¿¡Quién demonios me ha hecho renacer!?
Lu Mingfei nunca fue un alumno brillante.
Pese a estudiar en el instituto privado más prestigioso de la ciudad —con una matrícula que haría llorar a cualquier bolsillo y unos profesores que parecían salidos de Harvard—, su atención nunca estuvo en los libros. Para los docentes, él era esa mancha negra que arruina todo el guiso: irreverente, disperso, con la cabeza en otra parte.
Por suerte —o por cabezonería del destino—, logró rascar la nota mínima para entrar en la universidad pública. Al menos no tendría que resignarse a un instituto técnico de mala muerte.
Pero entonces sorprendió a todo el mundo.
En lugar de seguir el camino marcado —entrar en la facultad, elegir una carrera que no le apasionaba, y rezar por no suspender—, Mingfei hizo lo impensable: colgó los libros y se lanzó de cabeza al mundo del StarCraft, ondeando con orgullo la bandera del eSports chino.
En aquellos años, el juego estaba completamente dominado por los coreanos. Eran dioses en un templo que parecía inexpugnable. Hasta que apareció él, como una bomba atómica en medio de la noche: Lu Mingfei. El chico que, con sus dedos rápidos como relámpagos y su estilo impredecible, hizo saltar por los aires ese cielo con olor a kimchi.
Desde su debut, el StarCraft jamás volvió a ser lo mismo. Donde antes reinaba el azul pálido de Corea, ahora brillaba un rojo encendido.
Si en Warcraft existía un Emperador, en StarCraft había un Dios: Lu, el invencible.
Durante diez años, nadie logró arrebatarle el trono. Incluso tras un año sabático, volvió con más hambre que nunca, arrasando torneos como un vendaval. Hasta se desvió del camino y, por puro capricho, se llevó un campeonato de League of Legends en el mismísimo Nido del Pájaro.
Y por si eso fuera poco, su vida amorosa era digna de un drama romántico de premio. Mientras sus compañeros de gremio acumulaban derrotas sentimentales, Mingfei lo tenía todo: fama, fortuna… y una familia perfecta.
Era, sin exagerar, el ganador absoluto de la vida.
O lo fue… hasta hoy.
Allí estaba: sentado en la esquina de una litera de metal, de un metro ochenta de largo por uno veinte de ancho. Codo en rodilla, mano en la barbilla, mirada perdida. Como un pensador clásico al que le acaban de robar la realidad.
—No me jodas… —susurró—. ¿Dónde coño estoy? ¿¡Esta es la casa de los Lu!?
Sus ojos, desorbitados, escudriñaban el minúsculo cuarto. Polvoriento, saturado de libros y papeles escolares. Un portátil IBM de la vieja escuela descansaba sobre el escritorio como si el tiempo se hubiera detenido. Finalmente, su mirada se clavó en el calendario de sobremesa, junto al ratón.
No necesitó revisar las fechas tachadas.
Solo bastó con ver cuatro números enormes: 2009.
En ese instante, su corazón se encogió. Por un segundo, dejó de latir.
Primero pensó que era una broma pesada. Luego, que seguía soñando. Pero entonces se giró hacia el armario y se encontró con el reflejo en el espejo: un chaval con la camisa blanca arrugada, el pelo hecho un desastre, la mirada vacía… y pellizcándose la cara con desesperación.
Adiós casa con jardín. Adiós fama internacional. Adiós esposa perfecta e hija adorable. Adiós abdominales de portada de revista. Todo, absolutamente todo, se había desvanecido.
—¿¡Qué clase de broma cósmica es esta, por Dios!?
Se levantó de golpe, como si el colchón quemara.
—¡¿Quién ha decidido que yo tenía que volver atrás en el tiempo, eh?! ¡¿Dónde está el manual para renacer, que me lo he saltado?!
Mingfei lo tenía claro: no cumplía ni uno solo de los requisitos clásicos del protagonista de una novela de reencarnación. No era huérfano (bueno, sí, pero a su debido tiempo), no era guapo de infarto, no lo había atropellado un camión, no tenía un amor no correspondido ni una historia trágica que lo justificara.
Es más, estaba en su mejor momento.
