La noche de los eternos

All Rights Reserved ©

Summary

Noa y Hugo no tienen casi nada en común. Puede que lo único que compartan es que ambos escuchan "La Noche de los Eternos", un famosísimo podcast de temática paranormal. Será precisamente en ese programa donde ambos se encontrarán por primera vez. Ella para defender su reportaje sobre un cortijo maldito y él para rebatirla. "La noche de los Eternos" les hará una oferta que no podrán rechazar, y ambos se verán abocados a una colaboración nada deseada. ¿Podrán Noa y Hugo reconciliar lo paranormal con lo científico? Y lo que parece todavía más difícil: ¿Podrán soportarse el uno al otro?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Nada más poner un pie en este lugar, mi cuerpo siente un escalofrío, uno que conozco muy bien y que siento cuando entro en algún sitio así, o como cuando estaba cerca de mi abuela, a veces.

A pesar de ser de día, no entra apenas luz. Las ventanas están tapiadas y está todo oscuro. No debería estar aquí, es ilegal entrar en este sitio, pero necesito albo bueno para poder escribir mi artículo en el periódico. Me han dado dos semanas, pagan una pasta, y necesito el dinero. No voy a desaprovechar esta oportunidad. Aunque igual acabo en calabozo por allanamiento, y con una buena multa.

Enciendo la linterna que llevo en el bolso, y lo único que puedo ver es un lugar destrozado por el paso del tiempo y por el vandalismo. Voy andando pero, no me da tiempo mirar a ningún otro sitio más salvo al suelo porque puedo tropezarme con los escombros, caerme por un agujero al piso de abajo, que se desmorone el cortijo de un momento a otro, o a vete tú a saber qué puede pasarme aquí. Y encima sola. "Muy bien, Noa, eres. muy inteligente. ¿Para qué decirle a tu primo que se quede contigo? Mejor dile que te deje aquí, que se vaya, y que ya lo avisas cuando termines para que te recoja. En vez de artículos, deberías escribir un libro titulado: Las fantásticas ideas de Noa. Sería la hostia".

Noto frío aquí dentro, el día está nublado fuera, lo normal estando a mediados de octubre pero, hace más frío de lo normal. Me paro un momento delante de una puerta abierta, alumbró con la luz hacia el interior e intento distinguir qué tipo de estancia es, pero no consigo adivinarlo. No tengo ni idea de qué es pero, supongo que, por el tamaño, tiene pinta de haber sido un habitación. Doy un par de pasos pero, el frío que estaba sintiendo hasta hace un momento, cesa de golpe. Qué extraño. Salgo de esa habitación y, de nuevo, me envuelve el frío. Extraño, e interesante... Rodeo unos pasillos que hay en el centro de la casa, y me dirijo a las escaleras para bajarlas. No me dan mucha confianza, pero necesito saber si hay alguna puerta que de a los supuestos túneles y habitaciones secretas que dicen que hay bajo los cimientos. Son muchas las leyendas que se cuentan sobre el Cortijo Jurado pero, no hay pruebas físicas de ningún tipo que puedan corroborar los macabros sucesos que acaecían en este lugar. Solo hay psicofonías y supuestas fotos y vídeos pero, nada concluyente. Mi abuela me hablaba mucho de este sitio, me contaba sus historias, y ella tenía muchas ganas de venir pero, nunca lo hizo, y por eso estoy aquí. Por ella, y por la pasta, todo hay que decirlo.

Bajo las escaleras, y sigo encontrándome con muchas puertas abierta y habitaciones tras ellas. Estoy perdidísima y no sé por dónde cojones moverme. Decido seguir por un lado, todo recto, sin entrar en ninguna habitación, hasta que me topo con una puerta cerrada; la primera en todo el rato que llevo aquí. ¿La abro? No he recorrido quinientos y pico de kilómetros para no abrir una puerta que está cerrada. Hago un primer intento de abrirla pero, nada, no cede. Un segundo intento, un tercero pero, la puñetera puerta sin abrirse, como si ni si quiera se inmutase de que yo estuviera intentándolo. Joder. Desisto pero, sigo recorriendo la pared para ver si me lleva a otra puerta abierta y, encuentro una. No sé si comunicará con lo que hubiese detrás de la puerta cerrada pero, hay que probar... Entro en la habitación y, de repente, el frío vuelve a irse pero, esta vez, esta sensación va acompañada de un portazo. Jo-der. Me giro despacio pero, no veo ni escucho nada más. Salgo de allí, intentando no hacer mucho ruido y aguzando el oído pero, nada. Ni pasos, ni más portazos. ¿Y el frío? No ha vuelto a envolverme como cuando salí de la otra habitación. Vale, creo que ya es suficiente. Tengo buen material artículo. Me voy de aquí, ipso-facto pero, sin correr; no quiero terminar en el hospital por un descuido de última hora.

