ANTES DEL BROTE

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Summary

🌌 ¡Descubre un viaje épico a través del tiempo! 🌌 Sumérgete en "Antes del Brote", donde la comandante Nadia Kalim y su equipo luchan contra fuerzas alienígenas para salvar nuestro futuro. 🚀✨ ¿Estás listo para la aventura?

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Las cicatrices de guerras invisibles surcaban el tiempo como grietas en una vasija mal cocida. Las estrellas ya no eran promesas de futuro, sino campos de batalla donde el pasado podía ser traicionado, el presente desmembrado y el futuro... un rumor a voces.

La comandante Nadia Kalim miraba por la escotilla de su nave, “el Eclipse Rojo”, mientras los ecos distorsionados del tiempo se deslizaban como polvo dorado por el vacío. En su puño cerrado guardaba una semilla: el símbolo que Elías Verne le había entregado al embarcarse en esta misión. “No es hermosa”, le dijo, “pero contiene todo lo necesario para cambiar un mundo”.

Ese mundo, por ahora, estaba moribundo.

La anomalía temporal detectada en el pasado terrestre amenazaba con desmantelar siglos de historia. Peor aún, los Shakari —esos enjambres alienígenas con pensamientos sincronizados como crueles relojes— estaban alimentando con energía cronológica un dispositivo que erosionaba la línea temporal humana desde su raíz. El Eclipse Rojo recibió la orden de actuar. Nadia, Elías, Logan y Ayla descendieron al pasado, al año 674, en pleno albor de la llamada Batalla del Fuego Verde. Una guerra local, primitiva y sucia, donde la sangre aún tenía olor.

Pero los Shakari la estaban corrompiendo.

Las colinas ardían con un fuego artificial. Guerreros humanos portaban rifles de plasma junto a lanzas de bronce. Las líneas de tiempo se entrelazaban en una confusión grotesca. Nadia y su escuadrón se infiltraron como sombras, utilizando tecnologías de camuflaje que les permitían pasar desapercibidos... por el momento.

“Esto no es una invasión”, murmuró Elías, ajustando su cronómetro mental. “Es un preludio. Un campo de cultivo”.

“¿De qué?” preguntó Logan, al borde de su impaciencia.

“Del colapso.”

Entre los soldados humanos, una mujer con ojos de fuego los observaba. Llevaba un brazalete que no podía pertenecer a esa era: tecnología Shakari, oculta en símbolos rúnicos. Mientras Ayla estudiaba la ruta hacia la fuente de la anomalía, Elías confirmó lo impensable: los Shakari no estaban interesados en esta batalla por sus resultados políticos, sino por la emoción colectiva generada —la desesperación, el dolor, el amor— todo condensado en energía cronológica pura. Estaban alimentando un nido. Logan murió aquella noche, en una escaramuza con un dron disfrazado de sacerdote. Su último disparo salvó a Elías. “Fértil tierra”, dijo antes de caer, su sangre humedeciendo el barro ancestral.

La base Shakari estaba oculta en las raíces de un templo tallado en hueso. Era una estructura viva, pulsante, alimentada por las emociones de los combatientes humanos. Cuando el equipo irrumpió en su interior, vieron cómo los recuerdos de las personas eran extraídos como savia, convertidos en líneas de código luminoso que se enredaban en una estructura semiorgánica: el Crono-Nido.

Elías quedó petrificado.

“Mi investigación... Está todo aquí. Usaron mis diseños. No es solo mi culpa... soy el suelo donde esto creció”.

Nadia lo tomó del hombro. “Entonces aramos juntos”.

Activaron cargas de pulso, sabiendo que destruir el Nido significaría alterar irrevocablemente el curso de la historia, tal vez de toda la humanidad. Pero también sabían que no hacer nada significaba dejar germinar una oscuridad que ninguna línea temporal podría contener. Ayla, en su nave, inició la maniobra de escape. Su rostro no mostraba miedo, solo una decisión profunda, como la de quien siembra algo sin saber si vivirá para verlo florecer. Elías se quedó. Programó una sobrecarga del Nido y, mientras lo hacía, grabó una transmisión en su brazalete:

“Si alguien escucha esto, recuerden: el tiempo no es una herramienta. Es tierra. No se puede poseer. Solo cuidar”.

Y pulsó el detonador…¡BOOOOOOM!.

El viaje de retorno fue errático. Los vectores temporales se habían deformado. Cuando Nadia y Ayla aterrizaron en el año 2439, la Tierra era familiar, pero distinta. No había guerras interplanetarias. No había Chronoguardia. No había siquiera un registro oficial de los Shakari.

Pero las pinturas contaban otra historia.

En el Museo de Orígenes, una pintura antigua representaba a un sabio guerrero de ojos verdes y bata blanca, sosteniendo un fruto de luz entre sus manos. “El Sanador de los Ciclos”, lo llamaban.

¿Era Elías?.

Nadia se sentó frente al mural durante horas, sin pronunciar palabra. Ayla, mientras tanto, fue reclutada para pilotar una nueva generación de exploradores temporales. Su nave fue bautizada “Renacimiento”. Las semillas que habían plantado en el pasado —doloroso, impuro, deforme— habían brotado. El sacrificio de Elías, la muerte de Logan, las decisiones imposibles de Nadia... no dieron frutos bellos de inmediato, pero dieron frutos. Y eso era suficiente.

Una década después, Nadia vivía retirada en la antigua Patagonia. Su jardín era extraño: no había flores, sino malezas, musgos, hongos, normal para esas tierras. Vida que nacía de lo desechado. Allí, escribió su libro: “Preludio fértil”.

Un texto breve, sencillo, ajeno a los protocolos militares, pero impregnado de la experiencia intertemporal. Decía:

“El tiempo no florece donde lo sembramos, sino donde menos lo esperamos. No siempre hay belleza en lo inmediato. A veces la belleza es solo la posibilidad… …el brote que se asoma bajo la ceniza. Cada error, cada pérdida, cada herida… es composta. Una palabra enterrada en la ruina, que germina en los corazones de quienes vienen después. Y eso basta.”

El texto fue archivado por siglos sin ser leído.

Hasta que una joven piloto de la Academia Espaciotemporal lo encontró en una base de datos olvidada.

Ayla Ren. La última testigo.

Y así, el ciclo continuó.

Pasado un tiempo, en una colonia lejana de un planeta terraformado, un niño jugaba a los pies de un árbol cuyas hojas resplandecían débilmente al atardecer. Nadie sabía de dónde había venido esa especie. Sus raíces eran antiguas, su savia brillaba con un tenue azul.

En una placa oxidada junto a él, se leía:

“Aquí germinó un error.Aquí floreció una posibilidad.”

Y en lo alto, oculto entre las ramas, un nido seco.

No quedaba Shakari alguno.

Pero el recuerdo del riesgo —de usar el tiempo como arma— se preservaba en la corteza viva de aquel árbol, en la palabra escrita sobre barro y en las acciones de quienes alguna vez caminaron entre los ecos del pasado.