Right where you left me 𝒇𝒕 Oscar Piastri

Summary

❝Tuve miedo, Alessandro. No de ti, sino de lo que significaba ser yo con todos mirando.❞ Oscar Piastri pensó que dejar atrás a Alessandro Rossi sería lo más difícil que haría en su vida, pero los años demostraron lo contrario. Mientras Oscar siguió su camino hacia el éxito y la libertad de ser él mismo, Alessandro quedó atrapado en un rincón emocional, incapaz de avanzar por el miedo a salir del clóset. Un reencuentro inesperado en un pequeño café de Milán los obliga a confrontar el dolor de un amor que nunca se extinguió, los secretos que los separaron y la posibilidad de sanar las heridas del pasado. ¿Podrán ambos encontrar un cierre, o están destinados a quedarse justo donde se dejaron? ❝No era yo quien tenía que esconderse, Oscar, pero terminé pagando el precio de tus miedos❞ Banners de: @wildcardess by wattpad

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

𝐑𝐢𝐠𝐡𝐭 𝐰𝐡𝐞𝐫𝐞 𝐲𝐨𝐮 𝐥𝐞𝐟𝐭 𝐦𝐞


El reloj marcaba las cinco de la tarde, pero para Alessandro Rossi, el tiempo era solo una medida que pasaba sin sentido. En su pequeño café en el centro de Milán, el mundo exterior parecía no existir. Cada día se fundía en el siguiente, una rutina constante que lo mantenía ocupado, pero vacío por dentro. La misma mezcla de café y leche que servía a los clientes, la misma música suave de fondo que trataba de enmascarar el ruido del mundo. La vida seguía su curso, pero él se sentía atrapado en un bucle que lo mantenía allí, con el cuerpo presente pero la mente viajando hacia otros lugares.

El café no era solo un trabajo; había llegado a ser su refugio. El constante ir y venir de las personas le permitía no tener que enfrentarse demasiado a sí mismo, ni a los recuerdos que parecían acecharlo en cada rincón de su mente. Sin embargo, había momentos en que la memoria se volvía inevitable. En esos ratos de silencio entre clientes, su mente volaba hacia los días que había pasado con Oscar, aquellos días llenos de conversaciones profundas, risas y promesas de un futuro que, al final, nunca ocurrió.

Alessandro había intentado dejar atrás esos recuerdos. Después de la ruptura, se había sumergido en su trabajo, lo que le permitió distraerse lo suficiente para no pensar en Oscar cada minuto. Había conocido a algunas personas nuevas, y aunque las conversaciones eran agradables, ninguna había sido capaz de hacer que olvidara lo que había perdido. Nadie había tenido la capacidad de ocupar el espacio vacío que Oscar había dejado.

Se veía a sí mismo como una persona diferente. La versión de él que alguna vez fue feliz, confiada, estaba desaparecida, reemplazada por una sombra que, aunque intentaba sonreír, se sentía despojada de la misma luz que una vez había tenido. Aunque la ciudad de Milán nunca dejaba de moverse, Alessandro no podía evitar sentir que su vida se había detenido en el momento exacto en que Oscar se fue.

Al principio, había luchado contra la soledad. Intentó rodearse de amigos, salir a bares, distraerse. Pero nada era igual. Nadie entendía lo que había perdido. Y él no sabía si alguna vez podría dejar ir el miedo que lo había mantenido atado a esa relación rota: el miedo a ser él mismo, el miedo a ser vulnerable, el miedo a la mirada de los demás. El mismo miedo que había consumido a Oscar, el que había hecho que se alejara antes de que pudiera enfrentarse a lo que realmente sentía.

Cada mañana se despertaba en su pequeño apartamento, haciendo las mismas tareas con la misma desgana. Su vida no era miserable, pero le faltaba algo esencial. Los pequeños momentos de paz se veían interrumpidos por la constante imagen de Oscar, por las palabras no dichas, por las promesas incumplidas. A veces, se encontraba buscando en su teléfono, deseando ver su nombre en la pantalla, pero lo evitaba a propósito, sabiendo que aún no era el momento. No había sido el momento durante todo este tiempo.

La vida de Alessandro había tomado un giro incierto. Si bien había logrado adaptarse a una nueva rutina, lo hacía de manera casi automática. Salir con amigos, ir al gimnasio, leer libros que ya no lo cautivaban. No había nada que lo conectara de nuevo con la alegría genuina, ni con la chispa que una vez compartió con Oscar. Los días pasaban, pero él se sentía estancado, atrapado en el pasado que aún no podía dejar ir.

En las noches, cuando el café cerraba y la luz tenue del sol se desvanecía detrás de los edificios, Alessandro se permitía recordar. Cerraba los ojos y veía la sonrisa de Oscar, cómo sus ojos brillaban cuando hablaban de su futuro juntos. Pero todo eso había sido una ilusión. El futuro que soñaron nunca llegó, y Alessandro sabía que parte de la culpa recaía sobre él. Si tan solo no hubiera tenido miedo. Si tan solo hubiera sido valiente.

Alessandro suspiró mientras limpiaba el mostrador, mirando cómo la última luz del día desaparecía por la ventana. Cada momento aquí, en este café, lo mantenía alejado de los recuerdos, pero también lo mantenía atrapado. No sabía si alguna vez podría salir de esa cárcel que había creado para sí mismo. Pero tal vez, pensó, todo eso cambiaría un día. Quizás, algún día, la vida le daría otra oportunidad para reencontrarse con lo que había perdido.

