Kervol

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Summary

En el pueblo cerrado y devoto de Licando, la pureza es ley, la fe es deber... y las mujeres son preparadas para ser esposas bajo el velo de rituales antiguos. Allí vive Elizabeth, una joven aparentemente sumisa, destinada a participar en el Festival de la Fertilidad, una celebración donde las muchachas son ofrecidas simbólicamente al matrimonio. Pero una noche, Elizabeth presencia lo impensable: el pueblo quema viva a una mujer acusada de brujería. Esa imagen quiebra todo lo que creía, no solo porque esa mujer había sido parte de su vida... sino porque Elizabeth también es una bruja, como su madre. Un secreto que ahora las condena.

Status
Ongoing
Chapters
31
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

La dinastía va más allá de reinos, de legados o generaciones. Vive en el corazón de quienes menos creen, de aquellos que lucharon por construir lo que, en algún momento, las sombras se llevaron.

El sonido de la campana compone una melodía que me hace sentir viva en un mar de muertos ahogados por la desesperación. El olor a eucalipto, a esencias y magia, se impregna en mi piel.

—Hola, querida —una voz espesa me saluda, y mis labios se curvan en una sonrisa.

—Buenos días, soy...

—Sé quién eres, querida —me interrumpe, lo cual me hace sonreír aún más. Conocerme... claro que sí.

—Está bien. Entonces, sabes para qué vengo, ¿verdad?

Su boca niega, y ahí es cuando la observo con claridad. Sus ojos, de un gris casi blanco, me gritan su ceguera monumental.Bendito Carmelo, que dijo que esto sería una solución... y me envía a buscar a una ciega. Su cabello negro, con mechones plateados, adorna su melena espesa. Y su ropa... sí, no hay duda: es una tarotista.

—Entonces, ¿cómo sabes quién soy? —me cruzo de brazos. No estoy para mentiras ni cuentos de abuelas.

—Tus brazos.

Miro rápidamente mis brazos y luego a ella. Me desconcierta que su ceguera vaya más allá de lo físico. ¿O es que puede percibirlos...?

—¿Qué observas? —la reto. Quiero saber qué tan mentirosa puede llegar a ser.

—La magia. Cómo se mueve, cómo te exige salir. Cómo espera a...

La palmada que doy sobre la mesa la interrumpe de inmediato. Ya es suficiente. No vine a jugar ni a escuchar sobre cosas que solo son fantasía.

—No vine a jugar, ni para que me vengas a contar sobre algo...

—Que no quieres ver —me interrumpe con calma—. Es peor ciego quien no quiere ver.

La miro. Sé que mi mirada no la alcanza en la superficie natural, pero también sé queme siente, y eso es más fuerte. Observo sus dedos arrugados, sus articulaciones marcadas. Sus uñas largas golpean suavemente la mesa de madera, componiendo una melodía que no puedo ignorar.

—Entonces, querida... dime, ¿a qué viniste? ¿A saber de ti?

—No.

—No, claro que no. Tú ya sabes quién eres. Entonces... ¿a saber deél?

La duda se instala. Sería una buena opción, pero no... no estoy aquí por eso.

—No. No quiero saber eso.

—Oh... —veo cómo el movimiento de sus dedos se vuelve más lento, como si con su pausa leyera mis pensamientos—.Eso. Quieres saber deeso.

—Así es.

—El apocalipsis.

Mi piel se eriza. No es algo que quiera hacer, peronecesitoesto. Necesito entenderlo... esto que va más allá de lo que alguna vez pude soportar.

—Así es —respondo, intentando que mis manos permanezcan bajo la mesa. No puedo cargar lo que me supera—. Necesito saber qué va a pasar.

—Pero, querida... tú ya sabes qué va a pasar, ¿o no? —Hace un silencio, y aquella expresión dulce se transforma en una mirada de necesidad—.Freyla.

Cierro los ojos. No quiero volverme agresiva, menos con una persona adulta. Eso no me lo enseñaron. No mi madre. No mis padres.

—Así es —le respondo entre dientes—. Pero quiero saber si es solo mi imaginación... o si es la realidad.

Sonríe. Es como si eso fuera exactamente lo que esperaba oír.

Saca un juego de cartas. Se ven viejas, gastadas... como si sus manos se hubieran fundido con ellas. Comienza a moverlas sin dejar de observarme. Me inquieta la forma en que lo blanco de sus ojos parece seguir cada uno de mis movimientos.

—Aunque no tenga el don de ver como el resto de vosotros —dice—, te prometo quepuedo sentirte. Y saber cosas... que nadie más sabe ¿O no, Elizabeth?

Asiento, el que haya dicho mi nombre sin yo informarle es seguro que ve más allá. Comienza a mover las cartas con habilidad; ninguna se sale de su lugar, y el sonido del movimiento me hipnotiza. Las reparte como un abanico, y sin decirme nada sé que debo elegir tres. Con esa lentitud que se distingue cuando está el miedo, comienzo a alzar la mano. Las líneas rojas comienzan a moverse y sé que es una reacción de mi cuerpo; peligro es lo único que grita, pero sin hacer caso a ese instinto, tomo las cartas.

