Capítulo 1: Tarde pero seguro.

1983. Polonia, Wroclaw Śródmieście.
Nuevamente estoy por llegar tarde. Mierda.
Una de las manías que últimamente había adquirido era llegar tarde. Nunca es adrede, a donde quiera que vaya, no importa cuán planeado sea, siempre había algo que atrasaba mi camino.
Otra falta más y no me pagarían lo debido, por lo que no era una opción viable para mí. Levanto mi muñeca a la altura de mi rostro y enfoco la vista en el reloj.
Siete y cuarto de la mañana, eso me saca un quejido y me apresuro a salir por la puerta principal.
Normalmente el sol está recién emergiendo en el cielo cuando me dirijo al trabajo, sin embargo, cuando veo que la luz ilumina todo mi alrededor sé que no tengo otra opción más que correr. Maldigo por lo bajo y entonces, corro hacia la cochera y saco la bicicleta. Toco las yantas y éstas se hunden a la presión de mis dedos.
— ¡Pero que porquería...—ni siquiera pude terminar el insulto, no había tiempo. Bufé al mismo tiempo que rebuscabas entre las cajas que papá almacenaba en la cochera, no lo entendía. ¡Ni siquiera teníamos auto!
Desde hacía tiempo venía diciéndole que vendiéramos la casa, que había espacios innecesarios sin ocupar y para nosotros dos, era demasiado grande.
Después de desarmar todo y volverlo casi un caos, entre los espacios vacíos encuentro la bomba de aire.
No tardo ni diez minutos cuando ya estoy encima de mi transporte pedaleando a toda velocidad para llegar a la escuela. El tiempo estaba fresco, de hecho, el día anterior acababa de llover y la mayoría de las calles estaban embarradas de lodo, por lo que me encontré estabilizando la bicicleta para no resbalarme y caer de ella.
Alguien al costado del camino me toca la bocina y pasa a toda velocidad con su camioneta desgastada, lo insulto en mi mente por no tener cuidado. Las pequeñas manchas oscuras se imprimen en mi campera y si no fuera por mi autocontrol, lo iría a buscar.
Si, eran pensamientos digno de estrés. Luego de algún que otro atajo, percibo el timbre sonar desde la distancia y uso todo de mí para llegar a tiempo.
Aparqué la bicicleta dentro de la escuela y, como de costumbre, corrí hacia la entrada. Allí me saluda el portero con una gran sonrisa en el rostro.
— ¡Buenos días Malekza! — Saluda él con una gran sonrisa, parecía ser que estaba de buen humor. Cierra la puerta detrás de mí y me comunica — Ya están todos adentro.
— Buenos días Jakub, lo sé, estoy llegando más que tarde. ¿Ella llegó? — apresuro el paso y trato de prestarle atención a lo que dice. Él niega y yo respiro aliviada— Perfecto, de la que me salvé entonces.
— ¡Que raro de ti! Hasta creo que llegaste más temprano que ayer. — se burla y yo sonrío. — Recuerda que hoy salimos temprano, por lo de los de la inspección de plagas, el lunes vendrán, por eso hay que tener hoy todo listo. Fin de semana largo ¡Son unas minivacaciones para mí, además me salvo de la bruja esa!
Río por sus ocurrencias, era un hombre mayor, sin embargo, su humor era demasiado jovial para todos nosotros.
— En eso estamos de acuerdo. Sabía que algo me olvidaba, gracias por hacérmelo recordar. ¡Ten un buen día Jak! — le grito mientras mis piernas corren hacia la puerta del salón.
Él me responde lo mismo y ambos desaparecemos para concentrarnos en las actividades del día.
Antes de entrar acomodo mi vestimenta ya que con lo apurada que había salido, no pude arreglarme demasiado y me quedo unos segundos viéndolos desde el acrílico en medio de la puerta que nos separaba. Respiro hondo y entro.