Por ahora, solo podía esperar que la rutina lo sacara de esa oscuridad. Pero no estaba seguro de querer salir. No si eso significaba olvidar lo que había sido tan real para él.

Los días se deslizaban entre las paredes del café como un río tranquilo, uno tras otro, sin grandes alteraciones. Era en las horas más quietas, cuando el sol ya había comenzado a desaparecer y el murmullo de los últimos clientes se volvía un eco lejano, que Alessandro sentía el peso de la soledad.

Cada vez que las luces del café se apagaban, un vacío aún mayor se instalaba dentro de él. La quietud le daba espacio para pensar, para dejar que su mente vagara sin control, hacia lugares donde las emociones se arremolinaban con fuerza. Aquí, en la oscuridad del local vacío, Alessandro sentía la verdadera magnitud de lo que había perdido. Pero no era solo la pérdida de Oscar lo que lo consumía. Era el tiempo que había dejado escapar. Las palabras no dichas. Las promesas rotas. Y sobre todo, el miedo.

En su pequeño apartamento, la vida continuaba igual. La televisión siempre encendida de fondo, el sonido de las noticias o programas que nunca le interesaban, solo para llenar el espacio de silencio. La cocina vacía de risas, de conversaciones profundas o incluso de discusiones. Alessandro cocinaba solo para él, una porción de pasta o una ensalada rápida, tratando de que los sabores fueran suficientes para recordarle que aún podía disfrutar de algo. Pero todo se sentía incompleto, como si faltara un ingrediente esencial.

Había días en que se despertaba con la sensación de estar en piloto automático. Se levantaba, se vestía, tomaba el café como una rutina que ya no disfrutaba, y salía a enfrentar el día. Había algo inquietante en esa aparente normalidad. Sentía que, al igual que su trabajo, su vida también se había vuelto un ciclo repetitivo. Y en ese ciclo, no lograba encontrar un propósito que lo motivara de verdad. Había sido la ruptura con Oscar lo que había desencadenado esta sensación, y por más que trataba de convencer a su mente de que estaba bien, la verdad era que no lo estaba.

Sus amigos, aquellos con los que salía de vez en cuando, notaban el cambio. A veces, se le escapaba una sonrisa durante una cena o una broma que le hacía a alguien en una reunión, pero era una sonrisa vacía, que nunca llegaba a sus ojos. Ellos lo sabían, aunque no lo dijeran en voz alta. Sabían que algo faltaba en él. Pero Alessandro no estaba listo para hablar sobre eso. No estaba listo para admitir lo que realmente le dolía.

A veces, durante las caminatas por la ciudad, se encontraba frente a los mismos lugares que había visitado con Oscar. Las tiendas de discos donde solían pasar horas buscando música para escuchar juntos, las librerías donde se quedaban leyendo hasta que caía la noche, el parque donde se habían sentado tantas veces, tomando café y hablando del futuro. Todos esos lugares seguían ahí, pero él ya no los veía con los mismos ojos. Ahora, todo le parecía distante, como si hubiera sido parte de una vida que ya no era suya.

Una noche, después de cerrar el café, Alessandro se sentó en el sillón de su apartamento con una copa de vino, mirando por la ventana. La ciudad de Milán brillaba ante él, llena de luces y movimiento, pero él se sentía desconectado. El ritmo de la ciudad parecía continuar, mientras él se quedaba atrás, estancado en un lugar que ya no podía cambiar.

La vida no dejaba de avanzar, pero Alessandro no sabía si estaba preparado para seguirle el paso. A veces, se encontraba preguntándose si había hecho lo correcto al dejar ir a Oscar, si había tomado la decisión correcta al permitir que el miedo lo dominara. Si hubiera sido valiente, si hubiera dicho lo que realmente sentía, ¿habría sido diferente todo? ¿Habría sido feliz?

Esas preguntas lo mantenían despierto por las noches, cuando la ciudad dormía, y la realidad se despojaba de cualquier máscara. Pero cada vez que trataba de encontrar respuestas, se sentía aún más perdido. Quizás, pensaba, las respuestas no llegarían nunca. Quizás era algo que solo podía aprender con el tiempo, a través de las cicatrices que ya llevaba.

La soledad se había convertido en su amiga y su enemiga. A veces, le daba espacio para pensar, para crecer, para entenderse a sí mismo. Pero otras veces, lo engullía, lo consumía, y lo dejaba preguntándose si alguna vez encontraría la forma de reconstruirse.

No sabía si la vida tenía algo más para él. Pero en lo más profundo de su ser, sentía que algún día, algo cambiaría. Tal vez, solo tal vez, el futuro le mostraría una nueva forma de vivir. Una vida sin miedo.

La copa de vino ya estaba casi vacía, pero Alessandro no había notado el paso del tiempo. Sus ojos seguían fijos en las luces de la ciudad que parpadeaban a lo lejos, como estrellas caídas en un mar de concreto. La noche estaba quieta, solo interrumpida por el sonido lejano de un automóvil o la risilla de algún grupo de personas en una terraza cercana. Pero, en su pequeño apartamento, Alessandro se sentía como si el mundo entero estuviera silenciado.

