Chapter 1
Marco
CAPÍTULO 1: MARCO
El silencio del aeropuerto era engañoso, como la calma antes de un tiroteo. Marco Santangelo lo sentía en la piel. Caminaba con paso firme, hombros rectos, chaqueta de cuero abierta sobre una camiseta negra que dejaba entrever el tatuaje en su clavícula: un cuervo con las alas extendidas.
Tenía la mirada baja, pero alerta. La gorra calada ocultaba los ojos oscuros que lo delataban en cada callejón de Nápoles: los ojos del segundo de Alessandro Rosetti. El perro más leal del lobo. O eso creían todos.
Nadie sabía que esa noche, Marco huía.
Su vuelo a Roma salía a las 3:45 de la mañana. Un billete sin vuelta y sin explicaciones. Solo una nota breve, escrita a mano y dejada en el escritorio de Alessandro:
“Razones personales me obligan a partir. Mi lealtad hacia usted y la familia permanece intacta. Que Dios lo proteja, jefe.”
Lo había leído cinco veces antes de salir, con la mandíbula tan tensa que pensó que se le rompería. Había empacado en silencio, dejando atrás todo menos su pistola, su medalla de San Miguel, y el pasado. O eso intentaba.
«Maldita sea, Rosetti... ¿por qué tenías que mirarme así?»
Al principio, todo era diferente. El jefe era solo eso: su jefe. Estratega frío, impecable, con una elegancia que bordeaba lo maldito. Y Marco… Marco era músculo, reacción, orden ejecutada sin pestañear. Hasta que empezaron las miradas.
Las noches se volvieron largas. Las duchas, más frías. Y sus sueños, un campo de batalla donde la cara de Alessandro aparecía sin ser invitada. Sonriendo. Mandando. Rozándole los labios.
Un jodido infierno.
El problema no era que Alessandro fuese su jefe. Era que Marco quería cosas que no podía nombrar sin escupirlas después. Cosas que ningún hombre criado en las calles de Nápoles, en el sudor, la sangre y la lealtad, debía sentir.
Y aún así...
El rostro de Alessandro se le aparecía cada vez que cerraba los ojos. Los ojos verdes. Sus jodidos ojos verdes. Esa boca que hablaba de guerra y de poder, pero que en silencio, también suplicaba algo más.
Marco aceleró el paso hacia la puerta de embarque. El murmullo de los viajeros no tapaba el ruido en su cabeza.
El sacerdote de San Giuseppe le había dicho que la tentación era parte de la condición humana. Que lo importante era resistir. Marco había resistido tres años. Era hora de alejarse.
—Señor Santangelo —llamó una voz femenina en el control de pasaportes
Él levantó la vista y le dedico una sonrisa vacía.
—¿Algún problema? —preguntó, notando que se le tensaban los hombros.
La mujer negó con la cabeza y le devolvió el pasaporte.
—Buen vuelo.
Marco asintió y caminó hacia la última sala de embarque. El destino le esperaba. O eso creía.
Porque cuando giró la esquina y vio la figura apoyada contra la pared, con los brazos cruzados y el rostro cubierto por la sombra de la gorra, se detuvo en seco.
Chaqueta de cuero, vaqueros oscuros y botas negras. Ojos verdes que brillaban como cuchillas recién afiladas bajo la luz fluorescente.
Alessandro Rosetti.
Marco no supo si quería matarlo o besarlo.
—¿Pensabas irte sin decir adiós? —La voz baja le recordó a un disparo con silenciador.
Rico y Salvatore lo flanqueaban a una distancia estratégica: cerca para proteger, lejos para no interrumpir.
Marco tragó saliva.
—Jefe —dijo, la palabra saliéndole como papel de lija—. Debí imaginar que me encontrarías.
—¿Encontrarte? — Alessandro se acercó con su andar felino, cada paso un recordatorio del poder que ejercía sobre la ciudad y, maldita sea, sobre Marco—. No te seguí, Marco. Te he cazado. Es distinto.
Se detuvo a menos de un metro, tan cerca que Marco pudo distinguir el leve brillo de sudor en su cuello, el aroma de su piel que hacía que su pulso se desbocara. Tuvo que esforzarse para no retroceder. O para no acercarse más.
Marco le sacaba más de veinte centímetros a su jefe y era indiscutiblemente más fornido. Podría enfrentarse a él en un encuentro cuerpo a cuerpo. Podría empujarle contra una pared y…
Sus manos temblaron.
