Prólogo
Nota del autor
Esta es una obra de ficción inspirada en hechos reales. Los personajes, situaciones y pensamientos narrados fueron recreados con fines literarios. Aunque algunos nombres se mantienen, esta historia no pretende ser una reconstrucción fiel, sino una interpretación subjetiva de los hechos desde una mirada narrativa y emocional.
A veces me pregunto si todo esto empezó mucho antes del disparo. Antes del arma, antes de los gritos, antes del juicio. Tal vez arrancó cuando era chica y no entendía por qué en mi casa nadie decía lo que sentía. Donde todo era orden y silencios pesados como mantas mojadas. Me llamo Nahir Galarza. Y no te estoy pidiendo que me entiendas, ni que me perdones. Solo quiero contarte cómo llegué a convertirme en el monstruo que dicen que soy.
Crecí en Gualeguaychú, una ciudad que parece tranquila hasta que te mira fijo. Mi viejo, policía. Siempre derecho, siempre duro. Mi vieja, una sombra que se movía rápido por la casa, limpiando todo menos lo que de verdad importaba. Yo aprendí temprano a callarme, a sonreír cuando había que sonreír y a desaparecer cuando las cosas se ponían feas.
De afuera, todo parecía normal. Iba al cole, tenía amigas, posteaba selfies con frases de amor. Pero por dentro, algo se me iba pudriendo. Después conocí a Fernando. Y ahí empezó otra historia. Una de esas que parecen amor, pero que te van cortando por dentro, de a poco, sin que te des cuenta. O sí, pero igual te quedás.
No escribo esto para hacerme la víctima. Ya tuve suficientes etiquetas. Loca. Celosa. Posesiva. Asesina. Tal vez fui todo eso. Tal vez no. Pero esta es mi voz. No la del noticiero, ni la de los jueces, ni la de los que se llenaron la boca hablando de mí sin saber un carajo. Esta soy yo. Y si vas a seguir leyendo, te pido una sola cosa: escuchame. Aunque sea por un rato.
Me llamo Nahir Galarza y esta es la primera vez que alguien va a escucharme sin interrumpirme. Sin editar mis palabras. Sin ponerme un rótulo antes de dejarme hablar. Nací en Gualeguaychú, una ciudad chica donde todo se sabe, aunque nadie diga nada. Mi casa era de esas donde el aire pesa, donde el silencio se instala como un mueble más. Mi papá era policía, un tipo recto, de esos que no levantan la voz pero te hacen temblar igual. Mi mamá... no sé. Nunca supe muy bien qué le pasaba por dentro. Se movía rápido, como si escapara de algo todo el tiempo. De chica aprendí a no molestar, a ser prolija, a sonreír en las fotos y a llorar bajito en el baño.
Afuera era otra cosa. En la escuela era la linda, la aplicada, la que no se metía con nadie. Subía fotos a Instagram con frases de canciones, me pintaba las uñas, estudiaba para ser abogada. ¿Pero sabés qué? Todo eso era una máscara. Yo era un castillo de naipes, esperando el viento justo.
Y ese viento llegó. Se llamaba Fernando. Nos conocimos cuando yo era muy pendeja, y él ya manejaba, salía de noche, tenía tatuajes y fama de picaflor. Me hizo sentir vista por primera vez. Como si yo fuera especial. Como si fuera real. Pero con el tiempo, las caricias se volvieron gritos, los besos mordidas, los mensajes una soga. Y yo, en vez de salir corriendo, me aferré más fuerte. Porque eso era lo que creía que era el amor: doler.
No quiero justificarme. No vine a dar lástima. Pero sí quiero contar. Porque estoy harta de que otros cuenten por mí. Harta de que me miren como si fuera un bicho raro, como si una chica no pudiera romperse. Como si no hubieran tenido ganas de matar a alguien alguna vez. Yo lo hice. Y esa noche cambió todo. Pero lo que me rompió no fue el disparo. Fue todo lo que vino antes.
Si vas a seguir leyendo, dejá los prejuicios afuera. Escuchame con los oídos del alma, aunque sea por un rato. Capaz, al final, entendés algo. O capaz no. Pero al menos, esta vez, la historia la cuento yo.
Mi rutina era simple. Me levantaba temprano, antes de que el sol asomara del todo. En casa nadie decía “buen día”. Se escuchaba la pava hirviendo, las pisadas de mi mamá deslizándose por la cocina, el noticiero de fondo. Mi viejo ya estaba vestido, uniforme impecable, cara de piedra. Se tomaba el mate en silencio y salía sin mirar a nadie. Yo me vestía rápido, agarraba la mochila y me iba caminando al cole. Nunca nadie me preguntaba cómo dormí, si tenía miedo, si me dolía algo. No porque no les importara, creo. Era porque en mi casa nadie sabía hablar de eso.
