La Primera Mirada
El calor se sentía suave, como una caricia del sol, y la brisa del mar me movía el cabello con delicadeza. Acabábamos de llegar a la playa y yo apenas bajaba mis cosas: una toalla blanca con rojo, mis sandalias, mi sombrero favorito. Era de esas tardes tranquilas en las que no esperas nada... pero algo en el aire se sentía diferente.
Me acerqué a la orilla, dejando que el agua mojara mis pies, y fue ahí, justo ahí, cuando lo vi.
Estaba unos metros más allá, caminando solo por la arena. Tenía el cabello castaño claro, revuelto por el viento, y la piel clara que brillaba bajo el sol. Su traje de baño azul oscuro se notaba de marca, su postura relajada, segura… como si estuviera en su propio mundo.
Y de repente, él volteó.
Nuestros ojos se encontraron.
Fue solo un instante, pero se sintió eterno.
Su mirada color miel me atravesó como una chispa. Él se detuvo. Yo también.
No dijimos nada. Solo nos miramos. Como si el mar y el cielo se hubieran detenido con nosotros.
Y luego… seguimos. Cada quien por su lado. Como si nada hubiera pasado. Pero algo había pasado.
Minutos después, me fui a cambiar para meterme al agua. Me puse mi traje de baño rojo con blanco, el que elegí justo para este viaje. Me solté el cabello, largo, ondulado, como a mí me gusta. Algo en mí quería que me volviera a ver.
Cuando salí corriendo hacia el mar, riendo, feliz, no imaginaba que él estaría ahí también.
Jugando con las olas. Solo. Como yo.
Me metí al agua sin pensarlo mucho… y entonces, pasó.
—Hola —dijo una voz suave, cerca de mí.
Volteé. Era él.
Me miraba con la misma expresión de antes. Pero esta vez… con una sonrisa.
—Hola —respondí, con el corazón latiéndome fuerte.
—¿También estás de vacaciones?
Asentí, sonriendo.
Y así comenzó todo.
Con una mirada.
Con el mar.
Con él.
Con Santiago.