¿Cualquier cosa?
Es una bella mañana en las oficinas de La Federación.
Doied está sentado en el regazo de su jefe (por dentro nervioso) y está último solo actúa indiferente.
Jamás creyó caer tan bajo, pero para situaciones extremas necesita medidas iguales de extremas. Y si ver caer a su gemelo requiere "entregarse".
Entonces lo hará.
—¿A qué viene esto? —Que su empleado venga a posarse en sus piernas es extraño, pero no se queja.
—¿Sabes? —Torpe empieza con su mano deslizándose. —Yo haría cualquier cosa por ti. —Acelerado, su desliz termina en el estómago.
—¿Cualquier cosa? —Pregunta el enmascarado posando su mano izquierda en la cintura del científico.
—Cualquier cosa. —Su mano baja aún más, quedándose en el estómago. —Enserio cualquier cosa. —Repite seductor.
«Espero que ese maldito tutorial de diez pasos para seducir como Teresa; funciona sino me voy a sentir muy decepcionado...» Piensa Doied con el ceño fruncido.
Después de todo, paso una noche entera repitiendo cada dichoso diálogo de ese vídeo. Tal vez no sea un experto en el arte de la seducción, pero trae lo suyo.
Por otro lado, Cucurucho sonríe.
Ya tienes una idea en mente.
Una maravillosa idea.
—Tengo un pedido especial, científico. —Sale de su indiferencia con un ronroneo.
Agrega otra mano para apretar con a gusto la cadera de Doied.
—¿Mmh? — Se acomodó con descaro en el regazo.
—Tengo tantas cosas que hacer que no me ha sobrado tiempo para...
Se calla para iniciar con un suspenso.
«¡Vamos! ¡Dilo!» Celebra antes de tiempo, Doied.
Incluso una sonrisa se dibuja, está emocionada. Solo el oso debe decir las palabras mágicas y ya tendrá todo el poder para destruir, destruir a su hermano.
—Para el servicio comunitario, entonces quisiera que tú lo hicieras. —Su mano baja hacía su trasero. —¿Entonces lo harías?
Las ilusiones de Doied se esfuman. Todo su plan...
—¿Eso?
—Sí, eso. ¿Hay algún problema? —Cuestiona el de blanco.
De inmediato niega.
—N-no, no hay ninguno. —Titubea, no puede creerlo.
«¿¡Es enserio!?» Está furioso.
¡Esté hombre no solo le pide (ordena) limpiar! ¡Sino un servicio comunitario por completo!
Ahora su rostro está lleno de una frustración tras su fracaso.
Su plan no funcionó.
Toda una noche tirada a la basura, solo para seducir a su jefe.
Para que él lo mandará a por la basura...
Reincorpora su postura: Debe acatar lo dicho.
—Bien, haré el servicio comunitario, Cucurucho. —El nombre es dicho con ardor.
Está furioso.
Y, por otro lado, Cucurucho solo disfruta del espectáculo que armo su empleado.
Solo por una pizca de poder...
Es bastante enternecedor de su parte.
«Que iluso...» En el fondo de sus pensamientos siempre está presente su caprichoso científico.
Él solo está rogando por poder y quien puede dárselo, es solo su persona.
Solo Cucurucho.
Quien continúa con la mano en su trasero, aprieta con cariño.
—No te pases de listo, Doied. —Finaliza con un dulce (y venenoso) beso.
Esa voz le atormenta.
Tan empalagosa y peligrosa.
Al igual que la tranquilidad que sostiene para después llevar a cabo atroces actos con indiferencia.
Es un desquiciado sin alma.
Un horrendo monstruo con una motosierra; dispuesto a despedazar cada corazón que se entrometa en su camino.
¿Es acaso una bendición o maldición qué a este hombre le intereses?
Eso se pregunta todas las noches en vela Doied...
Más tarde.
Dos figuras pasean por un sendero, el infante salta con alegría sobre cada hoja. Mientras el adulto ríe, disfrutando de la vista.
Roier agarra una pequeña hoja que se deslizaba por el viento.
—Ah, qué bello día. ¿A poco no mi pinche Pepito? Cellbo volvió, las hojitas caen y ese pendejo va a por ellas. —Señala al hombre de ciencia.
Es encantador verlo aquí, recoger y barrer por do quiera con su rostro más amargo que el café.
«Por creerse el vergas.» Piensa Ro.
Su clon se había creído demasiado y ahora un mocoso lo está vigilando.
Ya que el oso tenía cosas más importantes que hacer. Aun así, se aseguraría que su empleado cumpliera su palabra.
Y bajo la supervisión de Pepito.
El pensamiento lo hace sonreír para después posar su mano en los rizos del infante. Pese la pequeña piedra que hay, el color regresa.
Está seguro de que Cucurucho se encargará de él.
El científico como un vil payaso. No solo porque un mocoso lo dirige sino también que debe aguantar al fastidioso de su hermano.
Su engreída sonrisa, que solo demuestra la victoria que celebra en grande tras su "derrota".
Quiere destruir esa estúpida sonrisa.
Abrasar con el dulce y poderoso fuego hasta que todo esté llamas.
Como su corazón: ardiente para después ser apagado y quedarse hecho cenizas.
Aun así, sabe que necesita el poder.
A Cucurucho para esto: su estrujante autoridad y demanda.
Lo necesita tanto... ¡Tanto para destruir a Roier!
Un rojo ardiente se colorea en sus mejillas, aprieta la escoba por el siguiente pensamiento.
«¿Él también me necesitará?» Acomoda sus anteojos, intentando ocultar su rostro colorado.
Se siente obsesionado con la sola idea de su exigencia.
Cucurucho exigiendo su presencia.
¡Es tan ridículamente glorioso!