Luz y Sombra

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Summary

Hemos escuchado muchas veces que el cielo o el infierno lo vivimos en la misma tierra, pero según los abuelos depende de cómo te comportes con los demás. Pero cuando el mismo demonio vive junto a ti, ¿Cómo se le puede llamar a eso? ¿Te lo has preguntado?

Genre
Thriller
Author
_Humbe_
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

La lluvia caía con furia sobre el pueblo, como si el cielo entero quisiera arrancarse de raíz. Las gotas eran gruesas, pesadas, y golpeaban la piel como pequeñas navajas heladas. El viento silbaba con violencia entre los árboles, doblaba los postes de luz y azotaba los portones de las casas, creando un coro lúgubre que se fundía con los truenos lejanos.

Doña Mati corría por la calle, empapada hasta los huesos. Su rebozo chorreaba agua, pegado al cuerpo como una segunda piel. Apenas podía ver con claridad; entre la cortina de lluvia y la niebla que se levantaba del suelo, todo parecía un mal sueño. Pero no se detenía. No podía detenerse. Tenía que llegar.

Sus pies chapoteaban en los charcos, y más de una vez estuvo a punto de resbalar. Las calles estaban intransitables, hechas ríos improvisados de lodo y basura. La gente se movía como sombras difusas, cubriéndose con plásticos, cartones o simplemente con las manos. Algunos tropezaban entre ellos, intercambiando insultos o lamentos.

Una ráfaga de viento le arrebató el paraguas. Voló como un ave moribunda y desapareció entre la tormenta.

—¡Maldita sea! —murmuró entre dientes, sin tiempo para lamentarse.

Siguió adelante con pasos largos, casi corriendo. Una calle, luego otra. Cruzó cuatro esquinas sin detenerse, respirando con dificultad. El aire era tan frío que le congelaba el rostro. Sentía las mejillas adormecidas, el pecho oprimido. Pero su prisa era más fuerte que el clima.

Finalmente, su casa apareció a lo lejos: una silueta temblorosa entre la lluvia. Sacó la llave con manos temblorosas y la introdujo en la cerradura. El metal resbalaba por el agua, y la desesperación la hacía torpe. Giró la llave. Entonces, un grito desgarrador atravesó el silencio desde el interior.

—¡No! ¡NOOOOO!

El corazón se le detuvo un segundo. Sin pensarlo, empujó la puerta y entró.

—¡Doña Rosa! ¡DOÑA ROSA! ¡El padre ya está aquí! —gritó con la voz cortada por la agitación, aunque apenas podía hablar por la falta de aire.

Pero al mirar hacia el interior de la sala, se detuvo en seco.

Doña Rosa estaba hincada en el suelo, sosteniendo entre sus brazos a Julián… o lo que quedaba de él. El rostro de Julián estaba cubierto de sangre, las manos temblorosas sostenían dos objetos oscuros… eran sus propios ojos.

—¡No puedo seguir viendo! —gritaba Julián—. ¡¡No puedo seguir viéndolo!!

Sus cuencas vacías parecían pozos negros, imposibles de describir sin sentir náusea. La sangre brotaba como lágrimas oscuras que se deslizaban por sus mejillas. Doña Rosa lloraba, abrazándolo con desesperación.

—¡Fue lo que me dijo, doña Rosa! ¡Que no podía soportarlo más! ¡Que esas imágenes lo estaban matando por dentro! —explicó doña Mati, casi sin voz, mirando a Julián mutilado.

Don Jorge, Esteban y otros vecinos ya estaban en la sala, pero todos enmudecidos. La escena había roto algo en el ambiente… como si algo invisible se estuviera Alimentando de su miedo.

En medio de la sala, postrado en una cama improvisada, yacía Julián.

Un niño de doce años, tal vez trece, irreconocible. El rostro demacrado, los pómulos hundidos, la piel amarillenta, los labios partidos y resecos, los dientes rotos. Tenía el cuerpo cubierto por una delgada sábana manchada de sangre seca, y sus ojos, abiertos, miraban al techo con una expresión de absoluto vacío.

El padre —a pesar del dolor, la sangre y la ceguera— se acercó guiado por Esteban, que lo llevó hasta el lado del niño.

—¿Cómo… cómo te sientes, hijo mío? —preguntó con voz quebrada, extendiendo la mano hacia él.

Pero Julián no respondió.

Ni un movimiento. Ni un parpadeo. Como si su alma ya no estuviera ahí.

—Voy a hacerte una oración antes de empezar… —anunció el padre, apoyándose en el respaldo de la cama.

Sacó su crucifijo, lo alzó con dificultad, y comenzó a murmurar un padrenuestro. Pero entonces, una risa. No. No era risa. Era algo que parecía una mezcla entre una tos grave y el crujido de ramas secas. Una voz surgió del rincón más oscuro de la casa, una voz que no pertenecía a ningún ser humano.

—Ya es mío…

Todos lo escucharon.

Fuerte. Clara. Presente.

