DEDICATORIA
Desde lo más hondo de mi alma. Desde un lugar que tú tocaste sin darte cuenta, que abriste con tu risa, tus silencios, tus miradas. Desde ese rincón que se iluminó cuando llegaste.
Gracias por los momentos que me diste, incluso los más simples, los más breves. Por esos instantes donde todo parecía tener sentido solo porque tú estabas ahí. Gracias por las charlas que se alargaban sin darnos cuenta, por los abrazos que me devolvían el aliento, por las veces que me hiciste sentir suficiente.
Gracias por enseñarme lo que es sentir con intensidad, por hacerme descubrir cuánto amor soy capaz de dar. Por encender algo en mí que ni siquiera sabía que existía. Aunque hoy duela, aunque ahora todo parezca lejano, no puedo negar que hubo magia. Que hubo luz. Que, por un momento, sentí que el mundo era un poco menos pesado solo porque tú caminabas cerca.
Gracias, también, por hacerme ver lo que merezco, incluso si fue desde el dolor. Por enseñarme, sin querer, que el amor no se trata solo de sentir, sino también de elegir quedarse. Que no basta con ser importante, si no se es prioridad.
No te guardo rencor. De verdad que no. Me quedo con lo bueno, porque lo hubo. Porque lo sentí. Porque me marcaste. Y aunque no terminamos como quise, aunque esto no floreció como soñé, agradezco haber coincidido contigo. Porque si bien no fuiste mi destino, fuiste parte del camino. Y eso también vale.
Gracias por ser ese capítulo que me hizo sentir, crecer, llorar, reír… y aprender. Gracias por cruzarte en mi vida, aunque haya sido solo por un rato.
Donde estés, ojalá seas feliz.