Todos y cada uno de ellos hacen silencio, al mismo tiempo, siento que sus ojos analizan mi caminar, y cuchichea por lo bajo. Me dirijo a la mesa en frente y apoyo mis cosas allí, sacando lo que tenía dentro de la mochila.
—Que misterio. ¿Por qué tanto silencio en esta clase? ¿Qué estarán tramando ustedes? — pregunto curiosa a los niños y saco la lista para anotar el presente en ella.
Ellos se ríen, pero no dicen nada al respecto, es Krzysztof quien se para de su silla y se acerca a mí, con una carta en sus manos para entregármela.
Frunzo el ceño. ¿Qué significaba esto?
El pequeño me sonríe tímido y prontamente regresa a su lugar. Me extraña su comportamiento, él no era reconocido precisamente por ser alguien así, sino todo lo contrario, era el más bromista y extrovertido de todo el aula.
Por eso, esa faceta distinta de alguna forma me alarmó, no era común. No entendía lo que estaba pasando. Entrecierro los ojos y los miro a todos, aún sin abrir la carta.
— Tengo miedo niños, no va a salir algún tipo de insecto de aquí ¿no? —indago un poco temerosa y divertida a la vez, eran capaz de hacerlo con tal de reírse.
Apoyo mi hombro en la pared y sus pequeños ojos me siguen, con cuidado, luego de saber que solo era papel, comienzo a abrir la carta, procurando no romper nada.
Ellos niegan, y al leer las primeras palabras, siento una cálida ternura que me envuelve por completo.
— Para la Maestra Malekza de sus alumnos de cuarto año. — digo en voz alta, leyéndole a todos su contenido, ellos se ríen y los veo acomodarse mejor— ¿Lo escribieron ustedes? ¿Van a hablar en algún momento?
Mi vista se dirigió nuevamente a las líneas desprolijas y coloridas en el papel, noté que ellos mismos lo decoraron y escribieron en conjunto. La verdad, nunca estuve más feliz.
— ¡Siga leyendo maestra! —Damián dijo desde el fondo de la clase.
— ¡Si!
— ¡Lea lo que sigue!
— Bueno, bueno, ahí sigo. — reí ante la insistencia. Me aclaré la garganta y proseguí — ”Querida maestra Malekza, como usted es siempre muy buena con nosotros, el día de hoy decidimos hacerle un regalo de parte de todos porque la queremos un montón, más que a todos los maestros, pero no se lo cuente a ellos por favor. Espero que le guste muchísimo. Feliz cumpleaños."
No me salían las palabras, y mis ojos se llenaron de emoción al instante al ver sus dibujos, pintados y decorados a su manera.
Reconocí la letra de muchos y sus firmas al costado. No podía creerlo, era tan tierno de su parte que no pude evitar sonreír.
Aunque eran pequeños de no más de diez años, formaban un grupo unido e inteligente. Nunca dudé de eso, pero hoy lo reafirmaron, y no había nada que pudiera hacerme sentir más orgullosa que saberlo.
Al mirar mejor, me di cuenta de que debajo había dos hojas con más dibujos entallados: un pastel de cumpleaños, globos en los extremos de la hoja y¡Ay que adorable!Hasta hicieron una versión de mí enseñando.
No quería llorar, no iba a llorar, pero simplemente era un lindo detalle que habían hecho hacia mí.
La realidad era que nunca había recibido algo así antes, no de una clase entera. Pero no quedó ahí, sin poder frenarlo, mis lágrimas escaparon sin control al levantar la mirada de la hoja
Todos y cada uno de los veintitrés niños del salón estaban parados de su asiento, con un brazo extendida enfrente y una margarita en sus manos.
El aula se llenó de vida y flores. Mi corazón explotó de felicidad al verlos, era un regalo que nunca imaginé amar tanto.
— ¡Feliz cumpleaños maestra! — gritaron en unísono y me derretí completamente.
En ningún momento la sonrisa se me fue del rostro y a pesar de las lágrimas, me sentía la persona más agradecida del universo.
