Xiān family

Summary

Con la guerra y los deberes de Arconte en el pasado, Zhongli podía permitirse una mejor vida junto a Xiao; sin embargo, los ojos vacíos del chico no dejaban de inquietarle. Así que, cuando Xianyun le ofreció una alternativa para formar una familia, aceptó sin dudar, aunque no por él, sino por Xiao; si el campo de batalla le había arrebatado a sus hermanos yakshas, tal vez, ahora Zhongli podría darle algo distinto. O, mejor dicho, alguien.

Genre
Lgbtq
Author
Valdemirt
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo único

Xiao llevaba años acostumbrado al dolor de su deuda kármica. No era algo que pudiera soportar en ocasiones, pero hacía lo mejor que podía. Sin embargo, jamás creyó preocuparse por el día que no sintiera nada relacionado a ello y claro que sabía cuál era la razón de su repentina mejora: el sexo con Zhongli.

Él y Zhongli llevaban un par de años en una relación de pareja y, si bien Xiao ya tenía más confianza para dirigirse directamente al Arconte, aún era incapaz de ignorar la jerarquía entre ambos –pese a la cantidad de veces que Zhongli le dijo que lo hiciera–.

«Pero… es imposible que se trate de “eso”, ¿no es así?». Intrigado por su nuevo descubrimiento, Xiao se teletransportó adónde el origen de sus suspiros.

—Me he dado cuenta de que mi deuda kármica no fluctúa como antes —dijo a modo de presentación.

Zhongli, quien se encontraba bebiendo té en la mesa del balcón de su ventana, estuvo tentado a soltar un “buenas noches, Xiao, siempre es un gusto contar con tu presencia”, pero si el chico no lo saludaba, sólo podía deberse a una cosa: estaba tan ensimismado en sus pensamientos, que el simple hecho de sacarlo de los mismos haría que entrara en pánico y, en consecuencia, se le complicaría exteriorizar lo que yacía en su caótica cabeza (había ocurrido antes).

Zhongli disfrutaba molestarlo de manera sana, aunque por esta vez dejaría pasar la oportunidad.

Lo que no esperó fue que Xiao notara el cambio tan rápido en el fluctuar de su deuda kármica –porque para Zhongli tres años de relación eran apenas un par de días–. A raíz de que él se negara a recibir energía adéptica, Zhongli optó por transferir un poco cada que mantenían relaciones.

—Y tiene que ver con usted. —Lo escuchó decir.

¿Cómo lo había notado? Zhongli estaba seguro de que no lo descubriría al estar ocupado con un orgasmo.

—Entonces ya lo has descubierto —habló en un suspiro resignado.

—Tiene… Tiene que ver con su semen, ¿no es verdad?

Si Zhongli no hubiera presenciado eventos más impactantes en sus milenios de vida, aquello habría hecho que se le cayera la mandíbula.

Quería reír, en especial porque no sabía cómo era que Xiao llegó a esa conclusión; sin embargo, se contuvo de gesticular.

—Porque lo único diferente en mi rutina han sido las veces en las que nosotros… lo hacemos —agregó Xiao, apenas manteniendo su semblante estoico, pese al tremendo sonrojo que se cargaba—. Y siempre se viene dentro, así que…

—Vaya, Xiao, yo… —Zhongli carraspeó para suprimir una carcajada—. No esperaba que lo descubrieras tan rápido. Es por eso que decidí prescindir del condón. —En realidad era porque sus cualidades de ente sobrenatural le impedían transmitir enfermedades como sucedía con los seres humanos—. Tu cuerpo es capaz de utilizar el semen porque debe considerarlo una extensión de Rex Lapis. —Decidió mentirle de manera descarada por su propio bien.

—S-sí, pensé algo así. Sólo quería corroborarlo. —Al presenciar la mirada neutral y compasiva de Zhongli, Xiao suspiró—. ¿Por qué no me lo comentó antes? Debí parecer un tonto.

—Creí que no lo notarías. —Zhongli cortó la frase para acompañarla de una risilla lacónica a juego con la conversación, esperando que el chico se relajara un poco—. Pero es un excelente efecto secundario, ¿no crees?

Xiao decidió desaparecer, con una mezcla de molestia y vergüenza, preguntándose si llegaría el día en que Zhongli dejara de meterse con él por ser tan joven.

No pasaron ni tres segundos, cuando Zhongli dio otro sorbo a su taza antes de llamar a Xiao, quien, ni corto ni perezoso, hizo acto de presencia ante su señor una vez más.

—¿Cómo ha estado últimamente Liyue con el asunto de las apariciones de demonios?

Al escuchar esa pregunta, las alarmas encendidas en el interior de Xiao se aplacaron. Cambiar de tema era una gran forma de regresarlo a sus cabales.

—Hmm, a decir verdad, en el último año y medio han disminuido bastante —respondió.

—Es una excelente noticia —dijo Zhongli.

«Por eso he pasado más a menudo por la Funeraria...» pensó Xiao.

—¿Por eso pasas más seguido por la Funeraria? —quiso saber Zhongli.

—Sí. —El color volvió a Xiao de nuevo de manera repentina. Esa extraña telepatía le agradaba y, a la vez, lo ponía nervioso.

—Entonces me ilusioné en vano —agregó Zhongli, admirando en todo su esplendor la expresión confundida de Xiao—. Pensé que lo hacías para verme más seguido.