La voz resonó en las paredes como si viniera de todos lados al mismo tiempo. Era ronca, grave, y tenía algo de burla, algo de condena. En ese instante, la temperatura bajó bruscamente, como si alguien hubiera abierto una puerta al infierno. El vaho blanco salía de las bocas de todos los presentes, incluso dentro de la casa. Un escalofrío colectivo heló hasta los huesos de todos.

Doña Rosa soltó un grito. Esteban cayó de rodillas. Don Jorge se quedó de pie, como estatua, pero esta vez, ya no podía ocultar el terror que se asomaba en sus ojos.

Y Julián, el niño, finalmente reaccionó.

Una sonrisa torcida apareció en su rostro destrozado, sin ojos, sus cuencas negras como la tinta, se clavaban en el crucifijo del padre como si lo pudiera ver.

El ambiente dentro de la habitación era denso, cargado de un silencio que no parecía natural. Un silencio que no provenía de la calma, sino del miedo. Las paredes se sentían más estrechas, como si respiraran al ritmo de lo que ocurría en el centro del cuarto.

El cuerpo del pequeño Julián, yacía tendido sobre la cama, pálido, tembloroso, como si una fuerza invisible lo tuviera atrapado entre la vida y la muerte.

—¿Qué le pasa? —preguntó doña Mati, con la voz apenas un susurro, clavando las uñas en el brazo de su esposo Esteban.

—Dios nos ampare… —murmuró doña Rosa, mientras se aferraba al escapulario que colgaba de su cuello.

De pronto, sin advertencia, el cuerpo del niño se arqueó y comenzó a elevarse lentamente, como si unas manos invisibles lo levantaran por los hombros. Julián estaba completamente en blanco, y su boca entreabierta dejaba escapar un susurro que no era humano, como un murmullo grave que parecía provenir del fondo de un abismo.

—¡Jesucristo bendito! —gritó doña Mati, retrocediendo hasta chocar con una silla.

Esteban la sujetó, pero él mismo no podía apartar la vista del espectáculo. Julián flotaba, ahora a medio metro del suelo, y seguía subiendo.

Don Jorge, de brazos cruzados, observaba la escena con los labios apretados. Su rostro, inexpresivo, contrastaba con el pánico que se dibujaba en todos los demás.

—Esto es un truco. Una histeria colectiva, no sé… —dijo en voz baja, más para convencerse a sí mismo que a los otros.

El padre, un hombre delgado de rostro curtido, se persino rápidamente y comenzó a rezar en voz baja, como si eso fuera suficiente para detener lo que claramente no era de este mundo.

Julián llegó al techo.

Y entonces cayó.

Su cuerpo se desplomó con un golpe seco y brutal, rebotando sobre la cama con un chasquido horrible que hizo que todos contuvieran la respiración. Nadie reaccionó. Ni siquiera un grito. Solo miraban. Era como si la realidad misma se hubiera suspendido por un instante.

Pero no terminó ahí.

El cuerpo del niño se alzó de nuevo. Esta vez con un impulso brutal, como arrojado por una fuerza invisible. Se estrelló contra el techo con tal violencia que el cráneo resonó como un melón roto. Una lluvia fina de sangre cayó sobre los rostros de los presentes, salpicando las paredes, el suelo, y hasta los ojos del padre, que dejó caer su crucifijo.

—¡Ya basta, por el amor de Dios! —sollozó doña Rosa, hincándose y cubriéndose la cabeza.

Un gemido largo, rasgado y profundo escapó de la garganta de Julián, no parecía humano. Era un lamento que se clavó en la piel de todos como agujas heladas. Sin transición, ese lamento se transformó en una carcajada espeluznante, gutural, sucia, que parecía venir de otro plano.

—No… no puede ser —balbuceó Esteban, con los ojos desorbitados—. ¡Eso no es el niño!

Una, dos veces más, el cuerpo fue lanzado contra el techo, como si algo quisiera destruirlo por completo. La cama crujió bajo el peso al caer, la sangre ya manchaba las sábanas como una manta roja. Y entonces, silencio. Un silencio tan profundo que se podía oír el goteo de la sangre cayendo al suelo.

El cuerpo quedó inerte.

Desfigurado. Bañado en sangre. Sin vida.

Nadie se movió. Nadie supo qué decir. Era como si sus voces hubieran sido robadas por lo que acababan de presenciar.

Solo don Jorge, que no había dejado de mirar, fue testigo de lo que ocurrió a continuación.

Una bruma densa, de un gris oscuro casi negro, comenzó a brotar lentamente del pecho abierto de Julián. No era humo, era algo más denso, más consciente. Subía por la pared, serpenteando como si buscara algo. Y entonces tomó forma.

Dos ojos rojos se abrieron entre la niebla.

Un rostro alargado, grotesco, se dibujó con cuernos y una sonrisa burlona que parecía haberse formado con mil dientes.

Don Jorge retrocedió, por primera vez con miedo en la mirada. Sabía, en lo más profundo de su alma, que eso que lo observaba no venía de la Tierra. Ni de Dios.

El demonio los había estado mirando todo el tiempo.