Las Crónicas de "el Cejas" Valdés...Prof. con Doctorado

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Summary

"Una obra única que combina antropología, humor y filosofía narrativa. A través de Santos 'el Cejas' Valdés, un profesor que recuerda su vida pasada como neandertal, el autor nos entrega la guía más original y divertida sobre el arte de contar historias. No es solo sobre escritura, es una reflexión profunda sobre qué significa ser humano en la era digital. 'Un libro que te hace reír mientras te enseña a pensar como si realmente evolucionamos'"

Genre
Humor
Author
Charles V.
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

"Pinche edredón de plumas"

Desperté incómodo. Lo cual es todo un privilegio de primera clase. Porque uno no debería poder quejarse cuando duerme sobre un colchón ortopédico de espuma viscoelástica que cuesta más que el sueldo mínimo, envuelto en un edredón de plumas de ganso europeo —no ganso cualquiera, eh, ganso europeo, como si las plumas tuvieran pasaporte—, con almohadas que se adaptan a tu cráneo como si te quisieran de verdad y sábanas egipcias que te hacen sentir que ya te moriste pero te tocó el cielo VIP con vista al mar. Y sin embargo, ahí estaba yo: jodido como político después de perder las elecciones. Como si el alma tuviera una piedra en la espalda. Como si el cuerpo, a pesar de toda esa suavidad burguesa, extrañara algo más duro, más frío, más verdadero. Me giré, me revolví. La cama me abrazaba con desesperación de ex tóxica. Pero yo no quería abrazos. Quería sentido. Y eso no viene con el paquete king size ni con los meses sin intereses. Entonces, como ya es costumbre desde que mi cerebro se volvió antena parabólica del paleolítico, llegó la imagen. No soñada. No pedida. No invitada. Llegó como si alguien me metiera un USB prehistórico en la nuca y le diera play a los recuerdos de factory reset (es cuando reseteas un dispositivo a su configuración original de fábrica. Borras todo lo que has agregado y vuelves a la versión “pura” del software). Y ahí estaba yo, pero no yo. Desnudo, cubierto de pieles gruesas que olían a supervivencia, con la espalda pegada a la piedra tibia de una cueva oscura. Los cuerpos de mi tribu respiraban cerca —no como roomies incómodos, sino como familia que se necesita para no morir congelada—. Olor a humo, a sudor honesto, a lodo seco mezclado con esperanza. El frío afuera era asesino. Literal. Sin metáforas bonitas. Pero adentro, bajo esas pieles que olían a animal y a historia no romantizada... dormíamos. Agradecidos, porque estábamos vivos. Porque la noche no nos había comido. Porque mañana habría otro día para cazar, recoger, existir. No había insomnio. No había “me despierto a las 3 AM pensando en el correo que no mandé, sí habría dicho lo correcto en esa cena familiar, si cerré la llave del gas antes de salir”. Solo: “Respiramos. Ganamos. Siguiente ronda.” Abrí los ojos de nuevo. La persiana automática se estaba abriendo lentamente, como si tuviera harta flojera de trabajar un lunes. El día entró a la habitación sin permiso, como inspector de Hacienda. Y yo ahí, Santos Valdés, ser civilizado con credencial de elector, con calefacción inteligente que es más inteligente que yo, y café programado que se prepara solo porque hasta las máquinas son más productivas... Pensando que mi cama me da todo menos propósito. El teléfono ya estaba vibrando. Notificaciones. Emails. El mundo digital exigiendo atención como niño malcriado. “Recordatorio: Junta 9 AM - Estrategia de contenido Q3" Pinche Q3. (La deshumanización del tiempo corporativo, Tercer trimestre del año (julio-septiembre). Como si los trimestres fueran estaciones del alma. ¿Cuándo fue la última vez que alguien despertó y, en lugar de correr al celular como zombie cafeinado, dijo: “chingado, gracias por otro día”? ¿Cuándo fue la última vez que despertamos agradecidos en lugar de angustiados? Porque sí. Sí, tenemos camas que cuestan más que un auto. Sí, tenemos gansos muertos convertidos en nubes de confort y cortinas blackout que imitan la cueva pero sin peligro. Tenemos Apps que monitorean nuestro sueño, relojes que nos dicen si dormimos “bien” según algoritmos que nunca han tenido pesadillas. Pero también tenemos almas que despiertan sin saber por qué carajos deberían levantarse. Tenemos más comodidad que cualquier rey en la historia, y más depresión que una generación entera de sobrevivientes de guerra. Me levanté, fui al baño. Me vi en el espejo. Ahí estaba: Santos Valdés, 2024. Cara de hombre moderno. Ojeras de hombre moderno. Existencia de hombre moderno que tiene todo y no sabe para qué. Pero por un segundo, juro que vi algo más. Una sombra más peluda. Ojos más alerta. Una mirada que sabía exactamente para qué servía cada día: para seguir vivo. Tal vez por eso a veces la comodidad incomoda. Porque sin lucha, sin frío, sin gratitud real, el descanso se vuelve anestesia. El privilegio se vuelve prisión con aires acondicionados. La comodidad no abriga cuando no se ha sufrido por ella. Y yo, que dormí con fuego de mamut y orines de lobo cerca, lo sé. Aunque hoy tenga WiFi de 500 megas y una cafetera que me saluda por mi nombre. Bajé a la cocina. La cafetera ya había hecho su trabajo. Café perfecto. Temperatura ideal. Sin esfuerzo. Tomé el primer sorbo y pensé: “Ugh hubiera matado por esto. Literalmente.” Pero Ugh también hubiera despertado sabiendo exactamente por qué valía la pena estar vivo. Yo solo sabía que tenía una clase a las 11 sobre “Metodologías de investigación histórica” y que tres estudiantes iban a llegar tarde porque “se les fue el camión”. Pinche progreso. El fuego lo hacíamos nosotros. El café nos lo hace la máquina. ¿Quién evolucionó a quién?