Caugth

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Summary

Hoy ha vuelto a pasar. La octava vez que siento la muerte respirándome en la nuca. La octava vez que me pregunto si esta será la definitiva. Por eso me alejé de todos: de mi familia, de mis amigos... de cualquiera que pudiera lastimar. Ahora solo me quedan ustedes, los que leen estas palabras entre las líneas. Ustedes son mi única esperanza. Si este libro llega a sus manos, quizá algo de mí sobreviva. O quizá solo sea el grito de un condenado antes de que la oscuridad me trague por completo. Vivir o temer.

Genre
Thriller
Author
Arg
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1

Todo estaba sumido en un silencio espeso. Los invitados habían dejado hablar, absortos en la figura del anfitrión, quien con los brazos abiertos proclamaba que aquella sería "la mejor fiesta jamás celebrada en la faz de la Tierra". Sus palabras se ahogaron en el crepitar de una fogata que iluminó sus facciones, marcando el inicio de la noche.

La fiesta, por fin, comenzaba.

Los presentes ajustaban sus máscaras —blancas, rojas o doradas—, siguiendo el código de vestimenta. Todos menos Alondra. La joven sostenía el antifaz entre sus dedos, ajena a la tradición. Le molestaba el calor que le producía en el rostro, la manera en que le opacaba la respiración.

La música y el murmullo de copas chocando llenaron el aire. Parejas se fundían en bailes o se perdían entre risas, pero Alondra permaneció junto a la piscina, vaciando su copa de vino con sorbos lentos. Observaba a los invitados uno a uno, con una sonrisa leve que no llegaba a sus ojos. El viento jugueteaba con su cabello largo, como si intentara distraerla.

Entonces, los fuegos artificiales estallaron en el cielo. Eran los mismos que el anfitrión había acumulado durante meses para esa noche. Los colores iluminaron la mansión, y en ese instante, un joven de traje negro y máscara dorada —que solo cubría la mitad superior de su rostro— se plantó frente a ella. Sin mediar palabra, le tendió una mano.

Alondra dudó un segundo. *Había venido a divertirse, después de todo*. Aceptó.

La melodía de un piano los envolvió. Él la guió con pasos precisos, dibujando círculos en el suelo, llevándola hacia adelante y atrás, invitándola a girar. En un momento, sus rostros quedaron a centímetros de distancia.

—Me llamo Thomas —dijo él, con una sonrisa coqueta que dejaba al descubierto unos labios finamente delineados—. Es un placer bailar con una dama tan hermosa.

—Alondra —respondió ella, riéndose del comentario anticuado—. Igualmente.

Cuando la música terminó, ella prometió buscarle más tarde para otra pieza. Thomas asintió y se perdió entre la multitud rumbo a la casa.

Alondra se dirigió hacia la mesa de bebidas, buscando otra copa de vino. Su mirada vagó por los invitados, las luces, la arquitectura imponente de la mansión... hasta que algo la detuvo.

Las ventanas del segundo piso.

Allí, de espaldas a ella, había una figura. ¿Cómo? El acceso a esa zona estaba restringido. Como si sintiera el peso de su mirada, el desconocido se volvió lentamente. Llevaba un antifaz negro que contrastaba con su traje oscuro. Sus ojos se clavaron en los de Alondra, y entonces él alzó una copa. El líquido en su interior era claro —vodka, quizás—, pero salpicado de rojo. Con deliberada calma, pasó la lengua por una gota que resbalaba por el cristal.

La piel de Alondra se erizó.

El desconocido sonrió, amplio, grotesco, antes de cerrar de golpe la ventana. La habitación quedó a oscuras.

Ella apuró su copa, tratando de calmar el temblor de sus manos. *Tal vez fue su imaginación.* Pero treinta minutos después, un grito desgarró la noche. La música cesó. Las conversaciones murieron. El anfitrión, con el ceño fruncido, señaló a tres guardias y se adentró en la mansión.

Alondra buscó otra copa. *No podía ser.* Quizá era una broma macabra, un malentendido. Hasta que alguien se colocó a su lado sin hacer ruido.

No lo notó hasta que una mano helada cerró su brazo con fuerza.

Al girar, se encontró con el antifaz negro. *Era él.* Aquel de la ventana. Su sonrisa era idéntica, burlona, casi hambrienta. Y junto a sus labios, tres lunares formaban un triángulo imperfecto.

—Mantén la boca cerrada —susurró él, con un aliento frío que le rozó la oreja— si no quieres ser la próxima.

Los dedos del extraño se clavaron en su cintura. Alondra no pudo moverse, ni gritar. En ese momento, el grupo del anfitrión regresó. Uno de ellos anunció, pálido:

—La fiesta ha terminado. Por favor, retírense.

El desconocido soltó una risa baja, dejó su copa vacía sobre una mesa y se alejó, como una sombra entre la multitud.

Alondra se quedó temblando. Lo más aterrador no era haber presenciado el escape de un asesino, ni siquiera su amenaza.

*¿Qué tan ciegos podían ser?*




En la cafetería


—Y… dime, ¿qué opinas? —pregunté, observando a mi hermano mientras hojeaba mi cuaderno de relatos.

Bastian lo cerró con cuidado, una sonrisa juguetona en los labios.

—¡Me ha parecido excelente! —exclamó—. Pero falta algo… la escena del crimen. No basta con que encuentren el cuerpo; ¡muéstralo!. Tienes talento, no lo desperdicies.

—¡Bastian! —me quejé, hundiéndome en la silla—. Ni siquiera sé cómo continuar.

Llevaba años escribiendo historias sin principio ni final, atrapado en un mar de ideas incompletas. Mi hermano, cuatro años mayor y ya independizado, empujó su taza de café hacia mí.

—No te limites —dijo—. Mira Liam, te ayudo: imagina una habitación oscura. El cuerpo está sentado, la cabeza entre sus piernas… ¡decapitado!

Arqueé una ceja.

—¿Y luego?

—¡Espera! —interrumpió, emocionado—. El pecho está descubierto, y lleva una inscripción: "Lo hice por ti, Leslie".

Soltó una carcajada ante mi expresión.

—¿Leslie? —pregunté, confundido.

—¡Ja! Es el nombre de un ex. Pero tienes que usarlo. Será mi homenaje secreto —guiñó un ojo—. Después de todo, ¿quién te apoya más que yo?

Sonreí, tomando el cuaderno nuevamente.

—Está bien, Leslie. Puede ser interesante.

—¡Perfecto! —aplaudió—. Así me gusta.