De vez en cuando, su mirada se deslizaba hacia la pequeña mesa del comedor, donde una fotografía enmarcada descansaba, olvidada pero siempre presente. Era una de esas fotos tomadas espontáneamente, uno de esos momentos en los que, al ver la imagen, no se puede evitar sonreír al recordar la calidez del instante. En la foto estaban sus amigos, riendo juntos en el parque, con un cielo despejado y el sol poniéndose detrás de ellos. Pero lo que más destacaba en la imagen era la persona que se encontraba junto a él, en el centro.

Alessandro no podía dejar de mirar esa foto. En ella, había algo tan genuino, tan lleno de vida. Él se veía más joven, con una expresión relajada y confiada, rodeado de personas a las que apreciaba, pero, sobre todo, había algo en la forma en que la mirada de la persona que estaba a su lado se cruzaba con la suya, algo que le hacía sentirse en paz, en casa. El vínculo entre ellos, tan claro en ese momento, ahora se sentía casi como un sueño lejano, algo que ya no pertenecía a su vida.

Casi sin darse cuenta, la mano de Alessandro se acercó al marco de la foto, y sus dedos acariciaron suavemente el vidrio. La imagen no había cambiado, pero para él, todo había cambiado. El tiempo, con su cruel y constante avance, se había llevado esos días de alegría y complicidad.

En la quietud de la noche, Alessandro se permitió pensar en la vida que había tenido. A veces, en medio del ruido de su trabajo y la gente que lo rodeaba, se olvidaba de lo que realmente importaba. Se olvidaba de que, antes de esta soledad, había habido una vida llena de amor, de confianza, de momentos compartidos con personas que le importaban. Esos momentos ahora parecían tan lejanos, tan ajenos a la persona en la que se había convertido.

La tristeza, en sus momentos más oscuros, se colaba entre sus pensamientos, dejando una sensación de vacío en su pecho. Pero, al mismo tiempo, había una parte de él que no quería sucumbir por completo. Quería seguir adelante, encontrar alguna forma de escapar de esta rutina interminable que lo mantenía atrapado. Quería, aunque no lo dijera en voz alta, recuperar lo que había perdido, aunque no estuviera seguro de cómo hacerlo.

Se levantó del sillón, dejando la copa vacía sobre la mesa, y se acercó a la ventana. Miró la ciudad, esa misma ciudad que parecía seguir adelante con su ritmo inquebrantable. En sus calles, miles de personas vivían vidas que no tenían nada que ver con la suya. La vida seguía su curso, mientras él se encontraba detenido, esperando. Esperando tal vez, sin saberlo, que algo o alguien lo sacara de este estado de espera, de esta parálisis emocional.

Se dejó llevar por la brisa fresca que entraba por la ventana abierta, cerrando los ojos por un momento, dejando que la calma de la noche lo envolviera. Sin embargo, había algo inquietante en esa calma. Era como si el silencio estuviera esperando algo, como si fuera solo una pausa antes de que algo o alguien rompiera esa quietud.

Alessandro no podía evitar preguntarse si alguna vez encontraría la manera de soltar el pasado. De dejar ir lo que lo había marcado y empezar algo nuevo. Pero por ahora, se sentía como un espectador de su propia vida, alguien que observaba desde las sombras, incapaz de tomar las riendas. El miedo seguía acechando en su mente, y aunque había intentado muchas veces liberarse de él, siempre encontraba una forma de regresar.

La verdad era que Alessandro no sabía cómo salir de ese estado. No sabía si alguna vez podría reconstruir lo que había perdido. Y, por un momento, sintió que tal vez la respuesta no estaba en lo que había dejado atrás, sino en lo que aún podía encontrar en el futuro. Pero eso, aún le parecía lejano.

Con un suspiro, se apartó de la ventana y apagó la luz. No quería pensar más por esa noche. Solo necesitaba descanso, algo que le permitiera desconectar de esos pensamientos que lo consumían constantemente. Se metió en la cama, cerrando los ojos mientras el sonido lejano de la ciudad le servía de fondo, casi como una canción triste que le hablaba sobre el paso del tiempo, de la vida que sigue avanzando, de las oportunidades perdidas y las que tal vez, algún día, llegarían.

Alessandro cerró los ojos, deseando que el sueño lo llevara lejos de sus pensamientos, lejos de los recuerdos que lo atormentaban. Pero, en lugar de encontrar descanso, lo que le esperaba era una pesadilla, una distorsión de su propia realidad, cargada de miedo y arrepentimiento.

En el sueño, todo estaba oscuro, como si estuviera atrapado en un espacio sin fin. No podía ver nada, pero podía sentir una presencia, algo o alguien acechando en las sombras. A medida que avanzaba, el sonido de sus pasos resonaba en sus oídos, pero no lograba encontrar una salida. La ansiedad lo apretaba, como si el aire se estuviera volviendo denso, imposible de respirar.

De repente, la oscuridad se disipó, y Alessandro se encontró frente a una puerta. La puerta estaba entreabierta, y, a través de la rendija, veía una luz cálida, la luz de una habitación que conocía demasiado bien. La habitación de su pasado, la misma que había compartido con Oscar. Pero al acercarse, la puerta se cerró violentamente, como si algo lo estuviera impidiendo entrar. Con fuerza, intentó abrirla, pero no podía. Estaba atrapado, como siempre había estado, entre lo que había sido y lo que ya no era.