Y ahora, ¿qué? ¿Tenía que volver a subir la montaña del éxito? ¿Otra vez empezar de cero?
—Ay, si lo llego a saber, no me pongo a fanfarronear diciendo que con otro campeonato me retiraba…
Suspiró, resignado. Otra lección aprendida: nunca, jamás, lances un “flag” delante del destino. Te lo cobra sin avisar.
La parte positiva —si se le puede llamar así— es que no había vuelto al vientre materno. Tenía la mente de un adulto en el cuerpo de un adolescente. Eso siempre se puede rentabilizar.
Podía reescribir canciones famosas antes de que existieran, copiar novelas best seller, comprar Bitcoin a precio de cacahuete, apostar en partidos históricos. Las posibilidades eran infinitas.
Pero claro… una mariposa batiendo las alas en Shanghái puede causar un tifón en Tokio. Y él era, ahora, esa mariposa.
Por precaución, decidió no tocar aún la indemnización que dejaron sus padres. Por si acaso.
—Bueno… lo siento por los coreanos, pero me toca volver al ruedo —murmuró.
De todas formas, nunca pensó en ir a la universidad. Podría aprovechar y buscar a su esposa antes de que la vida los separase. ¿Y si ella también había renacido? Sería perfecto.
Dos almas adultas atrapadas en cuerpos adolescentes. Un cóctel explosivo. Pero, ay, qué tentador.
En medio de sus planes transoceánicos, un bramido desgarró la paz del pasillo:
—¡Lu Mingfei! ¡Señorito Lu! ¿Te tengo que mandar una carroza de oro para que vayas a hacer el recado o qué?
Era una voz estridente, cargada de impaciencia y malos humos.
—¡Todo el santo día durmiendo o pegado al ordenador! ¡Ni un mínimo de responsabilidad! ¡¿Quieres repetir curso, o qué?! ¡Con todo el dinero que hemos gastado en ti, ni para dar las gracias sirves!
Mingfei sintió que le temblaban los tímpanos. Si las palabras fueran rayos, habría muerto fulminado. Por un instante, creyó que el mismísimo Primer Ministro le gritaba en persona. Pero no. Era solo… ella.
Una mujer de mediana edad, de voz taladrante y memoria selectiva. Le sonaba. Mucho. Pero no terminaba de ubicarla.
Inspiró hondo, manteniendo el tipo:
—¿Pero por qué gritas tanto? ¿No puedes hablar como una persona civilizada?
Silencio.
Y de pronto, como si hubieran invocado a una furia griega, estalló:
—¡¿Qué actitud ni qué niño muerto?! ¿Quieres actitud de callos o de tripa de ternera?
—¡A ti te hemos dado de comer, de vestir, te hemos pagado los estudios! ¡Y ahora resulta que te molesta que te diga dos cosas! ¡Qué bien criadito estás tú, eh!
Mingfei alzó una ceja. ¿Quién era esta señora para decir que lo había criado?
Ni sus padres —que en paz descansen— se atreverían a soltar eso sin que se les cayera la cara de vergüenza.
Pero bueno. Había intentado ir con buenas formas. Si la cosa iba de gritar, él no pensaba perder la batalla.
Hoy iba a ganarse su nombre a pulso… aunque fuera deletreado al revés.
Pasos pesados se acercaron a la habitación. El suelo tembló. Y con él, su paciencia.
—¿Te crees que porque vas a cumplir dieciocho ya no tienes que obedecer, eh? —gritó la mujer al otro lado de la puerta—. ¿Que porque sacaste una mísera nota para la universidad puedes mirarnos por encima del hombro? ¡Yo no te aguanto por gusto, chaval, es por tus padres!
Y al fin apareció: una figura entrada en carnes, cara enrojecida por la rabia, la boca desfigurada por la amargura de los años.
Al ver ese rostro —más viejo, más amargo, pero inconfundible—, Mingfei entendió dónde estaba.
—Pues sí… —murmuró con sorna—. Estoy en casa de los Lu. Aunque no sea la que recordaba.
Y con una sonrisa venenosa, le respondió a la mujer:
—¿Y por qué no vas tú misma a darles explicaciones a mis padres… al otro barrio?