Veo cómo sonríe y cómo las pone boca abajo en la mesa. El nerviosismo comienza a treparme por el cuerpo como una hiedra venenosa. Tengo miedo de que aparezca... y de que pueda cambiar lo que veo en realidad.

—Toma una.

Lo hago sin pensar y se la paso. La desliza suavemente por la mesa, y la veo: una mujer con un velo sobre la cabeza. La anciana roza la carta con los dedos como si tocara algo sagrado, y sonríe.

—La Sacerdotisa... para alguien con secretos, es lógico que saliera.

Volteo los ojos. El sarcasmo es algo que trabajo muy bien, pero la impaciencia, muy poco.

—Ella habla de lo que no dices —cambia el tono—. De tu intuición, que muchas veces callas por querer seguir tu corazón. No está mal, Elizabeth —chasquea la lengua—, pero recuerda que esa intuición no viene de la locura, viene de tu magia. Y ella... ella es más poderosa que cualquier cosa humana.

No digo nada. La observo mientras toma la segunda carta. La gira con un movimiento casi teatral.

—El Loco.

El silencio se vuelve espeso.

—El comienzo y el final, o ninguno. A veces corres sin saber si huyes o si persigues algo. ¿Te das cuenta? Tu sombra no te sigue, Elizabeth... camina delante de ti. ¿Sabes lo que eso significa?

Niega con la cabeza antes de que pueda responder.

—Tampoco importa.

Sus dedos se cierran sobre la última carta. La gira con lentitud. La miro y el aire me sabe a hierro oxidado.

—La Muerte.

Una risita se le escapa.

—Pero no la tuya —dice, y sus ojos brillan como una copa transparente—. ¿O sí?

Comienza a reír. No es una risa feliz. Es una risa que ha enterrado cosas.

—Tú ya moriste una vez, ¿cierto? Y aún así sigues aquí.

Y entonces, sin que lo pidiera, gira una cuarta carta. No la elegí. No debería estar ahí. Pero está.

—El Diablo.

El mundo parece detenerse. El aire se vuelve más espeso. La carta me mira. No, me reconoce.

—Obsesión. Vínculos que no puedes romper. Te ata a él... o tú lo atan a ti. Lo llaman deseo, pero no es eso. Es hambre.

Hace un gesto vago con la mano, como quien espanta una mosca.

—Todas estas cartas... no deberían salir juntas. El orden no tiene sentido. Es como si el destino se hubiera confundido de hilo, ¿lo entiendes?

La miro, sin entender absolutamente nada. Pero sé que estoy temblando.

—Quizá no es una predicción. Quizá es un recordatorio. O una advertencia. O ambas.

Se encoge de hombros.

—Tú sabrás.

La dificultad para respirar me toma por sorpresa.¿Yo sabré?¿Yo sabréqué?

Me levanto. El vestido se desliza por mis piernas y la miro, incrédula, como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.

—¿Yosabré? —pregunto, casi con burla.

Ella solo se recuesta en su asiento, como si no le sorprendiera mi reacción.

—Así es, Elizabeth. Tú sabrás. —Se incorpora lentamente y veo su cuerpo delgado, frágil—. Tú sabrás cómo interpretar las cartas. Ellas ya te han hablado. Han dicho “peligro”. Ya verás tú si decides escucharlas... o no.

—Es ilógico.

—La lógica no existe en este mundo... —susurra, con una media sonrisa—. Si no, mírate a ti misma.

Sus ojos blancos me recorren con una intensidad que me estremece.

—Una bruja —continúa— en un pueblo donde está prohibido serlo. ¿Qué lógica hay en eso?

—Nací ahí.

—Ajá. —Es lo único que dice antes de desaparecer tras una puerta, como si su presencia solo hubiera sido una visión prestada al momento.

Me quedo inmóvil, sola. El silencio es espeso. Entonces su voz irrumpe con fuerza desde la habitación contigua:

—¡Vete, Elizabeth! —grita—. Vete y sigue ocultando tu realidad...

Parpadeo. Me doy cuenta de que llevo segundos parada frente a la carta del Diablo, mirándola sin tocarla. Intento gritar algo, pero me contengo. No quiero que mis emociones se apoderen de mí.

Deslizo la mano por la tela de mi vestido hasta encontrar una pequeña bolsa de dinero.

—Ahí te lo dejo... —murmuro, dejándola sobre la mesa de madera.

Y entonces, su nombre brota en mi mente, como si ella misma lo hubiese plantado ahí, con intención.

—Agatha.

Registro finalizado. Coordenadas selladas. Repetición prohibida.

El Apocalipsis no es un evento.

Es una decisión