—Ah, es-es-es decir, sí lo hago por… —Allí estaba de nuevo, ese extraño tartamudeo que aparecía sólo cuando Zhongli le coqueteaba (o algo así).

—Me has roto el corazón. ¿Cómo pretendes enmendar eso? —se victimizó Zhongli, llevándose una mano al pecho.

Xiao decidió cerrar los ojos y respirar profundo, decidido a jugar su juego, a sabiendas de que su amante busca molestarlo.

—Sabe de sobra que voy para verlo a usted —añadió con cierto orgullo, llevándose las manos a cada lado de la cadera—. Y... pasar más tiempo juntos. Como... como pareja —susurró, sin procesar del todo la relación que tenían.

—Así que, pasar más tiempo juntos, ¿eh? —Los ojos de Zhongli se fijaron en el fondo de la taza de té, como si le hablara a esta. Los labios se le curvaron con gracia, en un gesto gentil—. Dime, Xiao, ahora que las cosas están más tranquilas; gozamos de un gran periodo de paz, sin guerras; y yo estoy libre de mis responsabilidades como Arconte, ¿te gustaría tener un hijo?

Xiao tardó en reaccionar. No creía comprender el significado de esas palabras, pero Zhongli no entrecerró los ojos, como cuando jugaba con él; no elevaba las cejas, como cuando parecía incrédulo con la situación; no bajaba la mirada ni se llevaba una mano al mentón, como cuando sobreanalizaba la información.

—¿Un hijo? —Xiao observó a Zhongli asentir, solemne—. ¿Con usted?

—Por supuesto, ¿con quién más?

Xiao abrió y cerró la boca varias veces, como si las palabras fueran incapaces de salir de su garganta, hasta que logró articular algo decente y, para su sorpresa, sin tartamudear.

—¿Es... una nueva forma de tomarme el pelo?

—Claro que no —respondió Zhongli al instante.

—Entonces…

—Sólo tengo que transformarme en mujer.

—¡¿Eh?! —el grito de Xiao resonó dentro de aquellas cuatro paredes como si hubiera eco.

En esta ocasión, Zhongli soltó la risa que contuvo desde que se vieron.

—Era broma.

—Por los Arcontes —suspiró Xiao.

—Sin embargo, sí podemos tener hijos —continuó Zhongli—. ¿Qué dices? ¿Te gustaría formar un hogar?

Xiao apretó las manos y tensó los hombros. Él no tenía ni la menor idea de lo que significaba formar una familia. Lo más cercano a ello había sido su vínculo con los otros Yakshas, de los cuales, él era el último.

No quería negarse a los deseos de Zhongli, que lucía entusiasmado con la idea, pero, ¿en verdad era lo correcto?

—Pues, en realidad yo…


Una semana más tarde, en la montaña Aozang, Zhongli se presentó ante la Preservadora de las Nubes –pidiendo que se refiriera a ella como Xianyun– una noche de luna llena.

—Vaya, no esperé que en realidad vinieras —dijo Xianyun, descruzando los brazos y saludando con una pequeña inclinación.

—¿Alguna razón en específico? —preguntó Zhongli, respondiendo el gesto.

Xianyun negó con la cabeza antes de continuar.

—No creí que el Señor de la Guerra en verdad buscara sentar cabeza. —Después, vio a Zhongli efectuar ese gesto ambiguo parecido a una sonrisa—. En fin, supongo que tienes tus razones, así que no esperes que te de un sermón sobre maternidad. Aunque todavía me debes una respuesta.

—¿Hm?

—¿Con quién de los dos es que tienes tu romance secreto? ¿El Escultor de la Luna o el Moldeador de Montañas? —Xianyun ya sabía que Zhongli tenía un amante del mismo sexo porque a ella fue a quien acudió para tratar el asunto de alternativas a la procreación entre adeptus, pero Zhongli mantuvo el suspenso con un simple “lo descubrirás ese día si acepta mi propuesta”—. Parece que está llegando tarde.

—Me gustaría preguntarte por tu curiosa elección de candidatos —dijo Zhongli, sosteniéndose el mentón con una mano—, pero no se trata de ninguno de ellos.

—Entonces… —Xianyun hizo una pausa en la que sus ojos se abrieron de sorpresa. Sólo conocía a otro adeptus masculino—, ¿no me digas que...? ¿El joven yaksha?

Para evitar dar más largas al tema, Zhongli pronunció el nombre de Xiao, quien apareció en un parpadeo.

—¿Acaso te estás volviendo más veloz? —preguntó Zhongli para molestarlo. Conocía cada una de sus rutas de patrullaje y esa montaña no se encontraba establecida ese día.

—Estaba cerca —respondió Xiao, antes de dirigirse hacia la Preservadora y saludar con una ligera reverencia.

—Sólo para estar segura. —Xianyun se acercó a Xiao—. Chico, ¿sabes para qué has sido convocado hoy específicamente?

Xiao volvió la mirada a Zhongli un par de segundos, en un intento de darse confianza y no arrepentirse de su decisión. Luego, giró hacia la Preservadora de las Nubes y asintió.

Xianyun dejó escapar un breve suspiro. No podía evitar pensar que Xiao era un niño todavía; era consciente de que el “niño” tenía más de dos mil años, por lo que técnicamente no lo era.

