen siendo, ocultos tras trajes, accionistas y apellidos falsos.

Pero ningún clan posee tanto como los Primaris. Antiguos, astutos y prácticamente inmortales, su riqueza fue imposible de borrar… y su arrogancia, aún menos.

Son, hasta hoy, el único linaje vampírico capaz de caminar bajo la luz del sol sin morir. La luz aún los daña, sí su piel se quema lentamente, sus ojos sangran si no los protegen, pero no mueren. Por eso, incluso entre humanos, nunca se quitan las gafas de sol. Ni de día. Ni de noche.

Mai cerró el libro con más fuerza de la necesaria.

“Por eso tienen ese detestable sentido de superioridad”, pensó.

Se pasó una mano por la cara. Había pasado más de tres horas leyendo. Y apenas había arañado la superficie.

Carajo… solo espero que no causen problemas murmuró al salir del archivo.