Capítulo 1 -almuerzo y sospecha-
El colegio santa lucia es conocido por ser uno de los colegios privados más estrictos de la ciudad. Tiene un montón de reglas que deben cumplirse obligatoriamente, tanto por los alumnos como por quienes trabajan ahí.
Una de las reglas para el personal educativo es: “Nada de relaciones amorosas entre ellos”. Sencillo, ¿verdad? Bueno… no para unos hombres en especial.
Y aquí es donde comienza nuestra maravillosa historia.
Viernes, 7:45 a. m. Primera clase: inglés.
Sí… a nadie le gusta inglés a primera hora de clase, y estos alumnos no eran la excepción. Aunque el profesor de inglés, Terrence Gray, era un buen maestro, su clase no era la preferida de casi nadie.
—Okay, guys, ahora volvamos a los principios de pronunciación y desarrollo de comprensión de lectura. Como iba diciendo… —Estaba a punto de escribir en la pizarra cuando lo interrumpió el sonido de la campana del colegio. Soltó un suspiro y miró a los alumnos.
—Muy bien, ya pueden salir. No olviden hacer su homework.
Los jóvenes se marcharon del aula, dirigiéndose a su siguiente clase. Terrence se quedó solo mientras ordenaba un poco. En eso, escuchó unos pasos detrás de él. Antes de poder darse la vuelta, unos brazos rodearon su cintura.
—Hola, mi güerito, ¿me extrañaste?
Era Hugo, el maestro de matemáticas y pareja de Terrence.
—Hugo… me asustaste. No vuelvas a entrar así. ¿Qué tal si alguien nos ve? —lo reprendió, pero no se apartó del abrazo de su novio.
—Oh, vamos, Terrence. Nadie nos va a ver. Además, tienes clase libre, ¿no? —preguntó mientras lo soltaba y daba un paso hacia atrás.
—Sí la tengo. Tú también, ¿verdad?
Hugo asintió con una sonrisa divertida.
—Entonces… ¿vamos a comer?
—No.
—¿Qué? ¿Por qué no?
—Porque alguien puede vernos, Hugo. Por eso.
—Oh, anda, güerito… nadie va a sospechar de dos “compañeros” comiendo un pequeño almuerzo. ¿Sí? —suplicó, tomándole las manos y mirándolo con ojos de cachorro para convencerlo.
—Bueeno… vamos, pero si alguien dice algo, es tu culpa —respondió Terrence, sin molestia verdadera.
Un rato después:
Ambos estaban sentados en una banca Hugo devoraba una torta de jamón con queso y verduras. Terrence, por otro lado, apenas había probado la suya.
Hugo se dio cuenta de inmediato. Frunció el ceño con preocupación y dejó su comida a un lado para concentrarse en su pareja.
—Terrence… —dijo en voz baja, colocando una mano sobre su hombro.
Terrence bajó la mirada, avergonzado, evitando cruzar los ojos con él.
—Lo siento… —se disculpó en un murmullo apenas audible—. Lo intento, ¿sí? Pero no es tan fácil…
Hugo suspiró. No quería presionarlo, pero le preocupaba demasiado como para ignorarlo.
—Está bien… pero necesitas cuidarte mejor, mi güerito. No me gustaría verte enfermo. —Se inclinó un poco hacia él—. Te quiero. ¿Lo sabes, verdad?
—Yo también te quiero, Hugo…
Ambos se acercaron más, sus labios a centímetros de distancia, y cuando estaban a punto de besarse, fueron sorprendidos.
—¿Señor Torres? ¿Señor Gray? ¡Por Jesucristo, qué están haciendo?
Los profesores se separaron de inmediato. Terrence se puso de pie, nervioso, alejándose un paso de Hugo.
—No pasa nada, maestra Teresa… —dijo Terrence, intentando sonar natural.
La maestra Teresa era una señora viuda de cuarenta años, quien daba la clase de Religión y también era conocida por contarle cualquier cosa a la directora con tal de quedar bien con ella. Si se enteraba de la relación entre los dos maestros, no iba a acabar bien.
Teresa entrecerró los ojos con sospecha, pero finalmente se encogió de hombros y se dio la vuelta.
—Muy bien, entonces. Pero es mejor que regresen a sus respectivas aulas —dijo antes de marcharse.
Hugo suspiró aliviado de no haber sido descubiertos. Alzó la vista hacia Terrence, que parecía estar molesto con él.
—Te dije que era una mala idea, Hugo… pero jamás escuchas —reprochó, cruzándose de brazos con frustración.
Hugo intentó decir algo, pero apenas abrió la boca, Terrence ya se había marchado, dejándolo solo.
Hugo observó cómo Terrence se alejaba con algo de decepción. Luego miró la torta que su novio apenas había probado.
Suspiró, preguntándose si de verdad era tan egoísta como para arrastrarlo a esos riesgos con tal de pasar un rato juntos. Se suponía que era un adulto responsable, no un adolescente con las hormonas a todo lo que da. Quizá era mejor darle su espacio… ser más discretos, aunque eso se le hiciera casi imposible.
Por otro lado, la maestra Teresa caminaba por el pasillo del colegio cuando se encontró con la maestra de Historia, Elena Ramos. Teresa se acercó a ella y le habló en voz baja, con su típico tono criticón.
—A que no sabe lo que me encontré por donde están las bancas… Estaba el profesor Gray con el profesor Torres. Muy pegaditos, ¿eh?
Elena levantó las cejas, interesada.
—No vaya a ser que estén juntos… A la directora no le va a gustar nadita.
Ambas maestras se miraron con complicidad. Tal vez había algo más que simple compañerismo entre esos dos docentes de lo que todo el mundo creía.