—Espero que estén seguros de lo que hacen. Que vayan a concebir usando un método poco convencional, no significa que la criatura sea menos adeptus que cualquiera de nosotros —aclaró para Zhongli y Xiao, quienes se miraron entre sí sin mediar una palabra—. En cualquier caso, vengan conmigo, lo preparé todo de inmediato en cuanto Zhongli me informó de la decisión que tomaron.

Cruzaron las puertas de piedra y Xianyun los guió a través de pasillos antiguos hasta dar con dos ornamentos empotrados en columnas de apenas un metro, que se conectaban mediante surcos y grecas a una plataforma central circular.

En el camino, Xiao se perdió en sus pensamientos.

Por un lado, no se atrevió a decirle que “no” a Zhongli, pues era incapaz de negarse a sus deseos y, aunque había cierta inseguridad en él, recordó que la primera vez que tuvieron sexo pasó algo similar: él no estaba seguro de querer llevar todo hasta el final, pero resultó ser mejor de lo que esperaba y quería pensar que este sería el mismo caso; por el otro, le daba curiosidad saber cómo sería una criatura que mezclara sus rasgos con los de Zhongli. En especial porque la forma original de Xiao era la de un ave de tonalidades esmeralda, mientras Zhongli era un dragón marrón con dorado.

—Yo los guiaré durante el ritual —anunció Xianyun—, así que no se preocupen. Hasta donde tengo entendido, ninguna de sus vidas peligrará.

Xiao se distrajo viendo las antorchas que iluminaban el lugar, dispuestas en círculo cerca de la plataforma central, pues las flamas eran de color azul.

—Necesito que cada uno se posicione frente a los ornamentos que tienen delante —indicó Xianyun, situada a un costado de ellos junto a otros materiales preparados con antelación—. En la parte de arriba podrán ver que hay una hendidura con forma de triángulo: tienen que llenarla con sangre.

Acto seguido, se acercó a ellos con una caja de madera rectangular. Al abrirla, dejó a la vista su contenido: un par de dagas ceremoniales.

Avanzó hasta quedar en medio de los dos para que cada quien pudiera tomar una.

—Como pueden ver, en el filo de las dagas hay unas runas grabadas (por mí). Hagan fluir su energía adéptica por el arma hasta que se encuentren todas iluminadas, de ese modo el corte tardará en sanar, produciendo una hemorragia continua.

Xiao colocó la hoja del estilete en una palma, siguiendo las indicaciones de la Preservadora. Cuando las runas se iluminaron, rodeó el filo con los dedos y con la mano contraria tiró de la daga, produciendo un corte limpio. Cerró un ojo al sentir el dolor, pero no se quejó y esperó a que el cuenco se llenara.

—He de reconocer que nunca esperé que tus inventos bélicos sirvieran para algo fuera del campo de batalla —comentó Zhongli, imitando las acciones de Xiao.

Por alguna razón, Xianyun se mostró orgullosa al escuchar el comentario. Parecía una grulla a punto de pavonearse.

—Preservadora… —dijo Xiao.

—Llámame Xianyun —lo interrumpió.

—Señora Xianyun, ¿tiene un paño para colocarme en la herida?

—¿Ya se llenó?

—Ya casi.

Xianyun extrajo un pequeño tarro del bolsillo de la ropa. Era un ungüento que untó sobre el corte de Xiao poco antes de que el cuenco se desbordara, frenando el sangrado de golpe.

«Le diré que me regale algo de eso cuando termine el ritual» pensó Xiao, sorprendido por la efectividad.

—También se ha llenado el mío —anunció Zhongli, recibiendo el mismo tratamiento.

—Ahora, coloquen ambas manos sobre el ornamento. Necesito que depositen su energía adéptica en un flujo constante hasta que yo les indique que paren. ¿Están listos?

Zhongli y Xiao asintieron.

—A mi señal. —Xianyun los observó: Zhongli, como siempre, era un enigma con cara de serenidad; Xiao le resultaba un poco más transparente, lucía nervioso, pero no dubitativo, lo que estuvo bien a su juicio, de lo contrario los habría frenado en el acto para que reflexionaran un poco más sobre sus decisiones—. Comiencen.

Así fue como la energía adéptica de ambos comenzó a fluir. La plataforma, aunque circular, poseía ocho puntas que se entrecruzaban para formar un grabado de estrella al centro; cada línea contaba con dos inicios a los pies de sendos hombres presentes y debían proveer la energía suficiente para que cada quien cubriera cuatro puntas.

La sangre pareció ser absorbida por el ornamento y las líneas adquirieron un color cobrizo mientras se alimentaban de fuerza vital. El lado de Xiao iba considerablemente más lento que el de Zhongli, y fue cuando las líneas estuvieron completas, que la sangre comenzó a emanar del centro de la plataforma hasta cubrirla en su totalidad.

Acto seguido, un borboteo de sonido nada agradable a los oídos se hizo presente; poco a poco comenzó a elevarse, como una cascada invertida intentando encontrar el cauce al que pertenece.

El fluido parecía querer cobrar vida, retorciéndose en figuras extrañas, amorfas, que capturaron la atención de los presentes. Tomó un tiempo hasta que conformó una esfera de bordes imperfectos, de un metro cúbico, cuyo interior era imposible de visualizar.

Pasó un tiempo hasta que la superficie se alisó.

