Tomo #1| Capítulo #1| Noche Helada
||15 de enero 2009| 19:45| Bosque||
No puedo dejar de temblar.
Tengo las manos hechas mierda.
Todavía siento su sangre entre los dedos.
Corrí con ella en brazos.
No sé ni cómo chingados no me caí.
No sentía las piernas.
No sentía nada. Solo miedo.
—¡No cierres los ojos, Erena! ¡¡ERENA!! ¡¡Aguanta, joder!!
La garganta me ardía. Me estaba quedando sin voz.
Ella no respondía.
Su cara estaba blanca, más blanca que la nieve.
Y la sangre…
Chingada madre, la sangre le corría por el cuello como si la hubieran partido en dos.
Mis piernas querían rendirse, pero no.
No podía parar.
No esa noche.
—No me hagas esto… no tú… no ahora, cabrona…
Vi las luces del campamento.
Por un momento pensé que estaba alucinando.
Pero no. Ahí estaba el puto profesor de química, calentándose las manos en la fogata.
—¡¡PROFESORRR!! ¡¡UNA AMBULANCIA!! ¡¡SE ME MUEREEEE!!
Me escuchó. Dio media vuelta y se le borró la cara.
—¡Santo Dios! ¡Aguanten ahí!
Corrió como pudo. Pero no lo suficientemente rápido.
Me arrodillé en la nieve.
La abracé.
Como si eso bastara. Como si eso detuviera el pinche desastre.
—Vamos, Ere… tú siempre decías que éramos invencibles, ¿no? Pues demuéstralo, carajo… no me jodas ahora…
Las sirenas se escuchaban a lo lejos.
Pero mi cabeza ya no procesaba nada.
Los paramédicos llegaron.
Corrieron hacia nosotros.
—¡Déjala! ¡Déjala, chico, tenemos que ayudarla!
No quería soltarla.
Sentí que si la soltaba, me iba con ella.
Pero lo hice.
Les entregué lo único que me importaba en esta mierda de mundo.
Me quedé ahí. Viendo mis manos.
Temblaban.
Llenas de sangre.
Todo fue mi culpa.
Por idiota. Por confiarme. Por no haber hecho nada.
Eres un puto inútil, Danieru.
La ambulancia desapareció.
Y yo me quedé en la nieve, hecho mierda.
Vacío.
||15 de enero de 2009| 16:27| Campamento||
Todo estaba cubierto de nieve.
El cielo gris, el bosque congelado, nuestros dedos entumidos.
Estábamos todos hasta la madre. Nadie quería estar ahí ya.
El profe nos reunió frente a lo que quedaba de una fogata vieja.
—Última noche, chicos. La gran fogata será a las ocho —dijo, como si alguien tuviera ganas.
La mayoría ni reaccionó. Algunos apenas levantaron la ceja.
Yo lo escuchaba, pero solo pensaba en lo idiota que era todo.
¿Fogata? ¿En serio? Estábamos al borde de la hipotermia, no en una película navideña.
—Morikawa y Shirakami, consigan leña.
—Nakamura y Kagetsu, ustedes se van por agua.
Giré el cuello hacia Erena. Me sonrió. Esa sonrisa suya… siempre me jodía.
Me acerqué y le dije una estupidez al oído.
Se rio con fuerza. Como siempre. Como si nada malo pudiera pasarle.
—¡Kagetsu, Nakamura! ¡Si siguen de payasos, les mando a buscar el agua más lejos todavía!
Nos tapamos la boca. Risa contenida. Como idiotas.
Y obvio, nos mandaron más lejos. Porque claro, el karma es así de culero.
||15 de enero de 2009 | 17:15 | Bosque||
—Esto fue tu culpa —me dijo, mirándome como si quisiera matarme.
—Mira el lado bueno… tenemos más tiempo para hablar de nuestras pendejadas.
Y sí, hablamos. De todo.
De cuando nos perdimos en sexto. De cómo terminamos en el techo del salón de ciencias en secundaria.
De cómo casi incendiamos su cocina por hacer panqueques.
—Perderme contigo fue una de las peores mejores cosas que me han pasado. —le dije.
Ella se rio.
Y por un momento, sentí que estábamos bien.
Que nada nos podía tocar.
Caminar con Erena siempre era así.
Natural. Cómodo. Como si el mundo allá afuera fuera un ruido lejano.
Como si solo estuviéramos nosotros dos.
Pero el mundo nos estaba esperando.
Y nos partió la madre sin avisar.
||15 de enero de 2009 | 18:23 | Bosque||
En el camino de regreso, Erena tropezó.
—¡Agh! —gritó. Cayó mal.
Corrí hacia ella.
—¿Estás bien?
Negó, tocándose el tobillo.
—No mames… —me agaché. La miré a los ojos—. Te cargó, va.
—¿En serio puedes? —me dijo con media sonrisa.
—¿Dudas de mí? Soy un atleta olímpico atrapado en el cuerpo de un adolescente fracasado.
La levanté.
Ella se rió entre dientes, aunque se notaba que le dolía.
—Idiota.
—Gracias. Lo intento.
Y seguimos así. Ella en mis brazos. Yo avanzando con pasos lentos pero seguros.
La nieve seguía cayendo. Más densa. Más jodida.
Y entonces…
Algo cambió.
No sé explicarlo. El viento se volvió raro. Pesado.
Se escuchó como un silbido.
Y después…
¡PUM!
Un golpe seco en mi espalda.
Me fui al piso.
Solté a Erena sin querer.
—¡ERENA! —grité.
Vi cómo caía.
Cómo su cabeza chocaba con una roca que apenas se veía bajo la nieve.
El sonido.
Ese puto sonido.
Como si partieran una sandía.
Vi la sangre salir al instante.
Vi su cuerpo quedarse quieto.
Me arrastré hasta ella. No sé cómo.
La tomé entre mis brazos.
—No, no, no, no… —murmuraba sin darme cuenta—. Ere…
¡Erena, por favor!
La levanté. Empecé a correr. No sentía las piernas.
Solo quería llegar.
Solo quería salvarla.
||15 de enero de 2009 | 22:57 | Hospital||
El hospital olía a cloro y tristeza.
Las luces eran frías. Te hacían sentir aún más solo.
Vi a los papás de Erena.
Él tenía la cara entre las manos.
Ella abrazaba la bufanda roja de su hija.
Me acerqué.
—No la protegí… —murmuré. Apenas.
La mamá de Erena me abrazó. Fuerte.
Yo no sabía si abrazarla o pedirle que me perdonara de rodillas.
Entonces salió el doctor.
Con bata blanca.
Con esa cara que ya sabes lo que va a decir antes de que lo diga.
—¿Familia de Erena Nakamura?
Todos se levantaron. Yo solo observaba.
—Sigue viva… pero entró en coma.
Y ya.
Fue eso.
No sé si fue mi corazón el que se rompió.
O el mundo entero.
Me quedé en silencio.
Mirando mis manos vacías.
Y repitiendo en mi cabeza, sin parar:
No me dejes solo, Erena.
Por favor… regresa.