Kaia

All Rights Reserved ©

Summary

Después de cinco años marcados por un doloroso incidente, Kaia Miller regresa a la ciudad y a la casa que una vez fue su refugio de felicidad, ahora cargada de recuerdos dolorosos. En su intento por sanar las heridas del pasado, Kaia se encuentra con dos chicos que, de manera inesperada, la sacan de su zona de confort y despiertan en ella tanto lo mejor como lo peor. Pero el destino tiene sus propios planes. Sin buscarlo, se enfrenta a su pasado con mas intensidad y dolor de lo que habria imaginado.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

—¡Kaia, la cena está lista! —grita mamá desde la puerta trasera de la cocina, que da hacia el patio.

—¡Ya voy! —respondo igual con un grito para que me escuche.

Me lanzo del columpio donde hace unos minutos me mecía. El aire huele a lluvia y el cielo ha cambiado de un azul brillante a un gris opaco. Las hojas de los árboles se mecen con el fuerte viento, anunciando la tormenta. Corro hasta el interior de la casa; el fuerte olor a estofado de res inunda mis fosas nasales, haciendo crujir mi estómago. Me encanta; mamá lo hace a menudo porque sabe que es mi comida favorita.

Un fuerte ruido proveniente de la sala hace que me estremezca. Es como un golpe seco. Me acerco, un poco temerosa, al lugar. Mi corazón deja de latir al instante en el que llego al arco de la puerta que da directamente a la sala. Mamá y papá están tirados en el suelo con la mirada perdida y un charco de sangre bajo sus cabezas. El pelo rojo de mamá se confunde con la sangre que brota desde su cráneo, y un fuerte jadeo se me escapa.

Inmóvil, impresionada, aturdida.

Levanto la vista pero no logro ver su rostro, supongo que por las lágrimas que se arremolinan en mis ojos. Ahí está; es el culpable de que mis padres estén ahí tirados, sin vida alguna en sus ojos.

La fuerte lluvia repiquetea en los ventanales de cristal, los escandalosos truenos hacen que mis sollozos y espasmos queden eclipsados con cada estruendo.

De pronto, todo mi mundo se paraliza y una lágrima solitaria corre por mi mejilla al ver al verdugo de mis padres levantar su arma a cámara lenta y dispararme.

¡¡PAM!!

Despierto jadeante, sudorosa y con una sensación de amargor en la boca, como cada noche de tormenta que he vivido desde aquel día. Las sábanas se pegan a mí como una segunda piel, de tanto líquido que expulso de mis poros.

Las lágrimas empapan mis mejillas, otra vez la misma pesadilla, la misma que me viene atormentando cada noche lluviosa. Un fuerte trueno rompe en el cielo y hace que me sobresalte, pegando un grito y envolviéndome en un ovillo con mis piernas pegadas al pecho. El fuerte viento azota contra mi ventana y no hace que la situación mejore para nada.

Mi tía entra corriendo, arrullándome entre sus brazos como cada noche que despierto de mis pesadillas, y aunque intento no asustarla, a veces me es imposible. Su habitación está justo aquí al lado, y creo que está más que pendiente de mí, porque siempre llega justo a tiempo, justo cuando necesito ese abrazo conciliador.

Tía me abraza con fuerza y yo me deshago en sus cálidos brazos. Prende la lamparita que tengo justo al lado de mi cama, sobre la mesita de noche. La tenue luz amarilla ilumina lo justo la estancia, pero al menos me tranquiliza un poco, calmándome.

—Ya, cariño, estoy aquí —la voz de mi tía es suave y dulce, como siempre que me habla y consuela.

Un leve sollozo se me escapa. Odio que me vea así; por más fuerte que intente ser, esas malditas pesadillas me rompen en pedazos.

—Lo siento, tía, no quería volver a despertarte —le digo entre sollozos.

—Tranquila, cariño, no lo hiciste —miente, siempre lo hace para que no me sienta mal.

—Lo siento —repito.

—Shhhh —me consuela.

Pasado un rato en lo que me quedo sumergida en mis propios pensamientos, tía regresa con una gran taza de tilo caliente.

—Tómatelo, te hará sentir mejor.

Le doy las gracias mientras tomo la taza entre mis manos, deleitándome con su calor en mi palma. La taza humea y el delicioso aroma del tilo se cuela por mi nariz, relajándome de inmediato.

Después de un rato, en el que logro convencer a mi tía de que estoy bien, algo en lo que no miento, al fin me deja sola. Pero sé que, como cada noche de pesadillas, por más tilo o pastilla que tome, no vuelvo a conciliar el sueño. Aun así, me meto debajo de las sábanas y, sin apagar la lamparita, me sumerjo en mis pensamientos, rezando porque en algún momento cese la lluvia y pueda dormir tranquila.

*****-----*****

—¡Llegó el gran día, perra!

—¡Sami!, ese vocabulario —la regañó tía Irene.

—Ups —Sami hizo un mohín llevándose una mano a su boca. —Lo siento, tía —dijo sin sentirlo en realidad.

Sami me estaba ayudando a llevar al coche las cosas que me llevaría, ya que me mudaría a la ciudad. En concreto, a mi antigua casa. Era algo que me emocionaba y me ponía nerviosa a partes iguales, pues no sabía cómo encontraría la que un día fue mi hogar. Habían pasado cinco años y eso me tenía un poco tensa. Intenté no demostrarlo, al menos delante de mi tía, ya que ella no estaba del todo de acuerdo con la idea. Y aunque no me lo prohibía, sabía que lo hacía por su preocupación hacia mí.

—No me digas que la chica ruda tiene los ojos aguados —la chinché un poco.

—No me jodas, hermana, es la brisa que me reseca los ojos —me reí ante su respuesta listilla.

Tía solo reía y noté que, al igual que Sami, contenía las lágrimas para no hacerme las cosas más difíciles. Un nudo se formó en mi garganta, haciendo sentir la saliva como piedra al tragar.

—Ven acá, hermana —tiré de su brazo hacia mí, envolviéndola en un abrazo cálido. Sami, por supuesto, me correspondió besando mi mejilla. Tía se nos unió a aquella muestra de afecto y juntas volvimos a reír.

—Ahora sí, me voy —dije colocando mis gafas de sol, mientras caminaba hacia el carro

—Llámame seguido —gritó tía hacia mí. Le respondí con un "Sí, señora".

—¡A mí también! ¡Para que me mantengas actualizada de los papacitos de la ciudad!

—!Sami!—otra vez mi tía la regañó pero esta vez con diversión.

Ambas agitaban su mano hacia mí en señal de despedida. Me monte en mi auto viéndolas a ellas tras mis lentes. Respirando por última vez el aire puro y fresco del campo, observando todo mientras lo dejaba grabado en mi mente, atesorando cada momento vivido aquí.