Xiao comenzó a sentirse cansado, como si hubiera escalado varias veces una montaña sin el uso de sus habilidades; Zhongli se encontraba bien, de momento.

—Sigan así —habló Xianyun—. Si alguno de los dos deja de depositar energía, la esfera se romperá y a ninguno le gustará ver lo que había adentro. —Aunque si eso sucedía, ella registraría el caso como el primer “aborto adéptico”. Le emocionaba presenciar algo semejante.

Pasaron los minutos y Zhongli empezó a sentir el cansancio. Volteó a ver a Xiao, preocupado por su condición, pues sabía que ellos no poseían la misma cantidad de energía, y no se equivocó al suponer que Xiao lo pasaría mal, en especial porque se hallaba de rodillas, con la respiración agitada, sin despegar las manos del ornamento.

Zhongli hizo amago de dar un paso de costado, pero cerró los ojos para concentrarse y aumentar el flujo de su propia energía, produciéndole un intenso dolor de cabeza que lo obligó a apretar los dientes.

Después de un tiempo, Xiao casi encajó las uñas sobre la piedra para no caer y soltarla por accidente. Sus jadeos exhaustos eran bastante audibles. De un momento a otro, agachó la cabeza hacia adelante y advirtió la sangre que resbalaba por su rostro, producto de una hemorragia nasal, manchando el suelo entre sus rodillas.

«Aguanta un poco más, joven yaksha» pensó Xianyun, incapaz de brindarle apoyo de momento. Avanzó hacia un recipiente con agua que mantenía caliente gracias a los pistilos de flores en llamas, y tocó la superficie para cerciorarse de la temperatura.

Entonces, la esfera de sangre comenzó a hacerse más pequeña y densa, antes de descender al suelo. El extraño sonido del líquido fluyendo se detuvo, rompiendo la esfera en el acto y desparramando el líquido por el piso.

—¡Es suficiente! —exclamó Xianyun. Tomó una toalla gastada que tenía para la ocasión y se apresuró al centro de la plataforma para recoger a la criatura que estaba allí ahora, viva, respirando.

La voz de Xianyun fue como un ruido estridente para la migraña de Zhongli, pero incluso si veía infinidad de puntitos blancos delante frente a sus ojos, en un movimiento ágil logró alcanzar a Xiao para tomarlo en brazos antes de que se desplomara en el suelo.

La voz de la Preservadora desconectó de la realidad a Xiao. Perdió el conocimiento de inmediato.

—¡Es un niño! —anunció Xianyun, emocionada, mientras limpiaba a la criatura dentro de la tina improvisada, ignorando que los otros dos la estaban pasando fatal.


Xiao escuchó varias voces a su alrededor y la conversación que sostenían.

—Se parece al señor Zhongli.

—No, no, no. Esos rasgos son los del joven yaksha.

—Tiene cola y cuernos de dragón, está claro que será el vivo reflejo del señor Zhongli.

—Ve su nariz y orejas; incluso la forma de los ojos es tal cual la de los de Xiao.

Dejando la plática de lado, Xiao percibía calidez a su alrededor. Se hallaba sentado, recargado en algo reconfortante. Le costó trabajo elevar los párpados y regresar al mundo real. Gruñó por el malestar generalizado y aquello atrajo la atención de una grulla roja y un gran ciervo de peculiar pelaje marrón verdoso.

Ahora los reconocía.

—Felicidades, Yaksha Vigilante —dijo el Moldeador de Montañas, levantando las alas.

—Sí, muchas felicidades —agregó el Escultor de la Luna, meciendo su cornamenta—. No tenía idea de que se pudieran crear seres adépticos de este modo, ¿por qué no lo intentamos durante la guerra? —Cambió de tema, dirigiéndose a la Preservadora.

—Porque crecen y se desarrollan como una persona promedio (al menos los primeros años) —aclaró Xianyun, quien cargaba a la pequeña criatura envuelta en una manta, y no dejaba de verla jugar con un peluche en forma de pollito rechoncho.

—Habría sido como mandarlos a su muerte en cuanto abrieran los ojos —aseguró Zhongli—. Su utilidad sería nula.

Dentro de su estupor, Xiao comprendió que se encontraba sobre las piernas de Zhongli, por lo que se levantó de un brinco. Su relación no era “pública” como tal, daría una mala imagen al dejar que vieran a su señor con él encima.

La cabeza le dio un par de giros y no logró mantener el equilibro, por lo que extendió las manos para agarrarse de lo primero que tuviera delante, siendo este el lomo del Escultor de la Luna.

—Tranquilo, joven yaksha. Ve lo pálido que estás, no es bueno que hagas movimientos bruscos.

Zhongli sabía de sobra que Xiao no aceptaría ser cargado, por lo que se limitó a acudir a él como apoyo. Entonces, Xiao lo tomó por el brazo, después de agachar la cabeza en señal de agradecimiento.

—Por cierto, ¿ya han pensado en el nombre? —inquirió Xianyun, fascinada con la criatura. Le recordaba a Ganyu cuando era pequeña.

—Nunca hablamos de ello —respondió Zhongli, antes de dirigirse a Xiao—. ¿Tienes algo en mente?

Xiao negó con la cabeza. Luego respondió.

—Mi nombre me lo dio el señor Zhongli, así que esperaba que ya hubiera pensado en uno para el niño. Yo estaré de acuerdo con lo que sea que elija.

