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En lo más profundo de la sierra de Chihuahua, al norte de México, existía un pequeño pueblo olvidado por el tiempo: San Illinois. Con poco más de dos mil quinientos habitantes, estaba rodeado por bosques espesos, montañas imponentes y una biodiversidad tan salvaje como fascinante. Los amaneceres allí eran poesía: neblina entre los árboles, el canto de aves desconocidas y la brisa cargada de secretos antiguos.
Era un lugar donde la calma reinaba, donde los días pasaban lentos y la vida parecía no tener prisa. Sin embargo, había una regla que todos seguían sin cuestionar: jamás adentrarse en lo más profundo del bosque.
Desde tiempos ancestrales, se hablaba de criaturas que acechaban entre la maleza, bestias que no pertenecían al reino humano. Aunque nadie podía decir exactamente qué eran, los cazadores del pueblo contaban historias que se transmitían como leyendas, con detalles tan vívidos que helaban la sangre. Algunos aseguraban haber visto ojos brillantes entre los árboles; otros, huellas imposibles en la tierra húmeda.
Pero Simón Díaz no creía en esas historias. A sus veinte años, ya no era un niño que pudiera ser asustado con cuentos nocturnos. Vivía con su abuelo —un ex cazador retirado— desde que tenía memoria, y conocía cada rincón del pueblo, o eso creía.
Hasta que una excursión escolar cambió todo.
Lo que empezó como una caminata entre risas y bromas, terminó con los cimientos de su mundo tambaleando. Aquel día, Simón vio algo que jamás podrá olvidar. Y comprendió que las advertencias no eran superstición... sino advertencias reales.
Porque los bosques sí esconden criaturas.
Y algunas caminan sobre dos piernas.
Y algunas, tienen hambre.
¿Podría ser cierto? ¿Existen los hombres lobo? ¿Y qué pasa cuando uno de ellos —un Alfa— fija su mirada en ti?