Capítulo 1 :El secuestro
—¡Déjenme, por favor! ¡Yo no los conozco! —grité a duras penas. La voz no me salía, pues mi garganta ya estaba totalmente desgarrada de tantos gritos que pegué. Grité con todas las fuerzas que mi cuerpo me permitió.
Pero...
Todo indica que el puto mundo está sordo, que se pusieron de acuerdo para no escuchar lo que ocurre. Tengo mucho miedo y no sé qué más decir. Ya rogué, me hinqué, lloré, corrí… pero esto… esas cosas no me escuchan. Es como si no entendieran lo que digo.
Es como si yo hablara otro idioma, y ellos simplemente no lo entendieran. Estoy en un punto donde no sé si resignarme y dejarme hacer lo que a esas cosas se les venga en gana. Pero no, no puedo. Mi vida es demasiado mierda como para dejar que se siga haciendo así.
Hacen ademán de agarrarme, y nuevamente los esquivo. No entiendo si simplemente no me agarran porque quieren o porque de verdad no pueden. Esta vez salgo corriendo a mi habitación y escucho cómo pasos pesados vienen tras de mí.
Corro con una velocidad tan rápida que, si no estuviera en esta situación, jamás lo habría hecho.
Cierro la puerta con llave y comienzo a tirar muchas cosas contra ella. Pero es ilógico: sé que en cuestión de segundos la derribarán. Busco mi teléfono con la única esperanza de llamar a alguien. No sé a quién, pero llamaré al primero que encuentre entre mis contactos.
—Mierda —no sé dónde está mi teléfono. No lo logro encontrar.
Escucho cómo ya están justo en la puerta. Susurran algo que no logro entender, pero podría asegurar que todo esto les causa risa.
Sigo en busca de mi teléfono. Lo encuentro tirado en el piso, casi debajo de mi cama. Intento introducir la contraseña, pero por la rapidez con la que lo hago me sale incorrecta a la primera.
Joder, joder, joder.
La puerta ya comienza a sonar. Ya lo están haciendo. Los pensamientos de “estoy muerta” me invaden. Quiero llorar, matarme antes de que lo hagan ellos… pero no, no puedo.
Esta vez hago la contraseña correcta. También escucho cómo la puerta ya ha sido —mejor dicho— derribada. Mis dedos reaccionan por sí solos. Antes de que mi cerebro indique algo, ya están entrando a contactos.
Esto es casi como las películas, solo que a mí sí me está pasando de verdad.
Han roto la puerta, y yo justo veo el primer contacto: Amelia, una compañera de trabajo, mi casi amiga. Y de verdad no importa: sea lo que sea, ella…
Entonces decido marcar mientras veo cómo no va quedando nada de la puerta, e intento adherirme a la pared desgastada de mi habitación.
Están ahí…
Y con el teléfono pegado a mi oreja, escucho cómo el tono comienza a sonar.
Primer sonido, nada. No contesta, y ellos más se acercan.
Segundo sonido, tampoco nada. Y ellos ahí.
Tercer sonido, y me doy cuenta de que estoy perdida. Están a unos pasos de mí.
—Por favor, contesta —susurro ya entre lágrimas.
Caigo en la maldita conclusión de que ya no puedo hacer nada.
Cierro mis ojos con la idea de que quizás solo sea un mal sueño, que por eso nadie me escucha. Pero es muy tonto. Vivo en un departamento donde no hay casi nadie y donde solo escucho reproducir una y otra vez canciones. Justo como ahora.
¿Sabes qué épico es esto? Seré asesinada por dos seres extraños con música sexista de fondo.
Siento los pasos cerca de mí… y me toman del pelo, arrastrándome por todo el desorden. Puedo sentir lo helado de sus manos, a pesar de no tener contacto físico cercano.
El teléfono queda tirado ahí. Ella no contestó.
Intento zafarme de su agarre, pero no lo logro. Muevo mis pies, hago todo lo que está a mi alcance… pero ya no. Ya no hay nada que hacer.
No es que me dé por vencida, que me rinda rápido… es solo que ya no encontré nada más que hacer.
Mi cuerpo es agitado y de momento a otro me llevan como una maleta en su brazo. Son como personas, pero más altas que cualquier persona que yo conozca. Llevan túnicas largas y negras, son pálidos, con ojos grises.
Podría decir que son brujos… aunque eso no existe.
Vamos bajando las escaleras y decido gritar que me suelten, pero no se inmutan. Veo cómo se dirigen a una esquina de la cocina y no logro comprender por qué… La puerta, y mucho menos la ventana, están ahí.
Hasta que mis ojos son chocados por una luz. Pero no cualquier luz. Es una oscura… una luz oscura.
Por un momento me cautivó con su fea belleza.
Me olvido de todo por ese breve instante.
Es como un agujero negro del universo, pero en la pared de la cocina.
Y de un segundo para otro, saltan. Sí, saltan ahí, en ese... ¿agujero?