Entonces, la voz de Oscar lo llamó desde el interior de la habitación. Era suave al principio, como un susurro, pero pronto se hizo más clara, más dolorosa. “¿Por qué me dejaste? ¿Por qué no luchaste por nosotros?“, decía la voz, una mezcla de tristeza y reproche. Alessandro trató de hablar, de disculparse, de explicar, pero las palabras no salían. Cada vez que intentaba hablar, su garganta se cerraba, y su cuerpo se volvía pesado, como si estuviera hundido en el barro.

“¿Por qué no confiaste en mí? ¿Por qué dejaste que el miedo nos destruyera?“, siguió la voz, más fuerte, más hiriente. Cada palabra era como una puñalada directa a su pecho, un recordatorio de todo lo que había perdido.

Alessandro comenzó a golpear la puerta, desesperado, pidiendo perdón, intentando abrirla, pero la voz de Oscar ya no era solo un eco en sus oídos. Ahora estaba por todas partes, envolviéndolo, ahogándolo. El reproche, la angustia, el dolor... Todo se mezclaba en una vorágine de emociones que lo consumían. En el sueño, Alessandro sentía como si su alma estuviera siendo desgarrada, como si estuviera perdiendo algo que jamás podría recuperar.

“Lo arruinaste todo...“, susurró la voz una última vez, antes de que el silencio lo envolviera todo.

En ese momento, Alessandro se despertó de golpe, sudoroso y agitado, como si el peso de la pesadilla todavía lo estuviera aplastando. Su respiración era rápida, entrecortada, y su pecho se sentía vacío, como si hubiera sido arrancado de su cuerpo. Miró a su alrededor, buscando algún indicio de que estaba de vuelta en la realidad, pero todo seguía igual. El mismo cuarto, la misma oscuridad, la misma sensación de vacío.

Entonces, las lágrimas comenzaron a caer, primero lentamente, como si no quisiera admitir lo que sentía, pero pronto se desbordaron, incontrolables. No podía dejar de llorar. Todo lo que había reprimido, todo lo que había intentado olvidar, salía a la superficie con una intensidad que lo desbordaba. No solo lloraba por Oscar, sino por la vida que había dejado atrás, por el miedo que lo había mantenido atrapado. Lloraba por la oportunidad perdida, por las palabras no dichas, por la verdad que nunca tuvo el coraje de enfrentar.

Se levantó de la cama, apoyándose contra la ventana, sintiendo el aire fresco en su rostro, como si intentara calmar la tormenta interna que lo consumía. Pero las lágrimas seguían cayendo, implacables, mientras se sumía en la oscuridad, intentando encontrar algo de consuelo en la quietud de la noche.

El dolor era tan real como el vacío que sentía dentro. Y mientras la ciudad seguía su curso fuera de la ventana, Alessandro se sentó en el suelo, abrazando sus rodillas contra su pecho, deseando poder retroceder en el tiempo, deseando haber tenido el valor de ser quien realmente era, de no haber dejado que el miedo definiera su vida

El sol comenzó a colarse a través de las cortinas de la ventana, iluminando la habitación de Alessandro con una luz suave y fría, como si no quisiera interrumpir el silencio de la mañana. Se despertó, aún sintiendo el peso de la pesadilla sobre sus hombros, pero al menos esta vez el dolor no lo despertó en medio de la noche. Fue el sonido del tráfico afuera, el rugir de los motores de los coches, lo que lo sacó del letargo de su sueño.

Alessandro estiró los brazos, deshaciéndose del malestar físico, pero las emociones seguían allí, presionando en su pecho. Un suspiro escapó de sus labios, y, sin mucho ánimo, se levantó de la cama. La habitación seguía en su estado habitual de orden, pero había algo diferente en el aire, como si todo estuviera ligeramente fuera de lugar. No podía dejar de pensar en la noche anterior, en la pesadilla que lo había sacudido tan profundamente, pero tampoco quería quedarse atrapado en ese ciclo. Había cosas que hacer. El trabajo lo esperaba.

Tomó una ducha rápida, el agua caliente ayudando a despejar su mente, aunque solo fuera por unos minutos. Se miró en el espejo, observando el reflejo de alguien que aún no sabía bien quién era, pero que estaba intentando, cada día, seguir adelante. La persona que veía frente a él no era alguien lleno de esperanza o confianza, pero tampoco era alguien dispuesto a rendirse. Era simplemente alguien que continuaba.

Cuando salió de la ducha, se preparó una taza de café fuerte. Necesitaba algo que lo despertara completamente, algo que lo sacudiera de la sensación de vacío que todavía lo perseguía. Mientras el café se preparaba, se asomó a la ventana y observó la ciudad despertar. Las calles estaban empezando a llenarse de gente, cada uno atrapado en su rutina, en su propio mundo. Él también formaba parte de esa multitud, una sombra entre las luces de la ciudad.

Se vistió rápidamente, eligiendo algo cómodo pero simple, una camiseta gris y unos jeans oscuros. Al mirarse una vez más al espejo antes de salir, se dio cuenta de que no sentía ni una pizca de entusiasmo por el día que lo esperaba. Pero tampoco podía quedarse en su apartamento todo el día. Había una vida que seguir, una rutina que cumplir.

