Prólogo
No tengo nombre, pero he sido testigo del peso de las despedidas. Del temblor de los primeros "te quiero". Del silencio que queda cuando todo ha sido dicho y nada se puede cambiar. He estado ahí, inmóvil, mientras las estaciones me cubrían de hojas, de sol, de promesas rotas.
Aquel día llegaron dos. No hablaban alto, pero dolían. Ella traía en la mirada una tormenta y él, las manos llenas de culpa.
No eran extraños entre sí, pero tampoco eran del todo conocidos. No venían a buscar respuestas, venían a decirse cosas que no se habían atrevido a pensar en voz alta.
Escuché sus confesiones.
Sus heridas eran diferentes, pero el silencio que llevaban era el mismo. Un silencio espeso, heredado, lleno de nombres que no se pronuncian y de actos que nadie quiere recordar.
Los envolvía el aire tibio de abril y el murmullo lejano de una fuente que nunca cesa. Pero dentro de ellos todo era invierno.
Me quedé con sus palabras. Y aunque el mundo siguió girando, aquí aún resuena lo que dijeron.
Las historias no siempre mueren cuando terminan. Algunas se quedan suspendidas, esperando que alguien las escuche sin juzgar.