Pulse

All Rights Reserved ©

Summary

Dicen que en el ring, el cuerpo alcanza su límite. Que el corazón late a más de 190 pulsos por minuto, justo antes de romperse. A mí, me pasó distinto… El mío se rompió cuando la vi. El corazón tiene memoria. Y a veces, ni siquiera la muerte puede enseñarle a olvidar.

Status
Complete
Chapters
21
Rating
5.0 4 reviews
Age Rating
18+

190 pulsos por minutos

Dicen que necesitas al menos tres buenos golpes para abrir una defensa cerrada.

Que todo se define en el último round.

Que los grandes peleadores no solo pelean con los puños sino con lo que les queda del alma.

Yo estaba ganando.

Podía oír a mi entrenador gritar desde la esquina, su voz rasgada por la tensión:

—¡Vamos! ¡Uno más! ¡Mátala con ese gancho!

La vista se me nublaba. El sudor me quemaba los ojos. Mi corazón latía con una violencia imposible:

BOOM BOOM… Más de 190 por minuto.

Lo sentía en mis oídos, en mis costillas, en mi garganta, como si no pudiera respirar más, como si todo mi cuerpo estuviera desbordado.

Pero aún así, avancé.

La vi tambalearse, cerré el puño.Y con una exhalación que salió desde el fondo de mis entrañas, lancé el último golpe.

¡Crack!

Y entonces... Me levantaron la mano:Vítores. Flashazos. Ruido. Gloria.

Y luego, oscuridad.

No fue un golpe lo que me derrumbó, fue algo más.

No puedo describir como me siento.

Escuchaba voces lejos.Muy lejos, como si estuvieran hablando dentro del agua.

—¡Rápido, súbanla a la camilla!

—¡No responde! ¡Presión bajando!

—Llamen a la ambulancia, ¡ahora!

Sirenas, voces, todo estaba borroso, pesado, lejano. Como si mi cuerpo ya no fuera mío.

—Doctora… Doctora, necesitamos asistencia urgente.

Intenté abrir los ojos.

Nada.

Solo sombras, ecos, confusión.

Y entonces la oí. Una voz nítida, cansada, irritada y de alguna forma familiar.Familiar de una forma que no tenía sentido.

—Esta no es mi especialidad, te lo he dicho varias veces ya.

Una pausa.

Mi corazón dio un latido errático, no de dolor, de algo más profundo.

Como si alguien más estuviera latiendo dentro de mí.

Como si otro corazón, en otro plano, intentara sincronizarse con el mío y fallara.

BOOM BOOM BOOM...

La voz volvió. Más cerca ahora, más clara.

—Está bien, haré una excepción esta vez.

Y justo en ese momento, mi corazón latió con fuerza, no por el esfuerzo, no por el miedo, no por el dolor.

Sino por algo que no podía explicar.

Como si, sin verla aún… Ya supiera que era ella, la misma que una vez amé, la misma que una vez perdí.

Y que ahora…

Estaba aquí.

*

—Tara… Tara, despierta.

La voz de Noe, mi entrenadora, sonaba distante, como un eco entre paredes acolchadas. Poco a poco, como una cámara lenta mal editada, mis ojos comenzaron a abrirse.

Luz blanca.

Techos desconocidos.

Parpadeé una vez. Dos veces.

Su rostro se fue enfocando. Primero borroso, como una pintura sin terminar, y luego ahí estaba. Sentada a mi lado, con una expresión de alivio camuflada en fastidio.

—¿Qué sucedió? —pregunté con la garganta seca— ¿Qué hago aquí?

Noe soltó un suspiro entre divertido y frustrado.

—Eres la primera boxeadora en ganar una medalla de oro y desmayarse diez segundos después —rió—Te pregunté varias veces si estabas bien, pero no, tú tenías que hacer tu drama. Parece que tu oponente te golpeó más fuerte de lo que pensábamos.

—Pensé que querías que lleváramos la victoria a casa... —respondí con una sonrisa débil y un dolor punzante en el pecho

—Quiero más que nada que estés viva, eso es todo —agregó, bajando la voz.

Intenté incorporarme lentamente en la cama. El mundo giró un poco. Sentía el cuerpo entumecido, pero no roto. Solo cansado.

—Necesito mi teléfono… Debo llamar a mis padres —murmuré.

—Ya saben que estás bien, Tara. No te preocupes. Descansa, por favor.

Me recosté de nuevo. Miré al techo por unos segundos y luego, sin pensarlo mucho, le pregunté:

—¿Crees que estén orgullosos de mi logro esta noche? ¿O crees que no es suficiente para olvidar?

Noe no respondió. No tenía que hacerlo.

Porque yo ya lo sabía.

Siempre seríaTara Al Barazi.

La chica que alzó una bandera GLBT en un país que prefería que me escondiera.

La vergüenza nacional.

La boxeadora con talento y mancha.

No importaba nada más.

La puerta se abrió.Un grupo de enfermeras entró con tablets, medicamentos, y pasos firmes.

Y detrás de ellas… La vi.

Mi respiración cambió.

Mis latidos se volvieron erráticos.

Una mujer de rostro serio y sereno, cabello negro recogido con precisión quirúrgica. Ojos tan profundos y oscuros que era imposible sostenerles la mirada sin sentirte desnuda. Nariz perfilada, como esculpida a propósito. Y sus clavículas marcadas con elegancia bajo la bata blanca que apenas ocultaba su postura imponente.

Tragué saliva.

Mi cuerpo no se movía. Pero por dentro, todo se agitaba.

Ella me miró directo a los ojos. Sin titubeos.

—¿Cómo te sientes? —preguntó con voz firme, profesional.

Yo tardé en responder.Porque esa voz no solo me tocó los oídos, me tocó el alma.

Y sin pensarlo, con un hilo de voz dije:

—¿Te conozco de algún lado?

Boom Boom Boom.

Mi corazón latía como si reconociera algo que mi mente aún no podía entender.

No era miedo.

Ni vergüenza.

Era ella.

Y yo no sabía por qué… Pero cada parte de mí ya la había amado antes.