En el camino hacia el trabajo, las calles seguían llenándose de personas que se apresuraban, cada uno con sus propios pensamientos, con sus propios problemas. Alessandro no era diferente. Aunque no conocía a la mayoría, a veces sentía que las personas en las calles podían ver lo que él escondía, aunque jamás lo dijera en voz alta. Ese peso de su pasado, de sus miedos, de sus secretos, era algo que llevaba en silencio.

Al llegar a la cafetería, el aire estaba impregnado con el aroma reconfortante del café recién hecho y el leve crujido de los panes en el horno. Era un lugar que conocía bien, pero aún así, había algo que lo hacía sentir desconectado. Tal vez era la monotonía del lugar, o tal vez era él mismo, sintiéndose como un espectador en un escenario que nunca había elegido.

La cafetería estaba moderadamente llena a esa hora, con algunas personas leyendo el periódico, otros trabajando en sus laptops. Alessandro saludó con un gesto a algunos clientes habituales, pero su mente estaba aún a kilómetros de distancia. Se dirigió a la barra, donde comenzó a preparar el café, mecánicamente, sin pensar demasiado. Era una rutina que podía hacer con los ojos cerrados. La máquina de espresso emitió el característico sonido de presión, y la leche comenzó a espumar en la jarra, un movimiento automático que lo mantenía ocupado, pero no distraído.

Un cliente se acercó a la barra, un hombre de mediana edad con una expresión cansada. “Un café negro, por favor”, dijo, su voz grave pero cordial. Alessandro asintió sin mirarlo demasiado, mientras se concentraba en el café. Lo sirvió rápidamente, sin perder el ritmo.

La conversación del cliente no lo sacó de su trance, aunque fue un intento amable de interacción. “¿Tú trabajas aquí todos los días?“, preguntó el hombre, mientras tomaba su café.

“Sí, todos los días”, respondió Alessandro sin mucho interés, su voz monótona.

“Debe ser cansado”, comentó el hombre con una sonrisa. “Pero es bueno tener algo fijo, ¿no? Una rutina.”

Alessandro levantó la mirada por un segundo, encontrándose con los ojos del cliente. Había algo en la simplicidad de la conversación que lo hizo pensar. ¿Era eso lo que quería? ¿Una rutina fija? No, no era eso. Estaba atrapado en la rutina porque no sabía cómo salir de ella.

“Sí“, dijo finalmente, sin decir lo que realmente pensaba. “A veces es lo único que se puede hacer.”

El cliente asintió, dando un sorbo a su café. “Bueno, espero que tengas un buen día.”

Alessandro sonrió levemente, aunque su sonrisa no alcanzó a iluminar sus ojos. “Gracias, igualmente.”

El hombre se fue, y Alessandro se quedó allí, mirando cómo las personas pasaban por la cafetería, completamente ajenas a lo que realmente estaba ocurriendo dentro de él. Aunque no podía verlo, su alma seguía vacía, como un espacio que nada podía llenar.

La jornada continuó, monótona, pero por un momento, Alessandro se permitió pensar que tal vez algo podría cambiar. Tal vez no hoy, tal vez no mañana, pero algún día, algo o alguien lo sacaría de esta rutina, de esta quietud emocional que lo mantenía atado al pasado.

El reloj marcó la hora del almuerzo, y la cafetería comenzó a llenarse un poco más. Alessandro seguía atrapado en su rutina, moviéndose entre las mesas, sirviendo cafés, y atendiendo a los clientes como si todo fuera parte de una coreografía ya bien ensayada. Sin embargo, algo en su interior seguía inquieto, un vacío que no parecía llenarse con nada de lo que hacía.

Fue entonces cuando la puerta de la cafetería se abrió con el sonido familiar de la campanita, y Alessandro levantó la vista automáticamente. Y allí estaba.

Oscar Piastri entró al lugar con paso firme, pero su presencia se sintió en el aire como una descarga eléctrica. No había forma de que Alessandro no lo reconociera. Aunque los dos habían compartido apenas un par de momentos antes de que él se fuera, Oscar era imposible de olvidar. La forma en que su mirada tenía ese toque de timidez oculta, el cabello desordenado de una manera que parecía natural, todo en él parecía capturar la atención.

Alessandro sintió un nudo en el estómago, un golpe en el pecho al verlo, como si su mundo de repente se volviera más pequeño, más real, más doloroso. El hombre que había dejado atrás, el hombre con el que había compartido tantas cosas, estaba allí, frente a él, en medio de su vida diaria, como si no hubiera pasado el tiempo.

Alessandro respiró hondo y, aunque por un momento dudó, decidió seguir adelante. Se ajustó el delantal y se acercó a la mesa donde Oscar estaba sentado. Su turno estaba cerca de terminar, pero algo dentro de él lo empujó a dar este paso. Las órdenes seguían acumulándose, y la cafetería continuaba bulliciosa, pero la presencia de Oscar parecía silenciar todo lo demás.

“¿Qué puedo ofrecerte?“, preguntó Alessandro con voz firme, aunque la mirada que le dirigió a Oscar traía consigo una mezcla de nostalgia y ansiedad. No podía evitar sentir que había demasiadas palabras no dichas entre ellos, pero el ambiente de la cafetería parecía exigir que volviera a ser el mismo de siempre: el camarero amable y profesional.