Alessandro lo notó. Siempre notaba todo.
—Cinco años, Marco —gruñó con una intensidad que apretó el estómago de Marco—. Cinco años de lealtad, de confianza mutua, de… —hizo una pausa, escudriñando su rostro como si pudiera leer cada secreto— ¿y me abandonas con una simple nota?
Marco apretó la mandíbula.
—Era lo correcto.
—¿Lo correcto para quién? ¿Para ti? ¿Para mí? ¿Para la famiglia?
Esa palabra. Famiglia. En boca de Alessandro sonaba íntima, tentadora, una promesa que Marco no estaba seguro de poder rechazar.
—Para todos.
—Eso no es una explicación. Me estás evadiendo.
Alessandro dio un paso más, invadiendo todo su espacio personal. Marco pudo ver cada detalle: las líneas finas alrededor de sus ojos, la sombra de barba que siempre parecía demasiado ligera para ser real, la respiración que se aceleraba apenas, traicionando su control.
—¿Sabes cuántas veces he leído tu carta? —susurró Alessandro—. Doce. Buscando una razón real. Una que tenga sentido.
El aire se espesó entre ellos, como si el aeropuerto entero contuviera el aliento. Marco sintió que su propia respiración se volvía errática.
—Te la di. Razones personales.
—Y después de cinco años, ¿eso es lo que me das? ¿“Razones personales”?
Marco no podía responder. No podía decirle que soñaba con él. Que deseaba cosas que le harían arder en el infierno. Que imaginarlo con otra persona lo enfermaba físicamente.
—Mírame a los ojos —ordenó Alessandro en un susurro firme—. Dime que no significo nada para ti. Dímelo y te dejaré ir.
Marco levantó la vista. Y ahí estaba todo: dolor, confusión, y algo más, algo que lo desarmó por completo. Una vulnerabilidad que no pertenecía a un capo de la mafia.
—Tú… tú lo eres todo. Por eso tengo que irme.
El silencio que siguió fue brutal, como si el mundo se hubiera detenido.
—No entiendo —dijo Alessandro en un tono de voz más joven que Marco jamás había escuchado—. Si significo algo para ti… ¿por qué huyes?
“Porque no puedo amarte. Porque no debo. Porque me enseñaron que esto es pecado.”
Pero no podía decir nada de eso. Así que solo murmuró:
—Es complicado.
—Entonces explícamelo. —Alessandro extendió una mano, casi rozando su brazo antes de detenerse, un gesto que destrozó el autocontrol de Marco—. Dime cómo puedo arreglarlo.
“No puedes.”
Marco miró la puerta de embarque. Los últimos pasajeros estaban siendo llamados. Su última oportunidad.
—Tengo que irme —dijo, retrocediendo un paso.
—No. —La palabra salió como una orden, cargada de la autoridad que había construido un imperio—. Nada de esto es mejor si te vas. Esta maldita ciudad se me cae encima sin ti.
Marco lo miró. De cerca, era peor. Ver la curva de sus labios, la tristeza escondida en sus ojos.
—No es mi problema —gruñó.
—Sí lo es —dijo Alessandro—. No pienso dejar que te vayas. Si tienes cojones, desafíame ahora.
Y por un segundo, Marco sintió que podía hacerlo. Alessandro era pequeño y delicado, por eso Marco siempre estaba a su lado para suplir lo que le faltaba. Tal vez por eso había desarrollado ese retorcido sentimiento de protección y posesividad hacia él.
¿Podía desafiarlo? Físicamente le superaba con creces. Podía agarrarlo de la chaqueta, estrellarlo contra la pared y besarlo hasta que se acabaran las malditas dudas. Podía.
Pero no lo hizo.
—Te odio por esto.
La máscara de jefe implacable regresó, pero algo en sus ojos seguía siendo frágil, incluso desesperado.
—Rico —dijo sin volverse—. Cancela el vuelo del señor Santangelo.
—Sí, jefe.
—No puedes hacer eso. —Marco apretó los puños, sintiendo una mezcla de pánico y un alivio que lo confundía.
—Puedo hacer cualquier cosa que mantenga a mi familia unida. —Alessandro dio un paso más, su voz baja pero firme—. Y tú, Marco, eres más que famiglia. Eres indispensable.
La palabra “indispensable” fue una descarga directa a la columna de Marco, resonando con matices que no se atrevía a interpretar.