— ¡Gracias niños! Los dibujos son hermosos, la carta fue increíble y las flores... ¡Desde hoy se convirtieron en mis favoritas! — me acerqué a recoger cada una de ellas, por cada margarita recibía un abrazo y felicitaciones por parte de ellos, yo les agradecí por el increíble detalle. — Es el mejor cumpleaños de la historia gracias a ustedes ¿Lo saben no?
— De nada Maestra. Se lo merece. — dijo el pequeño Kacper Vanksinshy con una lapicera en sus manos.
— ¡Si! Siempre nos trae regalos, caramelos, chocolates y muchos dulces.
— ¡Además no queremos que se vaya! — la voz de Nina Gurzsky me devastó por completo. Siempre había sido mi alumna favorita, su energía y entusiasmo iluminaban el aula. Diablos, sí que los iba a extrañar a todos..
— ¡Si! ¡La vamos a extrañar! ¡No se vaya! — concordaron entre todos — No queremos que vuelva la maestra anterior, usted enseña mejor. ¡Si, con usted aprendí mucho más! ¿No quiere quedarse?
Apreté mis labios y admiré las florecillas en mi mano.Cada una de esas voces resonaba en mi corazón, recordándome por qué elegí esta profesión.
— No tienen una idea de cuanto quiero quedarme chicos. Pero no se puede, el viernes que viene es el último día con ustedes y luego, vuelve su maestra de la licencia, a seguir con sus clases. No quiero que se preocupen, le voy a decir que todos se portaron excelente y que eso merece algún que otro puntito de más en sus notas. —les guiñé los ojos y ellos vitorearon felices.
— ¿Nos va a extrañar maestra? — Indagó Nina, un poco tímida, yo asentí.
— ¡Eso ni se pregunta! ¿Cómo no hacerlo? Los voy a extrañar todos y cada uno de ustedes. —les aseguré— No sé si encontraré un curso mejor después de conocerlos. Pero vamos a seguir viéndonos, estoy segura.
— ¡Si, somos los mejores! ¡Vamos! ¡Eso es! —volvieron a gritar mientras me sentaba en la silla, acomodando las flores en la mesa.
— Les aseguro que este día se va a quedar conmigo por siempre, aún si no estoy con ustedes. Me llenan de emoción y de orgullo, los aprecio demasiado niños. —hice una breve pausa y seguí con la voz más aguda de lo normal— Aunque... Iba a esperar hasta el último viernes, pero veo que estamos todos aquí.
Nuevamente rebusco algo en mi mochila y les digo con una sonrisa amplia— Por sus regalos y porque también es mi cumpleaños hoy, les tengo una sorpresa para todos.
Saqué unos lápices de madera con sus nombres grabados en ella y unas minis libretas para que escriban.
Pasé por las mesas y se los entregué con entusiasmo, ellos la recibieron de la misma manera.
Era un día lleno de regalos y sorpresas, me encantaba, y por sus rostro me decía que a ellos también.
Les dejé un tiempo libre luego de tomar lista, pensando que la próxima semana iba a ser la última con ellos. Los había conocido por casi tres años, siempre sus mismas caras, reconocía parte de su historia y parte de sus familias. Sabía quiénes eran más dulces y quien se le dificultaba serlo, era triste entender que esta etapa terminaría luego de estos maravillosos años juntos.
Si, no iba a mentir. Me ponía triste, pero sabía que ellos estarían bien con o sin mí. Y eso aminoraba cualquier tristeza.
Antes de salir a la hora pactada, lo cual era temprano, la puerta del aula se abrió y Jakub entró con una pequeña torta de cumpleaños en sus manos.
Mi boca se abrió de sorpresa mientras detrás de él, algunos que otros maestros y auxiliares aparecieron para cantar el feliz cumpleaños tradicional de Polonia.
— ¡Sto lat, sto lat, niech żyje, żyje nam,(Cien años, cien años, que viva, viva entre nosotros,)— cantaron con fuerza. Junté las manos en mi pecho y me alejé para verlos mejor — Sto lat, sto lat, niech żyje, żyje nam...
