CAPĂTULO 1
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En un bosque desconocido y oculto entre la espesura, se encontraba una cueva grande y rocosa. A su alrededor habĂa sĂmbolos raros, tallados en las piedras como si alguien, o algo, quisiera dejar un mensaje olvidado. Al final de la cueva, una niña dormĂa profundamente. Un agujero en el techo permitĂa que la luz de la luna iluminara justo donde ella descansaba.
VestĂa apenas un trapo largo y desgastado. Su cabello, enredado y sucio, caĂa sobre su rostro. Su cuerpo, delgado por la falta de alimento, temblaba ligeramente. A su lado, algunas frutas que habĂa recolectado la noche anterior descansaban junto a ella, esperando ser su cena... o su desayuno.De repente, una gota de agua cayĂł sobre su mejilla. La niña despertĂł de golpe, incorporĂĄndose asustada.
âOh no... âsusurrĂł en voz baja, aferrando sus frutas con fuerza.Se dirigiĂł rĂĄpidamente hacia la entrada de la cueva. Desde allĂ pudo ver cĂłmo la lluvia empezaba a caer con furia. Se sentĂł a un costado, abrazĂĄndose a sĂ misma por el frĂo que la envolvĂa. CerrĂł los ojos con fuerza. QuerĂa llorar, pero al mismo tiempo, no. SabĂa que debĂa ser fuerte... aunque no entendĂa cĂłmo lograrlo.
Cuando la lluvia por fin cesĂł, se levantĂł con lentitud y caminĂł hacia el frente de la curva que daba al exterior. A unos metros, un rĂo fluĂa suavemente, aunque el lodo ya se habĂa apoderado del camino, ensuciando sus piernas al pasar.Se acercĂł a una roca junto al agua y sacĂł una trampa que ella misma habĂa construido con palos y hilos arrancados de su trapo. La revisĂł con esperanza. HabĂa pocos peces, pero para ella era suficiente. SonriĂł, apenas.Con los peces en las manos, la niña regresĂł a la cueva. Caminaba con cuidado para no resbalar en el barro.
El viento seguĂa soplando con fuerza, y el frĂo le calaba los huesos. A veces pensaba que el bosque estaba vivo, que los ĂĄrboles la observaban... o al menos, eso le gustaba imaginar para no sentirse tan sola.Una vez dentro, acomodĂł las frutas y los peces en una piedra plana. TomĂł dos ramas secas que habĂa guardado bajo un rincĂłn de la cueva âsabĂa que si se mojaban, no podrĂa hacer fuegoâ y con esfuerzo, logrĂł encender una pequeña llama. El humo se elevĂł hacia el agujero en el techo, y el calor, aunque dĂ©bil, le dio un poco de consuelo.
AsĂł el pescado lentamente. El olor llenĂł la cueva, haciendo que su estĂłmago rugiera. ComiĂł en silencio, con las manos sucias y los ojos pesados por el cansancio.DespuĂ©s, abrazĂł sus piernas y apoyĂł la barbilla sobre sus rodillas. Miraba el fuego, pensativa.âÂżHasta cuĂĄndo tendrĂ© que seguir asĂ...? âmurmurĂł para sĂ misma.No recordaba cuĂĄnto tiempo llevaba sola. A veces soñaba con una voz, un rostro... pero al despertar, todo desaparecĂa. Nadie venĂa. Nadie la buscaba.
Solo ella, la cueva, el bosque... y el cielo.SaliĂł nuevamente cuando el sol empezĂł a bajar. TenĂa que buscar mĂĄs frutas antes de que anocheciera. Con un trozo de trapo atado a la cintura, caminĂł entre los ĂĄrboles, revisando cada arbusto, cada raĂz. Ya conocĂa bien quĂ© frutos podĂa comer y cuĂĄles la hacĂan doler el estĂłmago.
AprendiĂł a escuchar el canto de los pĂĄjaros, a evitar los caminos donde crujĂa demasiado el suelo, porque sabĂa que algo mĂĄs podĂa estar rondando.De pronto, algo se moviĂł entre los arbustos. La niña se congelĂł, agachĂĄndose detrĂĄs de un tronco.EsperĂł.
Nada.Solo el sonido del viento entre las hojas.Suspiró, aliviada, y siguió caminando.Esa era su vida.Despertar, resistir, comer lo justo⊠y dormir.
Esa noche, el viento silbaba mĂĄs fuerte que de costumbre. Las hojas del bosque crujĂan como si susurraran secretos que nadie entendĂa. La niña se acurrucĂł en su rincĂłn favorito de la cueva, envuelta en su trapo, con el estĂłmago apenas lleno y los pĂĄrpados pesados por el cansancio.
El fuego ya se habĂa apagado, y solo quedaban las brasas. CerrĂł los ojos lentamente, deseando que al menos esa noche pudiera dormir tranquila⊠sin frĂo, sin hambre, sin miedo.Y entonces soñó.Todo era blanco, suave, como si flotara entre nubes. No habĂa tierra, ni ĂĄrboles, ni lluvia. Solo un espacio inmenso de luz tranquila.
Y en medio de esa calma⊠una voz. No, dos voces. Una suave y cålida, como la de una mujer que canta para calmar a un bebé. La otra, firme y profunda, como el eco de una montaña.
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La niña mirĂł a su alrededor, pero no vio a nadie. Solo sentĂa. Una calidez en el pecho, como si algo la envolviera.
âđđ¶ đ”đȘđŠđźđ±đ° đąđ¶đŻ đŻđ° đ©đą đđđŠđšđąđ„đ°âŠ âdijeron las voces al unĂsono, como si fueran una sola alma.âđđŠđłđ° đŠđŻ đ”đ°đ„đ° đźđ°đźđŠđŻđ”đ° đŠđŽđ”đąđłđŠ đ€đ°đŻđ”đȘđšđ°.âđđ¶đŻđ€đą đ±đŠđłđźđąđŻđŠđ€đŠđłđąđŽ đŽđ°đđą.
La niña quiso hablar, preguntar quiĂ©nes eran, quĂ© significaba todo eso. Pero no podĂa. Solo las lĂĄgrimas salĂan de sus ojos cerrados mientras dormĂa.Y justo antes de que despertara, sintiĂł algo extraño: un cosquilleo en la frente, como si alguien le hubiese dejado un pequeño beso.Entonces se incorporĂł, jadeando. La cueva seguĂa en silencio. La luna, aĂșn arriba, entraba por el agujero del techo. Todo parecĂa igual. Pero no lo era.Su corazĂłn latĂa distinto.Como si una parte de ella⊠finalmente hubiera escuchado lo que necesitaba.