Y mis ojos se cierran…
...
Dos horas después
Despierto y no logro reconocer nada.
El lugar está completamente blanco, como un manicomio. Es un blanco raro. No tiene ventanas, solo una que se ve muy alta, bastante lejos de mi alcance. Todo está limpio, pero no huele a nada. Ni a alcohol, ni a medicina, ni tampoco a mugre.
Intento moverme y me doy cuenta de que estoy totalmente inmóvil. Tengo las muñecas y los tobillos atados. No con cuerdas, sino con correas gruesas, como si fuera una psicópata. Aunque todo esto indica que sí lo soy.
Intento descifrar cuánto tiempo he estado aquí, pero no logro dar ni un solo aproximado. Aunque estoy con la misma ropa: mi pijama de rayas negras y amarillas. Mi debilitado cuerpo no me ayuda a recordar.
Me duele el cuello, y la garganta la siento seca. Arde, quema, como si estuviera cortada y cayera limón en la herida.
Algo llama la atención de mis ojos: lo que hay a mi alrededor. Hay bandejas llenas de herramientas como tijeras, agujas, frascos de colores y muchas otras cosas que no reconozco.
Entra el desesperado pensamiento de preguntarme: ¿por qué no estoy muerta aún?
Se supone que eso debía ocurrir. Me secuestraron, entraron a mi casa, y nos metimos a esa grieta oscura...
Me sobresalto. Se abrió una puerta justo frente a mí. Puerta que aún no había notado.
No hizo gran ruido. Solo se deslizó, como si debieran tener cuidado de no hacer alboroto.
Dos personas entraron. Veo que ya no son los mismos que me atraparon. Estos son casi normales. Uno trae una caja de plástico, y el otro solo viene con las manos dentro de los bolsillos, con una especie de tablet flotante al lado de él.
—Ya despertó —dijo uno, sin mirarme directamente.
Me da terror todo esto. Quizás sí van a matarme, pero para robarme los órganos. Quizás son ocultistas, por eso aquellos otros eran raros.
—Tranquila —dijo el otro, como si supiera lo que pienso—. No vamos a hacerte daño si nos ayudas y cooperas.
¿Cooperar?
¿Con qué?
¿Qué es lo que piensan hacer conmigo exactamente?
—¿Qué es lo que harán? —pregunté. Me dolió la garganta al hablar.
—No es mucho. Solo necesitamos saber algo de vos —respondió con un tono arrogante ese tipo, el que tenía la tablet flotante.
Se acercó a tocar algo en la pared y se proyectaron datos sobre mí:
Nombre: Vayolett Armayor
Edad: 19
Estado: Activa
Enfermedades: Ninguna
Condición: Estable
Todo normal. Pero hay algo que me deja la mente nublada…
Tipo de hada: Indefinido.
—¿Tipo de hada? —digo en un susurro, más para mí, pero aun así el chico de la caja me responde.
—Sí, tú eres un hada —me soltó así, como si dijera algo normal, como si fuera: "¡Oh, va a llover!"
Me río, aunque mi garganta duela.
—No soy un hada. Eso no existe en el mundo real. Eso solo está en los cuentos. Yo solo soy una universitaria, con un departamento y un gato… No me jodan —expresé.
—Eso es lo que tú piensas ahora, y es justo, porque estuviste 19 años en un mundo que no te correspondía. No sabías nada.
—No. Eso es mentira —digo, y de verdad creo que es una total mentira, que me quieren ver la cara de estúpida.
—A nosotros no nos importa si creés o no. Solo colaborá, y después los otros se van a arreglar con vos —dice el otro idiota, en tono de "ya estoy harto".
—¿Y si soy eso… qué hago aquí?
—Sacar lo que tenés. Es decir: tu poder, tu magia y todo lo que encontremos en ti.
—No tengo poder. ¡Y no soy una puta hada! —insistí.
—Todas dicen eso. Pero estás en la lista de las que sí. Y no solo eso: guardás un poder más alto que el de las hadas comunes. Es decir, sos una Estela. Y por eso estás aquí. Por tu poder.
¿Todas? ¿Es decir que hay más?
¿Estela?
Y un poder más alto que las demás… eso es estúpido.
Pero me quedé callada.
No entendía nada de lo que me decía. Pero algo en su forma de hablar… me hizo pensar que todo lo que dijo quizás sí era verdad.
Y eso fue peor: comenzar a considerar que lo que dice sí es verdad.
Mientras preparan un montón de cosas, me quedo en absoluto silencio. Solo observo, escucho y me pregunto:
¿Tan miserable es mi vida que me pasa esto?
He soportado mucho a lo largo de mi existencia, como para que cuando creí que todo por fin mejoró… me pasa toda esta locura.
El chico de la caja se acerca a mí y comienza a sacar muchos frascos de cristal con líquidos de colores. También saca agujas de todos los tamaños posibles, inyecciones, sábanas, tijeras… que va acomodando en una mesa que está junto a mí.
