La Pasión de los Reinos

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Summary

Un príncipe humano le propone un matrimonio por conveniencia a una princesa elfa para unir fuerzas contra los señores nigromantes, que amenazan con destruir el mundo entero. Pero debe ganarse el derecho participando en un torneo de selección, donde tiene que vencer a otros pretendientes y enfrentar desafíos mortales, para lograr convertirse en su esposo.

Status
Complete
Chapters
38
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5.0 2 reviews
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18+

Capítulo 1 Prefacio: La propuesta

La caravana humana descendía entre los helechos y los troncos cubiertos de líquenes del bosque de Greendar. Después de jornadas cruzando páramos nevados, la humedad cálida del sur les oprimía el pecho, como si el aire quisiera fundirse con la piel. Aun así, su joven señor no permitía que el agotamiento doblegara a sus hombres. Gracias a su don, una capa invisible de frío recorría la columna de marcha y los envolvía, aliviando la fatiga que tantos días de camino habían esculpido en sus rostros.

Las carretas chirriaban bajo el peso de cofres, sacos, estuches de metal bruñido, rollos de tela fina, cajas con víveres con escarcha para resistir la travesía y toneles de agua purificada con hechizos. Llevaban lo necesario para sobrevivir en tierra lejana, pero también los símbolos de una misión diplomática: tesoros envueltos en telas de terciopelo, armas ceremoniales, cartas con sellos imperiales. Eran un grupo de operaciones especiales. Diecisiete en total; curtidos en milicias de montaña y entrenados en la esgrima. Ninguno hablaba más de lo necesario. Aquella era una misión que podía redefinir siglos de distanciamiento.

A la vanguardia cabalgaba el príncipe Helarión Wfristen. La brisa del sur agitaba su cabello blanco,, revuelto por el clima más cálido, pero aún firme en su estructura espesa y corta. El andar de su caballo era sereno. En su rostro, la máscara que portaba parecía más una extensión natural de su carne que un objeto añadido. Era hecha de un metal brillante que respiraba como un ser vivo; liberaba volutas blanquecinas con cada exhalación.

Su ojo derecho tenía el color del acero sin manchas, era gris y afilado, inexpresivo. El izquierdo, era de un celeste penetrante, semejante al hielo que refleja la luz del mediodía. Nada en su porte parecía casual. Incluso su armadura, forjada con capas de cuarzo helado y cuero, proyectaba una belleza minimalista y mortífera. A cada lado, los dos pilares de su autoridad: a la derecha, el consejero real, un sabio vestido con túnicas de múltiples capas cuyas mangas arrastraban susurros. A la izquierda, la líder de escolta, una mujer alta, de ojos como carbón y manos que sabían tanto del acero como del conjuro.

Helarión no era un noble más. Era uno de los cinco hijos del reino de Frostgard, tierra de inviernos sin fin. Era el cuarto en la línea sucesoria, pero el más sobresaliente entre los portadores del don helado. Sobre su cabeza reposaba una corona de plata antigua, marcada con runas y engarzada con piedras de luna. El bosque lo había sentido antes de verlo. La temperatura descendía con su presencia. Los pájaros se alejaban en su avance.

Una sombra alada descendió entre las ramas: un búho Strix Varia, más grande que un halcón, con plumas tan oscuras como la medianoche. Aterrizó sobre el brazo extendido del príncipe. El animal susurró en un idioma ancestral y murió el sonido apenas alcanzó el oído de Helarión.

El príncipe inclinó el rostro. La criatura se desvaneció entre los árboles. A los pocos minutos, emergieron del follaje hacia un claro bañado de luz dorada. Los árboles se curvaban hacia el cielo y los puentes colgaban entre sus copas, conectando casas de madera esculpida como si crecieran con los troncos. Greendar era una ciudad viva. No se imponía sobre el bosque; danzaba con él.

Una flecha clavada en el suelo cortó el paso. Su punta, hecha de cristal de savia endurecida, reflejaba la luz como un prisma. Desde los árboles, los elfos hablaban en su lengua. Palabras rápidas, silbadas.

Helarión exhaló y una nube de vapor emergió desde los orificios de su máscara. Detrás de él, una figura menuda se adelantó. Llevaba lentes redondos que centelleaban con hechizos de lectura y un vestido de tela azul oscuro con detalles de plata. Su andar era cuidadoso, pero decidido. Era la traductora, una semielfa con cabello de fuego recogido en un moño funcional. Su voz tenía una cadencia perfecta para ambas culturas.

