El susurro de las moscas

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Summary

Relato de terror corto que narra la historia de un vecino que lleva años siendo un misterio para la comunidad. El Apestoso (así lo han apodado) vive solo desde que murió su madre y casi no sale de casa. Las cosas van a cambiar en la finca cuando una nueva inquilina llega y se interesa por su vida.

Genre
Horror
Author
Jairo
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

El susurro de las moscas

Cada perro que pasaba por su puerta se detenía a ladrar. Nadie sabía si era por el olor a basura, un hedor intenso que si lo respirabas por más de cinco segundos seguidos te hacía vomitar, o porque los canes escuchaban algún tipo de sonido que era imperceptible para el oído humano. El motivo daba igual, a ningún vecino se le ocurriría detenerse delante de su entrada, no fuera a ser que se toparan con él. Y nadie quería que le pasase eso.

Lo lógico, lo más normal, sería que tuviera un nombre y también apellidos. Pero ni la placa de la puerta, ni la del buzón, lucían ningún tipo de grabado. Jamás recibió cartas. Tampoco visitas. Era, a todas luces, un repudiado. Nadie se preguntó nunca si esa situación había sido justa, o si había caído en una serie de innumerables desgracias que le convirtieron en un ser marginado. Daba igual. A la gente no le importan los demás. Y él sabía que no le importaba a nadie. ¿A quién le iba a importar?

Lo que pasaba de la puerta de la entrada para dentro era un misterio. Los vecinos intentaban no pensaren eso y con los años hasta lo consiguieron. Pasó el tiempo y no hubo muertos conocidos, quiero decir que nadie de la finca despareció de repente, ni apareció asesinado. Si el apestoso morador del apartamento cuatro de la planta tres había matado a indigentes, yonquis o extraños de la otra punta de la ciudad, eso nadie lo sabía ni lo quería saber.

Sin embargo, un día, sin venir a cuento, y sin que pasara nada especial, llegó alguien a la finca que era diferente al resto. Hay pocas personas en el mundo como ella, aunque todo el mundo tiene sus cinco minutos buenos; hasta los más infames. Esto es importante aclararlo, porque funciona igual a la inversa: los seres más puros e inocentes pueden cometer la mayor de las atrocidades en sus cinco minutos malos.

La nueva vecina no hizo caso de las advertencias, explicaciones o consejos (algunos de buena fe) que le dieron sus análogos. Ella quería saber más de él, de sus problemas, quería, en el fondo, ayudar a alguien que le recordaba mucho a otro. Porque la vida es, casi todo el tiempo, un bucle que se repite con diferentes actores y pequeños cambios de guion.

Es cierto que cuando tocó a su puerta sintió una sensación que no había sentido nunca antes, pero todavía no era miedo. Todavía no. Por un momento, notó el alivio al darse cuenta de que el timbre no funcionaba. Si tuvo o no la intención de darse la vuelta en ese instante, es algo que ni siquiera ella sabría contestar, aunque no hace falta darle muchas vueltas, porque el vecino abrió sin necesidad de que aporrease la madera de la puerta de la entrada con los puños.

—¡Hola! Soy... soy la nueva vecina.

—¿Y qué quieres? —preguntó el hombre con una voz ronca que sonaba como si llevase un siglo sin ser usada.

—Bueno, pues no mucho, nada especial. Solo saludarte —dijo perdiendo el hilo del guion que se había aprendido.

—¿Saludarme? ¿A mí? Yo no hablo con personas y ellas no hablan conmigo. Estamos en paz. Adiós.

La puerta chocó con el marco y la peste le sacudió la cara con una bofetada agria que le retorció las tripas. Ella se marchó y se llevó clavadas en la mente aquellas palabras:“yo no hablo con personas”. ¿A qué se refería?¿Con quién hablaba entonces? El cerebro tiene la mala costumbre de obsesionarse con lo que no entiende. Y ella no lograba entender a ese hombre. Le daba vueltas una y otra vez a la conversación. Hacía memoria intentando recordar qué se veía al fondo del pasillo.

A nadie le gusta ser rechazado, resultar indiferente o recibir un desprecio. Y ella no estaba acostumbrada a ese tipo de sentimientos, siempre caía bien a todo el mundo. Sin embargo, un ser que vivía en la marginalidad absoluta, la había ignorado. Le había dado literalmente con la puerta en las narices.

Empezó a observarlo por la mirilla de la puerta. Apuntaba las horas, los días y hasta si salía con las manos vacías o con bolsas. Estudió hasta el más mínimo detalle, desde sus inexistentes cambios de ropa, hasta sus extraños cortes de pelo: desiguales y con trasquilones. Algunos días llevaba arañazos en la cara y otros unas manchas marrones que no parecían tener explicación. Comenzó a espiarlo por las noches. Salía a hurtadillas durante la madrugada, descalza por el descansillo y pegaba la oreja a la mugrosa y hedionda puerta. Fue en una de esas excursiones nocturnas cuando oyó por primera vez unas agudas voces que hablaban con el hombre. Sobresaltada, pensó en llamar a la policía, porque nadie querría estar allí adentro por propia voluntad. Revisó su cuaderno y no tenía constancia de que nadie hubiera entrado o salido de ese piso en semanas. Nadie que no fuera el susodicho, claro. ¿Cómo era posible entonces? ¿Cuánto tiempo llevaban aquellas personas ahí? El corazón le dio otro vuelco cuando recordó de nuevo las palabras del Apestoso. Si no hablaba con personas... ¿Quién estaba hablando al otro lado de esa puerta?