Oscar levantó la vista lentamente, como si todavía estuviera procesando el hecho de que Alessandro estuviera allí, frente a él, en este contexto tan diferente. El dolor de sus miradas se disimulaba bajo una capa de cotidianidad, pero era imposible ignorarlo.

“Solo un café negro”, respondió Oscar después de un momento, su tono suave pero directo.

Alessandro asintió, aunque su mente seguía nublada por todo lo que había pasado entre ellos. “Claro. Te lo traigo en un momento”, dijo, y, sin esperar una respuesta más, se dio la vuelta, alejándose de la mesa.

La rutina de preparar el café lo absorbió rápidamente, pero mientras vertía el líquido oscuro en la taza, su mente no dejaba de regresar a la conversación que acababa de tener con Oscar. Recordó los viejos tiempos, las sonrisas, las caricias y las largas conversaciones que solían compartir, momentos que ahora parecían pertenecer a otra vida. ¿Cómo era posible que, después de todo lo que habían pasado, las cosas pudieran ser tan complicadas?

Con el café listo, Alessandro lo llevó a la mesa de Oscar. Esta vez no solo era el camarero trayendo un pedido. Era alguien que estaba entregando algo más, una disculpa silenciosa, tal vez, por las heridas del pasado que aún sangraban.

“Ahí tienes”, dijo mientras colocaba la taza frente a Oscar, evitando mirarlo demasiado. “Es un café bien cargado, como te gusta.”

Oscar levantó la mirada y, por un breve momento, Alessandro vio una pequeña chispa de esa sonrisa que conocía tan bien. “Gracias”, dijo Oscar, su tono ahora un poco más cálido, aunque la tristeza no desaparecía por completo de sus ojos.

Alessandro se quedó de pie junto a la mesa, observando cómo Oscar tomaba un sorbo de su café. No sabía si debía irse, si debía quedarse a hablar más, o si tal vez lo mejor era seguir con su día como si nada hubiera cambiado. Pero el peso de las palabras no dichas lo mantenía anclado a ese momento.

“Supongo que esto no es... lo que esperabas”, dijo Oscar finalmente, como si decidiera romper el silencio, su voz baja pero clara. “No era lo que esperabas cuando me viste aquí.”

Alessandro se encogió de hombros, sintiendo la incomodidad apoderarse de él nuevamente. “No sé lo que esperaba. Tal vez solo... quería que todo fuera más fácil. Para los dos.”

Oscar lo miró durante un largo momento, y Alessandro sintió que la tensión entre ellos se hacía aún más palpable. Había algo en el aire, algo que ninguno de los dos sabía cómo manejar.

“Es complicado”, dijo Oscar, como si intentara encontrar las palabras exactas. “Te quiero decir tantas cosas, Alessandro, pero a veces no sé ni por dónde empezar.”

Alessandro asintió lentamente, reconociendo que, de alguna forma, él también sentía lo mismo. “Yo también. Pero tal vez no hay una respuesta, ¿sabes? Tal vez solo sea el hecho de estar aquí, juntos, en este momento.”

Oscar sonrió levemente, esa sonrisa que nunca dejaba de ser agridulce. “Quizás”, dijo con una suavidad que lo hizo sentir como si, por fin, ambos pudieran empezar a curarse de alguna forma.

Un silencio cómodo se instaló entre los dos. Alessandro sentía el peso de sus palabras, pero a la vez, por un instante, algo se aligeraba en su pecho. Tal vez lo único que necesitaban era el espacio para procesar lo que habían vivido, para dejar que el tiempo, y no las expectativas, hiciera su trabajo.

“Bueno”, dijo Alessandro, rompiendo el silencio, “si necesitas algo más, estaré en la barra.”

Oscar asintió, tomando otro sorbo de su café. “Gracias, Alessandro. En serio.”

Con esas palabras, Alessandro se dio la vuelta y regresó a la barra, su mente aún llena de pensamientos, pero con la sensación de que, al menos, había dado un pequeño paso hacia adelante.

La cafetería se fue vaciando lentamente. Los murmullos y risas de los pocos clientes que quedaban se fueron apagando a medida que el reloj avanzaba, y la luz de la tarde daba paso a la oscuridad de la noche. Alessandro se movía entre las mesas con una rutina que ya conocía de memoria, limpiando, recogiendo los restos de las tazas vacías y ajustando los utensilios. Pero su mente seguía en la mesa donde Oscar permanecía, mirando su taza de café que ya no estaba tan caliente, pero que seguía ahí, como una excusa para seguir en silencio.

Oscar no se había movido de su asiento. Había dejado de mirar su teléfono hacía un rato, y aunque la cafetería estaba prácticamente vacía, no parecía tener prisa por irse. Sus ojos seguían fijos en la taza, pero Alessandro sabía que no era el café lo que lo mantenía allí.

“¿Sigues con hambre o necesitas algo más?” preguntó Alessandro mientras se acercaba a la mesa, rompiendo el silencio entre ellos. Ya no era solo el camarero preguntando por una orden; era algo más, algo que sentía debía ofrecer. “Tal vez algo para llevar, ya que la noche está cayendo.”

Oscar levantó la vista, sus ojos cansados pero aún presentes, como si la pregunta lo hubiera sacado de su propio mundo de pensamientos. “No, estoy bien”, respondió, pero no parecía convencido. “Solo... solo me da un poco de miedo volver a mi apartamento ahora.”