—Venimos en nombre de Frostgard —dijo ella, con los brazos levemente extendidos—. La reina Hallara Fwristen envía a su hermano como emisario. El príncipe Helarión busca audiencia con los soberanos de Aeloria.

Uno de los elfos descendió entre lianas, ágil como un felino. Tomó el pergamino y lo desenrolló. Su mirada recorrió las palabras escritas con tinta encantada. Sus ojos, de color esmeralda opaco, se fijaron en el rostro enmascarado del príncipe.

—Avanzad. Informaré al reino.

La tropa humana continuó. Los elfos, aunque orgullosos, no podían ignorar el símbolo que se erguía ante ellos. El hielo caminante. El cazador de los oscuros. En muchos hogares aún se contaban historias de cómo el príncipe había liberado prisioneros sin importar su raza. Algunos recordaban nombres de hijas, madres o hermanos que regresaron gracias a él. El bosque parecía apartarse a su paso. Hasta los árboles lo aceptaban.

Atravesaron caminos elevados, escalones tallados en la corteza, senderos protegidos con runas antiguas. Desde las alturas, los elfos los observaban. Miradas jóvenes, ancianas, indiferentes y fascinadas. Habían llegado humanos, pero entre ellos había cinco que compartían la marca del hielo: cabello blanco, miradas extrañas, un aura gélida imposible de disimular.

Cruzaron una plaza circular rodeada de estatuas vegetales que crecían según la voluntad de los druidas. Frente al gran palacio real, los esperaba una multitud. Reyes, altos consejeros, comandantes, líderes de clanes menores. Todos vestidos con prendas verdes, doradas, carmesí. El trono del bosque mostraba su esplendor.

Helarión detuvo su montura. Bajó sin decir palabra. Su capa, al caer, se extendió como una sombra blanca sobre el suelo de piedra cubierta de musgo. Levantó el rostro. En la escalinata, una figura destacaba.

Era la princesa Heryndereleone Valenis. Su postura era la de alguien que jamás había sido corregida. Alta, esbelta, con una piel que parecía beber la luz del bosque. La diadema en su cabeza, incrustada en cabello color jade, tenía forma de hojas. Los ojos, serenos, lo escrutaban como se observaba a un enigma. Al igual que el humano, tenía ojos de diferentes colores; el derecho verde y el izquierdo dorado. El vestido se ajustaba a su figura, bordado con espirales doradas que imitaban ramas. En sus hombros estaba sujetada una túnica elegante que caía hasta sus talones. Era la viva imagen de su linaje.

—Humanos del norte —dijo el rey, con voz firme y expresión altiva—. ¿Cuál es el propósito de su visita?

Helarión alzó la mano derecha en una orden ya entendida.

Sus hombres descendieron de sus monturas. Algunos abrieron las carretas. Extrajeron cofres, rollos, cajas pequeñas. Formaron una línea exacta. Las telas se desplegaron sobre pedestales improvisados. Vestidos élficos de seda salvaje, frascos con esencias raras, frutas traídas de los valles ocultos del norte, monedas antiguas de oro blanco.

La traductora avanzó de nuevo. Esta vez con un nuevo pergamino, más corto, escrito con una caligrafía solemne. Lo sostuvo entre sus manos enguantadas. Tragó saliva antes de leer.

—El príncipe Helarión Fwristen, cuarto heredero del trono de Frostgard, propone una alianza eterna con el reino de Aeloria mediante un vínculo matrimonial con la princesa.

Nadie habló en ese instante. La plaza entera quedó inmóvil. El aire del bosque parecía haberse retirado, como si incluso la respiración estuviera prohibida.

Helarión no se movió. Su máscara seguía liberando bruma. Sus ojos, uno de acero y otro de hielo, se clavaron en los de la princesa.

Ella sostuvo su mirada. Ningún músculo en su rostro delataba sorpresa, tampoco agrado. Su postura no titubeó. Pero algo vibraba en su mirada, algo remoto, casi imperceptible, como si entre ramas lejanas, una campana del destino hubiera sido tocada para ellos.

El tiempo quedó suspendido entre la espera y la respuesta.