No puedo evitar sentir angustia dentro de mí. Es como si mi cuerpo ya supiera exactamente lo que va a pasar. Como si mi alma quisiera huir de aquí.
—Debemos hacer el análisis primero —dice el otro tipo.
—¿Aún no saben qué tipo de hada es? —pregunta el chico.
—No, aún no. Es lógico, mirá lo confundida que está. Seguro nunca usó su poder… Por eso debemos hacerlo antes de extraer el poder.
—¡No soy un maldito experimento! —grito. O al menos lo intento.
El del dispositivo flotante no se inmuta. Pulsa algo en su pantalla y un haz de luz azul escanea mi cuerpo, como rayos X, solo que no hay nada encima de mí. ¿De dónde sale la luz?
—La energía está inactiva —murmura el de la caja—. Tendremos que activarla, ¿no?
—¿Activar? ¿Cómo? —preguntó.
Ninguno me responde. Pero el idiota a mi lado me mira… hasta pareciera que lo hace con una pizca de lástima.
Joder, ¿qué me van a hacer?
Están preparando tubos que conectan a una máquina muy extraña que no logro describir.
El tipo de la pantalla flotante me toma la mano y ubica mi vena central. Dirige una aguja que podría traspasar mi brazo. Intento moverme, pero las correas me lo impiden.
—No te muevas. Haceme ese puto favor —espeta el tipo.
Quiero llorar, gritar, correr, dejar de respirar… pero solo me quedo en silencio. El corazón me late a mil. Y mi mente de mierda no ayuda: solo me ataca diciéndome que estoy sola, que a nadie le importo, y que justo ahora nadie se da cuenta de mi ausencia. Y quizás… sí es verdad.
No me muevo. Solo cierro los ojos, y siento esa cosa traspasar mi piel, entrando a mi vena. Me duele. El tipo deja eso dentro de mí.
Veo que está tocando botones en su aparato y, en segundos, un líquido verde baja por la manguerita y entra en mi cuerpo. Siento cómo arde.
Otra vez toma algo. Esta vez es una inyección. En un breve instante, su mano está en mi cabeza. La gira para dejar mi cuello totalmente descubierto y la clava. No puedo evitar quejarme. Lo hizo como si fuera un animal, sin ningún tipo de compasión.
Me colocan muchas cosas en el cuerpo, y escucho cómo el sonido de mi corazón suena en la máquina que está a mi lado.
—Debemos girarla y colocar otro tubo en su espalda baja —escucho decir.
El chico se acerca a mí, me gira, y no puedo evitar sentir dolor.
Como tengo mi pijama y mis manos están atadas, no puedo impedir eso.
—Pásame la tijera —le dice al otro, que con mala cara lo hace, y entonces comienza a trozar mi ropa.
—Suéltenme —digo.
Pero no me ve. Pareciera que no me escucha, que el idiota está sordo…
Comienza a trozar mi camisa con una afilada tijera, que no tarda en dejarme al descubierto toda la piel. Solo me queda un sostén que apenas cubre mis pechos.
Me siento incómoda. Esos tipos están viendo literalmente mi cuerpo semi desnudo. Pero eso no es lo que importa ahora, porque…
Otra vez ataca con una afilada aguja en mi espalda baja. No me quejo. Solo se derrama una silenciosa lágrima por mi mejilla. Duele mucho.
Pero ¿qué se supone que debo hacer? Estoy atada, gritar no me ayudará en nada. Es lógico que estoy en un sitio que les pertenece, por lo cual mis gritos no importarán.
A estos tipos no les interesa nada.
No me miran.
No dudan.
Solo trabajan.
Como si yo no fuera humana.
Como si no fuera nada.
—Ya no tardará en funcionar —se dicen entre ellos.
Pero ya no siento nada de mí.
Solo una sensación extraña recorriendo mi cuerpo.
Arde.
Y veo cómo un humo azul se desprende de mis manos, mis brazos… y estoy casi segura de que de todo mi cuerpo.
Sé que me han puesto algo para que me quedara dormida… porque ya está funcionando.
Mis ojos ya no lo soportan.
Mi cuerpo tampoco.
—Ya está funcionando, ¿no creés?
—Sí. El humo ya está más azul. Estará ahí alrededor de 3 horas… o depende de su poder, ya sabés cómo va eso —escuché decir entre dormida, mientras logro ver la silueta de ellos alejándose.
Y entonces, pasó. Sentí eso.
Algo detrás de mí se abrió. No puedo ver, ni mucho menos tocar, pero lo sentí…
Como si mi espalda se partiera en dos.
Como si explotara en mil fragmentos de cristal.
Me duele demasiado.
Mi cuerpo arde.
Mis órganos… todo.
Y entonces supe que nada, después de ese secuestro, será igual jamás.
![The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_123f31099804e79c6de11657975bcaae.jpg)