Corrió asustada y se encerró en casa. Aquel maldito olor se había venido con ella, estaba por todas partes. No fue inmediato, tardó unos minutos en digerir la situación. Tuvo que mirar un par de veces a su alrededor para darse cuenta de que aquel olor no se había trasladado con ella; era de ella. Estaba desarreglada, no recordaba la última vez que se duchó y su casa comenzaba a parecerse a un vertedero. Su obsesión por el vecino la estaba convirtiendo en alguien como él. Puede que peor. Al menos él salía de casa cada dos o tres días. Mientras que ella se había dado de baja y solo hacía pedidos por internet. Aunque en su mente, la situación estaba justificada: tenía que averiguar qué estaba pasando en casa del vecino.

Si todo sucedía igual que la semana anterior, el martes era el día indicado para colarse en esa casa. Esperó parapetada tras su mirilla y cuando el Apestoso desapareció escaleras abajo, ella se abalanzó sobre la puerta. La golpeó con el hombro, con la pierna e incluso intentó forzar la cerradura. Pero, lógicamente, ninguna de esas cosas funcionó. Eso solo pasa en las películas malas cuando el guionista no tiene ganas de esforzarse lo más mínimo en resolver una situación de forma creíble. Frustrada, pegó la oreja a la madera y después dijo:

—¿Hay alguien ahí?

Esperó unos segundos y volvió a formular la pregunta. Desquiciada, comenzó a aporrear la puerta con ambos puños mientras repetía lo mismo una y otra vez. Luego se puso en cuclillas y sollozó. Había perdido el norte.

El Apestoso la encontró sentada en su felpudo. No hizo ningún gesto de sorpresa ni aspaviento alguno, se limitó a decir:

—¿Quieres pasar?

Ella asintió con la cabeza, luego estiró la mano para que él la ayudase a ponerse en pie. Dudó por un momento, hacía años que no tocaba la piel de otra persona y mucho menos la de una mujer. Seguramente no había tenido contacto con nadie desde que murió su madre. El tacto del Apestoso era grasiento y resbaladizo. Su cuerpo parecía frío y descolorido. Sin embargo, no tuvo miedo. Todavía no. El hombre abrió la puerta y la peste les dio la bienvenida. Ella avanzó dubitativa, casi a tientas, porque no había ninguna luz encendida y tampoco ventanas abiertas.

—No puedo dejar que se escapen —dijo el hombre cuando cerró la puerta con tres vueltas de llave.

Esa fue la primera vez que sintió miedo, aunque no sería ni mucho menos la última. Cuando todo estuvo asegurado: las dobles puertas cerradas, con los velcros ajustados para tapar cada una de las juntas. Abrió el comedor. El hedor era tan fuerte que ella estuvo a punto de desmayarse, si no lo hizo fue simplemente porque temía por su vida y el cuerpo es capaz de hacer casi cualquier cosa por sobrevivir. El Apestoso encendió una tenue luz roja similar a la usada para revelar carretes de fotos y toda la estancia se volvió un circo de sombras alargadas que parecían tocarla a cada paso que daba. Luego liberó una mampara redonda del tamaño de una mesa camilla y el zumbido de decenas de moscas inundó la habitación.

—Quieren comer. Me dijeron que vendrías. Sé que las escuchaste la otra noche. No todo el mundo puede escucharlas... Nadie puede. Solo tú y yo podemos. Me han dicho que puedo cambiar. Que tú te casarías conmigo. Vamos a ser felices. ¿Las oyes? Te están hablando. Confía en ellas, lo saben todo. Yo hago todo lo que me dicen.

Los zumbidos afilados y punzantes como agujas se clavaban en sus tímpanos. Hasta que en cierto momento, las voces de la otra noche, comenzaron a resonar en su cabeza: «¡Mátalo! Te dejará prisionera. Te hará lo mismo que a nosotras. ¡Mátalo!». Y ella obedeció, porque nadie puede negarse u oponerse al susurro de las moscas. Lo apuñaló hasta sesenta veces en el cuello usando las ganzúas con las que pretendía abrir la cerradura. La sangre salpicó su cuerpo y las moscas se posaron en ella, bebiendo del fluido vital. Luego abrió las puertas y las ventanas escampando no solo el olor a muerto, sino la propia muerte. Pues las moscas no eran otra cosa que la mismísima Parca, retenida, enjaulada por el Apestoso durante treinta años.