El colegio era otro mundo. Una mezcla de olor a goma de borrar, tizas húmedas y gritos de patio. Yo era la nena que no daba problemas. Sacaba buenas notas, saludaba a los profesores, me sentaba en la primera fila. Las maestras me querían, me ponían de ejemplo. “Así tienen que ser”, decían. Y yo sonreía. Siempre sonreía. Aunque por dentro me sintiera apagada, como una tele sin señal. A veces me costaba respirar. No entendía por qué. Capaz porque guardaba todo. Lo que no decía en casa, lo que no me animaba a sentir. Me lo tragaba como una pastilla amarga, y seguía.
Nunca fui buena haciendo amigos. Me costaba soltarme. A veces las otras nenas me daban miedo. O envidia. Las escuchaba contar que sus papás les dejaban notitas en la vianda, que les hacían torta para el cumple, que los domingos miraban pelis en la cama. Yo los domingos los pasaba encerrada en mi cuarto, mirando el techo, pensando en cómo se vería el mundo desde otro lugar.
A veces jugaba sola. Con muñecas rotas, con cuadernos viejos, con mis propios pensamientos. Me inventaba historias en la cabeza, donde yo era otra. Una chica que podía correr por el pasto sin miedo a ensuciarse, que podía gritar sin que nadie se enojara. Que podía llorar, simplemente llorar, sin tener que esconderse.
Así era mi niñez. Tranquila por fuera, un torbellino por dentro. Nadie lo notaba. Ni mis compañeras, ni los profes, ni mis viejos. Porque aprendí desde muy chica a ser invisible cuando hacía falta. A desaparecer sin irme. A soportar sin hacer ruido.
Y capaz por eso, cuando llegó Fernando, me aferré tanto. Porque él sí me miró. Porque me hizo sentir que existía.
Pero esa... esa es otra historia.
A veces pienso que si alguien me hubiese preguntado cómo me sentía, de verdad, tal vez nada de esto habría pasado. Pero nadie lo hizo. Y yo tampoco supe cómo decirlo. Porque cuando creces en el silencio, el dolor se vuelve idioma.
No sé si nací rota o si me rompieron. Capaz un poco de las dos cosas. Lo cierto es que fui creciendo con una tristeza que no tenía nombre, que se me instaló en el pecho como un huésped permanente. Y me acostumbré. A hacerme la fuerte, la buena, la que podía con todo. Pero no podía con nada. Ni conmigo, ni con los otros, ni con la vida.
Cuando Fernando apareció, no fue amor a primera vista. Fue otra cosa. Una mezcla rara de vértigo y alivio. Como si por fin alguien me viera. Como si alguien, por primera vez, me eligiera. Pero ya te lo dije: esta no es una historia de amor. Es una historia de sombras. De heridas abiertas. De una chica que no supo cómo pedir ayuda.
No te prometo que vas a entenderme. No te pido que me creas. Pero si vas a seguir leyendo, hacelo con los ojos bien abiertos. Porque a veces lo más monstruoso no está en lo que uno hace... sino en lo que tuvo que aguantar para llegar hasta ahí.
Esta es mi versión. Mi voz. Mi historia. La que nadie quiso escuchar.
Hasta ahora.
La adolescencia me cayó encima como una tormenta en pleno enero. De un día para el otro, me cambiaron el cuerpo, los ojos de los otros, y hasta mi manera de caminar. En la escuela ya no bastaba con sacar buenas notas. Había que ser linda, flaca, divertida. Y yo trataba. Dios sabe que trataba. Pero por dentro, el vacío se agrandaba.
Vivía en Gualeguaychú, una ciudad chica disfrazada de postal. De lejos parece tranquila, pintoresca, con su río, el corsódromo, las bicis en la vereda. Pero si mirás bien, todo eso es maquillaje. En los barrios, la gente se mira de reojo. Todos creen saber todo de todos. Y si alguien comete un error, te lo recuerdan por generaciones. Acá no se perdona. Acá se señala.
Fue en esa ciudad, en ese mundo cerrado, donde conocí a Fernando. Yo tenía quince. Él, unos cuantos años más. Lo vi por primera vez saliendo del gimnasio, con la camiseta pegada al cuerpo y la moto estacionada en la esquina. Me miró como si yo fuera alguien. Como si no fuera invisible.
Empezamos a hablar por Facebook. Me mandaba mensajes de noche, cuando mis viejos dormían. Al principio me hacía reír. Me decía cosas lindas. Me preguntaba por mis días. Era nuevo eso para mí. Alguien que quería saber cómo estaba. Me sentí especial, única. Como si después de tantos años alguien finalmente me hubiera elegido.
Después vinieron las salidas, los secretos, las mentiras piadosas. Empezó a gustarme el peligro, el vértigo de estar con alguien que no aprobaban, el corazón latiendo más fuerte cada vez que mentía una excusa para verlo. Me sentía viva. Por primera vez, viva.
Pero lo que empezó siendo emoción se fue tornando otra cosa. Más oscura. Más rara. Y yo, que nunca supe poner límites, me dejé llevar.
Pero eso... eso ya no es parte del prólogo. Esa es la historia. La que te voy a contar con cada palabra que escriba, aunque me sangre por dentro.
Gracias por escucharme. Ahora sí, empecemos.