A Xianyun le parecía curiosa la relación de esos dos. Lucían como las parejas de ancianos que solía observar de vez en cuando en el centro de Liyue: hablándose con respeto y de “usted”, en lugar de ser más informales.

No podía decir que no comprendía a Xiao, después de todo, a ella misma le costaba trabajo tratar a Zhongli como un simple consultor funerario frente al resto de habitantes cuando sus caminos se cruzaban.

Zhongli se llevó una mano al mentón, elevando el rostro y buscando inspiración en las estrellas.

—Me parece que Dan Heng sería adecuado para él. —Después de todo, había sido creado con mucha sangre de por medio y quería dejar el color bermellón implícito en su nombre.*


Dado que Xiao vivía prácticamente en las montañas de Liyue, a la intemperie, se acordó de inmediato que Dan Heng se quedara donde Zhongli en la funeraria.

Por las mañanas, cuando Zhongli trabajaba, Xiao se haría cargo del niño y en las noches se invertirían los roles.

Aunque podía parecer todo un reto, a Xiao le sorprendió que Dan Heng fuera tranquilo y silencioso; rara vez lloraba y se entretenía con facilidad.

Xianyun comentó que la criatura tendría cerca de un año humano por la naturaleza de su concepción, aunque no por eso podrían quitarle los ojos de encima.

En su completo desconocimiento sobre la crianza, Xiao no tardó en intentar hacer que el niño caminara. Al poco tiempo lamentó su decisión por el dolor de espalda resultante de mantenerse encorvado, pero como era de esperar por la nula estamina del pequeño, no tardaba en regresarlo a la cama para que durmiera.

Pese a los pocos días que llevaba a su lado, sentía un enorme cariño por él. Después de todo, se trataba de una criatura que mezclaba parte de sí mismo con su adorado Zhongli.

Ver los cuernos y la cola de dragón le fascinaba, además de agarrar sus mejillas cada que podía. Era una molestia quitarse y ponerse los guantes minuto a minuto, pero aquella suavidad lo valía.

Cuando cayó la noche y Zhongli regresó a casa, encontró a Xiao en el balcón con Dan Heng en brazos. El niño movía las manos para intentar atrapar un cristalóptero geo que Xiao mantenía sobrevolando cerca, atado con un hilo.

Encontrarlos así despertó un cálido e inusual sentimiento en su interior. Es decir, luego de seis mil años siendo el Señor de la Guerra y los Contratos, tener una familia resultaba tan novedoso como reconfortante. Punto adicional por ver a Xiao con un semblante más relajado y gentil.

—Veo que se divierten. —Quería formar parte de ese cuadro.

—Maestro Zhongli. —Xiao dio un paso de costado, pues planeaba acudir hacia su señor, pero este ya se encontraba prácticamente a un lado—. No sentí su presencia.

—¿Será resultado de toda la energía que utilizaste en la montaña Aozang? Xianyun mencionó que podríamos experimentar algunas señales de deterioro (corrosión en mi caso) hasta que se restableciera por completo.

—¿Eso dijo?

Zhongli asintió.

—Tal vez no lo recuerdas porque estabas inconsciente.

El Xiao que admiraba a Zhongli y vivía para complacerlo se hubiera disculpado al instante, pero el Xiao del presente, que llevaba algunos años de relación con el origen de sus suspiros, se limitó a desviar el rostro y pretender que el cristalóptero era super interesante.

Una media sonrisa, tan amable como satisfecha, se dibujó en los labios de Zhongli. Le complacía ser testigo de que Xiao había logrado interiorizar sus palabras cuando le hizo saber que no debía pedir perdón, o permiso, para cada pequeña acción.

—¿Me permites? —preguntó Zhongli, acercando ambas manos hacia Dan Heng.

—Oh, por supuesto.

Xiao le entregó de inmediato al niño, quien se mantuvo a gusto desde una nueva altura, hasta que inclinó la cabeza y decidió extender los brazos hacia Xiao.

—Qué problema —añadió Zhongli, regresando a Dan Heng—. Parece que también heredó mis gustos.

Sin importar cuántas veces hubiera sido testigo de ello, a Zhongli no dejaba de fascinarle cómo las mejillas de Xiao se coloreaban de un rojo intenso cuando le dedicaba ese tipo de comentarios. Prefería obtener otra clase de reacciones, aunque mientras hubiera un niño con ellos, tendría que contenerse.


Al cabo de unas semanas, Xiao se aventuró a llevar a Dan Heng de paseo a las llanuras cercanas a la ciudad. La vida hogareña, paseando de un cuarto a otro, comenzaba a sacarlo de quicio.

Si Dan Heng fuera un niño humano se sentiría incómodo por exponerlo tan rápido a exteriores, pero, por suerte, era mitad dragón –o eso dejaba ver– y, muy para sus adentros, a Xiao le causaba una enorme ternura verlo mover la cola de un lado a otro cuando jugaba cerca de los ríos y lagos, o cuando se topaban con algún animalillo que captara su atención.

Podría acostumbrarse a esa clase de vida. O eso creyó hasta que lo golpeó la realidad.

Dan Heng se hallaba sentado a la sombra de un árbol intentando comerse una baya, cuando el cielo se oscureció en la visión de Xiao. Su cuerpo se movió por instinto y regresó a la realidad al momento en que su lanza abatió al último de los hilichurls poseídos que los rodearon.

