Prólogo
28 de Noviembre, 2019
Observó el pequeño desastre que había creado en plena madrugada, en otro de sus ataques. Suspiró, como si ya estuviera cansado de sí mismo… aunque en realidad, lo estaba.
Se quejó como si alguien pudiera escucharlo a las tres de la mañana, se dejó caer al suelo lentamente, soltando un leve gruñido al sentir el frío de la madera pulida en su piel.
Gateó con cautela felina hasta llegar a su improvisado nido de mantas, libros, bufandas y demasiados abrigos y gabardinas. Se acurrucó allí, soltando un pequeño ronroneo involuntario mientras abrazaba una prenda oscura, inhalando una fragancia que casi ha desaparecido.
—Te odio… —murmuró. Sus ojos verdes, brillantes como esmeraldas, se llenaron de lágrimas mientras mordía su labio para contener los sollozos—. En serio… te odio…
Se enroscó, abrazando la cueva prominente de su vientre. Sus manos juguetearon con el borde de su amplia camiseta verde, mientras su mirada recorría la habitación. Inhalo lo último que quedaba de aquella prenda, y con ello, el recuerdo de la última noche de paz.
El romero liderando sobre el tomate en su aroma, prueba de su tristeza… y de su rabia. Gruño, estrujando la prenda, mordiendola, rasgándola, pidiéndole perdón… para luego volver a abrazarla. Tomate y romero luchaban por tomar el control, en una mezcla que reflejaba sus pensamientos de las últimas semanas.
La marca de colmillos en su cuello ardía, al igual que su pecho. Pero era un precio que debía pagar… por haber sido un completo idiota. Como todas las noches, su interior gritaba y lloriqueaba por ese lazo roto, por ser el que no eligieron, por haber sido un Omega que abrió las piernas por palabras bonitas.
Allí estaba, acurrucado en un nido que había forjado por la ansiedad y los instintos, aspirando lo único que aquel patán que se hacía llamar Alfa había dejado atrás.
Toda su carrera se había ido por la ventana.
Todo el teatro que montó desde el momento en que salió de la seguridad de su hogar… se había hecho añicos. La trama principal, desviada por una mala improvisación.
—Si’ un minchiuni, Dariu… —Se dijo a sí mismo, sin fuerza. Eres un idiota, Dario…— Minchiuni cumpletu... ¿Ora si’ cuntentu? —Un idiota completo... ¿Ahora estás contento?
Se abrazó con fuerza, como si eso pudiera aliviar la tristeza que lo carcomía desde hacía meses. Vómitos, escalofríos, y soledad… lejos de su patria, abandonado. Su cuerpo añoraba el toque de quien lo había reclamado suyo. Aquel que le regaló flores. Que le dijo que su sonrisa era encantadora. Que admiraba sus poemas.
El que vio más allá de la casta que fingía, que le prometió el mundo… y lo hizo ver las estrellas por primera vez.
—Già avisti la bedda furtuna d’amari... E ti arristasti sulu... —Ya tuviste la hermosa suerte de amar... Y te quedaste solo…
Y era cierto.
Era la jodida verdad.
Lo único que le quedaba era el vacío de la oscuridad.
Estaba seguro de que, si su padre lo viera en ese estado… lloraría. Lloraría por su cachorro.
Y él también lo hacía. Por él. Por su padre. Por el desastre en el que se había convertido su vida.
Sus uñas se clavaron en su piel morena, dejando que el calor de la sangre cayera en pequeños ríos por sus brazos. El olor metálico se mezcló con su aroma, ahora amargo.
—¡Qué duela! —pensó con fuerza— Que arda desde fuera… y destruya por dentro.
Sus manos se movieron sin control, abriendo surcos; la sangre corría hasta sus codos y manchaba las prendas.
Entonces, un pequeño golpeteo.
Se detuvo.
Con los ojos desenfocados, miró su vientre.
—¿Ma chi...? —¿Pero qué…?
Otro golpecito.
—¡Ay! ... Picciriddu diavulu! —¡Ay! ... ¡Pequeño diablillo!
Llevó ambas manos a su vientre, acariciándolo con cuidado sobre la tela. Contuvo un gemido al ver la sangre en sus dedos.
—¿Stai baddannu ddocu dintra? —¿Estás bailando ahí dentro?
Como respuesta, una patadita.
Él la sintió.
Su aroma cambió. El tomate se volvió más dulce, dominando al romero. Su labio tembló… y una risa suave llenó la habitación, viajando entre la fragancia de especias y fruta.
—Tal vez… no estoy solo —pensó, mientras el pequeño relámpago seguía moviéndose en dentro de él—. ¿No piensas dejar dormir a tu papi?
Se estiró como un gato perezoso y, con un leve grito de triunfo, alcanzó una libreta de bordes rojos entre el caos ordenado. Se sentó con cuidado, usando su vientre como una pequeña mensa.
—Quedate un momento quieto… —río, una carcajada genuina, húmedo los labios, flotando con la calidez de ese simple movimiento.
Escribió.
Deja que el bolígrafo, rescatado entre los sacos, corriera por el papel.
Porque lo que sentía no podía salir solo con lágrimas.
Recordó. Pensó. Soñó.
Rió. Lloró. Se asustó.
Pero por ahora… se dejó fluir.
Y es entonces, algo más que el roce del bolígrafo sobre el papel rompió el silencio...
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“Fai la ninna, fai la nanna”
“Con ‘sto figlio non c’è più pac”
Recordó cuando todo era fácil…
Cuando su mayor preocupación era su padre se enfadara si volvía tarde, después de que el sol se hubiera ocultado.
“Fai la ninna, fai la nanna”
“Pupo bello della mamma”
Cuando lo único urgente era estudiar para el próximo examen o preparar la exposición del fin de semana.
Su aroma a tomate se hizo más dulce. Una sonrisa boba se extendió por su rostro mientras acariciaba su vientre.
“Ninna, oh”
“Ninna, oh”
Esperaba ser bueno en esto. Pero, por ahora, solo se permitió existir.
“Lo daremo alla Befana”
“Che lo tenghi una settimana”
Como su padre, que luchó con uñas y dientes para sacarlo adelante… Dario haría lo que fuera por su pequeño.
La máscara de Beta que había llevado durante años… se rompió. Nunca la había aceptado del todo. Odiaba su casta. Y aún más, cómo trataban a los suyos.
“Lo daremo all’omo nero”
“Che lo tenghi ’n anno intero”
Pero ya no tenía energías para seguir quejándose. Era el momento de aceptar la verdad. Por él. Por el pequeño que latía en su interior.
Él era un Omega. Sentimental, si. Pero su padre le enseñó a lanzar puños si alguien osaba a mirarlo con odio.
“Ninna, oh”
“Ninna, oh”
Juro, ante quien fuera que lo viera en ese estado miserable, que no se dejaría engañar otra vez.
*******
—A quien sea que intente ponerme una mano encima de nuevo… —sus ojos ardían en ira y desafío— lo muerdo…
Y entonces, otra patada.