Mientas voy deshaciendo mi recorrido de entrada, cojo mi móvil para llamar a mi primo y que venga a buscarme pero ¡sorpresa! No ha cobertura. Bueno, cuando salga de aquí, vuelvo a intentarlo. Voy hacia el boquete por donde entré, por la parte trasera del cortijo y, justo cuando estoy saliendo, noto como si el pantalón se me enganchase en algún sitio. Esto me hace tropezar y, para no quedarme sin dientes, pongo la mano en el suelo y noto dolor. Me miro la mano izquierda y tengo sangre. Qué bien... y con todo esto hecho una mierda. Menos mal que me puse la vacuna del tétanos hace poco. Me tapo el corte con la chaqueta, y vuelvo a llamar a mi primo. Esta vez sí da señal y, cuando lo escucho, le exijo que venga a por mi cagando leches.

Tengo que esperar un poco cuando llego a la carretera porque todavía no ha llegado. Un caracol va más rápido que él. Odio cómo conduce.

Después de cinco minutos, que se me han hecho una eternidad, veo aparecer su coche. Me subo, algo sofocada, nada más pararse, y me sorprende diciéndome que qué mala cara traigo.

—¿Has entrado alguna vez ahí? —le pregunto de mala gana.

—No, y gracias por haberme pedido que no te acompañara.

—Entonces no tienes ningún derecho a hablar sobre mi mala cara —le digo mientras me pongo el cinturón de seguridad—, y arranca ya. No quiero volver a este sitio, nunca más.

Samuel me hace caso sin rechistar. Soy mayor que él, y se caga con mi sola presencia. No quiero decir que yo sea un bicho o un ogro pero, cuando éramos pequeños, siempre jugábamos a lo que yo quería. Es una de las tantas cosas que heredé de mi abuela: el arte de la persuasión.

Mientras vamos hacia su casa, le cuento lo que me ha pasado, y va flipando por momentos. Casi todos en mi familia estamos acostumbrados a estas cosas paranormales. Mi abuela era… bueno, decía que era bruja, y la verdad es que siempre hemos crecido rodeados de historias, de idas y venidas de vecinas que querían que nuestra abuela les leyera el futuro, o que simplemente les dijera si les habían echado un mal de ojo. Luego ella iba a sus casas y las limpiaba con una de las hierbas que tenía en su armario “raro”, como lo llamábamos nosotros; el que estaba prohibido tocar.

Si no fuera por la ducha que necesito con urgencia, y limpiarme la herida de la mano, ya hubiera ido directa al aeropuerto. Necesito escribir lo que me ha pasado enseguida, y cuando antes mande el artículo, mejor que mejor. Aunque pensándolo bien, puedo escribirlo en mi ordenador después de la ducha, y quedarme un par de días en mi tierra natal. Y no estaría demás subir algo nuevo en redes sociales, que parece que me he quedado estancada escribiendo solo artículos de mierda. Esto de ser embajadora de algunas marcas de cosmética no da para vivir.

Después de una semana curándome a la perfección la herida de la mano, por fin puedo coger la bici, el único vehículo que puedo permitirme en esta ciudad del caos. Da igual la época del año que sea, Madrid siempre está petada de gente, y mucho tráfico pero, hoy parece que hay más de lo habitual. Consigo llegar al quiosco donde siempre compro, pillo la revista en la que sale mi articulo publicado y me voy a mi cafetería preferida. Pido una infusión y unos crepes con chocolate (el momento lo merece). Cuando me lo traen, abro la revista por la página dónde está el artículo, y disfruto leyéndolo. Es perfecto, y no solo porque yo lo crea, sino porque me lo dijo la jefa de redacción cuando lo leyó. Me apremió diciéndome que soy buena escribiendo y que, en cuanto hubiera una baja en la empresa, no dudarían en llamarme.

Mi móvil interrumpe mi más que merecida merienda. Número desconocido. Siempre lo cojo, no vaya ser alguna oferta de trabajo.