Con un golpe abatió los residuos de aire corrupto a su alrededor y, de paso, se deshizo de los restos de fluidos y suciedad en el arma. No tan lejos de él, Dan Heng lo miraba sin parpadear, con el rostro salpicado de sangre y la mente intentando procesar lo que había ocurrido frente a sus ojos.

Con cierto recelo, Xiao se acercó a recogerlo en brazos. Ignoró el dolor persistente en el pecho, la dificultad para respirar y una incipiente jaqueca. En un parpadeo, desapareció, dejando en el lugar una estela anemo a sus espaldas para reubicarse en lo que correspondía al cuarto del niño, en uno de los tantos pasillos de la funeraria, pues era mitad alojamiento para Hu Tao y unos cuantos empleados.

La respiración de Dan Heng se aceleró por unos cuantos segundos, algo que Xiao interpretaba como una especie de “llanto seco” y, durante un minuto entero, no supo qué le dolía más: el cúmulo de la deuda kármica en el pecho o dejar a Dan Heng en la cuna.

Dio media vuelta para llegar al balcón. Sabía que debía salir de allí antes de que la situación empeorara, pero no pudo evitar dar una última mirada hacia atrás, aguantando la respiración al toparse con los ojos de la criatura, idénticos a los de Zhongli.

Acto seguido, apretó los dientes y se obligó a desvanecerse con el viento.


—Rex La… Zhongli —corrigió Xiao en cuanto apareció en el estudio donde el antiguo Arconte solía transcribir los ritos transmitidos de forma oral que no contaban con una documentación oficial.

Zhongli levantó la mirada con la calma que lo caracterizaba.

Por segunda ocasión, Xiao experimentó un escalofrío que lo obligó a desviar la mirada. Aquellos ojos no le recordaban nada bueno, mucho menos con lo que acababa de hacer al separarse del niño.

—Lo dejé en la habitación —dijo Xiao, incapaz de pronunciar el nombre.

—¿A Dan Heng? —inquirió Zhongli.

Xiao asintió antes de proseguir.

—Se nos acercaron algunos demonios durante mi patrullaje.

—¿Está herido? —quiso saber Zhongli, preguntando de manera directa por el peor escenario, a sabiendas de cómo actuaría Xiao si le permitía irse por las ramas.

—No. —Xiao apretó las manos, y fijó la atención en el suelo bajo sus pies, no por vergüenza, sino por un intento desesperado de reprimir su deuda kármica.

Zhongli lo sintió, no era la primera vez. Sabía que Xiao utilizó demasiada energía adéptica al “crear” a Dan Heng y, desde entonces, no habían tenido ni un momento a solas para intentar disipar sus males.

—No confíes en mí para cuidarlo —soltó Xiao, con un dejo de amargura que le costó más de lo que imaginó.

Zhongli inhaló con lentitud. Cuando exhaló, el incienso apenas ondeó ante la expansión del aire tras la desaparición de Xiao.

Se puso de pie para ir por el niño. Caminó en silencio por el pabellón y, al llegar, notó cómo Dan Heng relajó los hombros y extendió los brazos con apuro, abriendo y cerrando las manos.

Lo que cualquier persona hubiera hecho sería cargar al pequeño y Zhongli lo sabía; no obstante, le sostuvo la mirada, no de manera fría u hosca, sino preguntándose cómo las acciones de Dan Heng generarían sentimientos de ternura en un mortal cualquiera.

Entrecerró los ojos.

Un dragón aprendía a reconocer el dolor cuando lo veía en otro.

—Debería decir —habló después de un rato, recargando la mano en la cabeza del niño, quien le sostuvo la manga del traje—: no lo odies por desaparecer. Tiene una forma peculiar de procesar lo que experimenta y carga con un largo historial de pérdida que se niega a soltar.

Dan Heng inclinó el rostro. Incluso si desconocía la mayoría de las palabras, su cuerpo reconocía la calma cuando se encontraba cerca y la voz de Zhongli ayudaba con ello.

A los pocos segundos, Zhongli desvió la mirada hacia el balcón. No muy lejos de allí aún sentía la presencia de Xiao.

«¿Cuál es la diferencia si sigues tan cerca?» pensó, evitando invocarlo con algo tan simple y sencillo como pronunciar su nombre.

Esa noche dejaría la ventana abierta.


Zhongli sabía con exactitud el lugar y la hora por la que patrullaría Xiao antes del medio día, por lo que se hizo el desentendido con una larga caminata que poco o nada tenía que ver con sus funciones como consultor.

Al doblar por un sendero de piedra, se topó con Xiao. Los separaba una barrera de bambú por las que se podía cruzar si se tenía la figura esbelta apropiada, pero Zhongli, tan respetuoso del espacio ajeno, se limitó a detener sus pasos.

—No vine a reprocharte —dijo, sin rodeos, antes de que el chico decidiera darse a la fuga.

Xiao no respondió. La novedad era que su cuerpo no se tensara.

—No eres una amenaza para él —continuó Zhongli.

—Estoy siendo prudente —respondió Xiao, apenas frunciendo el entrecejo, como si intentara autoconvencerse.

—Y, ¿desde cuándo eso se traduce a desaparecer sin decir una palabra?

Xiao contestó con silencio. En el pasado, tal vez aquello hubiera hecho que también dejara de respirar.