— Jeszcze raz, jeszcze raz, niech żyje, żyje nam,(Una vez más, una vez más, que viva, viva entre nosotros,)Niech żyje nam!(¡Que viva entre nosotros!)
Reí por las morisquetas de muchos en sus rostros y la energía aniñada del ambiente. Alguno de mis compañeros tenía gorritos de cartón, otros unos silbatos de colores y otros simplemente aplaudían con una sonrisa.
Yo solo observaba la escena con la expresión más alegre que podía ofrecer. ¿Podía morir de ternura?
—¡Qué sorpresa me dieron! —les dije viéndolos.
— Ten. — Anna, mi compañera, extendió una pequeña bolsa de papel en sus manos para que la tomara, la miré un poco confundida, preguntándome si era para mí. — Es tu regalo, de parte de todos Akza. ¡Feliz cumpleaños número veintiséis!
— ¡Y tenías que decirlo! —bromeé, sonriendo al escuchar mi edad mencionada frente a todos. No me molestaba que lo supieran.
Anna era maestra como yo, pero ella se encargaba de enseñar el idioma extranjero a mis alumnos: ruso. Aunque éramos colegas, siempre había admirado su habilidad para conectar con los niños y hacer que un idioma tan complejo pareciera accesible y divertido.
Yo solo sabía polaco e inglés. De ahí, a que entendiera alguna que otra conversación a medias era un milagro.
Agradecí por el detalle y abracé a todos los presentes. Suspiré para no volver a soltar una lágrima cuando desenvolví el regalo, era un marco con una foto de todos juntos, el cual recordaba perfectamente.
Tomé el cuadro en mis manos y se los mostré a los niños. Todos se acercaron para buscarse dentro de él.
— ¡Acá estoy yo! ¡Miren, este soy yo! ¿Dónde estoy yo, alguien me ve? ¡Donde está Nikolai! — Eran sus preguntas, en ningún momento tocaron el retrato asique me alejé sabiendo que podía dejarlos interactuar.
La bolsa todavía seguía pesada. La cerámica en mis manos se sintió fría cuando saqué la taza llena de chocolates y dulces, reí y negué.
Pero había algo más, en el fondo, revelé un reproductor Sony Walkman, era las más nuevas del mercado y era algo que me hacía falta.
— ¡Es muchísimo! Me encanta, no debieron.— abracé la mis regalos con cariño y los volví a guardar. Hice aquella misma acción con mis compañeros de trabajo— Amé el regalo, muchas gracias, a todos.
Luego de la breve intervención en el salón, compartimos la torta. Fue un pequeño recreo antes de concluir una de mis últimas clases en esta escuela, y realmente no quería dejarlos. Hoy cumplía años, y nunca había recibido tanta atención en un lugar que no fuera mi casa.
Recordé cómo, de pequeña, celebraba mis cumpleaños con mi padre. Eran los mejores días del mundo, solo nosotros dos contra el mundo, y nada más. Siempre lo veía esforzarse por traer una torta para la mesa o un pequeño regalo para mí.
Por eso, que alguien más que él recordara este día era un gesto de cariño que me emocionaba, a pesar de no ser una persona muy expresiva en ese aspecto. Sentía su amor y no podía hacer más que estar agradecida por tenerlo.
Esta vez no les dejé tarea y ellos quedaron conformes. El timbre sonó y mis alumnos desaparecieron de mi vista para formarse en la entrada, cinco minutos después, las puertas se abrieron para dejarlos salir hacia sus familiares.
Cuando no hubo ningún niño de mi clase me despedí de los demás y salí de la escuela.
— ¡Nos estamos viendo! ¡Suerte y felicidades! —me saludó Jakub desde lejos, sonreí y lo saludé de vuelta.
Me monté a la bicicleta con el corazón contento. Al final valió la pena levantarse tarde para recibir aquel regalo.
