Único.
Busca desesperado entre los cajones una ropa que le quedé, cada que se prueba una...
Encuentra en el espejo su imagen, así mismo.
Por un momento quiere creer que luce brillante.
Sin embargo, baja la mirada y regresa a la realidad.
A la penosa realidad.
Huesos.
Es lo que encuentra: huesos desvergonzados que se exponen en su carne.
—Me gustan.
Como pequeñas manchas rasgadas que se pasman en su carne. Las arrancaría por completo, destrozando cada capa sensible, para mostrar ante el resto: su vergonzoso cuerpo.
Quienes miran un cadáver andar.
Torpe y asqueroso.
Un montón de huesos conectados que se enroscan en su piel, un saco de huesos intentando vestirse, tal mona queriendo lucir como la Mona Lisa.
Solo luce patético queriendo ocultarse entre grandes prendas, para ocultar su vergüenza, su cuerpo.
Todo su ser, que le enferma.
Levantarse y verse al espejo a diario, desdichado por su cuerpo.
Al igual que su actitud, todo de si es repudiable.
Sus pequeñas manos de cadáver como sus pies largos y delgados hasta los huesos. Pero, nada queda igualado con lo enfermo que son sus costillas, parece que le enterraron hueso tras hueso en su piel.
Una mezcla mal hecha, palillos adornando dentro de su carne.
Desagradable.
—Me gustan. — Repite Cucurucho, buscando la atención de él, es testigo de que su prometido lleva más de una hora frente un espejo pasando de traje en traje.
La inseguridad y miedo lo está consumiendo, lo sabe. Su prometido es un parlanchín de primera, habla tal metralleta cada tema, sin parar o dudar, pero en este momento: Doied está dudando.
De su cuerpo.
—Me gustan tus costillas. — Por tercera vez repite las mismas palabras con esperanza de que Doied lo escuché.
—Son horribles. —Responde sin titubeo.
Pero él no quiere callarse, por esta vez quiere alzar la voz y compartir sus pensamientos; evitar que hablé, que se excusé o se señalé.
—¿No te cansas de repetirlo? — Inseguro, el cadáver esconde su rostro contra la ropa, intentando a callar entre la prenda su débil sollozo.
¿Por qué le miente así? Solo basta ir a su espejo y observará (con desagrado) su apariencia.
No importa cuánto lo repita, no le creará...
Solo quiere cerrar cada ventana, esconderse tras las sábanas y morir en llanto.
Un llanto tan escandaloso que destroce su propia voz, que lo irrite y que se largue: Para que deje de insistirle con tal mentira, que el tonto abra los ojos.
Que se dé cuenta de sus costillas, de sus asquerosos huesos; que deje de abrazarlo, consolarlo...
De mentirle.
—Las adoró. — Atrapa entre sus brazos al castaño quien llora desconsolado.
Odia tanto sus huesos, en especial sus costillas.
Y, sin embargo, él se empeña tanto en decirle que no, que no.
Que sus costillas son bellas, que es precioso.
Palabras que se profesan en extensos poemas que él le da.
Lo ilusiona porque por un momento cree que son hermosas.
Cree que sus costillas son tal reliquia como él describe con tanto cariño y anhelo. Aquel hombre que no se cansa de amarlo.
—Está bien, es difícil. — Comprende, dejándolo desahogarse. —Después, ¿quieres escucharme? —Una noche de añoranza, repleta de poesía.
Palabras tan dulces que acallan sus miedos.
Asiente.
Hoy quiere volver a creer y soñar con su poesía.
Fantasear con cada verso que profese su prometido.
Y llorar en sus brazos en el anochecer...
—Gracias.
Cucurucho le da un beso en respuesta. Lo entiende, él también tiene inseguridades...
Todos tenemos.
Nos avergüenza; que llegamos a escondernos con miedo.
Porque nos enferma cada que estamos frente a frente al espejo.
Una realidad que se vive a diario.