—Estuviste ahí toda la noche —agregó Zhongli, no como reclamo, sino con un tono de apreciación—. Puedes vigilarlo a un par de pasos, no desde la punta de una montaña.

Xiao apretó los labios. Permaneció así durante varios instantes. Había aceptado meterse en eso junto a Zhongli y no era justo delegarle la responsabilidad, pero en uno de tantos momentos de debilidad, el miedo de perder lo único que le importaba lo arrastró como si nadara contra una corriente violenta.

—Y si… un día lo hiere el karma… —Xiado decidió hablar, dejando en suspenso lo evidente.

—Lo detendré justo a tiempo —dijo Zhongli—, como lo he hecho otras veces.

Las mejillas de Xiao se tiñeron de carmín. Sabía lo que aquello implicaba y, pese a ya no cohibirse al estar a solas con Zhongli en una habitación, seguía sin lograr hablarlo abiertamente.

Zhongli se agarró una muñeca tras la espalda. Una media sonrisa le iluminó el rostro.

—Sabes que las puertas están abiertas. También las ventanas, pero los niños tienden a imitar lo que ven en una edad temprana, así que procura no usarlas mucho.

Emprendió su andar contemplativo.

Xiao no se movió, tan sólo se limitó a ver cómo la silueta de Zhongli se alejaba cada vez más, evocando en cada fibra de su ser algo similar a la confianza.


Los días siguientes no fueron diferentes para Zhongli: organizaba papeles, ajustaba la programación de los ritos por documentar en la ciudad, atendía oficios y solicitudes de información de los habitantes de Liyue y, de vez en cuando, fijaba su atención en el niño que jugaba al centro de la alfombra de su oficina, lejos del incienso que se quemaba durante el día.

Eso último era novedad.

—¡Ahí estás, mini dragón!

Aquel grito arrancó la paz del día de Zhongli. Inclusive con los ojos cerrados y a kilómetros de distancia, sería capaz de distinguir el entusiasmo inconfundible de Hu Tao.

Dan Heng se sobresaltó con un temblor sutil en los hombros. No lloró, no protestó. Solo se puso de pie con la agilidad de un cachorrito y se refugió bajo la silla de Zhongli.

—¿Eh? ¿Por qué te escondes? Si no te voy a morder —rió ella, colocándose casi en cuclillas para avanzar de manera extraña hacia donde los otros dos se encontraban—. O tal vez sí. Pero si vienes con la tía Hu Tao, ella te dejará jugar con mariposas espectrales.

Dan Heng no se movió, con el entendido de que si no se movía, se volvería invisible, o eso esperaba. Hu Tao se detuvo a un paso, sólo porque no había espacio suficiente para ambos bajo la silla.

—Buuu, tan serio como su papá —bromeó con una sonrisa y, de inmediato, se levantó de un brinco—. ¡Volveré! Y esta vez seré tan sigilosa como un cristalóptero y no podrás escapar de mí.

Cuando Hu Tao se fue casi corriendo de la habitación para finalizar sus deberes del día como directora, Dan Heng salió de su escondite a gatas. Se levantó con la característica lentitud de quien no tiene un centro de gravedad estable. Emitió unos cuantos monosílabos conectados sin significado alguno, llamando la atención de Zhongli con éxito, a quien miró con consternación.

—Cuanto antes aprendas a hablar —dijo Zhongli, como si para Dan Heng fuera algo entendible y sencillo de conseguir—, podrás hacer algo para pedirle a la directora que se detenga.

Dan Heng frunció los labios e infló las mejillas. Zhongli apenas contuvo una risa, pues lucía como una versión exagerada del “puchero” de inconformidad que solía gesticular Xiao, aunque lo suyo incluía una queja que decidía ahogar en la garganta.


Casi al caer la noche, Dan Haeng fue secuestrado por Hu Tao mientras miraba a su padre como si hubiera sufrido una traición de guerra.

—Puedes bajar —dijo Zhongli, a sabiendas de quién se encontraba a un techo de distancia—. La directora está jugando con él en el patio.

Xiao hizo acto de presencia como de costumbre: sin hacer ruido, en una fracción de segundo, quedando justo a un lado de quien llevaba −más años de los que le gustaría admitir− robando sus pensamientos.

—Dan Heng te buscaba con la mirada en cuanto te sentía cerca —continuó Zhongli, volviendo el rostro—. Aún no es muy bueno discerniendo presencias.

—No entiendo por qué —habló Xiao, casi sin voz—. No debería extrañarme. No hemos pasado tanto tiempo juntos. —Sin embargo, estar lejos de él lo agobiaba como si lo conociera de más de mil años.

—Para un niño tan pequeño, somos lo que ha conocido toda su vida (literalmente). Está confundido porque te marchaste sin herirlo y, al ser mitad dragón, asumo que tiene una memoria inimaginable para tu energía, tu voz, tu calor. Eso o también heredó mis gustos. —Zhongli agregó una broma en un intento por suavizar el ambiente.

No funcionó.

Xiao cerró los ojos. Respiró profundo. Un leve crujido resonó en la madera, y la puerta, entreabierta, se empujó hacia adentro con lentitud, revelando a Dan Heng del otro lado.

En cuanto sus pupilas se enfocaron en Xiao, corrió hacia él sin dudarlo. El cuerpo de Xiao se tensó en primera instancia, hasta que Dan Heng alcanzó su pierna, abrazándola por costumbre y cierta añoranza.