Alessandro se detuvo en seco. No esperaba escuchar esas palabras, pero cuando las escuchó, todo en su cuerpo se tensó. “¿Por qué?” preguntó sin pensarlo. “¿Te pasa algo?”

Oscar lo miró, sin tratar de ocultar la vulnerabilidad en su rostro. “No sé... es solo que no quiero estar solo. No sé si lo quiero, la soledad, la rutina. Y la última vez que volví a mi casa, pensé en todo lo que podría haber sido diferente, y en lo que ya no es.” Su voz tembló al final, como si no pudiera sostener todo lo que sentía. “Es raro, ¿sabes? Estar aquí, en un lugar que conoces, y sentir que todo está mal.”

Alessandro sintió un nudo en el estómago. No sabía si era el cansancio acumulado de todo el día o lo que acababa de escuchar, pero lo que sí sabía era que no quería que Oscar estuviera solo. A pesar de todo, a pesar de lo que había pasado entre ellos, el sentimiento de cuidar a alguien tan cercano seguía presente, como un reflejo del amor que alguna vez compartieron.

“Podemos quedarnos un poco más”, sugirió Alessandro, su voz más suave de lo habitual. “No tengo que cerrar aún. La cafetería puede quedarse abierta un poco más. No te apures, Oscar. Puedes quedarte aquí todo el tiempo que necesites.”

Oscar le dirigió una mirada agradecida, como si esas palabras le dieran algo de consuelo. “No quiero incomodarte”, dijo, pero su tono denotaba lo contrario. “Sé que es tarde, y no debería quedarme aquí.”

“No me incomodas”, le aseguró Alessandro, dándose cuenta de lo importante que era este momento. “Te invito a quedarte un rato más. La noche ya ha llegado, y este lugar es de todos.”

Un silencio cómodo se instaló entre ellos. Oscar no respondió, pero no se levantó de su asiento. La cafetería estaba casi vacía ahora, solo el sonido de las luces zumbando y el sonido de la lluvia golpeando las ventanas completaban el ambiente. Ambos se quedaron en sus propios pensamientos por un tiempo, pero de alguna manera, la compañía era suficiente. Ya no era solo un encuentro casual entre dos personas que se habían distanciado; había algo más que se estaba tejiendo lentamente, algo que ninguno de los dos sabía cómo definir.

Mientras Alessandro limpiaba la barra, una pregunta apareció en su mente. “¿Te acuerdas de esa vez, cuando nos sentamos aquí a hablar sobre todo eso de los viajes? Teníamos tantas ideas, tantos planes.”

Oscar lo miró, un poco sorprendido, pero luego la sonrisa volvió a asomarse en su rostro. “Claro que me acuerdo. Pensábamos que haríamos todo lo que nunca tuvimos tiempo de hacer.”

Alessandro sonrió también, un poco triste, pero sin dejar de mirar a Oscar. “Nunca imaginé que terminaríamos aquí, ¿sabes? Es extraño cómo las cosas cambian. Lo que antes era tan claro, ahora parece tan lejano.”

“Sí, pero es parte de la vida, ¿no?” Oscar dijo, con un tono más ligero. “Nada permanece igual. Aunque me gustaría que algunas cosas no cambiaran.”

La conversación continuó con esa calma suave que solo se alcanza después de haber compartido una historia tan compleja como la que ellos vivieron. La hora avanzaba, pero ninguno de los dos quería ser el primero en decir adiós.

Finalmente, la cafetería comenzó a vaciarse por completo, y Alessandro tuvo que comenzar a cerrar. “Creo que es hora”, dijo con una sonrisa algo triste, aunque sentía que algo más se había resuelto en el aire entre ellos. “Te acompaño a la salida.”

Oscar asintió, levantándose de la mesa con una lentitud que denotaba su propia reflexión. “Gracias por quedarte. Por quedarte más allá del café.”

Alessandro, al igual que antes, asintió con una sonrisa. “De nada. Nos vemos pronto.”

Ambos se dirigieron hacia la puerta, pero cuando Alessandro la abrió para que Oscar saliera, él se detuvo un momento, mirándolo a los ojos.

“Nos vemos pronto”, repitió Oscar, aunque algo en sus palabras sonó más como una promesa que un simple adiós.

Y mientras la puerta se cerraba detrás de Oscar, Alessandro se quedó allí, mirando la cafetería vacía, sabiendo que esa conversación no era el final, sino el inicio de algo más. Algo que ninguno de los dos podía predecir, pero que, de alguna manera, los conectaba nuevamente.

La cafetería estaba en silencio, los últimos ecos de las tazas y cucharas resbalando por las superficies limpias. Alessandro apagó las luces una por una, dejando que la oscuridad de la noche fuera la única testigo de lo que había quedado atrás. Por fin, después de un día largo, se dirigió a la salida. Cerró la puerta con un sonido seco, sintiendo el aire fresco de la noche acariciar su rostro. Pero algo, o más bien alguien, lo esperaba afuera.

Oscar estaba allí, apoyado contra la pared, su figura tenue bajo la luz de la farola. El brillo de los edificios de la ciudad iluminaba la calle vacía, y el viento jugaba con su cabello, como si la noche misma tratara de aliviar la tensión que colgaba entre ellos. A pesar de lo que había pasado, a pesar de todo el dolor y la distancia, algo permanecía sin resolver entre ellos.

