La mujer que no envejece
CAPÍTULO 1
La mujer que no envejece
En los suburbios de Minnesota, donde todas las casas parecen copias mal disimuladas unas de otras y el invierno deja marcas incluso en verano, el tiempo suele notarse en todo: en la pintura descascarada de los porches, en los árboles torcidos por el frío, en las caras de los adultos que repiten cada día como si fuera el mismo. En todo… menos en ella.
La profesora Clarisse llevaba años dando clases en la escuela secundaria de Maplewood. Nadie sabía exactamente cuántos. Cuando mis padres estudiaron ahí, ya la recordaban. Cuando miré viejas fotos escolares colgadas en los pasillos, su rostro aparecía al fondo, siempre igual. La misma piel tersa, la misma postura firme, la misma mirada atenta que parecía atravesarte.
Por eso el apodo nació casi sin intención.
—La Roba Juventud —susurró alguien una vez, en el fondo del aula.
No era una burla cruel. Era más bien una broma nerviosa, de esas que uno dice para sacarse el miedo de encima. Clarisse siempre se veía joven. Demasiado. Mientras otros profesores acumulaban canas y arrugas, ella parecía retroceder en el tiempo.
Yo me llamo Aarón, y hasta ese día, nunca había pensado demasiado en eso.
Era una mañana gris, típica de Minnesota. El cielo parecía una hoja sucia, y el frío se colaba incluso dentro del aula. Estábamos rindiendo una prueba escrita. Clarisse caminaba entre los bancos, lenta, silenciosa, como si contara nuestros latidos.
Rachel estaba delante mío, moviendo el lápiz con ansiedad. Sofi, a mi derecha, mordía la tapa de la lapicera, concentrada. Todo era normal… hasta que empecé a sentir algo raro.
No era dolor. Era cansancio. Un cansancio pesado, repentino, como si no hubiera dormido en días. Mis dedos se volvieron torpes, y las letras empezaron a mezclarse en la hoja.
Levanté la vista.
Clarisse estaba cerca de Sofi. Demasiado cerca. No la tocaba, pero su rostro estaba inclinado hacia ella, aspirando lentamente, como si oliera algo que nosotros no podíamos percibir. En ese momento, sentí un aroma extraño en el aire: metálico, tibio, viejo.
Parpadeé. Pensé que estaba imaginando cosas.
Cuando la prueba terminó, Sofi dejó caer la lapicera. Sus manos temblaban.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Sí… solo cansada —respondió, aunque su voz sonó hueca.
Rachel también se veía distinta. Ojeras marcadas. La piel apagada. Como si el día les hubiera pasado por encima.
Clarisse, en cambio, parecía… renovada.
Su caminar era más firme. Su piel, más luminosa. Sus labios, apenas curvados en una sonrisa tranquila.
—Recuerden estudiar para la próxima clase —dijo, con una voz suave que me recorrió la espalda como un escalofrío.
Al salir del aula, Rachel nos miró.
—¿No sienten que esa mujer nos chupa la vida? —bromeó, forzando una risa.
Sofi no respondió.
Yo tampoco.
Esa tarde, mientras caminaba a casa, no podía sacarme una imagen de la cabeza: el reflejo de Clarisse en la ventana del aula, cuando me di vuelta por última vez. Por un segundo, juraría que su sonrisa no era humana. No por ser monstruosa, sino por ser… demasiado consciente.
Esa noche soñé con humo amarillento saliendo de mi piel. Con alguien respirándolo.
Al día siguiente, Sofi faltó a clases.
Y Clarisse se veía más joven que nunca.