Tras unos segundos, Xiao se agachó para tomarlo en brazos. La respuesta inmediata de Dan Heng fue aferrarse al collar de Xiao y acomodarse contra su pecho.

Antes de que Zhongli pudiera decir cualquier cosa, advirtió algo extraño en la sombra de Xiao y en cómo la bruma adéptica que lo rodeaba se volvía espesa, como envenenando el aire.

—¿Está comenzando de nuevo? —inquirió, conteniendo la gravedad en la voz, aunque levantándose para tomar acción en el peor de los casos.

Xiao no logró responder, estaba concentrado en reprimir el peso de su deuda kármica, que amenazaba con romperle todos los huesos y músculos para lograr filtrarse por cada uno de sus poros.

—No —murmuró entre dientes, esperando que Zhongli le quitara al niño de los brazos—. No puedo...

Entonces, Dan Heng levantó la cabeza y sus manitas se posaron sobre el rostro de Xiao. Un pulso invisible se extendió por la habitación, cual gota de agua cayendo en el centro de un estanque.

La presión en el pecho de Xiao se detuvo. Las náuseas producidas por la oscuridad que amenazaba con devorarlo parecían desvanecerse como por arte de magia. Su visión, que comenzaba a tornarse borrosa por el vértigo, se aclaró.

Aunque Dan Heng apenas respiraba con normalidad, emanaba una energía sutil muy similar a la que Zhongli cedía a Xiao para calmar sus dolores, pero, en cierto sentido, más purificadora.

Xiao y Zhongli se miraron entre sí, uno con más asombro que el otro.

—Él... —murmuró Xiao, respirando con normalidad—. ¿Me detuvo?

Zhongli se sostuvo el mentón, valorando lo acontecido.

—Te equilibró —aclaró—. Creo que ese sería el término correcto.

—Pero eso no debería ser posible.

—Tampoco el hecho de que él haya sido concebido; sin embargo, aquí está. —Ante la ausencia de cualquier comentario por parte de Xiao y asumiendo que este tenía más preguntas que respuestas, Zhongli intentó dar una explicación razonable—. Su cuerpo es resultado de la fusión de dos energías poderosas y, en muchos sentidos, opuestas. Tú, que arrastras una maldición por obligación, y yo, que conservo mi fuerza como Arconte.

Xiao procesó con cuidado aquellas palabras.

Salió de su aparente trance cuando el niño volvió a acurrucarse contra él, cansado, y, en esta ocasión, su cuerpo respondió por cuenta propia: sostuvo con firmeza a Dan Heng.


Semanas más tarde, en el patio interior de la funeraria El Camino, Zhongli se hallaba a la sombra de una pérgola, disfrutando del té de medio día mientras veía ingresar a Dan Heng de la mano de Xiao, al fin de regreso del primer patrullaje matutino.

Oculta tras el árbol central, se encontraba Hu Tao, quien saltó delante del niño cuando estuvo lo suficientemente cerca.

—¡¿Quién quiere jugar con la animada tía Hu Tao?! ¡El bebé dragón!

Dan Heng se apresuró a ocultarse detrás de Xiao, quien se limitó a suspirar, murmurando algo parecido a «no de nuevo».

—No insistas —comentó, más para sí mismo que para ser escuchado.

Hu Tao lo ignoró y se colocó en cuclillas, sonriendo de oreja a oreja con una inocencia digna de una niña de cinco años.

—Vamos, te enseñaré a esconderte en ataúdes vacíos, ¡es divertidísimo!

—Parece que la idea no le agrada mucho —comentó Zhongli, disfrutando más de la escena que del té. Por lo general, a los niños les encantaba jugar con Hu Tao, menos al suyo. Irónico, si contaba con que prefería ir a ver demonios al cerro.

Hu Tao suspiró con dramatismo, sosteniéndose las rodillas.

—¡No puedo creer esto! Vamos a tener que negociar. —Se cruzó de brazos y su rostro parecía una parodia descrita en novelas de mafiosos—. Escucha, pequeño dragón: tu papá Zhongli usa lanza, el Guardián Yaksha usa una lanza, yo uso una lanza; así que, si juegas conmigo, ¡te daré una lanza! Y de paso continuaremos con la orgullosa tradición de la funeraria.

—Nadie le va a dar una lanza real. —Xiao contuvo la preocupación, porque, si bien era sabido por algunos que Zhongli era papá, nadie sabía con quién había tenido al niño, aparte de la Preservadora, el Moldeador y el Escultor, por supuesto.

—¡No seas aguafiestas! Será una lanza simbólica —respondió Hu Tao—. De madera y pintada a mano. Patrocinada por la funeraria El Camino, en su edición más especial y ¡firmada por mí!

Por un instante, Xiao pensó que nada era tan peligroso para Dan Heng como Hu Tao, y eso que él tuvo una crisis kármica hacía semanas.

Dan Heng, ignorante del caos en mentes ajenas, era probable que desconociera el por qué Xiao aún era incapaz de ser llamado “padre” en voz alta; no obstante, sabía en quién confiar. Uno de esos padres tomaba el té y parecía divertirse con el espectáculo; el otro, evitaba que una mujer con la energía de un torbellino lo hiciera correr un maratón entre los pasillos, como resultado de un juego sacado de la manga.