—Alessandro… —Marco dio un paso hacia adelante, cerniéndose como un rascacielos sobre su jefe.
Rico y Salvatore echaron mano a sus armas y se aproximaron listos para defender al cabeza de familia.
—Basta —Alessandro hizo un gesto con la mano para apaciguarlos y evitó mirar a Marco a la cara—. Vienes conmigo. Ahora. Hablaremos en casa, como hombres civilizados.
—¿Y si me niego?
Alessandro sonrió, pero sus ojos seguían dolidos.
—No lo harás. Porque por mucho que estés huyendo de mí, también estás huyendo de ti mismo. Y los dos lo sabemos.
El mundo pareció inclinarse bajo los pies de Marco. Las palabras de Alessandro eran demasiado certeras. Su jefe parecía ver justo a través de su piel tatuada.
—Está bien —se rindió, preguntándose si Alessandro sería capaz de dispararle allí mismo si caminaba hacia la puerta de embarque. Dejó caer su bolsa de viaje y se adelantó a su jefe varios pasos. Esta vez quería que fuera él que le siguiera—. Pero con condiciones.
—¿Condiciones? ¿A mí? —Alessandro le tomó del brazo para detenerle y arqueó una ceja, un destello de su carisma habitual rompiendo la tensión.
—Nada de interrogatorios hasta mañana. Nada de guardias siguiéndome. Y… distancia —terminó, soltándose de su agarre. Si su jefe supiera las cosas que sentía cuando lo tocaba… las cosas que se le pasaban por la cabeza… él mismo lo metería en ese avión.
El dolor inundó la expresión de Alessandro. Por un segundo, apenas, parpadeó como si la palabra le hubiera cortado.
—¿Distancia? ¿De mí?
—De todo.
Un silencio largo e insoportable fue su respuesta.
Finalmente, Alessandro asintió, retrocediendo un paso. Marco sintió el vacío inmediato de su cercanía. Lo que pedía y lo que quería eran contrarios.
—Está bien. Distancia. —murmuró, como si la palabra le costara—. Pero no te equivoques, Marco. Esto no ha terminado. Ni por asomo.
Rico apareció con el equipaje de Marco, evitando el contacto visual. Su expresión era neutral, pero Marco se preguntó cuánto había escuchado.
Rico, el único hombre que entraba en la casita. La vivienda que Alessandro tenía en el patio central de la mansión y donde no entraban ni los guardias de seguridad. No, los únicos que tenían esa honra eran Rico y Elena, la hermana de Alessandro.
Mucho tiempo había esperado Marco la invitación a cruzar esos muros, a descubrir que secretos ocultaba su jefe tras la fachada de piedra de su pequeña casa. Estaba seguro de que al fin ocurriría cuando lo ascendió a su segundo al mando, porque la confianza y la sintonía entre ellos era algo hecho en el cielo, pero ni siquiera entonces, Alessandro lo había invitado a su templo sagrado. Y eso carcomía por dentro. Los malditos celos…
Marco se convencía de que la razón por la que Rico tenía la confianza de Alessandro era porque llevaba toda la vida en la famglia, habiendo trabajado para su padre. En otras ocasiones, cuando los asquerosos sentimientos que crecían dentro de él lo enloquecían, se imaginaba a Rico desvistiendo a Alessandro, tocándolo de formas que lo enfermaban, aunque el hombre le doblara en edad.
—El vuelo está cancelado, jefe. Sin reembolso —anunció Rico. Nada en su forma de interactuar con su jefe mostraba que hubiera una relación sentimental o física entre ellos, pero Marco no podía evitar que los celos lo devoraran cada vez que Rico entraba en la casita. O en algunas ocasiones que los había escuchado murmurar, tratando de dejar a Marco fuera de algún secreto que compartían.
—Bien —dijo Alessandro, ajustándose los puños de su camisa en un gesto habitual.
Caminaron hacia la salida, cada paso una contradicción. Atrás, el vuelo a Roma despegó hacia la noche, llevándose la última oportunidad de Marco de escapar. Delante, Alessandro Rosetti caminaba como si hubiera ganado. Pero Marco supo que no había ganadores en esta guerra. Solo dos hombres atrapados entre lo que deseaban y lo que el mundo esperaba de ellos.
Y en menos de cuarenta y ocho horas, en la mansión de los Rosetti, Marco tendría que enfrentar la verdad que había jurado llevarse a la tumba.