Alessandro se detuvo a unos pasos de él, sin saber qué decir. El momento era extraño, como si el tiempo se hubiera detenido. Oscar levantó la cabeza y lo miró con esos ojos que, a pesar de la melancolía que los envolvía, seguían siendo los mismos que una vez lo habían cautivado. La distancia entre ellos era evidente, pero el silencio era aún más pesado.

“No sé qué estamos haciendo aquí“, murmuró Oscar, su voz baja y quebrada, como si estuviera luchando contra algo más grande que él. “No sé si estoy aquí para pedirte perdón, para agradecerte o para... dejarlo todo atrás.”

Alessandro suspiró profundamente, sus palabras atrapadas en la garganta. “Nunca fue tan simple, Oscar. Sabes que nunca fue solo sobre eso. Fue sobre... nosotros. Sobre lo que no pudimos ser. Lo que no pudimos vivir, no por miedo, sino por todo lo demás. Por lo que pensábamos que sería fácil y terminó siendo más complicado.”

Oscar dio un paso hacia él, sus ojos buscando algo en los de Alessandro. “No sabes lo que me costó verte marcharte. No sabes cuántas veces me repetí que tal vez yo no era suficiente. O que nunca serías lo suficientemente valiente para estar conmigo, para salir de esa maldita sombra. Pero lo peor es que... lo acepté. Porque te amaba, Alessandro. Te amaba tanto que preferí que fueras feliz, aunque eso significara dejarme atrás.”

El corazón de Alessandro dio un vuelco, y una oleada de arrepentimiento lo envolvió. “Yo... yo nunca quise hacerte daño, Oscar. Sabes que no fue fácil para mí. Me asusté, me asusté tanto de lo que era, de lo que significaba... ser yo, ser con alguien como tú.”

Oscar sonrió, pero no era una sonrisa feliz. Era una sonrisa triste, casi como una despedida. “No te preocupes por mí. Yo... yo te entendí. Siempre te entendí. Y tal vez por eso, nunca te odié. Solo... deseaba que fueras libre. Que pudieras ser quien realmente eres.”

Alessandro no podía más. Se acercó, sus manos temblando, como si fueran las únicas que aún pudieran romper la distancia entre ellos. “Y ahora, ¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos con todo lo que nunca dijimos?”

Oscar no respondió de inmediato. En su rostro había una mezcla de dolor y aceptación, como si finalmente entendiera que algunos amores están destinados a ser solo eso: amores, pero no para siempre. Se acercó lentamente, hasta que estuvo frente a Alessandro, tan cerca que podía sentir su respiración.

“Lo que hicimos... lo que fuimos... no fue un error. Pero hay momentos en la vida en los que tienes que saber cuándo dejar ir”, dijo Oscar con una suavidad que hizo que el corazón de Alessandro se rompiera aún más. “Lo he intentado. He intentado seguir adelante, pero siempre te llevo conmigo. Y eso está bien. Siempre serás una parte de mí.”

Alessandro estaba a punto de decir algo más, pero antes de que pudiera hacerlo, Oscar lo interrumpió, poniendo un dedo sobre sus labios. “No tienes que decir nada, Alessandro. No tienes que pedir perdón. No ahora, no aquí.”

Oscar cerró los ojos, se inclinó hacia él y, por fin, lo besó. No fue un beso apasionado ni urgente. Fue un beso lento, casi como una despedida definitiva. Como si estuviera sellando algo que nunca tendría respuesta, algo que había quedado guardado en el rincón más profundo de su alma.

El beso fue suave, tan suave que parecía como si no quisiera romper el momento. Como si fuera un suspiro, un último esfuerzo por aferrarse a todo lo que alguna vez habían sido.

Cuando se separaron, Oscar se quedó allí, mirando a Alessandro con una intensidad que lo hizo sentir como si hubiera sido despojado de todo lo que alguna vez había conocido.

“Es hora”, susurró Oscar, su voz quebrada pero firme. “Es hora de que ambos sigamos adelante.”

Alessandro no pudo decir nada más. Se quedó allí, mirando cómo Oscar daba un paso atrás, alejándose lentamente, como si su figura se desvaneciera en la oscuridad. Pero no podía apartar los ojos de él, no podía dejar de sentir ese vacío que lo llenaba, ese sentimiento de que todo había terminado, pero que el amor, en algún rincón de su corazón, seguiría existiendo.

Oscar se detuvo, mirando hacia atrás una vez más, pero esta vez sin esperar una respuesta. “Te quiero, siempre”, dijo en voz baja, como si fuera la última vez que lo diría. Y luego, se giró y se alejó, perdiéndose en la noche.

Alessandro se quedó allí, parado, sintiendo la lluvia empezar a caer sobre él, empapando su rostro, sus manos, como si el mundo entero estuviera llorando con él.

Se dio la vuelta, regresando al interior de la cafetería vacía, sin saber qué hacer, pero con la sensación de que algo profundo había cambiado en su interior. Algo que nunca podría borrarse. Algo que quedaría con él para siempre.

Y así, mientras la noche caía sobre la ciudad, Alessandro cerró la puerta con suavidad, dejando atrás no solo a Oscar, sino también todo lo que podrían haber sido.